La plástica oaxaqueña y el peligro de la saturación

Araceli Mancilla


Atardecer en la maquiladora de utopías, Ensayos críticos sobre las artes plásticas en Oaxaca, es un libro que su autor, Robert Valerio, no llegó a ver publicado. Cuando salió a la luz por primera vez en 1999 (coedición del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca,  Instituto Oaxaqueño de las Culturas,  Fondo Cultural Del Hado Alado y Ediciones Intempestivas) Araceli Mancilla lo presentó con el texto que a continuación se publica para conmemorar el décimo aniversario del deceso de Valerio (una segunda edición ilustrada apareció bajo el sello del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca, colección Molinos de viento).

Como podrá notarse en esta reseña, el tema del libro está vigente y destaca por ser uno de los escasos estudios realizados a profundidad sobre la fértil creación pictórica oaxaqueña. En la perspectiva del tiempo transcurrido, es notable la razón que asistía a Valerio al escribir: “la falta de crítica empobrece nuestra percepción de las artes y puede repercutir en la creación misma”.

 

Veo por fin publicado este libro de Robert Valerio y pienso en el gozo de sus futuros lectores cuando recorran Atardecer en la maquiladora de utopías. Ensayos críticos sobre las artes plásticas en Oaxaca, no importando que su acercamiento a éstas sea mínimo o incluso nulo. Se materializa el deseo de Robert por que estos ensayos, a partir de su difusión, provoquen un amplio debate e intercambio de ideas respecto al estado de las artes plásticas en Oaxaca. Quienes hemos tenido la oportunidad de leer esta obra, sabemos que generará un gran entusiasmo. Es significativo que este libro, presentado a un año de su muerte, testimonie la gran capacidad vivencial de Robert y la actualidad y lucidez de su pensamiento. Este libro sale a la luz gracias, fundamentalmente, a su inteligencia, a la pasión y disciplina que caracterizaban todo lo que hacía y a su infatigable interés por lograr su edición, labor a la que se entregó hasta el último momento.

