En el asombro de la vorágine

Araceli Mancilla


Leonardo Da Jandra
La almadraba
Editorial Planeta
2008

Se lee de principio a fin, con la rapidez gozosa de una inmersión en un mar pleno de cardúmenes y la acechanza de playas quemantes donde se refugian aventureros de sorprendente arrojo,  personajes a quienes aqueja una furia de existir tan pertinaz que creemos ver su rastro aún después de la lectura.
Con sus vidas a cuestas, la anécdota principal de esta novela es sólo un pretexto para hacer del territorio que Da Jandra ha explorado anteriormente con mirada de cazador y desbrozando la selva, el ámbito del pescador por excelencia; del hombre de costa que vive día tras día sin más ambición que poseer, todo para sí, a su gran amor: el océano. Y con él, el dominio de un oficio que ha fascinado a la humanidad desde el principio de los tiempos con su carga de aparejos, secretos y zozobra.

Fotografía
Jean Gaumy

Armadas con los instrumentos del buzo: la sagacidad y el arpón, las historias imbricadas en esta novela lo están también en la maestría con que sus personajes develan la complejidad de la vida que se debate en las plataformas marinas, en los cayos y arrecifes de apariencia inofensiva en los que ponen a  prueba  su destreza y soberbia los hombres de mar. Siguiéndolas nos encontramos de pronto en los márgenes de un mundo de desconfianza y corrupción en el que cabe, a pesar de todo, la solidaridad. Y asolados por el resplandor de esas playas fatídicas reconocemos a hombres y mujeres con quienes podríamos topar en cualquier momento si  decidiéramos  atravesar esa exuberante franja de tierra que conocemos como el Istmo de Tehuantepec; para algunos remotísima región pero que ha sido el punto de partida de exploradores legendarios como lo fue Hernán Cortés, que en ese lugar estableció sus astilleros y se dio a la empresa de descubrir Baja California.
Sitio de tradiciones que han forjado leyendas; de modos de ser y convivir que lo colocan aparte dentro de las múltiples identidades que conforman el espacio oaxaqueño, al penetrarlo, Da Jandra sigue siendo fiel a lo que en su momento llamó la realidad intrahistórica; a su visión de una literatura que desmenuce los orígenes y relaciones de una cultura hasta llegar a su trasfondo mítico, y hace lo propio de nuevo en esta novela ofreciéndonos la entraña del  microcosmos istmeño- huatulqueño en el que se entrelazan la vocación por la vida y una delirante pulsión de violencia y muerte. Lo hace escogiendo como hilo conductor, que no exclusivo, las peripecias de un antihéroe, el Ingeniero, tipo que encarna una atractiva oposición: el cinismo y la gallardía; ser sin escrúpulos que experimenta, no obstante, la pasión por el mar con la veta de un seguidor clásico del heroísmo. De él sabemos desde el principio la malahora de su destino al que el lector irá llegando enredado en la trama fatal de esta red que es La almadabra.
Con esta novela Leonardo da Jandra (Pichucalco, Chiapas, 1951) culmina la trilogía costeña iniciada con Hutulqueños (1991) y Samahua (1997) que le ha ganado un sitio distintivo en la historia de la literatura mexicana al dar voz de una manera fina, precisa y, sobre todo, dotada de extraordinario oído, a personajes surgidos de nuestro medio rural contemporáneo. Lo consigue de manera renovada.
En esta última saga volvemos a encontrarnos con los entrañables personajes que son Nicéforo y Crisálida, a los que se suman el locuaz locutor Fito Callejas y la memorable Catalina, cuya alegría y salero recorren los avatares de La almadraba, llenándolos de olores, colores y sabores. Y aparece Delfino, ser extraño que encarna las obsesiones éticas del  autor, en quien advertimos un halo fantástico, elemento de contraste que nos hará recordar las virtudes sobrehumanas de ciertos protagonistas de nuestras lecturas juveniles.
Mas si algo sobresale para disfrute de la lectura en la composición de La almadabra es justamente su estructura de red conformada por sólidos y bien tramados hilos.  El autor la concibió como sólo puede hacerlo un minucioso artesano y la lanzó a los vaivenes de una historia que son varias conectadas por encuentros fortuitos, intereses contrapuestos, fervores compartidos, todos ligados por la presencia imponente del mar.     
Y a la hora de entrar en detalles Da Jandra no nos ahorra descripciones posibles únicamente desde la riqueza de la vivencialidad. Tampoco hay reparo en abordar con  un humor que a veces llega a ser escatológico; con desparpajo y escenificando bruscos encuentros eróticos, los entreveres de los acontecimientos.
La Costa y el Istmo oaxaqueño son el epicentro de la trilogía dajandriana, pero en esta ocasión el escritor rebasa sus fronteras y se adentra, aunque en forma fugaz, en otros territorios, Veracruz y Nayarit, para dar cauce a los desplazamientos de uno de sus personajes centrales. Sin embargo sigue siendo su pulida mirada sobre la costa oaxaqueña la que cumple sus afanes de llegar a la esencia de un carácter local que se universaliza. En este propósito el lenguaje juega un papel notable. Coloquial, plenificado en su concentración en Huatulqueños y Samahua, en La almadabra  se abre  y da curso a una fluidez del habla que conduce con ligereza al lector.
Se ha dicho de esta novela  de Da Jandra que es de las escasas obras sobre el mar surgidas de la literatura mexicana; también que en ella subyace un trasfondo ético en el que hombre y naturaleza se enfrentan como parte del proceso de depredación que ahora como nunca vive la tierra.    

La verdad es que, a momentos calma, a momentos briosa como el mar que la pare, esta novela nos sumerge en las cautivadoras aguas del trópico oaxaqueño para, sin apenas darnos cuenta, colocarnos en el asombro de su vorágine.

 

 

Ciclo Literario.

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