El huésped

Lorenzo León


 

En ese tiempo en que regresé a la ciudad ya no padecí las hondas melancolías azuladas y fúnebres que me empujaron al bosque. Ahora todo me parecía neutro y vacío. Era como si esas tristezas que yacen sombrías en los muros ya no pudiesen infectarme ni alcanzarme con sus dedos pálidos. Ahora podía pasearme por las calles y mirar escaparates y sentarme en los autobuses sin que el ansia antigua me asaltase para ponerme tenso como los cables donde cada vez menos, los pájaros se mecen.
En los cafés no me alteraba ya el lento servicio y el libro de ocasión podía leerlo con desapego, sin la pasión de antaño donde encontré luminosas certidumbres pero también desasosegadas preguntas.

Mary Ellen Mark / 1974
Fotografía

Ahora recibía la noche en cualquier rincón de la ciudad sin preocuparme por el sueño; podía meterme a un cine o un teatro y reírme y llorar solo y sin culpa.
O me pasaba las horas nocturnas en los puestos de revistas y libros sin querer tenerlos, como antes, leyendo acá y allá un párrafo, viendo una imagen, como en una ventana donde las moscas caen.
Las fachadas de algunas casas, los espejos de los radiantes edificios, parecían reconocerme con su vasta indiferencia.
El llegar cada vez a mi hotel para no encontrar ningún recado en mi casilla y la habitación acomodada y limpia, correspondía a un sentido sin sordidez pero también sin esperanza.
Me echaba entonces a la cama para mirar la pared en la densidad pública; no me decía nada, no daba ni una señal ni una huella.
Y la música radiada, las bellas piezas clásicas, una tras otra, anunciadas por sólidas y elegantes voces, me ofrecían un lecho acústico para descansar de la impiedad de algo que dentro de mí sentía traicionado; entonces me detenía ante el espejo macerado, de oxidadas imágenes repleto, y veía la suavidad de mis pómulos y la oscuridad de mis ojeras…y me preguntaba dónde anidaban las razones de mi impecabilidad.
   Pensaba que esta ausencia de deseos definidos, al menos que el estar aquí fuese la manifestación decisiva de un deseo único, se debía a la modorra, el aturdimiento del que todavía no sale del dormir.
A veces sacaba de un cajón mis viejas agendas y recorría los teléfonos que antes fatigaba para lograr una cita. Los nombres me parecían huecos, como si el rostro que nombraban fuese una máscara de polvo.
En este hotel, de una habitación a otra parecía transminarse el silencio que fluía de las ocultas yacencias de los huéspedes que habíamos anclado aquí en una flotación naufragante; hombres y mujeres de miradas opacas, cabellos grises, pasos desvanecidos.
En el restaurante los meseros, distantes y automáticos, expresaban el discreto pulso de mi habitación, donde mis lecturas escasas y los ratos muy ocasionales de escritura transcurrían sin gloria.

El hecho de que el silencio o el no hablar fuese una naturaleza de mi yo ciudadano lo comprendía como el estatus del desconocido. El hecho de que los huéspedes para la eternidad en este hotel no nos interesáramos mutuamente me parecía como una ley afónica de la armonía. Este hotel parecía haber sido construido para nadies como nosotros, leyendo el periódico y mirando de vez en vez, como en una transparencia sin intención, nuestras muecas ruinosas.

 

Ciclo Literario.