Pregunta el corazón de niebla

Alfredo Coello


Descalza en la madrugada los pies de la luna sin siquiera rozar mi sombra; pisa límites. En la cuadra donde vivo todos duermen, o casi todos a esta hora. Los sueños brotan en la ventana de mi cuarto; los distingo, son viejos amigos colgados a los ropajes nuevos y rostros que se asoman a través de sus miradas al asombro de acercarse, por primera vez, a la temporalidad de mis noches y a su vez sueñan algo real; todos los personajes de mi irrealidad. En la respuesta se abre la pregunta que no se puede preguntar a sí misma.

Fotografía
Milon Novotný / 1955

Amanece lluvioso y un hálito macabro cubre mi territorio. La mañana congela los pies descalzos y oculta, entre sus dedos las cosquillas de la vida, la vida de  todos los días, como si un piano desafinado persiguiera el tema de mi escritura y sus pasos; no son mis pasos o los del campesino que pasó por mi calle antes de despertarme, rumbo a su milpa. Tampoco la herradura del equino montado a imagen y semejanza de Gengis Kang o Emiliano Zapata a las cinco de la madrugada, entre la frescura de fresnos y ciruelos de mi pueblo.
 Las diferentes vías del sueño y de alguna manera mis vigilias trazan límites hasta toparse con las imágenes de nuestra infancia y todo supone un estilo de vida; estar soñando lo ya soñado en otros tiempos ¿será que regresamos o enrarecemos la entrada virgen  al despertar todos los días desde la partitura desconocida de nuestros sueños? Cuando la continuidad es un mero epifenómeno de la discontinuidad.
Después de todas las tardes, como era de esperar; en el ocaso las reglas de la similitud no se arreglan y ni siquiera sabemos qué otras dimensiones hemos tocado hasta entrada la noche ¿estamos en el sueño sin despertar? La realidad va más allá del alucine o el alucine es una realidad que desconocemos y pensamos; es normal. No saber o ¿sí sabemos? dónde estuvimos la noche anterior sin descubrir el día ¿Existe la noche y no percibimos qué es lo que sucede en el fondo de su oscuridad?
Aunque la noche sea la metáfora por excelencia para el sueño, el espacio de sus aconteceres continúa siendo misterio insoluble. No es la realidad, no es la noche, no la pierna que cruza la de tu mujer amada a un lado tuyo, tampoco la almohada del recuerdo que se interpone entre el sueño y la vigilia. Son los cascabeles del Unicornio Chino cuando cambia su sonido y la presencia de los viejos dragones tumbados en la sábana del tiempo y el sueño, destempla su timbre angelical todos los tiempos anteriores a su recuerdo.
Es uno de los cuatro unicornios de la buena suerte, antecedentes del tiempo tupido de demonios o ángeles de nuestro recuerdo que estampan en el cuerpo la imagen de  un ante futuro después de un pasado sin futuro. O quizás podría ser el presente.
La vida es un foco que cuelga de aquellos viejos postes embadurnados de aceite para no pudrirse, prendido en una calle oscura, solitario, en cualquier esquina de barrio provinciano, no lo sé; está encendido y me permite, como a cualquier ser humano, acercarme a la virtud de querer entender la realidad. A ella, aunque sea  minúscula parte de luz que alcanza a sus pies descalzos lo imposible. Hace tiempo la realidad no existe, diría W. G. Sebald.
La vida al borde de la imaginación, es una mamada y otra después del río, en el peligro o la certeza de equivocar el rumbo, termina en el acontecimiento más frugal: la muerte. A lo mejor no es el encuentro con la certidumbre y allí donde surge el peligro, surge también lo que puede salvarnos y los pasos borrados todavía cuentan: Hölderlin nos recuerda que el peligro ayudará tal vez a salvarnos, a condición de tomar conciencia de ello. Es necesario que el día acabe para ser contado… en lo onírico. Plasma el resentimiento del Ulises de Joyce.
El deseo desborda la existencia carnal donde existe lo inexistente: se acerca al sueño y sólo refleja en sus puertas la oración inútil antes de entrar al subterráneo de sus ilusiones. Y el desperdicio y amor por la vida construye, prolíficamente, ése deseo de estar vivos después de nuestros errores. ¿Y si Dios se olvida, quien vendrá a darnos la nostalgia de su imagen? La nada es existir en la respuesta, no en la pregunta.
.¿Cómo le vamos hacer para que los despiadados de su olvido regresen al futuro nuestra existencia? La tempestad en todos nuestros días, en todas nuestras calles. La que olvidamos todos los días cuando salimos a comprar el pan, o al cruzar la calle, en nuestra mirada al cielo y sin darnos cuenta tocamos la boquita de nuestros ancestros; los cometas de luces artificiales en la ciudad de nuestra imaginación iluminan otro vacío de calles. ¿Cómo le vamos hacer? La cura de la respuesta es, tal vez, no esperar más nada de ella, sino su renuncia en beneficio de la pregunta. ¿Y si se nos atora la pregunta? La respuesta explica lo imposible. Y… ¿si todo sólo fuera una noticia? Mi destino es caminar: así.

