Darío Morales: la reproducción del misterio

 


Sin titulo/1970

Desnudo de espaldas/1970

André Vigneau (citado por Michael Tournier) recuerda la especie de pánico que se apoderó de los pintores cuando la fotografía empezó a calar hondo hacia 1840. En la cumbre de su fama, Ingres dio la medida de su desasosiego al exclamar: “¿Quién entre nosotros sería capaz de tal fidelidad, de tal firmeza en la interpretación de las líneas, de tal delicadeza en el modelado? ¡Qué hermoso es esto de la fotografía!...¡qué hermoso, pero no hay que decirlo…!”

Por su parte, Baudelaire escribe: “En materia de pintura y estatuaria, el credo actual de la gente de la buena sociedad, sobre todo en Francia, es éste: creo en la naturaleza…y un Dios vengador ha cumplido los deseos de esta multitud. Daguerre ha sido su mecías. Y entonces esta gente piensa: ya que la fotografía nos da todas estas garantías deseables de exactitud, el arte es la fotografía. Desde ese momento, la sociedad inmunda se abalanzó, como Narciso, para contemplar su tosca imagen en el metal”.

Pero ya pasados los primeros años de este descubrimiento, los pintores comenzaron a ver con más claridad la gran oportunidad que significó esta tecnología que trajo la reproducción de las imágenes con una aparente facilidad. Entonces empezó una convivencia entre fotografía y pintura, y el “realismo” tomó un nuevo aire demostrándose que la fotografía no anuló esta asombrosa capacidad del pintor en la reproducción fiel de la visión, todo lo contrario, se le agregó el “hiper”,al talento del pintor por traer al lienzo hasta sus últimas consecuencias la figura humana y las cosas, como lo podemos ver con la obra de Darío Morales, pintor colombiano nacido en Cartagena en 1944 y muerto a la edad de 44 años, víctima de cáncer, en París en 1988.

Mujer sobre colchón con jarra/1974

Morales llegó a una triste habitación en el barrio de Saint Michel junto con su esposa, musa y modelo Ana María Vila, y en la penuria, pues el dinero de una beca era poco y llegaba tarde -completando sus ingresos limpiando el edificio-, inició una gran aventura que dejaría admirados a la postre a artistas, galeristas y al público conocedor y aficionado al arte: desnudos sin rostro.

Desnudo en interior/1976

El baño de Ana María

Entre cuatro paredes, pintando diez horas diarias, entre pocos objetos, una silla vienesa, una poltrona, un colchón de borra, Darío y Ana María, tomados de la mano, se lanzaron al vacío del tiempo. ¿Qué significa esto? Descarnalizar el presente. Fundar como centro del universo su intimidad. Ying-yan, Adan y Eva, la dualidad en el principio. Lo primero que me asalta al ver sus desnudos es una admiración antropófaga. Darío lleva a los límites la contemplación deseante y amorosa porque voluntariamente la detiene: “Cuando me iba a poner una media, o me lavaba el cabello junto a la tina, Darío me decía “espera un momento” y me tenía durante horas posando”. Y en efecto, en sus cuadros vemos una relación, sentimos la mirada acariciante del pintor surgiendo de su mano demiurga, observamos la lentitud de un conocimiento fraguándose en la piel, en el calor del cuerpo de la mujer, quizá el no diría su mujer, porque cuando la pinta entra a este vacío que la despoja de identidad, por ello no está su rostro. ¿Por qué? Creo que al saltar ambos al vacío del tiempo, la caída (que es el viento milenario de las edades) confronta cara a cara la particularidad con la infinitud, la individualidad con la eternidad. La modelo simula y la modelo concentra. El proceso creativo de Morales-Vila es un acontecimiento que nos asombra. Gabriel García Márquez lo encuentra “pintando lo mismo: esa mujer sin identidad, con el sexo afligido, en una habitación escueta donde no vive nadie y con muy poco objetos que no sirven para nada”. Es sugerente esta apreciación, pero no estoy de acuerdo con el calificativo “afligido”, si bien ciertamente no es tampoco libertino. Más bien silencioso, quieto, vacío. Sí, la sutileza erótica de Morales se da en la caída, más que la ascensión, no hay sublimación, no son desnudos idílicos, son un cuerpo, pluralidad en la particularidad: el mismo (tiene razón García Márquez) porque es distinto. Y entramos en la frontera amigable y cómplice de la fotografía y la pintura, la reproducción (que es una carcajada del pintor) y la pintura que es una reproducción del misterio, unidad en un rosario de espejos donde se ve a  Ana María en la transparencia del cristal de la ventana abierta y en la retina del pintor. Y todo esto me conmueve hondamente porque encuentro en el cuerpo múltiple y único de la modelo, una persona concreta, una esposa, que tiene nombre, que es autora tanto como el amante, de la imagen, una conciencia que surge de los poros así como el temple de Morales se condensa en su enérgico dominio de la técnica.  Solamente alguien que amase ese cuerpo irrepetible podría ofrendarlo a la repetición; no, podría escogerlo entre la fragmentación de la rutina para ofrendarlo al otro, a nosotros que no estábamos en esa habitación hasta que él lo quiso. Es una generosidad superior la que nos hace compartir el fulgurante objeto del deseo, invitación a caer, con ellos, al vacío del tiempo que descarnaliza su presente, lo desfibra con luz, lo desmaterializa con la obsesión flamenca por el detalle, para dar testimonio del encantamiento que se forma en sus manos, de la confianza en la caída cuyo rastro es la memoria que ha quedado inmóvil y nos invade. (Lorenzo León)

 

 

Ciclo Literario.

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