La escritura sobre sí mismo

Agnès Verlet


En la autobiografía, o en la autoficción, el escritor se dirige a otro yo. Una relación con el lenguaje que no es sin recordar el análisis psicológico.

Nada parece más cercano que la escritura sobre sí mismo y el psicoanálisis, y sin embargo, para un sicoanalista, nada es más problemático. Ciertamente, la autobiografía, el diario íntimo y aun las memorias, mantienen una relación de confidencia de los escritores con ellos mismos: lugar de diálogo entre sí mismo y sí mismo, “sí mismo como otro”, el cuaderno es un espacio de hospitalidad, una “autohospitalidad”, de acuerdo con la expresión de Alain  Montandon, un anfitrión acogedor, un alter ego. El diarista se dirige a menudo a este otro y le da un apellido, un nombre, a menos que se desdoble, como Rousseau y Jean-Jacques, entre uno que escribe y otro que escucha.  Y es una palabra de consuelo, de compasión, de admiración que se da a sí mismo, en ese “espejo de tinta” que es la página de escritura. De Montaigne a Stendhal o Lamiel, mucho antes del psicoanálisis, es a otro yo que interpela el escritor en una relación que puede hacer pensar en un autoanálisis. A veces surge la escritura como una llamada o un grito, encargado a la página y lanzado, cual botella al mar, sin esperanza de ser oído, en busca, sin embargo, de otro que oiga, como lo fueron los Relatos de la Kolyma de Chalamov, o el Kaddish de Kertesz: “¿Quién, si gritara, oiría, pues, mi grito…?”, retoma Claude Mouchard como título de su libro de “obras-testimonios en las tormentas del siglo XX”. Porque en estos textos como en los diarios íntimos recogidos por Philippe Lejeune (¡Querido cuaderno!) o en los escritos íntimos depositados en la APA (Asociación para la autobiografía y el patrimonio autobiográfico), se ve que la escritura es un modo de liberarse de una carga, de un dolor, de un recuerdo, de un secreto, de una imposible palabra…

Fotografía
Nan Goldin / 1979

En esta relación de sí mismo con sí mismo, autotransferencial, en un juego de espejo que podría calificarse de narcisista, el escritor, sin embargo, apela a un tercero, al que toma por testigo de la veracidad del discurso que pronuncia para sí mismo, que sea Dios ante quien San Agustín confiesa su vida, los hombres o el Juez Supremo al que recurre Rousseau, o cualquier “hipócrita lector”, semejante y hermano. Porque si el que escribe atribuye a la escritura tal función catártica o terapéutica, es que hay alguien, un lector potencial, un destinatario virtual, un Otro que escucha. Charles Juliet, en  Lambeaux, rehace el trayecto interior de su madre, “el lanzamiento-a-la-fosa”, y muestra la virtud liberadora de su diario, y el caos en el que ella naufraga cuando se lo quitan. Hombre o Dios, este tercero, destinado a recoger una palabra escrita que no puede decirse, ¿hará el oficio de psicoanalista?. ¿No abrió el paso Freud, al hacer su autoanálisis en su correspondencia con Fliess, su destinatario imaginario? Que la escritura libere o repare, es porque crea una alteridad, porque lo íntimo sale de la interioridad, en un movimiento llamado por Lacan “una exterioridad íntima”, una suerte de “extimidad”.
El amparo de lo escrito
 Pero la escritura íntima adquiere semejante poder de reparación de lo que reconstruye, identidad e imágenes del yo, que la puesta en palabras protege de la dislocación, defiende del derrumbe. Georges Pérec cuenta como, al principio de su psicoanálisis, estaba atrapado por un frenesí de escritura casi maniático, pues “la escritura me protege. Avanzo bajo el amparo de mis palabras, de mis oraciones, de mis párrafos hábilmente enlazados, de mis capítulos programados con astucia. No carezco de ingeniosidad.” La función liberadora o ilusoriamente terapéutica de la escritura actúa entonces a contrapelo de lo que emprende el sicoanalista. Porque es una identidad prestada, una construcción yóica, lo que trata de reedificar el escritor de lo íntimo, bajo una forma autobiográfica o diarística, con el deseo de conocerse, de explorar la conciencia de sí mismo y de su vida. Esta “escritura-caparazón” refuerza las defensas del yo que el psicoanalista trata, precisamente, de derrumbar, construye imagos, mientras que el psicoanálisis trabaja en la “desvinculación” y deconstruye antes que, por la “perlaboración”, algo se reconstruya.
La relación con el tiempo es también diferente, ya que en la autobiografía, la escritura a menudo retrospectiva tiende a dar una coherencia a la persona, a poner en evidencia la evolución de la personalidad. La autobiografía es una obra póstuma, que habla de un ausente cuyo escritor, cualquiera que sea su preocupación por la verdad sobre sí mismo, busca preservar la integridad, aun si está consciente de la parte de ficción que entra en su proyecto. ¿No decía Gide que había que buscarlo en sus novelas y no en su relato autobiográfico Si le grain ne meurt? Pascal ironizaba sobre Montaigne que se pintaba “de perfil”, mientras que, a Rousseau, le gustaba ennegrecer su imagen. La complacencia de Leiris en dar una pobre imagen de sí mismo, o la multiplicación de las imágenes de Christine Argot en sus libros, pueden considerarse como un efecto del narcisismo o de la ficcionalidad. Pues “en la escritura de sí mismo, dice Jean-François Chiantaretto, el polo narcisista está <constitucionalmente> reforzado por el estatuto del texto, lugar de elección y de encarnación de una imagen de sí, cuya misión es la de dar cuerpo a estas ilusiones narcisistas que nos hacen vivir a la vez que nos impiden vivir, en particular el fantasma de autoengendramiento, y la creencia en su propia inmortalidad, los sentimientos de unidad y de continuidad”.
Del autoanálisis a la autoficción
 Por esta razón, la tentación de la autobiografía o del diario que puede adueñarse de un paciente durante una cura, se percibe como una resistencia al análisis, en la medida en que refuerza las defensas narcisistas fragilizadas por el analista. El psicoanalista desconfía de esta escritura que puede ser un modo de prolongar una identificación transferencial, de reconstruir por la escritura lo que el análisis deshace al hacer emerger lo inhibido o sacar del campo de la sesión lo que se dice en un espacio privado. Serge Doubrovsky dio un ejemplo célebre de esta representación de la escena analítica en su novela Fils en la que el relato de una sesión de análisis en inglés se cruza con el relato de un curso sobre Fedra, mientras que, de asociación en asociación, el narrador efectúa un regreso sobre su vida. Más aún, es a partir de esta novela, escrita en 1977, que el escritor acuñó el concepto de autoficción para definir una empresa literaria original, que no entraba en las definiciones de la autobiografía proporcionadas por Philippe Lejeune: “ficción de acontecimientos y de hechos estrictamente reales”. De Doubrovsky (Un amor de sí) a Christine Angot (Sujeto Angot), conocemos la posteridad que tuvo el género de la autoficción.

