Apocrafía de Kasuo Ishiguro

Felipe Ortega Cruz


El texto aquí presentado nace del planteamiento mutuo de preguntas que los autores efectuaron por sugerencia de Ernesto Lumbreras. Ello ocurrió durante un curso de la Maestría en Literatura Mexicana desarrollado en una casona de cantera verde ubicada en el centro histórico de la ciudad de Oaxaca, bajo el cobijo de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, y bajo la sombra vespertina del Teatro Alcalá, el cual ocupa la acera de enfrente.
El juego consiste en las respuestas que ambos participantes se devuelven, imaginando que son Kasuo Ishiguro y Kasuo Ishiguro, respectivamente. Esto da como resultado la aparición de dos entrevistas apócrifas hechas al célebre escritor de origen japonés a propósito de su novela Los que resta del día (The remains of the day, 1988), que también fue llevada al cine con el mismo título (1993), bajo la dirección de James Ivory, y con las actuaciones de Anthony Hopkins y Emma Thompson y es, en el fondo, un pretexto para que ambos autores desaten el hilo de sus puntos de vista e impresiones emotivas a partir de la lectura de la novela en cuestión.

Esto es, desde luego, una invitación a compartir un disfrute del mundo estructurado por el autor británico, quien mira a Inglaterra con ojos tal vez no del todo ingleses y, por eso, descubre resquicios que podrían quizá escapar a la mirada del escritor promedio nacido en la isla. Esa mirada oblicua nos descubre una posible universalidad emotiva en el personaje central; nos lleva a compararlo con el samurai, nos lleva, también, quizás, a preguntar: ¿cuánto de él existe en algún prototipo mexicano?

Felipe Ortega Cruz como Kazuo Ishiguro

II
                     
Fernando Montesdeoca

P. Considerando que es usted de origen japonés, aun cuando se radicó en Inglaterra desde pequeño, lo primero que me llama la atención es la rigurosa construcción verbal de su novela; mi pregunta es la siguiente: ¿de qué manera cree usted que esta condición “bicultural”, en cierta medida, influye en su acentuado interés por la variante del inglés que aparece en su novela?

R. Pienso que un niño llega desde un ámbito cultural ajeno y al penetrar, por causas que rebasan su control, al nuevo ámbito, a la nueva matriz, se ve impulsado a tomar conciencia acelerada de los usos, las maneras y los modos “normales” de comportamiento en esta nueva cultura. El niño lo hace porque le es necesario como una forma de sobrevivencia pero, a la vez, realiza esta toma de conciencia desde en un ámbito lateral, desde una cierta marginalidad y esa marginalidad, a la vez que socialmente es una desventaja, desde el punto de vista de la conciencia de la cultura en lo general y de la cultura verbal en específico es una gran ventaja. Ese niño toma el lenguaje de la sociedad que lo recibe como un laboratorio de tiempo completo, el niño experimenta, toma herramientas, las usa, analiza sus fallas, prueba, y acepta o rechaza usos verbales en función de los resultados obtenidos. Desde luego que todo niño realiza esas operaciones siempre, cuando adquiere la lengua materna siguiendo un proceso natural en sus primeros años de vida. En el caso del niño que es trasladado a otra cultura, digamos, a los seis años, el proceso de aprendizaje es doble. Eso fue lo que ocurrió conmigo. Creo que desde ese entonces mi interés por las variantes, no sólo del inglés, sino de cualquier idioma central en una cultura, ha sido algo natural y, sin duda, se encuentra presente en la obra que he podido desarrollar como escritor.