Herbert List /1958

¿Por qué es tan refrescante un libro como éste?
Porque abre horizontes, permite que entre el aire y revuelque los esquemas que se han construido en torno de las artes plásticas en Oaxaca. Desde su título, la obra nos tira el anzuelo para atraparnos y llevarnos por una serie de interrogantes, afirmaciones y contradicciones que son del autor y de muchos críticos del pasado y del presente, aun anteriores al nacimiento oficial de la crítica de arte como tal, a mediados del siglo XVIII. De esta manera comparten espacio y tiempo en nuestra travesía por este libro, Filipo Baldinucci, historiógrafo del arte florentino en el siglo XVII; Pierre Alechinsky, artista  publicado en español en la revista El Alcaraván; Elisa Ramírez, poeta y ensayista; Teresa del Conde; Jorge Manrique; Luis Cardoza y Aragón; conocidos críticos de arte, entre otros, mexicanos y extranjeros, a quienes el autor apela para reforzar sus apreciaciones, someterlas a otros criterios y en varias ocasiones, francamente disentir de ellos. ¿Por qué me parece gozoso Atardecer en la maquiladora de utopías? Porque desmenuza y cuestiona de una manera lúdica e irreverente los dogmas construidos por algunos de los grandes personajes de la crítica y la literatura en nuestro país y fuera de él, a quienes con nuestro silencio y ausencia de crítica desde Oaxaca, hemos permitido prolongar mitos tales como la existencia de una supuesta “escuela oaxaqueña de pintura”, de un “fundamentalismo fantástico” o de lo “real maravilloso”, que al parecer de tan gastados y estrechos ya a nadie convencen, pero escasamente se han analizado para poder avanzar hacia una concepción más amplia de la plástica en este estado.
     Es divertido además, acudir a la oposición de ideas que hace Robert en sus ensayos, a través de formas tan ingeniosa como sus sub-versiones. En ellas las convicciones e inquietudes de Andrés Henestrosa, Juan Alcázar y Curlee Holton, alineadas a la izquierda de la página, son comentadas y discutidas por el autor con agudeza e ironía en el lado derecho, en un juego libre de censura y falsos respetos, que el mismo autor reconoce a veces perverso y el cual justifica diciendo que «un cierto irrespeto hacia lo escrito y lo dicho es uno de los principios de la crítica». Vale la pena decir que sus sub-versiones subversivas, suficientemente provocadoras, logran el propósito del autor de abrir rendijas de especulación para que cada cual saque sus conclusiones.
     Como parte de ese afán del autor por discernir a partir de un acercamiento más directo con la obra de los creadores plásticos, recomienda dejar a un lado la biografía por considerarla poco útil para la comprensión del arte, y nos ofrece el apartado Obras a la Vista, en el cual monta una exposición que él denomina virtual y semi-arbitraria, en la que incluye a varios pintores oaxaqueños famosos, a algunos artistas menos conocidos y a un artesano. En esta «exposición virtual», dividida en tres «salas», se reúnen obras de Rufino Tamayo, Rodolfo Nieto, Francisco Toledo, Francisco Gutiérrez, Rodolfo Morales, Sergio Hernández, e Ivonne Kennedy, entre otros. La pretensión de Robert es que las obras dialoguen y que el espectador interesado las observe, analice y responda a ellas si es que acaso logran inquietarlo. Esta propuesta del autor, además de ser original, logra desatar poderosamente la imaginación del lector que de pronto se encuentra con obras que pudo haber visto ya o no. Eso no importa. Al interesarse en ellas y recrearlas para nosotros, al describirlas a partir del conjunto de sus conocimientos, de sus emociones y prejuicios, Robert otorga a la creación de esos pintores una dimensión que, sin ser totalmente novedosa, porque existen escritores que hacen poesía y narrativa a partir de las artes plásticas, logra conmovernos por su originalidad. En la exposición de estas obras nos encontramos, tal como lo advierte Teresa del Conde en su presentación introductoria al libro, con que «la disección que hace Robert de la pintura oaxaqueña es ejemplar porque no se limita a exponerla... la contrapone a otros fenómenos, la discute, examina sus fuentes ... ».
Me impactó especialmente la manera como Robert nos muestra Hombre contra el muro de Rufino Tamayo. En su análisis de esta obra hay elementos didácticos, conocimientos estéticos, introspección, referencias artísticas y una gran carga poética. En un espacio que no rebasa las cuatro cuartillas, nos plantea uno de los retos a los que se enfrenta la pintura moderna en este siglo: el de reconciliar la representación con la composición, y lo vincula con maestría al cuadro de Tamayo. La parte final de su reflexión alude al contenido existencial de la obra de una manera que estremece:
«¿Qué temor entrañable se esconde en el fondo de esta contemplación aparentemente tranquila, este paisaje de estabilidad monumental atrave sado por el arco fugaz de un pensamiento eléctrico y doloroso? Tal vez el temor inadmisible del hombre del siglo XX: ahogarse en su propia ciencia, perder el contacto con la naturaleza y estar condenado a mirar el mundo a través de una ventana cartesiana. Esa nube geométrica, ¿acaso no es la nube de un videojuego? Ese sol rectangular y ultravioleta, ¿no augura el amanecer de una realidad virtual? La enajenación está en el cenit; enfrentamos todos ese muro ».
En adelante, y con frecuencia, encontraremos en este libro la preocupación del autor por lo que él considera una ausencia de realismo en la temática de los pintores oaxaqueños, de la que sólo excluye a algunos creadores, entre ellos a Tamayo. Frente al dilema representación-composición, gran realismo- gran abstracción, característico del arte moderno, Robert Valerio encuentra que la mayoría de los artistas oaxaqueños contemporáneos no se sienten atraídos por ninguno de los dos polos, salvo quizás José Villalobos a quien ubica en la abstracción, y Marco Antonio Bustamante quien según el autor tiende a un realismo óptico; es decir, del modo de representar, más que referido a lo representado, que es el que le interesa. En todo caso, hay un reproche ante lo que el autor considera un escaso interés de los artistas por «la realidad inmediata y actual como fuente de composiciones plásticas», situación que lo anima a mostrar en su exposición virtual y arbitraria una obra inexistente a la que intitula: Naturaleza muerta: interior del XOXQ-ISSSTE a las 21:30 horas; la descripción de esta obra es la de una escena en un autobús urbano. Robert se pregunta y dice: «¿por qué me he tomado la molestia de describir un cuadro que no existe? Precisamente por eso: porque no existe... ¿por qué los críticos no han de experimentar, también, con la exploración de lo inexistente? ».

