El ensayista, técnico de lo sagrado


Filósofo, novelista, poeta, Heriberto Yépez, fulgurante aparición en el panorama literario de México, originario de Baja California, impartió un curso sobre La escritura del ensayo  en las instalaciones del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, con motivo de su asistencia al Encuentro Internacional de Escritores, organizado por la editorial Almadía y la Proveedora Escolar en abril y mayo del presente año.  Ciclo Literario asistió a este taller y el siguiente texto es el resultado de una selección de las notas tomadas a vuelapluma, indicaciones que estamos seguros iluminarán a más de uno sobre el método que el propio Yépez aplica en su escritura.

El tema

El ensayo o el arte de redecir, es un género que tiene tres objetivos: formular nuevos preceptos, nuevos conceptos (relacionar lo que no se había relacionado antes), y nuevos afectos. Se trata de una prosa reflexiva que produce conocimiento, por lo tanto el ensayo es el arte del estar aquí. No es un resumen, pues el ensayista aporta conceptos, no es aquel que hace paráfrasis o glosa. Vemos que en México predomina esto último entre nuestros escritores.
Podríamos situar el origen del ensayo en los diálogos platónicos. Pero sin duda el gran ensayista de la antigüedad es Séneca (4 a.C.-65 d.C) a quien seguiría Michel de Montaigne (1533-1592).  Para ellos el ensayo era una meditación, no se trataba de teorizar sobre un objeto externo, tampoco era un divertimento, sino el instrumento para que el ser se conociera a sí mismo. Escribir ensayo es un acto de reflexión en el que se interioriza lo mejor del día, conceptual pero también vivencialmente, justo una ascesis, pero no como abandono del mundo, sino para vivir en él. No olvidemos que, para los griegos, el hombre se construye. Esto es importante porque con su crecimiento crece también la polis. Los griegos tenían una visión espiritual de la autoconstrucción
El ensayista es quien  no obedece. En México la cultura tan autoritaria que vivimos ha hecho que el ensayo se desarrolle como un género obediente. Sin embargo es indispensable salir del “juego reactivo”, en palabras de Nietszche.

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Milon Novotný / 1973

Parresía y ensayo

Como prosistas de ensayo rechacemos el resumen y la paráfrasis. Si cobramos conciencia debemos alejarnos de la mera erudición y pasar a la parresía. Esta es una palabra de la antigüedad clásica que significa totalidad en el decir. Esto es: confesión intelectual, decirlo todo. La parresía implica dejar claro que lo que estamos diciendo es nuestra absoluta responsabilidad, incluso corriendo el riesgo de que lo dicho sea peligroso. Conlleva también la creación de un concepto y una idea nueva. El uso de la primera persona es una buena forma para ser parresiasta. Las estructuras literarias son un reflejo de las estructuras sociopolíticas, por eso es importante dar el giro protéptico; esto es, hacer que el alumno gire su mirada (Pro: mirada; tréptico: giro). Actuar de esa manera sería realmente didáctico. Es necesario educar de una manera radical, es decir, confiar en el alumno, en que este buscará por sí mismo la complejidad. Nunca explicarle, y pongamos mucha atención en esto, el ensayista aprende al escribir. Al hacerlo se encuentra con el dáimon o memoria ancestral a la que se ha llamado de muchas otras maneras. No olvidemos que la mayéutica socrática es una técnica de lo protéptico. Sócrates hacía preguntas para llegar al dáimon.
La retórica es un importante elemento en el ensayo, utilizado como metodología para emocionar. Contiene los mecanismos a través de los cuales se construye un discurso y tiene la intención de convencer al otro. Es la capacidad para originar o generar emociones. En el ensayo no importa no ser consensual, lo importante es crecer. La tradición anglosajona del ensayo exalta el yo, es una forma ensayística individualista, ególatra y nimia. Los norteamericanos ya no quieren hacer ensayos, sino “papers”, ya no leen grandes tomos, en cambio realizan “readings”. Simplifican al máximo y así se banaliza la cultura. El ensayo requiere nuevos preceptos, nuevos conceptos, nuevas emociones y originalidad. Y ante esto decimos que es muy difícil ser original o el primero en algo, sin embargo el descubrimiento por uno mismo de lo que otros ya han dicho sin nosotros saberlo, es un gran logro.
El ensayista no tiene porqué ser un mesías ni un salvador. Si quiere ser didáctico no debe intentar explicar sino provocar la emoción del lector. El escritor debe dejar de pensar que escribe para otro. Séneca decía “escribo para yo crecer”: “Te escribo, Sereno, para hacerme cargo de mi texto, no de ti”. El mejor lector es uno mismo, hay que leerse a uno mismo. Lector viene de elegir y logos (conocimiento): elegir el conocimiento. Lo que pensamos del lector como escritores es nuestra proyección personal. Existen técnicas retóricas para provocar la emoción del lector. Una es utilizar las metáforas. Lo metafórico, deja algo incompleto para que tú lo completes. Otra técnica es la hipnosis que permite tumbar el ego y llegar directamente al subconsciente o la conciencia. Otra es dejar puertas abiertas, no concluir en algo. Pero siempre hay que darse cuenta de que lo que se hace y lo que puede hacerse es infinito. Es importante que el escritor se cuestione porqué escribe. El ensayista es un técnico de lo sagrado y debe mover la energía, llegar al atletismo emocional, despertar las emociones.  El escritor mueve o debería mover la coraza.
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Los elementos del ensayo son preceptuales, conceptuales y emocionales. En ellos podemos manejar el consenso o el disenso, a esto último no quiere llegar el escritor flojo. Para escribir hay que dejar atrás a los padres. La tontería que nos imponen los padres es algo que cargamos y nos repetimos a nosotros mismos. Pero el tonto es un gran ególatra porque no se permite equivocarse. Es más, el tonto reconoce su posibilidad pero se confunde con ella y se nulifica constantemente, se autocensura, no se permite no estar a la altura. Es tonto no porque no sea inteligente sino porque no quiere el conocimiento y rehúsa equivocarse, por ello es indispensable trabajar con el ego, reconocer que fallamos, que la vida hay que vivirla como una guerra.
Hay realmente miedo a revelarnos, a confesarnos, tenemos un gran miedo a la libertad, de ahí el autocontrol. Cuando dejamos atrás esto, salen los demonios, hay un proceso de liberación, la escritura se vuelve catarsis. La crítica es un paso hacia la creación. Los poetas se dedican a expresar o hablar de cosas misteriosas. Los prosistas describen las situaciones. Pero un escritor  grande es todo: psicólogo, filósofo, poeta, historiador. Como dice Sergio Pitol a cada rato: echando mano de la cultura cada quien encuentra su propio camino.

