Una nación envuelta en piedras

Roberta Hill
Traducción de Moisés Villavicencio Barras

 


Roberta Hill (1947), poeta y escritora de ficción, es miembro de la Nación Oneida de Wisconsin, Estados Unidos. Obtuvo los grados de licenciatura, maestría y doctorado en las universidades de Wisconsin, Monatana y Minnesota, respectivamente. Actualmente se desempeña como profesora asociada de inglés y estudios indio –americanos en la universidad de Wisconsin, en Madison; y trabaja en una biografía sobre su abuela, la doctora L. Rosa Minoka –Hill, quien fue la segunda mujer médica de origen indio- americano. Hill forma parte del consejo consultivo de la  revista Wicazo sa y  poemas y ensayos suyos han aparecido en The American Indian Culture and Research Journal, The Beloit Poetry Journal, Luna and Prairie Schooner y en poetry foundation.org.  Ha recibido los premios de la fundación Lila Wallace- Reader’s Digest y el  Chancellor de la Universidad de Wisconsin. Su obra forma parte de múltiples antologías, entre ellas:  Norton Anthology of Modern Poetry, Richard Ellmann (Compiler), W.W. Norton & Company; Voices of the Rainbow: Contemporary Poetry by Native Americans, Kenneth Rosen (Editor), R.C. Gorman, Aaron Yava (Illustrator), Arcade Pub.

Entre sus libros de poesía se encuentran: Philadelphia Flowers: Poems, Holy Cow Press;  Star Quilt, Holy Cow Press.

 

Una nación envuelta en piedras

Para Susan Iron Shell

Cuando las sombras de la noche se deslizaron por la planicie, vi a un hombre

                                                                                  [junto a su caballo,
durmiendo donde ningún hombre o ningún caballo lo han hecho. He rezado
a una estrella que mintió. Los espíritus cerca del techo de tu cuarto, ¿salieron a caballo convirtiendo en hilos el rocío por el brillo de la luna?
En la prolongación salvaje de los días, no temiste las cenizas o llorar.
Nosotros, los abandonados
no podemos calentar la luz solar.
Isaac, te fuiste con el viento.

El árbol de moras crece lento. Sostuve  a tu esposa que se estremecía y las ventanas de tu casa se sacudieron en  los cuartos del norte.
El arroyo carcome los restos de la nieve. Nuestra sangre corre pálida.
Nos enseñaste a ser buenos con los demás. Ahora, despertamos cuestionándonos nuestros sueños.
Halcones de la noche en la neblina caliente. Una nación envuelta en piedras.

¿Qué saben las enfermeras sobre la hierba,
de aromas que flotan rotos entre cañones, del coraje en una cara enrojecida?
Sollozas amor, no muerte.
Había búhos alrededor de tu cama.

Los vientos del norte nos persiguen con su música, suficiente dolor para encender
las viejas praderas.
Los vientos del Este gruñen alrededor de Parmeele.
Las desiguales y oscuras colinas serán propicias para las heladas.
A diferencia del polvo, no podemos morir por llorar. Descansarás en una colina
 tranquila. Ojos cubiertos por los matorrales
nos dan la razón para sostener esta pesada corteza. Nos dejan con pena

y tiempo para mirar la lluvia empapando los árboles.

Fotografía
Arturo Esquivias / 1975

 

 

Ciclo Literario.

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