Bajo la piel de los delirios

Araceli Mancilla


La piel de los delirios
Ludwig Zeller
Gatsby ediciones
2008

Es larga, rica e inspiradora la trayectoria de Ludwig Zeller como artista. Escritor de numerosos libros y creador de piezas de collage en las que uno puede perderse largo rato llevado por las iluminaciones que nos provocan; no podemos separar su obra plástica de sus poemas pues son complementarios: poemas visuales sin palabras sus collages, visualidad en palabras sus poemas. Ludwig ha publicado más de cincuenta libros y ha sido traducido a muchos idiomas, además de ser él mismo editor de publicaciones únicas de gran belleza. Es alguien lanzado al mundo por la poesía para ser, sin remedio, poeta. Quizá porque nació en Río Loa, Chile; un lugar situado en los confines del desierto de Atacama, cuna de los espejismos y fantasmas con que convive desde entonces. Siempre ha vivido tocado por ese designio y es así que llegó aquí, tras muchos años de vivir un exilio particular en Canadá, trayendo a esta ciudad sus abalorios de encantamiento. Ludwig Zeller ha escrito sobre México y Oaxaca con la mirada de quien descubre la raíz germinal del lugar al que llega, y en correspondencia lo hemos adoptado como un creador propio y entrañable. Su obra se  inscribe en un lugar distintivo de la literatura chilena y mexicana, y ha sido editada en  varios países, destacadamente en Canadá, adonde también pertenece.

Christer Stromholm / 1981
Fotografía

Convivir con él ha sido para la comunidad literaria de Oaxaca una oportunidad única  de aprendizaje, renovación y crecimiento, pues no ha escatimado tiempo y trabajo para compartir su experiencia, sus conocimientos y su magnífica biblioteca con los escritores locales, y se ha sumado entusiasta y generoso a los más diversos proyectos.  
Siendo creador de delicados y extravagantes objetos artísticos, se agradece la aparición de un libro suyo elaborado con el esmero y dedicación que corresponde a su sensibilidad, y a la inmensa calidad de su obra.
Piel de los delirios es un poemario preparado por Freddy Domínguez Nárez con la paciencia y el cuidado que los poemas seleccionados exigían, y se acompaña de la pintura y los estupendos dibujos de Susana Wald, compañera de Ludwig y artista destacada. Cada libro de Ludwig es un desborde de imaginación que no deja de asombrarnos, sobre todo en estos tiempos en que la contención poética es la constante.
Pero no es extraño porque Ludwig pertenece a una estirpe de escritores surrealistas de la que él es, según afirma José Miguel Oviedo en el prólogo de este libro, el último militante que queda en América Latina.
Cierto, Ludwig es un surrealista cabal que ha entrado a fondo al territorio donde los sueños y la realidad se convierten en un solo universo poblado de imágenes polivalentes, llenas de sucesos complejos a través de los cuales se detona una significación de las cosas exclusiva, irrepetible y desconcertante.
Sabemos que rehusarse al orden impuesto por la razón es un imperativo del surrealismo, sin embargo, en la poesía de Zeller el descontrol vertido en sus versos largos, sinuosos, si bien cumple con fidelidad el precepto, nos lleva, paradójicamente, por la vía de sus figuras de altos vientos, a un estado singular de conciencia que esclarece al mundo.
Uno sale pulido e irradiando acumulación de sustancias extrañas y emociones desconocidas después de haber leído los poemas de Ludwig. Él, quien es un poeta innato, arrojado por la poesía al cosmos, domina su arte con la libertad de un alquimista que permite al pensamiento convertirse en paloma, inmediatamente después en río, y luego en desierto.
Es la mirada de Ludwig la de un inquisidor de lo invisible; de lo irreal que toma forma en sílabas y largas líneas como interminables veredas de versos -torrente; briosas cabalgaduras simbólicas que el lector sigue azorado por la secuencia de imágenes que se afirman, se interrogan y chocan entre sí hasta dejarnos bien plantados en el centro de un espejo roto.
Piel de los delirios nos ofrece, en esta línea de vastedad  y vértigo, algunos de los poemas reunidos por el poeta en los últimos años, que no habían sido publicados con anterioridad en un libro. Editado a la manera de un oleaje sutil donde amor, amistad y reconocimiento al otro es la marejada que conduce la lectura; el desgarramiento y el dolor de lo irrepetible son dos de las constantes que recorren sus páginas. Se trata de 27 poemas en los que la mujer, presencia indispensable en toda la bibliografía de Ludwig, tiene de nuevo un primerísimo lugar. Mujer de muchas maneras, mujer reminiscencia, mujer soñada, mujer mitificada, mujer diosa, mujer espejo, mujer deseada y, sobre todo, mujer perdida para ser recobrada.
La mujer que invoca Ludwig lleva consigo el elíxir de la vida que es develado en el sueño. Lo que parece ido para siempre con ella, es recuperado por el arroyo de sombras de la memoria. Para Ludwig el amor desata interrogantes que tienen respuesta en esa otra realidad que existe a nuestro alrededor y suponemos inasible; por eso aparece la mujer de los espejos como la representación de todas la posibilidades que ofrece el deseo a la imaginación.
Es a través del amor que el poeta vislumbra la trascendencia  más allá de la muerte, y  por ello dice:

“…
                                                                          Esperemos aquí
Que nos sea concedido ese Don que todo lo transforma,
Cuando los días levitan sobre la soledad, ya que morir
Es traspasar ese velo de las apariencias y tú y yo
Volveremos a encontrarnos en un manantial ardiente y eterno.”

Encontramos en el sentimiento amoroso de estos poemas ecos de una pasión dolorosa. El lamento por la pérdida del ser amado se da en medio de una expresión delirante que cobra sentido en la oscuridad apoderada de la vida. La ilusión de existir ronda junto a la sensación de que lo amado no retornará jamás. Hay pesadumbre en la que se escuchan ecos y rastros de los seres lejanos,  cuando el poeta dice:

Enrico Pasquali / 1953
Fotografía

“  …                                                                       
Y volvemos la cabeza en busca del que llama desde en el fondo
De aquel azogue amargo, ya que todas las imágenes se disuelven
Y estamos solos en la barca, sabedores de que lo que amamos
No retornará jamás, y cada gesto, cada risa escuchada en la oscuridad
Será nube que arrastra a los desvalidos viajeros, esclavos hechizados
Del desconsuelo.”
      La idea de que las transformaciones de la vida nos arrastran sin remedio, poblándonos de nostalgia, a pesar de la memoria, y sólo el olvido queda, recorre la espina dorsal de estos poemas en los que el poeta concluye:
“…Se escribe por hastío, por cansancio de buscar lo imposible.”

     Algo intangible, superior a nosotros, mueve los hilos de la existencia, y un reclamo a lo que nos transforma con crueldad, ronda La piel de los delirios como un desafío. La muerte y su trascendencia en una metamorfosis continua, atraviesan este poemario en el que la mujer es el refugio, la mujer madre, mujer semilla que está detrás de todo lo que existe.
Pero  Zeller no duda también en burlarse de sí  cuando nos ofrece con filosa ironía el retrato del Otro que lo habita y que se atreve a enfrentarlo en su vanidad, sordo a las súplicas del poeta que clama por piedad. O cuando hace un llamado a romper la inútil castidad de las “adorables señoras pervertibles” que “acumulan miel en sus caderas” en lugar de despertar a “la polvareda del amor” y “hacer que ardan sus médulas”. Tampoco elude, deseante, el erotismo que se desplaza en los muslos y el sexo huracanado, el “sexo de hidromiel”, de “caracola de fuego” de “su mujer eterna”, que descubre al ritmo del tic tac de la sangre, enloquecido, afiebrado. El deseo que lo consume es el de la carne, de los pezones, de las venas, pero también el de un “único, infinito presente” que dice herido:

 “… y aunque grite en la niebla y aunque aúlle
en el frío, no hay herida que duela como no poder verte,
cuando a ciegas, a oscuras por el vidrio de insomnio,
sólo escucho llorar en el silencio.”
Porque para Ludwig Zeller la mujer es “la verdadera puerta de la vida, la entrada y la salida del ser”.
Nostalgia, ausencia, erotismo, trascendencia, culto a la feminidad, elogio del amigo, de la compañera, la admiración al artista que es el semejante forman parte de la composición de obsesiones vitales reunida en La piel de los delirios. Este libro es una ofrenda a la mujer, al recuerdo y a la amistad de compañeros y artistas queridos por Zeller (Olga Orozco, Enrique Molina, A.F. Moritz, Jorge Cáceres, Rodolfo Morales entre otros).
Todo aparece aquí  relacionado como un solo puente comunicante de la profundidad existencial y espiritual de que es capaz el hacedor de sueños que es Ludwig Zeller.

Poeta puro, ávido de la sed que mana de esa fuente que llamamos poesía, sabe de su  poder que transforma al mundo en lo extraordinario presentido; el mismo que consume los espejismo que sus manos crean.

 

 

Ciclo Literario.