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Milon Novotný / 1972

Se da una lucha constante entre lo que quiero hacer y no me permito hacer, pero quien quiere escribir debe saber que son necesarias las rupturas para llegar al arte. No hay disociación entre vida y obra. Cuando escribimos debemos leernos y percibir en la página si hay nuevos preceptos, emociones y conceptos. Hacer a un lado el cliché y el lugar común. Nuestra tarea es ser libres y hacer una revisión de lo que hacemos.
El ensayo es un género donde no te puedes mentir a ti mismo. Uno de los peligros que acechan al escritor es que con frecuencia toma posesión de él la memoria colectiva que puede ser mierda u oro. De ahí que, sin negarse a recibirla, tenga que limpiarse de ella, depurar su percepción para volver a ver y a escuchar. Se dan pues, en forma ineludible, dos etapas. Entra la memoria colectiva con todo, en un primer momento, y después se hace una limpia. Al momento de escribir surge el precepto o lo preconcebido, después puede emerger el concepto, que es un territorio en medio de la observación, y luego viene la parte de generar la debida emoción en el texto. Es necesario crear expresiones e imágenes poéticas que después puedan ser utilizadas con cursivas por otros, así se habrá logrado crear conceptos propios, el sello personal, el verdadero copy right. Debemos preocuparnos por generar ideas nuevas; identificar los conceptos nuevos en los textos propios es importante porque, si no, otro los robará. ¿Cómo se identifican los conceptos? Es sencillo, algo sobresaliente es un concepto, pero se llega a él siendo asertivo y no dubitativo. Hay que buscar ser citable para que nos refuten y nos critiquen y nos despedacen. Decia Nietszche que hay que escribir con martillo, es decir, con decisión y sin miedo, de otra manera sólo se crea retórica; claro, crear el concepto implica el trabajo de eliminar el miedo a ser asertivos, pero ojo, un ensayo no tiene que decir la verdad absoluta, es un punto de vista. El arte del ensayo es el arte de redecir; tu concepto se puede decir muchas veces de muchas maneras. Un buen ensayo contiene varios conceptos que se reiteran una y otra y otra vez. Generar desconcierto es muy importante en el ensayo, incluso ser delirante. Las emociones suelen ser horizontales pero pueden ser verticales, generando polifonía de voces. También la contradicción es un recurso muy eficaz para crear una identidad emocional. El escritor mexicano suele escribir con una sola emoción y por eso rara vez surge algo nuevo. Cuando uno escribe buscando la contradicción, aparecen nuevas emociones, en un juego dialéctico, y nuevas ideas. Puede ser que en el ensayo mexicano falte ser asertivos, como no se afirma no hay argumento. Insistamos en darle al concepto un nombre, convertirlo en una metáfora. Por ejemplo, Antonin Artaud (1846-1948), a través de la crueldad como método, provoca al lector; porque a veces, para despertar, es necesario ser violento; claro, tu lector puede ser timorato y acusarte. No importa, hay que resistir y evitar la domesticación.
Estética y ética
José Vasconcelos (1882-1959) es quizá el mayor ensayista mexicano; creaba conceptos por página. El ensayo nace de una pérdida del prestigio de la filosofía, es de herencia anglosajona. Ante el tratado voluminoso surge el ensayo, esto se ve en Montaigne.

