La lección de piano*

Haruki Murakami


El suicidio es el tema de Tokio Blues. Estamos ante la muerte voluntaria de jóvenes japoneses que estudian, viven en residencias estudiantiles o en pequeños apartamentos,  van a bares, a restaurantes, consiguen sin muchas dificultades trabajo, hacen el amor como destapar un refresco, viajan en los trenes bala de una ciudad a otra viviendo un desenfreno sin carencias materiales cuya respuesta final es la desaparición silenciosa y ausente de argumento. La novela es un arte panorámico, por ella podemos asomarnos a las sociedades como al paisaje. Ahora estamos ante una novela realista, el autor evitó la ficción inverosímil u onírica (que se le da tan bien), como es el caso de otras de sus obras. Aquí ha preferido ir al grano: mostrar la desnudez de los límites que viven sus jóvenes personajes en relación al amor, la sexualidad, la soledad, la amistad, la bebida, la muerte. Algunos ejemplos:
Kizuki, después de su satisfacción por haber ganado varias partidas de billar a su amigo Watanabe, llegó a su casa, entró al garaje y conectó una manguera al tubo de escape de su N-360, selló los resquicios de las ventanillas con cinta adhesiva y puso en marcha el motor.
 Naoko, que fue novia de Kizuki y vive en un retiro para enfermos mentales, una madrugada se levanta y se dirige al bosque, oscuro como su mente, con una cuerda para ahorcarse.
Ella, Naoko, había encontrado años antes a su hermana mayor, colgada en su recámara. Nadie supo las razones que la llevaron al suicidio.
Hatsumi, elegante, hija de una familia rica, novia del inteligente Nagasawa, decidió sin más terminar con su existencia, se abrió las venas con una cuchilla de afeitar. Como los otros amigos de Watanabe, no dijo por qué.
En el amanecer de la conciencia, los protagonistas de Tokio Blues filtran su vida en la experiencia de la muerte voluntaria y la sexualidad sin fin. A sus 37 años Wanatabe, el narrador de este paisaje tanático, nos conduce a través de un laberinto tortuoso de relaciones que expresan un orden social nítidamente organizado, y bajo la presión de una exigencia que ellos, los jóvenes, signan con su muerte, pues todos --los vivos-- quedan sujetos a esta desaparición sin palabras donde la tragedia es el silencio.
Wanatabe (alter-ego de Murakami) visita a su amiga Naoko en la estancia psiquiatrica donde está internada y conoce a Reiko Ishida, casi en sus cuarenta, guitarrista y maestra de música. El joven escritor lee en ese entonces La Montaña Mágica, de Thomas Mann, y logra una fuerte amistad con Reiko, que comparte la habitación con Naoko.
Teniendo, como es sabido, un gran oído (la novelística de Murakami se basa en la multitud de voces recogidas de una cotidianidad vívida y vivida), y probablemente con la imagen del polémico cuadro de Balthus, La lección de guitarra  en mente (pero siendo aquí la maestra el agente pasivo del entretenimiento y el instrumento el piano), Murakami registra, en Tokio Blues la siguiente anécdota entre Reiko Ishida y su alumna, a la que Ciclo Literario --atraídos por la cercanía del relato del escritor japonés con la pintura del aristocrático pintor francés de origen polaco-, no se pudo resistir  para compartirla  (autorizados por Tusquets) con sus lectores.


* Título de la redacción.

 

