El castillo de las palabras

Alfredo Coello


Diccionario del ciudadano sin miedo a saber
Fernando Savater
Ariel, colección La isla del progreso
España, 2007.

¿Qué son o significan los diccionarios? Soy de la opinión que los diccionarios y las enciclopedias son los ‘verdaderos’ libros colectivos de la humanidad. Su elaboración necesariamente pasa por el uso cotidiano del vocabulario de los hablantes de la lengua en que se escriben. El diccionario se actualiza cotidianamente en la calle, en los cafés, en los lugares de trabajo, en la cama, en la cocina y en todos los lugares por los que transita el lenguaje hablado.  También en los espacios especializados de las ciencias y el conocimiento en todas sus áreas. De la misma manera pueden simular tumbas de la palabra críptica dictada por los “sabios” del lenguaje.
Un diccionario sirve para vencer la ignorancia o ilustrar la inteligencia y la imaginación, sirve también para satisfacer el espíritu curioso de los hombres, tanto para los escritores como para los ingenieros o los estudiosos de la religiones; hay diccionarios para ‘todo’, desde el ‘Diccionario del Diablo’ de Ambrose Bierce (recuérdese  sobre este autor la novela ‘Gringo Viejo’ de Carlos Fuentes), o “La enciclopedia de las cosas que nunca existieron”, hasta el casi infinito de temas posibles que requieren de un acercamiento al significado de las palabras. Y en este tono es que el escritor Jorge Luis Borges afirma: “Para un hombre ocioso y curioso (yo aspiro a ambos epítetos) el diccionario y la enciclopedia son el más deleitable de los géneros literarios. Para los trabajos de la imaginación no hay mejor estímulo” Y si de ignorancia se trata, ahí está el diccionario en su detracción.
Uno se puede preguntar ¿qué es la ignorancia? El lector podrá plantearse múltiples y variadas acepciones o definiciones de la misma; veamos una leve y parcial respuesta a la vasta definición que hace de ésta el filósofo Voltaire en su Diccionario Filosófico: “Ignorancia: (lo que dice un papagayo) Ignoro cómo fui formado y cómo nací. Ignoré absolutamente durante la cuarta parte de mi vida las razones de todo lo que vi, oí y sentí; sólo he sido un papagayo silbado por otros papagayos”.