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Ellen Von Unwert/ 1993

El hombre ético se autoconstruye y resiste las inercias, eso es el ethos. El ensayo, antes que una estética, es una ética que necesariamente incide en lo político; la dimensión ética es la autoconstrucción. El académico mexicano lee bien, cosa que no hacen los críticos mexicanos, quienes escriben acerca de sus gustos, no analizan, ni siquiera hablan de estructura. El ensayista mexicano no relaciona, incluso rechaza la relación. Huye de hablar de feminismo, estructuralismo, marxismo, etc. El más mediocre crítico extranjero puede percatarse de este déficit y ser demoledor. Existe un rechazo a asociar para no perder lo cool o dejar de ser light, acorde con las exigencias actuales. Pero un ensayista profundo relaciona sin temor, sin miedo, no copia o quiere parecerse a. Nos falta muchísimo en el ensayo mexicano para la creación de conceptos. Para no sólo acumular información y verterla con retórica. Así que se encuentra en mejor estado la novela mexicana que el ensayo. El ensayista mexicano ha olvidado sus bases y se afana en conocer más lo de afuera y hacerse erudito, aunque debería ampliar sus perspectivas y conocer más su cultura. El creador no tiene porqué ser cínico. Vasconcelos apuntaba a una revolución espiritual, pedía no dejarnos colonizar a través de la cultura.
Al escribir no debemos depender de un solo recurso retórico, la base son las emociones, por eso es importante identificar la emoción creadora en el texto, y explotarla. El ensayo debe ser total, poético, técnico, emocional.
Es necesario evitar la acidia (esa emoción significa que ha querido surgir una gran alegría pero la reprimes y no la observas porque no entras en ti mismo).
Desconocemos todo aquello que nos domina. El escritor explora sentimientos profundos; si a alguien le molesta, ni modo, si parece arrogante, también. Debemos identificar la emoción que nos domina, reconocerla y no reprimirla. Nuestra prosa es monótona por la contención que nos imponemos. En cuanto nos permitamos fluir vamos a generar emociones en nosotros y en los demás. Se puede escribir accidentalmente con emoción, pero es mejor que sea conscientemente y gracias a la observación, pues el ensayo describe su concepto y no se pierde. Hacemos paráfrasis porque nos perdemos. Al identificar la emoción se ve la dirección y la experiencia real. Es importante eliminar del texto los velos y clichés. Todas las emociones actuales son parte de un ciclo.
Quincunce
El quincunce es un psicocosmograma  donde podemos ubicar nuestro texto. Escribir es viajar en quincunce. Toda novela es un viaje, dijo Joseph Campbell (1904-1987),  pero los poetas se meten en la noche.
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La estulticia es otra emoción de la que se debe huir. Es ir por donde otros ordenan, buscar los temas del mercado, no las obsesiones propias. Impide escribir experimentando un mundo interno. Quien suelta la estulticia y la acidia, podrá escribir cada vez con mayor facilidad sin olvidar que cada ensayo es una explicación. En cuanto a la pregunta de si hay niveles en el ensayo, podríamos encontrar el ensayo de juego, que practicaron Alfonso Reyes (1889-1959) y Jorge Luis Borges (1899-1986), el ensayo erudito y el ensayo superior, del filósofo.
   Es el miedo lo que impide al ensayista crecer, pues se identifica con una idea de sí mismo. Sí, hay niveles en el ensayo y todos son válidos, pero hay que trabajar, ser constantes, día tras día, lo único que vence el miedo es el trabajo. Un buen ejercicio para disciplinarse es practicar la columna, la reseña; así se va creciendo y se elaboran textos cada vez más complejos. El ensayo conceptual contiene un alto nivel estilístico, utiliza tropos, analiza mucho, sí, mas crea conceptos y hay en él un alto grado de complejidad lingüística. Pero para escribir es indispensable dejar las identidades atrás, el miedo atrás. Debemos dejar de preguntarnos cosas innecesarias como ¿hago citas?, ¿no hago citas?, eso es irrelevante. También lo es pensar en el reconocimiento, pues te aleja de la página. En cambio que te critiquen, afloja el ego. Evitemos la proclastina, que es postergar, soltar el trabajo, perderte en Internet o en otras distracciones; es enajenarte. Veamos el ensayo como un ejercicio para expandir la mente, para abrir la conciencia. Interesarse en todo. Al académico le da miedo el lenguaje y no perfecciona el estilo. El ensayista debe volver a escribir poesía y narrativa para que su estilo tenga variantes y no se petrifique. La prosa se va superando con el trabajo. La crítica tiene un componente de cobardía, de envidia hacia lo que el otro hizo. Para escribir mejor hay que evitar la anestesia, lo que significa carecer de estética pues las fantasías y los miedos impiden sentir. El cuerpo se abre a sentir y a experimentar soltando el miedo sin proyectarse al futuro (fracaso o éxito) o al pasado (melancolía). Es necesario cesar las ideas que no sirvan al texto, echarlas a la basura. Concentrarse en el texto con libertad sin dejar que entren elementos externos inútiles: ¿cómo lo van a recibir?, ¿qué va a decir fulano o zutano?, si esto u lo otro. Es necesario deshacerse del cuerpo yoíco para concentrarse en el pensamiento. Evitar el introyecto, pues es una orden tragada que bloquea y como esta, hay muchas, te las imponen la literatura, los talleres, etc. Evitemos el introyecto para continuar con el trabajo. Algunos ensayistas sólo escriben de otros y son parasitarios; otros que sólo escriben de sí mismos.

