Memorias de guerra

Marie Claire-Figueroa


Marie Claire Figueroa, destacada ensayista y traductora de origen alsaciano, nos compartirá fragmentos de sus memorias que evocan su vida antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Con su estilo directo y entusiasta presenciaremos lo intricado de su origen desde una visión construida en México, su nueva patria, donde llegó a vivir en su juventud, y en la que formó una amplia familia, desarrollándose al mismo tiempo como bibliotecaria en importantes instituciones, entre ellas, el Colegio de México.

Nuestra memoria, se dice, no puede remontar a una edad más allá de los tres o cuatro años. No obstante, sin haber hecho ningún trabajo de arqueología mental, me veo a los diez u once meses en el corral de una casa alsaciana, al este de Francia; estoy sentada en una banca, las piernas recogidas para protegerlas de los picoteos de las gallinas; al lado, Maman calma mis temores de una acometida de los volátiles. El pelo corto, especie de pelusita rubia, casi blanca como la mayor parte de los niños de la región, vestida con una blusa y unas braguitas, agito los pies descalzos entre risa y lágrimas.
        Once meses no me separan mucho del lindero con mi vida anterior, sin embargo, de aquella, no sé nada todavía; para esto se necesita un serio trabajo de retrocognición. Mis padres nunca me creyeron cuando hablaba de esta escena; sin duda, decían, yo recordaba una fotografía, pero ésta nunca apareció. Este instante temeroso, quizá, imprimió su huella sobre mi memoria infantil y fue todo. En cambio, sí existe una fotografía amarillenta de mi abuelo paterno; a la misma edad, en un jardín o tal vez en el mismo corral sin gallinas, estoy sentada en sus piernas y juego con una cámara fotográfica, enorme y cuadrada. Estábamos en 1933, año de la muerte de este abuelo, Alfred Fischer, tan guapo y distinguido que, en la pequeña ciudad de Saverne en donde vivía con mi abuela y sus hijos, lo llamaban el “Kronprinz”, o sea el príncipe heredero de la corona. No sé hasta qué grado había estudiado; era propietario de canteras de piedra rosa, “maître carrier”, como se decía todavía a la usanza medieval. En una ocasión, entregó una gran cantidad de éstas para reparar la catedral de Estrasburgo, monumento gótico de una sola torre rematada por una alta y elegante flecha.      

