El fin de una era y la opción convivial

José Antonio Canseco


Gustavo Esteva (Ciudad de México, 1936), discípulo directo del gran pensador recientemente fallecido, Iván Illich, reflexiona en esta entrevista sobre los conceptos que acuñó el intelectual austriaco que vivió en México. Nos recuerda que “En la sociedad de consumo quien no es prisionero de la adicción lo es de la envidia: unos viven consumiendo sin cesar lo que están acostumbrados a necesitar y otros viven envidiando a quienes consumen lo que ellos no pueden adquirir”.  Esteva  es un activista que se califica a sí mismo como “un intelectual desprofesionalizado”. Es autor de varios libros entre los que destacan Regenerando el espacio de la Gente; Tepito: Primer Mundo, no gracias; Qué hay más allá del desarrollo; Del pensamiento Global al pensamiento Local; Organizaciones de Base y Posmodernismo. Fundó La Universidad de la Tierra y el Centro de Diálogos y Encuentros  Interculturales (CEDI).

 

José Antonio Canseco. Mucho se  habla  de los grandes problemas de la sociedad actual. Gustavo, ¿consideras que estamos viviendo el fin de la sociedad industrial o es tan solo una crisis más del sistema capitalista?
 Gustavo Esteva. Vivimos una crisis capitalista típica, que se inserta en una crisis más profunda de un estado de cosas que recibe distintos nombres. Wallerstein piensa que es el fin del capitalismo como sistema. Algunos autores consideran que es el fin de la sociedad industrial, en sus formas capitalistas o socialistas, y hablan ya de la sociedad postindustrial. Me temo que algunos de ellos plantean un paso más en la misma dirección, en la línea de la sociedad informática que Illich veía con horror como el sustituto de la civilización del texto que él amaba. Otros autores ser refieren al fin de la era moderna -estaríamos ya en el posmodernismo, que para algunos implica el abandono de las categorías, de la mentalidad y de  la narrativa de la Ilustración.

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D. A. Harissiadis / 1956

Pienso que estamos claramente en el fin de una era, en el periodo de caos e incertidumbre que define el tránsito hacia una nueva, que surgirá cuando logremos inventar los términos que nos permitan crearla y entenderla. Al final de una conversación entre Foucault y Chomsky, que está reproduciendo Youtube, Foucault aclara bien esta situación: ya no podemos seguir usando los términos en que fuimos educados para entender lo que ocurre.
JAC. Hay una urgente necesidad de abrir la mirada, de imaginar otros mundos. Tú hablas de “modos conviviales de vida” ¿A qué  te refieres con esta idea? ¿Es  un  nuevo camino a explorar?
GE. Me refiero desde luego a la tradición de Iván Illich, que inauguró con su libro La convivencialidad. Renovó el sentido y alcances de esta palabra, que yo había oído ya en barrios y pueblos. Se trata, en efecto, de un nuevo camino a explorar que entre otras cosas nos ofrece la sorpresa de que puede resultar familiar para quienes hemos estado cerca de algunos pueblos que han logrado resistir el colonialismo y el desarrollo y siguen siendo lo que son, a pesar de todas las intervenciones.
JAC. Iván Illich planteó su propuesta de “convivencialidad” alrededor de los años 70  reivindicando una nueva organización social basada en escalas menores, en el reconocimiento de límites naturales y en el uso de herramientas y tecnología menos avasallantes. ¿Cuál sería la vigencia de esta propuesta y cómo se vincula con tu idea de “convivialidad”?
 GE. Uno de los amigos de Iván, Hans-Albert Steger, sostiene que la convivialidad ha dejado de ser (si alguna vez lo fue) una utopía futurista. Se ha vuelto parte de nuestro presente, aunque no nos hemos dado cuenta de ello.
Para Illich, sería convivial una sociedad en que la gente emplea procedimientos políticos para controlar las herramientas, lo que permite entender bien su crítica radical de la sociedad actual, en que el hombre ha perdido control de las herramientas, desde el automóvil hasta el seguro social o los procedimientos electorales, y en vez de emplearlas para sus propósitos se halla sometido a ellas, particularmente por la escala en que se emplean.
Según Illich, la construcción de una sociedad convivial depende del reconocimiento de la naturaleza destructiva del imperialismo político, económico y tecnológico. La convivialidad, señalaba, sería el fruto de personas capaces de controlar sus herramientas. Los mercenarios del imperialismo pueden envenenar o destruir una sociedad convivial, pero no conquistarla.
JAC. La conviviencialidad  con su propuesta de limitar el crecimiento, de la renuncia a la sobreabundancia, con su crítica a la especialización, y con la idea de disminuir drásticamente el consumo de energía, cuestiona  dogmas profundamente arraigados en la sociedad. ¿Cómo poner  en la mesa esta propuesta en un mundo que marcha a toda velocidad en la dirección contraria?
GE. Creo que estamos en buen momento para hacerlo. Dos factores detendrán la profundización del horror: imposibilidades estructurales y controles políticos. Estamos ya en la situación límite en innumerables aspectos: no será posible que cada familia tenga un automóvil o que se mantenga o expanda el nivel de consumo de las sociedades “avanzadas”. Y un creciente número de personas despierta a la conciencia de que estamos cayendo al despeñadero y es urgente hacer algo, lo que permite gestar consensos para establecer los controles políticos que hacen falta. Asuntos como el calentamiento global están contribuyendo sólidamente a ese despertar, aunque a veces en dirección equivocada, con nuevas obsesiones tecnológicas.
JAC. En el centro de la convivencialidad hay valores éticos como la sobriedad, la equidad, la autonomía creativa, la amistad, el amor. ¿Cómo hacer el salto  de una utopía normativa a una utopía realizable?
GE. Como mencionaba antes, la convivialidad ha dejado de ser una perspectiva utópica, algo-que-no-tiene-lugar-en-este-mundo. Lo tiene ya, lo ha tenido siempre, aunque no se le reconozca. Se amplían en todas partes los ámbitos en que prevalecen nuevas actitudes, que retoman antiguas tradiciones y las renuevan, sin necesidad de apegarse a prescripciones normativas voluntarias o impuestas. Llegan todos los días, a esos ámbitos, las personas que se hartaron ya del hiperindividualismo posesivo y consumista, que en plena prosperidad condena a muchos a vivir anestesiados –con Prozac o cualquier otra droga legal o ilegal.