Fotografía
Herbert List / 1938

La percepción del autor respecto a un vacío de ideas relativas a «lo real no tan maravilloso», en la obra plástica oaxaqueña y su relación con lo que él considera «una idea de Oaxaca construida desde el exterior» que a su vez parece determinar las exigencias de los mercados internacional y nacional de arte, es ampliamente desglosada en los apartados del libro denominados El exterior en el arte oaxaqueño contemporáneo; Lo real no tan maravilloso, realidades ausentes en la plástica oaxaqueña contemporánea, y Geoestética y autocaricatura. En ellos advierte sobre los peligros de la inmovilidad y el estancamiento; de seguir recurriendo en la creación artística a elementos mil veces manejados tales como: mito, magia, origen, fantasía, paraíso, colorido etc; porque una vez agotada la veta, puede llegarse a un decaimiento de la demanda del arte oaxaqueño, por un fenómeno de saturación.
En Uristikor o del estilo, Robert retoma este problema a la luz de un nuevo enfoque, el de la búsqueda de la verdad acerca del estilo en la pintura oaxaqueña, y lo hace utilizando de nueva cuenta un recurso narrativo en el que dos personajes, Elentikor, el maestro, y Uristikor, el discípulo, ambos personajes del año 2198, discurren en un diálogo regido por la mayéutica socrática. Las conclusiones a las que llegan pasan por la confrontación de dos concepciones distintas del estilo: la que lo define como la selección, entre los recursos plásticos disponibles, de los más adecuados para lograr algún efecto expresivo, y la que en el Oaxaca de finales del siglo XX lo considera como «el cumplimiento de las condiciones de reconocibilidad que exige la venta, por medio de la restricción de la variación en el uso de los recursos plásticos». El autor hace así un severo cuestionamiento a las condiciones de las galerías y demás factores externos e internos, como las obsesiones personales de los creadores, que en algunos casos los llevan a repetirse, a volver una y otra vez a los temas de siempre, a no variar su selección de formatos y materiales, a dejar inalterada su iconografía expresiva, en suma, a no buscar otras alternativas estéticas, a crear una obra reconocible.
Partiendo de este discurso sobre el estilo, el autor contrapone, en un interesante debate, los puntos de vista de dos importantes artistas mexicanos: Gilberto Aceves Navarro y José Luis Cuevas. Del primero, se dice que ha expresado: «cualquier estilo no es otra cosa que un límite tremendo autoimpuesto», y el segundo a su vez ha afirmado lo siguiente:
«El estilo es repetición. El estilo de un Rembrandt es repetición. El arte es una obsesión y quien no tiene una obsesión definitivamente no es artista, no podemos de ninguna manera, estar dando saltos constantemente; no podemos despertarnos abstractos cuando nos acostamos figurativos».
A la par de la crítica sobre el estilo, Robert Valerio enfatiza la importancia de no dejarse llevar por un mercado del arte que lleva a la geoestética, es decir, a la producción y consumo de formas determinadas por las expectativas del exterior, ávido de un exotismo y primitivismo que a fuerza de exigirse se ha impuesto a la obra de los pintores oaxaqueños, y que excluye de galerías y museos a artistas extranjeros o incluso locales no circunscritos en su obra a la idea de “lo oaxaqueño” así concebida.
Atardecer en la maquiladora de utopías, es un libro con muchas voces, en él no existe la monotonía del autor que se regocija escuchándose a sí mismo. Por el contrario, en él reconocemos a un buen número de artistas, críticos, escritores, pintores como Rubén Leyva, Alberto Ramírez, Arnulfo Mendoza, Luis Zárate, Raúl Soruco, Susana Wald, Sebastián Aplin, Felipe Morales, Marco Antonio Bustamante, entre muchos otros, quienes con sus opiniones enriquecen y complementan la visión que el autor tiene sobre las artes plásticas en Oaxaca.
     Este es un libro que nos impulsa a visitar museos, galerías, talleres; a observar abiertamente y sin complejos, a buscar en la historia del arte universal orígenes, coincidencias, oposiciones, corrientes y, sobre todo, a hacer crítica desde Oaxaca.
Dice Robert que «la falta de crítica empobrece nuestra percepción de las artes y puede repercutir en la creación misma», y nos previene del anquilosamiento y la retórica. Su libro desacraliza la función de la crítica de arte, la despoja de rigidez mas no de rigor, y nos confirma que al no ser una ciencia y no ceñirse a una metodología única, puede desarrollarse en una multiplicidad de enfoques posibles.
Es alentador que en este libro se destaque como una función fundamental de la escritura sobre el arte, la de mediar entre el arte y el público, la de volver la obra más accesible al espectador. Lo es también que el autor promueva la perspectiva del público como un factor de primer orden a considerar para la creación artística, pese a la indiferencia de que ha sido objeto por gran parte de la crítica y los mismos creadores.

Seguramente habrá quienes no estarán de acuerdo con lo que se dice en Atardecer en la maquiladora de utopías. Ensayos críticos sobre las artes plásticas en Oaxaca. Si es así, adelante, que se reaccione, que se replique. Nada daría más satisfacción a Robert Valerio.

 

Ciclo Literario.

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