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Herbert List /1937

Epistemología y ensayo

Lo esencial es crear, cuando no se puede se desvía el ensayista hacia otros y esto se va a reflejar en su ensayo. Se sobrevalora o se subvalora con análisis poco lucidos y profundos. Pero el ensayista debe cuidar de sí, eso es la epiméleia. Los griegos trabajaban para ser individuos superiores, así nace el ensayo. El ensayo actual está perdido y se confunde con comentarios sobre asuntos externos; el académico está más cerca del verdadero ensayo que el ensayista actual, que no considera que el ensayo es producir conocimiento, para lo cual debe tener herramientas empistemológicas. Pero todo parte de la percepción, de una preocupación-emoción que se vuelve ocupación. El flujo del ensayista da lugar a aserciones y el lector exige precisión o lo asertivo. El ensayo es argumentación y por ello, a fin de párrafo hay que concluir, aunque después se retome la idea. Octavio Paz (1914-1998) solía escribir codas para dar vuelta a su argumento. La idea es una realización del ahora que nos construye la memoria. Una regla retórica es la simetría en las frases. Si usas un sustantivo con su adjetivo te sigues por allí. También es importante la percepción disensual, es decir, meter el disenso en el adjetivo. El ensayo es una secuencia que busca y crea su propio orden; el ensayista se permite fluir, equivocarse y después trabajar su texto para quitarle lugares comunes o fantasmas. Conviene identificar en el texto ensayístico lo que salga del tema o digresión; y a veces, de entre varios conceptos, sólo quedarte con los que valgan la pena. En el ensayo se debe perder el pudor, ejercer la parresía, no preocuparse por el amor de los demás; pulir el concepto para ser vulnerable, pues entre más vulnerable te muestras es mejor, así te expones más a la crítica. El ensayista no hace concesiones, pero sólo al crear conceptos el texto se vuelve propio. En cada nivel de escritura emerge el superyo y es conveniente vencerlo para no perder percepción. Ojo con la estulticia, evitemos ir a cualquier lado y escribir de lo que surja de pronto, pues los conceptos sólo surgen de las emociones. Conclusión: la hoja en blanco es el ego, nuestros textos son nuestros maestros. El autoconocimiento es para siempre, para crecer en conciencia y, literariamente, es indispensable la evolución espiritual.

 

Ciclo Literario.

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