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Arkadi Shaikhet / 1930

 JAC. Según Illich  la sociedad convivencial requiere poner un límite a las herramientas y a la tecnología,  pues una vez pasado cierto umbral crítico produce  invariablemente más uniformización, reglamentación, opresión, dependencia, explotación, impotencia.  ¿No es posible darle un uso convivencial a las megaherramientas del mundo moderno? ¿Hemos de renunciar al uso de tecnología desarrollada?
GE. Illich hablaba con frecuencia de la necesidad del “ayuno tecnológico”: privarse radicalmente de las tecnologías que nos aprisionan. La “frugalidad tecnológica” implica prescindir o hacer uso conscientemente moderado de las herramientas que interfieren con la amistad, con nuestras relaciones con los demás. Lo que ha estado ocurriendo es que mucha gente, particularmente los llamados pobres, han estado refuncionalizando para sus propios propósitos las herramientas de la opresión –desde la burocracia médica a las estructuras municipales de gobierno. Ese mismo camino adoptan ahora quienes descubren la posibilidad de usar en forma libre, autónoma y convivial herramientas como el Internet.
 JAC. En las sociedad convivencial es central el uso de herramientas sobrias,  de escala humana y con un uso de energía limitada.  Además que no requieran de especialistas y que sean operables por todos. ¿No es esto una vuelta al pasado, a una nueva esclavitud voluntaria?
 GE. lllich rechazaba tajantemente todo empeño de “volver al pasado” – lo que además es imposible. La actitud convivial exige rechazar radicalmente algunas tecnologías que claramente escapan al control humano, aunque haya aún científicos arrogantes que pretenden tenerlas bajo su arbitrio. Me refiero a herramientas como la energía nuclear o los transgénicos, que operan aprendices de brujo y nos conducen rápidamente al desastre. Pero pienso que algunas herramientas contemporáneas, con los más sofisticados refinamientos técnicos, pueden ser sometidas a un uso convivial, es decir, pueden quedar bajo el control de quienes las usan. Consideremos siempre no sólo la herramienta misma, la técnica, sino también la tecno-logía, el nexo lógico y social que está inscrito en la herramienta. Podemos dar uso convivial y libre al teléfono, con normas adecuadas para los sistemas que lo operen, o podemos hacernos esclavos de él, no sólo de la compañía pública o privada que nos vende el servicio sino del instrumento mismo, del que nos volvemos esclavos.
JAC. El sistema neoliberal es excluyente y totalitario por naturaleza. Los “monopolios radicales” según Illich son la dominación más que de algunas marcas, de un tipo de producto, y hasta de una forma de vida, de la cual  es prácticamente imposible escapar. ¿Cómo crear sociedades conviviales viables y perdurables en un escenario avasallantemente adverso?
GE. Los extremos a que ha llegado el neoliberalismo han creado las condiciones para que mucha gente encuentre en la opción convivial la mejor y acaso la única forma de supervivencia. El capital tiene más apetito que nunca, pero no el estómago suficiente para digerir a cuantos quiere controlar. Aumenta el número de los prescindibles para el capital…que crea para ellos nuevas opciones y oportunidades. Puede ser trágico para muchos ser expulsado de la nómina y saber que nunca se podrá volver a ella…pero eso mismo crea la oportunidad de un trabajo autónomo digno…
 JAC. ¿Cuál sería la expresión política de una sociedad convivencial? ¿hay algún referente histórico reciente?
GE. Un antecedente político, en una sociedad que aún no contaba con las condiciones técnicas apropiadas para la sociedad convivial, es sin duda la Comuna de París. Algo semejante puede decirse de numerosas experiencias indígenas y campesinas, en muchas partes del mundo. Pienso que los regímenes autonómicos que impulsan los pueblos indios y en particular los zapatistas dan clara forma política a la sociedad convivencial. En un sentido, se trataría de extender a otras áreas, particularmente las urbanas, lo que se ha hecho en forma tradicional en muchas comunidades indias.
 JAC. Es más familiar y cercano el concepto de comunalidad, que el de convivencialidad, y de alguna forma, parecen aludir a lo mismo. ¿Cuál es la relación entre estos dos conceptos? ¿Uno incluye al otro?
GE. El término que acuñaron independientemente Floriberto Díaz y Jaime Luna trata de expresar el espíritu de la comunidad india, el régimen de sus relaciones sociales, en el marco de un enclave pre-industrial articulado a una sociedad industrial. Hay un claro parentesco entre esa comunalidad y la convivencialidad, en cuanto a régimen de relaciones sociales se refiere, pero ésta se aplica, en la tradición de Illich, sólo a la sociedad postindustrial. La convivencialidad no brota en el vacío: es heredera de una amplia variedad de tradiciones y experiencias, entre las que se encuentra muy claramente la que Díaz y Luna llamaron comunalidad.