Fotografía
Milon Novotný/1966

P. ¿A qué se debe que haya elegido la “voz” del mayordomo para llevar a cabo el papel del narrador?

R. Sin duda en buena medida los elementos para responder a ésta, su segunda pregunta, han sido ya adelantados en mi respuesta a la primera de ellas. El mayordomo habla desde un lugar situado al costado de los acontecimientos importantes, es decir, de los acontecimientos convencionalmente importantes desde el punto de vista de una mirada historiográfica común. Quizá yo mismo no había contemplado con suficiente claridad esta cuestión antes de su pregunta. Es probable que yo me identifique con esa clase de mirada lateral. Una mirada que se siente a sí misma como ajena al acto central, pero que no quiere perderse nada de lo que ocurre y, además, sueña con intervenir aunque sea en medida mínima en aquello que se desarrolla ante sus ojos. Eso es lo que sueña Stevens y, pensándolo ahora, tal vez es lo que, en alguna medida, sueña el emigrado ante acontecimientos que, en su nuevo país, parecen no concernirle del todo pero a los que tampoco puede permanecer indiferente aunque esto sea más precaución que amor, en principio. En otro sentido, es probable que me haya dejado llevar por el reto y el gusto de meterme en el alma de una institución tan profundamente inglesa como lo es la figura del gran sirviente profesional, el gran coordinador de una servidumbre profesional como pocas en el mundo: el mayordomo inglés. No sé hasta que punto habré logrado mi objetivo. Tal vez los más indicados para juzgarlo serían los integrantes de tan respetable gremio pero, en todo caso, ésta es mi manera de imaginar su espíritu y del hecho de plantearlo en el plano de la literatura creo que le da algún nivel de legitimidad.

P. Usted elige no sólo una forma del inglés sino toda una forma de vida que, en Inglaterra, está seguramente más emparentada con la época victoriana, que con nuestros días, ¿a qué se debe su interés por este contexto?

R. Algunas de mis primeras imágenes de niño tienen que ver con Inglaterra y, al decir Inglaterra, estoy diciendo casas victorianas, manteles y vajilla impecables, jardines con césped recién cortado y, sobre todo, mucamas, ama de llaves y mayordomo imperturbable, todos ellos formados en una fila a primera hora en un comedor enorme. Provengo de una familia en la que se atesoraban las estampas, sueltas o en libros, los cuadros sencillos sobre tierras lejanas. La colección de estampillas de mi abuelo paterno, del que soy homónimo, era famosa en Nagasaki. Junto a ella conservaba los libros y las imágenes de muchas tierras y, para mí, el paisaje inglés siempre representó la suma belleza posible, tal vez porque, al mismo tiempo, a mi imaginación infantil se aparecía como el lugar más lejano del planeta. En este sentido creo que siempre aceché la oportunidad de homenajear abiertamente ese paisaje y  a esas personas. Ahora lo hice en Lo que resta del día y con ello seguramente desahogué un impulso que nació desde aquellos días en aquella mi tierra natal a la que, por cierto, ahora veo como dueña de algunos de los paisajes con la mayor belleza posible en el planeta.

P. La estructura lógica de la novela se basa en un viaje espacial que en realidad es un viaje temporal, hacia el pasado, ¿qué lo llevó a tomar esta opción?

R. Por aquellos días en que la novela empezaba apenas a germinar en mi cabeza yo realicé un paseo en automóvil sobre carreteras cercanas a los lugares que en la novela aparecen como escenarios. También leí folletos turísticos y conversé con personas que conocían en buena medida la historia local de cada lugar visitado. Aún no tenía decidido cual sería la voz narradora ni, desde luego, los escenarios concretos. Una tarde en Weymouth, poco antes de encenderse las luces de la escollera, conversé casualmente con un individuo que el día anterior, en ese mismo lugar, había platicado a su vez con un mayordomo retirado. El sujeto le había impactado tanto que, por eso ahora él lo recordaba y hablaba abundantemente sobre las cosas que el ex-mayordomo le narró, eran cuestiones sobre su vida y su profesión. El hombre que hablaba conmigo, una persona sencilla, estaba entusiasmado. Entonces seguramente su emoción pasó hacia mí pues en el resto del viaje empecé a recordar a personas con la profesión de mayordomo que he conocido antes. Uno de mis recuerdos más claros venía de Joseph, el encargado de atender a los estudiantes de postgrado en el ala sur de la residencia correspondiente en la Universidad de Kent. Este personaje preparaba los mejores sándwiches de papas en vinagre con salsa de ostras que yo haya probado. Joseph venía de servir como mayordomo en casas importantes durante largos años y ahora trabajaba por horas en nuestra residencia estudiantil. En él había mucho de esa dignidad y eficiencia que espero haber logrado plasmar, en alguna medida, en mi personaje novelesco. El hecho es que los elementos centrales de la novela fueron decididos a raíz de aquella tarde en Weymouth. En principio el protagonista iba a recordar todos los hechos sentado frente a la escollera. Después, en algún momento, decidí ir graduando el proceso de la memoria a lo largo del recorrido por el lento y plácido paisaje inglés. Sin duda, como usted bien lo observa, decidí hacer coincidir dos viajes de diferente naturaleza en uno solo y esto es producto de una de aquellas decisiones que el novelista toma en algún momento difuso y por razones igualmente poco claras. Tal vez, simplemente fui sintiendo que, al proceso de los recuerdos, le iba bien el proceso a través del paisaje, y así lo construí.

