Una lección de filosofía

Roger van de Velde

Nota y traducción de Fons Lanslots


El escritor amberino, Roger van de Velde, encontraba inspiración dentro de la cárcel o del manicomio. Algunos, incluyendo su esposa, creían que los encierros eran necesarios para su producción literaria. Al final de su vida algunos autores flamencos hicieron una campaña exitosa para sacarle de la cárcel. Una vez en libertad, Roger van de Velde murió en un bar de Amberes, el sábado 30 de mayo de 1970, a las 19 horas. La última dosis de Palfium, un analgésico, le mató como un solitario en medio del movimiento de la ciudad. A la sazón estaba en camino de volverse el escritor más famoso en lengua holandesa. Una lección de filosofía proviene de su libro de cuentos Cráneos.

 

Fotografía
Anders Petersen/ 1995

En el jardín, debajo del árbol de saúco, hablé con Casimir sobre “la felicidad”.
Casimir tenía el récord absoluto de estancia en el asilo: treinta y dos años. Era de origen búlgaro y su delito resultaba tan desconcertante que muy pocos lo sabían y nadie quería calificarlo. Con su alta estatura, su bigote bien cuidado y sus ojos azul acero, parecía un oficial en retiro, bien conservado. Tenía buenos modales y era tan altivo que se hacía difícil acercársele. Si era cierto que pocos conocían su delito, entonces también pocos recibieron su confianza. Aparte de su estatura marcial y su orgullo inveterado, Casimir disponía de una memoria extraordinaria. Había leído y releído todos los libros de la biblioteca. Se sabía el Petit Larousse casi de memoria y con artículos de revistas viejas formó una colección enciclopédica sobre los asuntos más diversos. Para los aficionados a los crucigramas y la gimnasia cerebral, que a veces podían caer de su gracia, era una fuente abundante de sabiduría. ¿La cumbre más alta del Atlas? ¿La distancia entre la Tierra y Venus? ¿La evolución secular de la lupina ártica o la constitución química del agua del mar? Casimir lo sabía.
Cuando estaba de un humor meditativo, ocurría algunas veces que me daba una enseñanza filosófica.
Como la tarde de aquel domingo en el jardín.
 –La felicidad –así argumentó–, no existe. Es un invento abstracto del hombre que quiere nombrar la sublimación de sus aspiraciones. Dentro de sus limitaciones, el hombre, con un suspiro nostálgico, ambiciona un paraíso perdido que nunca existió y la posibilidad de la perfección y del absoluto. Da nombres y figuras humanos a sus sueños de deseo sobrehumanos: dios, libertad, inocencia, eternidad, amor, inmaterialidad, espacio. Este deseo es absurdo y, sin embargo, en esta absurdidad el hombre, siempre, sigue haciendo intentos desesperados y dolorosos para sustraerse de sus deficiencias inevitables. Sólo cuando el hombre, en una reflexión lógica y serena, se dé cuenta de sus limitaciones naturales y acepte que la perfección absoluta no es nada para él, de modo que dios, libertad, inocencia, eternidad, etcétera no existen, la vida, jenseits vom Guten und Bösen, más allá del Bien y del Mal, será soportable. Es el arte del compromiso.
La tesis era clara como el cristal y por supuesto tan vieja como el mundo. Tal vez lo había leído en algún texto de Kant, Hegel, Schopenhauer o quizá Sartre. O en cualquier novela de Zolá.
–Sin embargo cada hombre, incluso en las condiciones más desesperadas, continúa aspirando a la felicidad –dije–. Lo imposible debe tener mucha fascinación.
–Eso lo sé –respondió–. Desde luego, el hombre ambiciona satisfacer sus gustos y a la meta final del principio de gusto llamamos “la felicidad”.

Fotografía
Max Waldam / 1967

También había leído eso en los libros de Sigmund Freud, autor favorito de intelectuales psicópatas. Era sorprendente aprender esta lúcida tesis de resignación y relatividad de alguien que, como Ícaro, desconsiderado y sin sentido, se rebeló contra las limitaciones humanas y llevaba ya treinta y dos años gimiendo sobre sus alas sangrantes. ¿Era esta resignación el fruto maduro de su encierro? ¿O, como un papagayo, estaba recitando una leccioncita? –Si la felicidad no existe, entonces, lógicamente hablando, la desgracia tampoco existe –dije–. Por el momento anda por nuestras regiones un mago hindú que afirma que por medio de la meditación uno puede suprimir todas las restricciones y suspiros. También predica la doctrina de un equilibrio íntimo del compromiso. Después de todos estos años, ¿has logrado desarrollar el arte del compromiso en tal medida que puedes carecer de la libertad sin ser desgraciado por ello?
Era una pregunta insolente, casi brutal, que penetraba hasta el núcleo de su intimidad y que, claro, podía herir su orgullo.
Encogió los hombros: –Ser libre es una cuestión de independencia. No soy más dependiente que los demás. Estoy ligado a los guardias y los guardias están ligados a mí. Estoy atado a cadenas, que nada más son simbólicas; ellos están encadenados a sus mujeres, a sus hijos, a su trabajo, a su televisión, a su seguro social. Me traen comida, me dan medicinas y no me pueden perder de vista ni un minuto. Cuando doy un paso, el guardia asimismo tiene que dar un paso. Yo escojo la dirección. ¡Claro! Una dirección en un espacio limitado, pero él tiene que seguirme. De hecho, el guardia es menos libre que yo.
 Faltaba algo en su razonamiento pero guardé silencio pues no quería violar su última ilusión.
Sobre nuestras cabezas se desprendía el olor de saúco y un mirlo anunciaba que iba a llover.
Después de un rato me preguntó: – ¿Cómo se llama aquel mago hindú?
–Maharashi Mahesh Yogi –le dije.
Casimir escribió el nombre cuidadosamente en su libreta de memorias. Mojó su bigote con la punta de su lengua y contento se frotó las manos.
Es otro más de estos engañadores que debo eliminar –dijo.
 – ¿Engañadores? –pregunté ingenuo.
 –Son bribones sin escrúpulos que roban mis ideas para andar pavoneándose con ellas. Cuando esté libre los mataré, uno tras otro.

Miraba hurañamente a su alrededor y me enseñó la libreta, donde estaban escritos los nombres de veinte personas ilustres, condenadas a muerte. En efecto, entre ellas estaba Sartre.

 

Ciclo Literario.

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