Fotografía
Andreas Feininger / 1949

 JAC. Aún existen grupos que viven formas conviviales de vida, como muchos pueblos indígenas. También personas muy educadas y con una situación privilegiada en el mundo moderno han decidido abandonarlo voluntariamente. Ambos ejemplos están en el extremo de la pirámide social. ¿Consideras que pronto veremos  a  los burócratas, los profesionistas clasemedieros  y a las familias populares abandonar el paradigma de la economía global y aproximarse a las formas conviviales  de vida?
 GE. Formas conviviales de vida han existido siempre, como señalaba antes, pero aún está por crearse una sociedad convivial en el sentido en que habla Illich. Según él, en la sociedad de consumo quien no es prisionero de la adicción lo es de la envidia: unos viven consumiendo sin cesar lo que están acostumbrados a necesitar y otros viven envidiando a quienes consumen lo que ellos no pueden adquirir. Un número creciente de ellos están diciendo ¡Basta! a esa condición y buscan ya la liberación de la prisión del consumo.
JAC Desprenderse del modelo actual según Illich tendrá un costo y la transición será dolorosa aún cuando la sociedad actual produzca sufrimientos infinitamente mayores ¿Cuál es ese costo que debemos estar dispuestos a pagar? ¿Cómo aminorar el sufrimiento?
GE. El costo será muy alto para quienes quedaron plenamente inmersos en la sociedad “avanzada”, en los países del Norte y en los nortes de cada país del Sur. Me temo que en muchos casos no será un costo que cubran voluntariamente, sino algo a lo que se verán obligados, con inmenso sacrificio. Me consta, sin embargo, que la libertad creativa que acompaña la transformación compensa de sobra el “sacrificio” y atenúa considerablemente el “sufrimiento” que para muchos empieza a ser imperceptible y en todo caso es mucho menor que el impuesto por la sociedad industrial.
JAC lllich dice que en la sociedad actual somos prisioneros de una imaginación industrializada, de sueños estandarizados, de fantasías programadas,  que nos impiden imaginar una sociedad convivencial.  Gustavo, ¿qué consejo nos darías parar finalmente despertar de la pesadilla del mundo moderno?

GE No acostumbro dar consejos. No sé qué pueden hacer otros. Siento que en la actualidad se necesita ser muy ciego e insensible para no ver que el desarrollo apesta y la sociedad actual se cae a pedazos. Empieza a ser suficiente la disposición de ánimo que nos permite abrirnos a la sorpresa y aguantar con entereza el derrumbe de todas las categorías y conceptos en que hemos sido educados por el mercado, el estado o las ideologías.

 

Ciclo Literario.

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