Los judíos y la literatura
El escritor no declina su identidad


Alain Finkielkraut


El filósofo Alain Finkielkraut recusa la noción de escuela judía en literatura. Pero observa también, en numerosos escritores judíos, en Francia como en los Estados Unidos, una preocupación compartida de la transmisión y de la fidelidad.

La idea de una escuela de literatura judía me molesta profundamente. La pretensión de la obra literaria a la objetividad y a la verdad se encuentra denegada a partir del momento en el que se define la literatura por su origen, cualquiera que sea, nacional, religioso o sexual. Si hubiera sólo expresión de la subjetividad individual o colectiva en la literatura, ésta no valdría la pena, ni por una hora.
En la mayor parte de los judíos, la salida de la religión no se acompaña de una salida del judaísmo. Pero no debe concluirse que no hubo ruptura y que las novelas de los grandes escritores judíos están impregnadas todas, de un modo u otro, por la sabiduría de la tradición. Por otro lado, la última novela de Philip Roth, Un hombre, relata la vida y la muerte de un judío a quien la religión ya no puede traer consuelo. La emoción que procura esta novela viene también de que habla de la muerte en su materialidad sin solución. El consuelo religioso aparece al narrador como un insoportable charloteo. Recuerdo además el estupor de Philip Roth, cuando, en una conversación que tuve con él en 1981, le dije que, en Francia, lo situaban, junto con Bernard Malamud y Saul Below, en la escuela judía de Nueva York. Claro, protestó contra esta representación diciendo que ninguno de estos escritores era de Nueva York y agregando que el primer gran libro de Bellow no empieza por la frase “Soy un judío nacido en Nueva York”, sino “Soy un americano nacido en Chicago” 