Fotografía
Mary Ellen Mark / 1963

Ciertamente, la cuestión liminar de cualquier proyecto de escritura de sí es la que plantea Stendhal al principio de la Vie de Henry Brulard: “¿Quién soy?”, y de Montaigne a Leiris, el cuestionamiento sobre el ser subyacente a cualquier empresa autobiográfica, y tal vez a cualquier búsqueda analítica. “Ya no sé quien soy, en donde estoy, ya no me veo, pienso que mi rostro ha de aparecer como una vaga masa blancuzca, débil, que apenas se sostiene con trapos informes que caen hasta el suelo”, escribía Giacometti en los años 1960. “Ni siquiera sabes quién eres. ¿Cómo quieres saber vivir? Lo que necesitas es conocerte. Y tal vez, entonces, tu vida ya no será de desastres”, escribía Charles Juliet en los mismos años. Pero Narciso encuentra la muerte al contemplar su rostro. Y el auto retratista trata de asir una imagen que se le escapa siempre y que lo arrastra al vértigo de las palabras.        
La cuestión del lenguaje
El escritor de lo íntimo y el sicoanalista se vuelven a encontrar finalmente en una cierta relación con el lenguaje. Es lo que lleva a tantos escritores al diván, interesados por el proceso sicoanalítico; algunos se enfrentan con una impotencia para crear o una inhibición, mientras que otros, al contrario, temen que el análisis los desvíe  de la creación o los prive de su poder creativo. Y si algunas formas de la escritura pueden poner trabas al desarrollo del análisis, o por lo menos proporcionar un aviso, el trabajo sobre el inconsciente que participa en él tiene necesariamente efectos sobre la escritura. Georges Bataille escribió Histoire de l’oeil al final de su análisis con Adrien Borel y esta audacia literaria llevó a Michel Leiris a acudir al mismo analista. Pero, al poco tiempo, Leiris interrumpió el análisis para buscar en África la alteridad que no encontraba en sus espejismos narcisistas. La escritura del Journal, detenido al principio del psicoanálisis, encuentra su prolongación en el diario de viaje que la continúa en la introspección. Pero es por una doble elaboración (literaria y sicoanalítica) que Leiris lo transformará en obra, El África fantasma, en la que, por no haber encontrado la alteridad que buscaba en el exotismo, descubre su relación justa con el lenguaje, una escritura subjetiva que permanecerá suya, un género nuevo, “mi-autobiográfico, mi-poético”. Entre escritura de sí y palabra del inconsciente, el psicoanálisis de Beckett con Bion, en 1934-1935, muestra la fuerza de una resistencia al análisis y los avatares de una relación transferencial. Pues si el análisis de Beckett probablemente no lo curó de sus síntomas ni del sufrimiento psíquico, suscitó sin embargo, durante su desarrollo, una extraña novela, Murphy, que sucede en un hospital psiquiátrico en el que el universo de los locos es mas normal que el de la gente normal: “Murphy o la tentativa de reconquistar los primeros signos de vida mental: ni palabras, ni pensamientos, sino espacios, ritmos, significantes formales”, escribe Didier Anzieu. El fracaso de este análisis, tal como lo describió Anzieu, fue sin duda el de mantener al analizante y su analista en una relación de transferencia a distancia, pero el encuentro hizo que hallaran, cada uno por su lado, su singularidad creativa, Beckett, el genio literario y la teatralización del inconsciente, Bion, la creatividad analítica y la inventiva conceptual.
        Pero escribir y hablar son dos operaciones diferentes, aun si el denominador común, el lenguaje, deja suponer que se trata de la misma operación y que la escritura de sí, en una cierta desvinculación, tiende a veces a  imitar el proceso primario. Pérec hizo la experiencia de esta diferencia radical entre la escritura y la palabra, ya que trabajó en eliminar los artificios literarios que impedían su análisis y escucha del inconsciente: “Hablar, es sólo hablar, simplemente hablar, escribir, es sólo escribir, trazar letras sobre una hoja blanca. ¿Acaso sabía que esto era lo que había venido a buscar, esta evidencia tanto tiempo sin expresarse y siempre para expresarse, esta única espera, esta única tensión encontrada de nuevo en un farfulleo casi intangible?”


Traducción: Marie Claire Figueroa
Tomado de Magazine littéraire,no 473, marzo 2008.

 

Ciclo Literario.

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