Gilberte Brassai
Fotografía

 ¿Qué es el conocimiento y cómo lo he recibido? ¿Qué relación existe entre el aire que hiere mi oído y el conocimiento de sus sonidos, entre ese cuerpo y el conocimiento de los colores? Lo ignoro absolutamente y siempre lo ignoraré. ¿Qué es el pensamiento, dónde reside, cómo se forma, quién me da los pensamientos mientras duermo? …” No olvidemos que fue escrito en el siglo XVIII. Voltaire jugará con esta definición igual que con muchas más en los dos tomos de su diccionario, siempre con el humor lacerante y satírico que fue su estilo filosófico, además de ser el creador del ‘periodismo de opinión y del panfleto de agitación cultural’ entre muchas otras aportaciones que hizo al conocimiento universal.
El filósofo español Fernando Savater, discípulo vicioso de Voltaire, ha publicado el ‘Diccionario del ciudadano sin miedo a saber’ con la intención de encontrar un mundo donde lo normal sea que los ciudadanos piensen por sí mismos, “discutiendo entre sí, pero nunca empecinados en fomentar la discordia…nadie puede pensar por otro –y el autor de este diccionario menos que nadie -, pero todos debemos pensar juntos”.
El propósito de este texto es ofrecer al lector breves extractos, desde luego parciales, de algunas voces de este diccionario, tan actuales y necesarias para su entendimiento desde una óptica razonable y ‘razonadamente clara para el necesario debate plural de la ciudadanía que compartimos’. He aquí algunas de ellas:
Ciudadanía: la ciudadanía democrática es la forma de organización social de los iguales…Los iguales lo son en derechos y deberes, no en raza, sexo, cultura, capacidades físicas o intelectuales ni creencias religiosas... En una palabra, el ciudadano es el sujeto de la libertad política y de la responsabilidad que implica su ejercicio… En la historia se han dado dos modelos de ciudadanía, hablando grosso modo: el griego y el romano o si se prefiere el activo y el pasivo. La ciudadanía griega implicaba y exigía la actividad política, la colaboración en la toma de decisiones. Quien no participaba en política era considerado “idiota”, es decir, alguien reducido simplemente a su particularidad y por tanto incapaz de comprender su condición necesariamente social y vivirla como una forma de libertad. El modelo romano de ciudadanía reconocía derechos a quienes la ostentaban (por ejemplo san Pablo, como ciudadano romano, reclamó ser decapitado en lugar de crucificado humillantemente como un judío cualquiera)…Los romanos de a pie tenían derecho a ciertas garantías jurídicas, también a pan y circo... pero no a participar en política. En la actualidad, la mayoría de los gobiernos prefieren ciudadanos “a la romana” que “a la griega” Inmigración: Ser humano significa emigrar: todos somos emigrantes, o hijos de emigrantes o tataranietos de emigrantes. Nuestra especie nació apareció en algún lugar del este de África y desde allí emigró a los más remotos lugares del planeta, de China  a California, de Groenlandia a Patagonia, sin olvidar toda Europa. Los autóctonos que se enorgullecen de que nunca se han movido de su territorio y que permanecen allí siglo tras siglo (véase Nacionalismo) mientras los demás vienen y van, no demuestran ninguna superioridad sobre los más viajeros, sino bestial nostalgia de su pasado antropoide. Si no fuésemos por naturaleza emigrantes no seríamos realmente humanos,  y ni siquiera valdría la pena eso que llamamos “humanidad”…
Identidad: “¿A qué se parece la luz de una vela cuando está apagada?”, se preguntó en cierta ocasión Lewis Carroll. Y cada cual podría preguntarse, de modo semejante: ‘¿A qué me parezco cuando estoy solo y nadie me ve… es decir, cuando abandono todos los papeles sociales y las máscaras útiles o prudentes con las que me presento a los demás?’. En ambos casos no sabemos cómo responder: la luz de la vela apagada tan imposible de explicar como la identidad de la persona que no está presente ante nadie ni en relación con nadie. Porque mi identidad no es lo que yo soy (en mi esencia única e indescifrable) sino lo que yo parezco ante otros, lo que represento para los demás. Cada uno de nosotros posee múltiples identidades, o si se prefiere múltiples claves de identidad… El premio Nobel de Economía y notable pensador social Amartya Sen lo expresó así ‘Hay muchas categorías a las que uno puede simultáneamente pertenecer. Yo puedo ser, a la vez, un asiático, un ciudadano indio, un bengalí con ancestros de Bangladesh, un residente americano o británico, un economista, un aficionado a la filosofía, un escritor, un varón, un feminista, un heterosexual, un defensor de los derechos de los gays y lesbianas, con un tipo de vida no religioso, de origen hinduista, un no perteneciente a la casta brahmín, y un no creyente en una vida después de la muerte’. Cada cual elige, en un momento y circunstancias determinadas, cuál de todas sus identidades le parece más importante y cuál le resulta menos significativa o más molesta (por mucho que los demás puedan tener otra jerarquía  de intereses identitarios)… Por ello es imprescindible que los estados democráticos instituyan reglas a las que todas las identidades deban someterse a fin de que tengan obligatoriamente que respetarse aunque no se amen; y desde luego también es imperativo que instituyan reglas para que nadie deba someterse a una identidad no querida, por mucho que otros traten de imponérsela  familiar o étnicamente.
Derecha e Izquierda: Aquellos que nos contradicen nos mantienen democráticamente cuerdos… Los derechistas que sueñan con suprimir a la izquierda o viceversa no son políticos, sino en el mejor de los casos maníacos y en el peor, serial killers…”  Hasta aquí Fernando Savater.

El deseo de aportar a la polémica y al conocimiento de lo que nos está sucediendo hoy, y de las situaciones en que nos vemos involucrados todos los días de esta ‘globalidad’, no será nada más a través de una actitud altruista o religiosa lo que cambiará las actitudes de todos los ciudadanos para forjar un mundo sin guerras, sin racismos, sin intolerancias fascistas, sino una participación ciudadana interesada en dejar de ser el “idiota” que tolera la intolerancia, o el apático que anuncia con fatuidad “yo no me meto en política”. En fin, el mero ejercicio de trasmitir algunas ideas del Diccionario del ciudadano sin miedo a saber fue lo que me incitó a escribir, y,  al mismo tiempo,  provocar alguna comezón en el ciudadano común, como lo somos todos, e interesarse en este mundo de hoy. Sin diccionarios o con ellos.

 

 

Ciclo Literario.