Haruki Murakami
Tokio Blues
Norwegian Wood
Maxi / Tusquets Editores
México, 2008

Un día, creo que era en mayo, la chica me espetó a media clase que se encontraba mal. Al observarla, vi que estaba muy pálida, sudorosa. “¿Quieres irte a casa?”, le pregunté. Me respondió que no, que si se tendía un rato se le pasaría. Le sugerí que se acostara en mi cama y la llevé, casi en brazos, a mi dormitorio. El sofá de mi casa era muy pequeño y no tuve más remedio que tenderla en mi cama. Ella rogó que la perdonara por ocasionarme tantas molestias; yo repuse que no tenía ninguna importancia. Le pregunté si le apetecía tomar un vaso de agua. “No, no. Quédese a mi lado un rato”, dijo. “Me quedaré todo el tiempo que quieras”, la tranquilicé.
>>Unos instantes después me preguntó con voz quejumbrosa si podía pasarle la mano por la espalda. Vi que estaba sudando a mares, así que le froté la espalda con todas mis fuerzas. Y ella continuó: “Perdón, ¿podría quitarme el sujetador? Me estoy ahogando” ¿Qué podría hacer yo? Se lo desabroché. Llevaba una camisa ajustada, de modo que se la desabotoné. Para tener trece años, tenía mucho pecho. Casi el doble que yo.  ¡Y el sujetador! No llevaba uno de jovencita, sino de mujer adulta. Y bastante caro, además. ¡En fin! ¿Qué más daba? Yo seguía frotándole la espalda como una imbécil. Ella seguía disculpándose con voz plañidera, fingiendo que lo sentía mucho. A cada paso le repetía que no se preocupara, que no pasaba nada.
Reiko sacudió la ceniza de su cigarrillo, dejándola caer a sus pies. Yo dejé de comer uvas y me quedé esperando, expectante.
 --La chica empezó a llorar en silencio.

Araki
Fotografía

>> “¿Qué te pasa?”, le dije.
>>“Nada.”
>>“Algo debe de sucederte. Cuéntamelo con franqueza”, repuse.
>>“Eso me ocurre a menudo. No sé qué hacer. Me siento sola y triste. No tengo a nadie en quien confiar, no le importo a nadie. Me desespero y entonces me pongo así. Por las noches no puedo dormir. Apenas tengo apetito. Asistir a su clase es lo único en el mundo que me gusta hacer”.  >>“¿Por qué te ocurre esto? Dímelo. Te escucho.”
>> Me contó que en su familia las cosas no iban bien. Ella reconoció que no amaba a sus padres, y sus padres tampoco la querían a ella. Su padre tenía una amante y apenas aparecía por la casa; su madre estaba medio loca por lo de su padre y lo pagaba con su hija. Me dijo que la pegaba todos los días. Y que le resultaba muy duro volver a su casa. Lloraba desconsoladamente. Con las lágrimas asomando a sus hermosos ojos, al verla, Dios se hubiera enternecido. Yo le dije que, si tan duro le resultaba regresar con sus padres, podía quedarse en mi casa siempre que quisiera. Ella me abrazó berreando: “¡Perdón, perdón! No sé qué haría sin usted. ¡No me deje! Si usted me dejara, no tendría a donde ir”.
>>Presioné su cabeza contra mi pecho, se la acaricié. “¡Tranquila! ¡Tranquila!”, la consolaba. De pronto me rodeó con un brazo y empezó a acariciarme la espalda. Me asaltó una sensación extraña. El cuerpo me estaba ardiendo. Me encontraba en la cama, abrazada a una chica hermosa como salida de una postal, que me acariciaba la espalda. ¡Y las suyas eran unas caricias tan sensuales! Ni las de mi propio marido podían compararse. Cada vez que me pasaba la mano por la espalda, sentía como mi cuerpo iba aflojándose. De tan fantástico que era. Antes de que me diera cuenta ya me había quitado la blusa y el sujetador y estaba acariciándome los pechos. Por fin lo comprendí. Aquella chica era una lesbiana de los pies a la cabeza. Ya me había ocurrido una vez en el instituto con una chica de un curso superior. Entonces le dije que se detuviera.
>> “¡Por favor. Sólo un poco. Estoy muy sola. No le miento. Estoy tan sola…Únicamente la tengo a usted. No me deje!” Y me tomó la mano y la presionó contra su pecho. Tenía una forma perfecta, y al tocarlo sentí una suerte de descarga eléctrica. Yo, que soy una mujer, no sabía qué hacer. Me limitaba a repetir como una idiota: “No, no puede ser”. Tenía el cuerpo paralizado. En el instituto pude solventar el asunto sin problemas, pero aquel día me sentí impotente. El cuerpo no me respondía. Ella agarraba mi mano con su mano izquierda, apretándomela contra su pecho, mientras me presionaba los pezones con los labios, los lamía y, con la mano derecha, me acariciaba la espalda, el costado, las nalgas. Hoy todavía no puedo creer que estuviera en mi dormitorio con las cortinas corridas en compañía de una niña de trece años que pretendía desnudarme. Antes de tener tiempo de comprender lo que estaba sucediendo, me había ido desnudando.
 >>Y yo me retorcía de placer con sus caricias. Hay que ser imbécil, ¿Verdad? Pero yo en aquel momento parecía embrujada. La chica seguía lamiéndome los pezones diciendo: “Estoy sola”. Sólo la tengo a usted. No me deje. Estoy tan sola…”. Mientras, yo iba murmurando: “No, no puede ser”.
--Reiko enmudeció, se fumó un cigarrillo--.Es la primera vez que le cuento esto a un hombre.—Reiko se quedó mirándome--. Te lo confieso porque creo que me hará bien, pero me da mucha vergüenza.
--Lo siento.—No se me ocurría otra cosa que decir.