P. ¿Podría usted destacar tres momentos de la novela que le sean especialmente significativos?

R. Sin duda, puedo hablar de tres momentos de manera inmediata. Sin embargo no diría que son los únicos ni los más importantes, en realidad siento que cada obra está llena de significatividad en todos sus momentos para el autor que la ha concebido desde una región interna de gran profundidad en sí mismo, y ese es el caso en esta novela  al igual que en las otras que me ha sido dado crear. Con todo hay un sentido profundo en su pregunta y me parece que tiene que ver con el hecho de que yo mencionaré los tres momentos que aparezcan de manera más cercana a mi conciencia en este momento. Bien, esos momentos son: …el malentendido entre Stevens y Miss Kenton, ese momento en que para él se derrumban las ilusiones de un futuro común para ambos, ese malentendido es propiciado por una incapacidad del mayordomo para expresar cabalmente sus sentimientos, esto, recordémoslo, ocurre enseguida de que ella recibe la noticia del fallecimiento de su querida tía…el segundo momento es aquel de la situación incómoda entre Stevens y los aldeanos que lo confunden con un importante caballero. Aquí el lenguaje y sus variedades juegan un papel importante pues tiene que ver, enseguida, con la forma en que el médico descubre la identidad real del personaje… el tercer momento ya lo he mencionado en alguna forma, es aquel pasaje en que Stevens contempla el anochecer en la escollera, ahí la novela adquiere su densidad y sentido …al menos así lo veo yo desde este lado, a cada lector corresponderá un mejor juicio en cada caso.

P. Considerando, hipotéticamente, que su novela pudiera ser considerada minimalista ¿qué aspectos de ella le parecerían así, y cuáles no?

R. No estoy seguro que pudiera ser catalogada esta novela de esa manera. Me parece que hay en ella un rigor anticlimático permanente y que la suavidad es una característica de su trama, ésta se desarrolla siguiendo un ritmo a base de pequeñas variaciones accionales y emotivas y tal vez eso la acerque a algo que pudiera ser llamado minimalista, sin embargo debo reconocer que no hubo en mí una intención deliberada de construirla siguiendo una pauta general que obedeciera a ese concepto.

P. Si dijéramos que el señor Stevens representa la autocomplacencia ¿en qué estaría usted de acuerdo y en qué no?

R. Es interesante para mí que haya quien pudiera contemplar de esa manera a este personaje. Yo siento que el hombre en cuestión ha sido forjado en una escuela donde la expresión emotiva no es alentada, sino todo lo contrario, y que ese hecho atraviesa como una columna vertebral toda su vida y, dentro de ella, el ejercicio de su profesión, de hecho, esa inexpresividad es básica para ese ejercicio. Pero la misma cualidad acarrea consecuencias no necesariamente deseadas en el ámbito de lo personal y eso genera el drama interior del personaje el cual, desde este punto de vista, solo aparecería como autocomplaciente en un primer acercamiento. Sin embargo, como me gusta siempre pensar, es el lector quien decide finalmente el carácter y el destino de cada uno de los personajes que el autor solo hecha a andar en una obra.