Fotografía
Patrick Zachmann / 1986

Las grandes novelas escritas por autores judíos no nos importan porque son escritas por judíos, sino porque nos revelan nuestra condición. No se trata para el escritor de declinar su identidad, se trata para él de explorar la existencia, de comprender el mundo. Philip Roth es un gran escritor americano. Los Estados Unidos son su tema mayor. “Lo que el corazón es para el cardiólogo y el carbón para el minero, los Estados Unidos lo son para mí”, confiaba en la misma charla. Por supuesto, la sensibilidad de Roth es judía, una gran mayoría de sus héroes son judíos, y esta afinidad es la que lo acerca a Malamud y a Saul Bellow, a pesar de que no pertenezcan a la misma corriente. Sin duda esta cercanía significa simplemente que, como lo escribe Leo Strauss, “el problema judío es la más sencilla y profunda ilustración del problema humano”.
            El primer problema humano es un problema de definición: ¿Quiénes somos? La democracia responde: somos los creadores de nosotros mismos, no somos la reencarnación de nuestros ancestros. Es la reivindicación del nombre sobre el apellido. El apellido es la herencia: el nombre designa la persona fuera de toda referencia a lo  anterior. Porque son judíos, unos escritores hoy problematizan este movimiento de liberación: así Daniel Mendelsohn en Los desaparecidos, y Philip Roth en La mancha.
            Los desaparecidos, que no es una novela, empieza por estas palabras: “Antaño, cuando tenía 6, 7 u 8 años y entraba a un cuarto, algunas personas se ponían a llorar”. Un niño de 7 u 8 años, especialmente en las familias judías, se acoge con alegría, algunos adultos embelesados lo apapachan. Si se lloraba al verlo, y aun, si se huía de su presencia, es sobre todo porque se parecía de manera alucinante a su tío abuelo Shmuel, matado por los nazis. Este parecido era la primera manifestación de la realidad genealógica de su ser. Por esto, cuando, con su bar-mitsva, se volvió hijo de los mandamientos, se impuso la tarea de aprender más sobre el mundo engullido del que venía. La búsqueda larga y minuciosa del origen a la que entra responde a un imperativo: el de arrancar del olvido la vida y la muerte de su tío, quien, después de haber emigrado a los Estados Unidos, había regresado a vivir en Polonia. Desde entonces, Mendelsohn no tiene más que una prioridad ¾la de ofrecer a ese hombre una biografía y una tumba narrativa. Esta urgencia lo llevó a preguntarse qué vínculo puede existir entre el escritor neoyorquino en el que se convirtió y ese mundo engullido. ¿Será él el heredero de ese mundo, o simplemente el que lleva su luto? ¿Establecerá la memoria una distancia infranqueable con el origen ¾o reestablece una continuidad? Para él ¿qué sentido tiene la expresión “de generación en generación”? La pregunta a la que se aplica Daniel Mendelsohn  es judía, pero no es judía solamente. Al leer  Los desaparecidos, pensé por antífrasis en el prefacio ultrademocrático de Sartre al Traidor de André Gorz: “Es cierto, escribe, que todavía se encuentran en este mundo salvajes tan estúpidos como para ver a antepasados reencarnados en sus recién-nacidos. Estos aborígenes retrasados se encuentran en las islas Fidji, en Nueva Guinea, en Tahiti, en Viena, en París, en Roma, en todos lados en donde haya hombres: se les llaman parientes.” Los parientes, lamenta Sartre, quieren conferir destinos a los niños por nacer; por doquier el papel está allí, esperando al actor que le corresponde, nacimos enajenados y estamos todos sometidos a la exigencia de reencarnar por lo menos a un difunto. Si a Sartre le consta lo mismo que a Mendelsohn, por su parte, llama a la rebelión y felicita al autor del Traidor por haber rehusado “asumir los actos del intruso que se hacía pasar por él”. Dicho de otro modo, Sartre identifica la libertad con un gesto de la desafiliación. Mendelsohn, al reivindicar la fidelidad hacia el hombre de quien tiene los rasgos, renuncia, por su parte, al sueño de ser un hombre sin ombligo.
            Este sueño habita el héroe de la novela de Philip Roth, La mancha. Coleman Silk es un hombre de color, pero invisible. Así está en la situación del judío según Sartre: puede o no reivindicar su negritud. Escoge disimularla, no por cobardía, sino porque quiere ser norteamericano, y los Estados Unidos son la Tierra prometida del individuo. Tiene el sentimiento que, como judío en los Estados Unidos contemporáneos, podrá respirar a sus anchas y volverse el individuo que es. Sin embargo, lo que muestra Roth, es la parte de sufrimiento y de traición que incluye este gesto. De este modo, nos lleva a que nos preguntemos si la mancha humana no es, fuera de la imperfección nativa denegada por los enemigos de Coleman, la marca, la inscripción genealógica que éste se empeña en negar.
            Al final del Espectador comprometido, Raymond Aron, este judío asimilado por excelencia, hace esta confidencia asombrosa: “Hoy, si casualmente yo debiera aparecer ante mi abuelo quien vivía en Rambervilliers, quisiera no tener vergüenza ante él, quisiera darle el sentimiento que, a pesar de no seguir judío tal como él lo era, sin embargo, permanecí, de cierto modo, fiel.” Aron sustituyó la ritualidad y los estudios judíos por la Universidad y el periodismo, en un ámbito totalmente diferente. A pesar de todo, quiere comparecer ante su abuelo. Esta comparecencia es el vínculo que conservó con el mundo judío mismo del que se liberó. En una humanidad que se glorifica de vivir en el presente, el ser judío consiste tal vez en mantener esta intersubjetividad misteriosa, es todo el sentido de la disputa sobre la circuncisión  que, al final de La contravida de Philip Roth, opone Nathan Zuckerman a la mujer que ama: “Que se tenga que practicar esta operación delicada sobre el pene de un recién-nacido te parece el meollo de la irracionalidad humana. Tal vez tengas razón, se defiende, pero Zuckerman añade inmediatamente: “y si yo, autor de libros escépticos, no puedo permitirme infringir la costumbre, esto te prueba que mi escepticismo no pesa mucho frente a los tabúes de la tribu. […] La circuncisión traumatiza, no hay duda […] Sin embargo, es lo que hace, de este acto, la quintaesencia de la judeidad  y la marca de la realidad. La circuncisión afirma, inequivocadamente, que estás aquí y no allá y que eres mía y no de ellos. No hay salida. La circuncisión es todo lo que la Pastoral no es.”.

Traducción de Marie- Claire Figueroa
Magazine littéraire, abril 1974, no. 474.

 

Ciclo Literario.

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