Balthus / La lección de guitarra
Fotografía


 --Su mano derecha fue descendiendo. Y empezó a acariciar mi sexo por encima de las bragas. Por entonces, yo ya estaba muy húmeda. Es penoso reconocerlo, pero jamás, ni antes ni después, he estado tan excitada. Hasta aquel día yo pensaba que era una frígida. Por eso me quedé atónita. Después ella introdujo sus dedos finos y suaves dentro de mis bragas, y….¿Me entiendes, verdad? Más o menos. No me siento capaz de decirlo en palabras. Aquello era completamente diferente a cuando me lo hacían los dedos, poco delicados, de un hombre. ¡Era maravilloso! Igual que si a una le hicieran cosquillas con una pluma. Pronto se me fue la cabeza. Pero, dentro de mi aturdimiento, pensaba que no podía hacerlo. Si sucedía una sola vez, luego se repetiría y, escondiendo ese secreto, mi cabeza volvería a enredarse, sin duda. Pensé en mi hija. ¿Y si me encontraba en aquella situación? Los sábados se quedaba hasta las tres en casa de mis padres, pero si por casualidad volvía antes…. Eso pensé. Haciendo acopio de todas mis fuerzas, me incorporé y grité: “¡Basta ya! ¡Por favor!”.
>>Pero no se detuvo. Me acababa de quitar las bragas y empezó a hacerme un cunilingus. Una niña de trece años me estaba lamiendo el sexo, a mí, a quien eso me daba tanta vergüenza que rara vez se lo dejaba hacer a mi marido. No sabía como reaccionar. Quería gritar. Aquello era el paraíso.
>>”¡Basta!”, grité de nuevo, y le di una bofetada en la mejilla. Al fin se detuvo. Incorporó la parte superior de su cuerpo y  me clavó la mirada. Las dos estábamos desnudas, incorporadas sobre la cama, mirándonos la una a la otra de hito en hito. Aquella niña tenía trece años, y yo, treinta y uno…, pero, mirando su cuerpo, me sentí abrumada. Aún hoy lo recuerdo. No podía creer que aquel cuerpo perteneciera a una niña de trece años. Incluso ahora me parece increíble. Frente al suyo, el mío daban ganas de echarse a llorar.
Yo no podía decir nada, así que preferí guardar silencio.
 -La chica me preguntó por qué le pedía que se detuviera. Me dijo: “A usted le gusta esto, ¿no? Lo he sabido desde el primer día. Yo esas cosas las noto. Es mucho mejor que hacerlo con un hombre, ¿Verdad? Mire lo mojada que está. Yo puedo hacérselo mucho, muchísimo mejor. Puedo hacerle sentir que el cuerpo se le derrite. ¿Qué le parece?”. Tenía razón. Era exactamente como ella decía. Me había excitado mucho más que mi marido y hubiera querido que siguiera. Pero no podía ser. “Hagámoslo una vez por semana. Nadie lo sabrá. Será un secreto entre usted y yo”, añadió.

>>Me Levanté, me eché el albornoz por encima de los hombros, le dije que se fuera, que no volviera nunca más. Ella mantenía la mirada fija en mí. Sus ojos se habían transformado. Se habían vuelto tan inexpresivos que parecían pintados sobre un cartón. Carecían de profundidad. Tras mantener la mirada fija en mí durante unos instantes, recogió su ropa en silencio y fue poniéndose una prenda tras otra, muy despacio, como si hiciera una exhibición, luego volvió a la sala donde estaba el piano, sacó un peine del bolso, se peinó, al fin se secó la sangre de los labios con un pañuelo, después se calzó los zapatos y se marchó. Al irse me dijo lo siguiente: “Eres lesbiana. Por más que intentes ocultarlo, lo serás hasta que te mueras”.

 

Ciclo Literario.