Fotografía
Milon Novotný/1966

P. ¿Qué representa para usted la mansión de tipo victoriano que describe como centro de su historia?

R. En mi infancia una mansión de ese tipo era toda Inglaterra. Ahora representa un símbolo de lo que este país ha sido y de lo que ha vivido en épocas decisivas de su vida como sede de un imperio y de una monarquía de largo andar. Como ya he dicho antes la mansión y los paisajes son el escenario que mi biografía ha escogido como los idóneos para escenificar una historia en la que se mueven personajes y emociones de profunda raigambre inglesa, eso es lo que me parece.

P. ¿Cuál fue su propósito al concebir la inestable relación de atracción-oposición constantes entre el personaje de miss Kenton y mister Stevens?

R. Tal vez no hubo un propósito definido, es decir, ambos personajes fueron creados y puestos a andar, y de ahí en adelante su comportamiento obedecía a pautas de conducta que seguramente viven en la conciencia del autor como elementos asimilados desde la cultura que lo adoptó a los seis años de edad. Sería objeto de un interesante estudio examinar cómo estas mismas relaciones son tratadas por autores nacidos en el interior de esta  cultura, pero su pregunta me lleva también a cuestionarme sobre la manera en que el personaje de miss Kenton llegó a mí y, pensando en ello, reparo en que no nace de un modelo más o menos claro que yo haya conocido durante mi vida previa a la novela. Es muy probable que, en este caso, el personaje venga desde las novelas y películas que alimentaron antes mi imaginación. Pienso en Gladys, la ama de llaves que hace sufrir a Duncan De Spencer en “Dios en el camino”, la película de Carmina Faraday que causó furor en los años ochenta. Pienso también en la enfermera que cura al protagonista y después se casa con él en “Adiós a las armas” de Hemigway. En ellas hay algo del aire que sentí cobijar al personaje de miss Kenton y, ahora que lo pienso, ellas son el tipo de mujer que yo siempre he admirado de manera más o menos secreta en este país.

P. Algunos críticos piensan que en su novela no pasa gran cosa, lo único que realmente pasa en su novela es el lenguaje, conformando nada más una contemplación del lenguaje por el lenguaje ¿qué opina usted de esto?

R. Pienso que en realidad en la novela sí ocurren acontecimientos, digamos, dramáticos, y que es la forma narrativa la que tal vez los despoja de una presencia más impactante en función de la lectura que podría hacer un lector promedio. Tal vez en ello tiene que ver eso que usted mencionaba como una cierta forma minimalista o, yo diría también, anticlimática de presentar los acontecimientos. Esta manera, no hay que olvidarlo, tiene que ver con el carácter implícito en la voz narradora, es congruente con ella. Ahora bien, no hay duda que el lenguaje y su enunciación es un elemento central en la novela. En ella se confrontan personajes de distinta índole socio-cultural. El personaje central, que a la vez narra los acontecimientos, es consciente de las dificultades comunicativas que se presentan en las relaciones diarias entre personas. El hombre razona y da vueltas en torno a esas dificultades cuando analiza la manera en que se entiende con el nuevo patrón y la compara con la manera en que se entendía con el antiguo. Es consciente, también, de esas dificultades cuando analiza sus problemas de comunicación con miss Kenton. Igualmente el lenguaje es central cuando el médico de aldea lo identifica como un sirviente. Sin duda el elemento lenguaje es también un protagonista central en esta novela siguiendo una línea auto-reflexiva. Línea que, por lo demás, destaca por su protagonismo en nuestra literatura contemporánea.

Entrevistador: Muchas gracias mister Ishiguro. Agradecemos sus atentas e interesantes respuestas. Sabemos que ellas habrán de servir enormemente a los fines de nuestra formación literaria.

Ishiguro: Yo soy el halagado por vuestro interés. Haga el favor de saludar a su profesor, el señor Lumbreras, con quien tuve el gusto de conversar ampliamente en el idioma de mis padres el día que concertamos por teléfono esta entrevista.

Entrevistador: Así lo haremos, gracias.

 

Ciclo Literario.

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