David Seymour / 1948
Fotografía

En Saverne, o Zabern en alemán como se llamó entre 1870 y 1918, hasta el final de la Primera Guerra Mundial, luego entre 1939 y 1945, hasta el de la segunda, nació mi padre Jean Fischer y sus dos hermanas; la tía Alice se casaría con un capitán, futuro coronel del ejército francés con el que tuvo siete hijos, y la tía Paulette se hizo monja del Sagrado Corazón de Jesús, en donde ella y su hermana habían sido internas bajo la férula de austeras religiosas. Pero no se dejaba amedrentar la tía Paulette, en ese entonces muy traviesa: cuando, al principio de su estancia en aquella institución, se vio obligada al igual que las otras alumnas, a asearse durante el baño de tina semanal con el camisón puesto, preguntó a la madre encargada de la vigilancia si debía enjabonarse debajo o encima de la prenda… Luego la tía traviesa estudió enfermería y se dedicó a atender a los soldados heridos durante la guerra. Murió pronto, llevada por la tuberculosis, mal contagioso que diezmaba a la población europea desde siglos anteriores hasta que Fleming descubrió este remedio de doble filo, la penicilina.
        Mi padre nació alemán en 1903. Fue sólo hasta 1918, gracias al Tratado de Versalles firmado en el Salón de los Espejos del palacio, que Francia recobró a las provincias de Alsacia y Lorena y mi padre la nacionalidad francesa, hechos escritos con lujo de detalles en su acta de nacimiento y, por lo mismo, en el mío, aunque resumido. En realidad, en épocas previas, gran parte de la familia Fischer perteneció a Alemania, el país vecino. Al mirar con atención nuestro árbol genealógico empezado por mi abuelo, continuado por mí y luego por mi sobrina Laurence, quien lo incorporó a la Internet, se destaca la cuna de los Fischer en Oppenau, en el gran ducado de Baden; allí, nuestro ancestro directo más lejano conocido, Johann Fischer, casado con Catherine Hueber, era hotelero: “Au boeuf”, nombre de su negocio, a principios del siglo XVIII. No sé si sabía leer y escribir. Lo más probable es que no; su hijo Samuel, nacido en 1738, firmó con una cruz en el registro de matrimonio cuando se casó con Anna Maria Bernhard quien, obviamente, firmó del mismo modo; no hubiera sido lógico en la sociedad de entonces, que un iletrado se casara con una “erudita”…
Después del ancestro hotelero, encontramos, en el siglo XIX, tintoreros, fabricantes (¿de qué?, no está especificado), un soldado, un oficial, un capitán de bomberos; ¡éste sí realizó el sueño de todos los muchachitos de 5 o 6 años! El abuelo paterno de mi padre, Henri, fue jefe de obreros montadores de locomotoras. Pero antes, se vino a México con (o sin) Maximiliano, dizque a enseñar a esos “salvajes” los rudimentos de la civilización europea. Como todos, perdió la campaña, pero se ganó una medalla que me regaló su nieto, mi tío Henri. Desgraciadamente, unos días después de haberla mostrado a mis alumnos de francés, en San Jerónimo, por los años ochenta, misteriosamente desapareció. Nunca di con el ladroncillo, aprendiz numismático. Al regreso de la campaña, aparte de sus locomotoras, el tátara tío promovió las canteras de piedra rosa, las que iba a heredar mi abuelo. Para terminar con los oficios nombrados en el árbol de la familia en el siglo XVIII y XIX, encuentro todavía a varios panaderos, una religiosa en Kientzheim (Elizabeth), dos generaciones antes de mi tía Paulette. Luego, a un secretario de la presidencia municipal, un adjunto al alcalde de Saverne, un notario y varios “propietarios”. El oficio de hotelero se transmitió casi de modo continuo hasta mi primo actual, Jean-Marie Heitmann. En otra ocasión hablaré de su hotel, el que, cuando era de su tío, sufrió las vicisitudes de la ocupación alemana.
Anoto una curiosidad acerca de la fecha del deceso de un antepasado llamado Joseph Hirt: éste nació en 1771 y falleció el 21 Pluviose an XIII. De acuerdo con el calendario republicano instituido en 1793 por Napoleón, correspondería, si no me equivoco,  al 21 de enero de 1805. Este calendario, cuyo autor fue el revolucionario oportunista, Philippe Fabre d’Eglantine, amigo de Danton, quien terminó en la guillotina junto con él, tenía nombres muy poéticos, acordes con las diferentes estaciones del año: vendémiaire (mes de las vendimias), brumaire (de las brumas), frimaire (de la escarcha), nivôse (de la nieve),  pluviose (de la lluvia), ventose (del viento), germinal (de la germinación), floréal (de las flores), prairial (de las praderas), messidor (de las cosechas), thermidor (del calor), fructidor (de la fruta); como lo indican los apelativos, este calendario iba de octubre a septiembre.
Otra anotación original por ser la única: la mención “divorciada” para Marie Louise Hannus a principios del siglo XX, lo que no significa que no hubo otros casos, pero no se especificaron. Última rareza porque sólo encontré una muestra: gemelos, padre y tío de mi abuela, Jean-Charles y Louis-René. Nacieron el 24 de julio de 1857, ambos fueron fabricantes, ambos se casaron en 1883, tuvieron hijos, Jean-Charles en 1884 (mi abuela) y 1895, Louis-René en 1885 y 1895. Fechas de decesos: el primero en 1925, el segundo, probablemente en 1926. No podían haberse puesto de acuerdo de mejor manera. Otro punto que los acercaba, la desdicha de no haber tenido el cariño de una madre ya que ella falleció a consecuencia del parto.