Fotografía
Alejandra Carballido Ricárdez

Preguntar es, en efecto, rechazar el término. ¿Se encuentra el equilibrio en la pregunta, en la sucesión de preguntas?
La pregunta crea el vacío alrededor de ella. Es en ese vacío que intento mantenerme. ¿Se puede entonces hablar de equilibrio? El equilibrio sería sólo la aceptación de la caída. El balazo es un sordo inútil que camina del hielo al centro.
La noche es una estampida de lenguajes y es historia sin dicción,  palindroma que reconoce y recorre el silencio donde aparece; la mar, el viento, la lluvia y sus labios, tierra seca regada sin nombre, ausente hasta la médula vacía desdentada de silbidos; las palabras son el espejo de la luna y sin ellas, jamás hubiéramos articulado la síntesis de luz transformada en música.
A veces la vida se aparea en el choque y la armonía del tiempo y su límite. En la llanura de las preguntas ha descubierto la muerte del hombre una razón menor a su existencia, simplemente porque la respuesta es más importante que la pregunta.
La noche camina descalza a la sombra de su luna; antes de entender la noche, antes de regresar al tiempo de la ensoñación, antes de desandar el rastro de luz, el hombre consiente a sus deseos la rápida señal entrañable en la imagen desbordada de otro sueño, de otra realidad; la de verse tendida entre la fantasía y el sueño de rostros en el olvido innecesario de su niñez a un lado del fracaso.
 La noche de tus sueños desnuda y repite la sintaxis de su contraseña; camina descalza como la primera luz en tus sueños, muere el rayo y surge la mirada entre los tejidos de tu madre, la que te parió, la mano suave de su protección líquida, amanuense de tejidos intrauterinos; o quizá llenos de voz, sin articular tu señuelo. ¿Cómo le vamos hacer?
Sin sentido sabrá que no eres el mismo cuando naciste y el puente por donde transitas a la muerte, no es el calendario de tus sueños, no es el momento señalado y si de veras es: la muerte ya no es el suspiro redondo de tu exhalación, antecedente de lo que te va a pasar. No te das cuenta y pasas… siempre pasas a su lado en las esquinas de tu barrio, en la suerte perdida de su imagen, pues el nacimiento es inspiración; el primer momento antes de nacer, diría la maestra María Zambrano.
Las palabras de nuestra alma claman protección a la sombra de su tiempo y desesperación. Nuestro recelo hacia el amor se ha desgajado en el temblor de su tumba y todos los sueños no han sucedido en su cabal imagen, todos los sueños ahora, como los ríos, son más hondos cuando la madre es evocada en cada esquina del camino. La madre muerta y despiadada, la que te arrojó al mundo para que desprecies la imagen de tu padre en el desierto.
Se acabó el silencio ¿dónde? ¿Qué sucede cuando se acaba el silencio? La carne aunque sea sólo huesos de vestigio, siempre tendrá una arqueología delirante de testimonio e interpretación histórica.
Las barcas han partido al encuentro de sus olas y navega la respuesta. Los marineros abren una tumba desierta en su soledad, es agua en movimiento; el mar; este vacío sonoro que no sabe a donde va y donde las penas amanecen el día en que no hay retorno…después las sombras apagaran su luz, derrotadas en su destino y el viento casi vencido, sin olas; reflejo de islas en tempestades. Atracarán sus barcas en agridulces arenas al timón amarrado en la cintura de los niños marineros en otras playas. El Internet marino ha naufragado por ser agua.

La noche escupe el vacío de nuestros sueños y no finge cuando rompe la dura piedra del arrecife, canta su trampa o la imagen  de nuestro amor; la galería de nuestros sueños alimenta el cangrejo, su poesía entrampa pinzas, atada nuestra sombra gime en los brazos siempre abiertos: es una manera de salvar la tristeza de la verdad…la nebulosidad diurna, a los ojos de un bandido,  o nuestra bandida, cuando la palabra indecisa, sueña el oráculo del peligro; ahí, donde todas somos agua de ríos turbios y cauces diferentes… en la noche. Yo soy apenas una mujer.

 

Ciclo Literario.

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