David Seymour / 1948
Fotografía

Regresando a Oppenau, la Historia nos revela que la ciudad, como una de tantas en la Europa obscurantista, fue el sitio de una persecución de brujas por los dominicos y los obispos entre 1631 y 1632, quienes no temían confiscar y apoderarse de las riquezas de las que mandaban a la hoguera. Escribo “de las” porque, por lo general, era a las mujeres a quienes acusaban de canibalismo, de bestialidad, de volar en escobas, de arruinar las cosechas, de hacer abortar a las mujeres, de causar impotencia en los hombres, de beber sangre de niños, de participar en orgías, de besarle el trasero a Sátanas, copular con él en los aquelarres y darle hijos. Escribo esto en cursivas porque tuve la desfachatez de copiarlo del libro genial del colombiano Fernando Vallejo: La puta de Babilonia. En cuanto a las brujas, prefiero no entrar en el detalle de las torturas que les infligían esos malnacidos antes de quemarlas.                                  
En el mapa, se puede apreciar la situación de Oppenau cerca de la frontera; así, poco a poco, los descendientes de Johann Fischer se fueron dispersando y algunos franquearon el Rin para instalarse en Alsacia. Varios nombres de pila de mi familia paterna son bíblicos: Salomé, Samuel, Jacob, Tobías, etc.; me pregunto si algunas ramificaciones fueron protestantes o tal vez judías, ya que parte de la gente en el mundo con estos apellidos (Fischer, apellido sajón, y Fisher, anglo) es de origen judío; en realidad, si bien varios miembros de la familia fueron hostigados durante la guerra, fue por ser alsacianos. Actualmente, todos son católicos o protestantes; que sean practicantes o no, no viene al caso. Por supuesto, después del regreso de las dos provincias a la República Francesa, no se trataba de abandonar costumbres y dialectos ancestrales; a pesar de todo, los alsacianos siguen hablando el dialecto germano y cuando hablan en francés, algunos lo hacen con un fuerte acento; un acento similar tenían los oficiales alemanes que escuchábamos hablar durante la guerra. Algunos eran muy cultos, hablaban un francés casi impecable, pero con un acento à couper au couteau (es decir, tan fuerte que se debía cortar con cuchillo).
Me acuerdo ahora de un primo de mi padre, Pierre Raul (pronunciar Rôl), jefe del departamento de cirugía del hospital de Thionville, en la provincia de Lorena. Llegó a México con su esposa, en 1963, para asistir a un congreso de cirugía. Me hablaron por teléfono anunciándome su visita. No pude hacer más que invitarlos a comer, de lo que me arrepentí cinco minutos después: los conocía poco, ¿qué les iba a dar de comer, de qué íbamos a hablar? Lo único que se me ocurrió fue servirles un platillo mexicano; como en mi vida he guisado carne a la mexicana, encargué a “Los Guajolotes”, rosticería situada a la esquina de nuestro modesto departamento en la colonia Nápoles, unas “puntas de filete a la mexicana, pero con poco chile, por favor”. ¡Madre santísima!, menos mal que había pensado en la cerveza. Al final de la comida, el primo, que apenas había probado la carne ¾tampoco la prima¾, se recargó en la silla, con aparente satisfacción, proclamando: Le pain est pon, la pière est ponne, es decir, en buen francés: Le pain est bon, la bière est bonne. Claro, los bolillos eran fresquecitos y la Bohemia no tiene nada que envidiar a la cerveza alsaciana. Juré que la próxima vez, que no hubo jamás, les daría unas salchichas de Viena similares a las de Estrasburgo y no haría alarde de cocina autóctona. En cuanto a la prima Christiane, siempre tan elegante y apropiada, admiró mucho a mi primogénito Jean-Christophe y me regaló, para su cuna, una enorme medalla de San Cristóbal comprada, como lo vi en la cajita, en el Hotel de la Monnaie de París, donde se acuñan las monedas francesas; o sea, un regalo divino, pero con la bola de ateos que somos en la familia, no sabría decir a donde fue a parar susodicha medalla.
Los alsacianos, como si fuera poco, designan a los franceses de las otras provincias como “los del interior”. Gran parte de los apellidos siguen siendo alemanes: Fischer, Hueber, Heitmann, Dreyssé, Weissenthaner,  Rebsomen, Muhr, Bernhardt, Hirth e Hirt, Stanitz, Scherb, Joos y Jost, Eichman, Goethelmann, Biehler, Lang, Naegely, Kling, apellidos de algunos de mis ascendientes directos o colaterales, primos en diversos grados. Los descendientes de Johann ya tenían nombres de pila franceses: su propio hijo se llamaba como él, pero en francés: Jean. Es de notar que, en los siglos anteriores, nuestro apellido empezaba por una V en lugar de la F; como en alemán ambas consonantes se pronuncian de la misma manera, algún tinterillo del Archivo civil lo trastocó y allí quedó. En línea indirecta, encontré un Matheus Vischer en 1604 y un Hans antes de 1546. Este árbol recuerdo de oficios antiquísimos.

David Seymour / 1948
Fotografía


Los pueblos y ciudades de Alsacia me causan vértigo, se pierde en la noche de los tiempos. Si no remonta a Adán, es porque su prole no era bastante numerosa para dividirse todavía en familias con todo y apellidos; tal vez el primer Vischer fue un godo, pescador necio y empedernido, a quien los cuates, un buen día, le echaron el apodo y se le quedó. El blasón de los que tienen este apellido, tanto en nuestra familia como en todas las demás, lleva la fecha de 1483. Siempre he pensado que se trata de un blasón de fantasía a pesar de una frase debajo que reza así: “Hans y Conrad Fischer (antiguamente Vischer). Se les confirió las armas en 1483. Llevando en campo de oro un árbol desarraigado. El escudo, rojo, amarillo (oro) y verde,  representa un árbol en medio, con un pez a la derecha y un perro de cacería a la izquierda, símbolos de oficios antiquísimos.

Los pueblos llevan, casi todos, nombres alemanes, tanto en la región del Alto Rin, como en la del Rin Bajo. Algunos se vertieron al francés, tal vez por su situación periférica: Strasbourg, la capital; en cuanto a Mulhouse, la ciudad en donde nací, se llamaba Mülhaus, la casa del molino. Los vocablos Haus y Heim, casa, son sufijos que se encuentran en decenas de nombres de pueblos, sobre todo heim; para muestra unos botoncitos: Kintzheim (en donde mis tías fueron internas en el Sagrado Corazón), Soufflenheim, Mutzenheim, Urschenheim, Grüssenheim (la casa de los saludos), Baltzheim, Artzenheim, Schiltigheim: ahora, aguanten la respiración: Oberschaeffolsheim, Mittelschaeffolsheim.  En cuanto a la palabra Dorf  que significa pueblo, la encontramos en Schillersdorf, Bossendorf, Diedendorf (en Alemania, la gran ciudad industrial de Dusseldorf ya no tiene nada de pueblo); der Burg, el castillo: Reutenburg, Schoenburg (bello castillo); der Berg, el monte: Kirrberg, Niederbergheim (la casa del monte de abajo); der Thal, el valle: Ottersthal; der Bach, el riachuelo: Zimmerbach; der Feld, el campo: Hochfelden (los campos de arriba); finalmente un último ejemplo bastante folclórico: Wolfskirchen (las iglesias del lobo). Así podría meter el mapa completito de Alsacia reproducido por el Atlas del National Geographic Magazine, pero no quiero arriesgar el abandono de estas memorias por el lector.

 

 

Ciclo Literario.