Dioses en la cocina: la respiración
del pensamiento

Michel Crubellier*


Aristóteles se interesó en todos los campos del conocimiento, de la lógica a la ética. Para el antiguo discípulo de Platón, la búsqueda del saber está en el corazón de la actividad humana.

Todo empieza con la curiosidad y el asombro. “Todos los humanos, por naturaleza - éstas son las primeras palabras de la Metafísica-, quieren el saber”. Este saber que desea para él mismo, Aristóteles lo llama theoría: “contemplación” ¾traducción aproximada¾ pero ésta se inclina igualmente sobre todas las cosas, pequeñas o grandes, lejanas o cercanas. Según aquél, Heráclito dijo a unos visitantes fuereños, quienes no se atrevían a pasar porque se estaba calentado al fuego de su cocina: “Pasen, también en la cocina hay dioses”. Al referir esta historia, Aristóteles prosigue: “Así que, de la misma manera, entremos nosotros sin repugnancia al estudio de cada especie animal: en cada una se encuentran la naturaleza y la belleza.” Belleza porque la theoría no es utilitaria: no se dirige a lo que puede hacerse con una cosa, o a lo que debe temerse de ella, mas simplemente a lo que es. El hombre es este animal metafísico quien se interesa en el ser mismo de las cosas y se muestra capaz de asirlo.

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Herbert List / 1937

Después de Platón. De allí, el formidable optimismo epistemológico de  Aristóteles. “La ciencia en acto, escribe, es idéntica a su objeto”, y por esto mismo es tan fidedigna como sea posible serlo. Él es platónico y lo permanecerá durante su vida entera, en la medida en que piensa que una buena explicación se refiere a realidades ¾las formas¾ inteligibles por su naturaleza misma. Pero, a diferencia de su maestro, no manifiesta ninguna desconfianza particular hacia la sensación. No es que la sensación sea siempre real, pero sus errores pueden explicarse y corregirse. Y con el intelecto (noûs) tenemos una facultad de reconocimiento, que se ejercita sobre los contenidos sensibles, en el momento mismo de la percepción, para asir de inmediato lo que da el sentido, lo que se comprende. Esta confianza se extiende hasta las imágenes. Lejos de ver allí una especie de sortilegio que altera y a final de cuentas oculta lo que, supuestamente, debe mostrar, Aristóteles celebra en la Poética el placer que tenemos en imitar, y que, como cualquier placer, es la manifestación de una actividad lograda, el acto de reconocer. En esta ocasión, menciona ¾de modo estrambótico a primera vista¾ “las imágenes de los animales más despreciados, y aun de cadáveres”: sin duda, piensa en las láminas anatómicas, instrumentos de análisis y de educación de la mirada, cuya presentación acompañaba constantemente las lecciones referidas en sus tratados de zoología.
Las formas, pues, están en las cosas, son las formas de las cosas, de cada cosa. Por esto Aristóteles renuncia a un elemento esencial del programa platónico, la idea de una ciencia universal que deduciría todas las verdades cognoscibles de un pequeño número de principios. Hay una pluralidad de ciencias y esta pluralidad es insuperable, cada una es la ciencia de un género determinado. Esta noción de género es muy característica de la forma de pensar de Aristóteles. Llama “géneros” a las más extensas clases de objetos, por ejemplo animal (la forma incompletamente determinada) en relación con el hombre; pero habla también de “género” para designar el espacio de variación continuo en el que se producen los cambios físicos. Por lo demás, estos dos sentidos concuerdan, y no vacila en representar las especies de un mismo género (los pájaros, por ejemplo) como variantes de un mismo plan general concebido como una entidad continua y plástica. Su pensamiento une constantemente un sentido agudo de las diferencias y de la originalidad de cada cosa, con la capacidad de reconocer lo que es común a través de la diferencia de las formas ¾una capacidad que se extiende aun más allá de los límites del género, gracias al uso de la analogía; así “la escama es, para el pez, lo que la pluma para el pájaro”. Otro aspecto de esta actitud filosófica es la táctica que consiste en hacer variar los puntos de vista. No hay expresión más típicamente aristotélica que la locución “a manera de”*: el conocimiento se refiere a las cosas mismas, pero la inteligencia humana es capaz de desarrollar la experiencia que tiene de una misma cosa de acuerdo con varias descripciones, todas igualmente reales: el moralista y el psicólogo (quien es, más bien, un especialista de la fisiología animal) tienen, el uno y el otro, algo que decir sobre la ira; sus dos discursos son fidedignos, el uno y el otro se completan, mas deben permanecer distintos.

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Herbert List / 1937

Por el lado que sea en donde haya algo que comprender. Teórico de la pluralidad de las ciencias, Aristóteles podría parecer como un precursor de la especialización científica, quien, por esto, habría abandonado la ambición sintética y globalizante de la filosofía. Sería una visión parcial y, a final de cuentas, falsa. Él mismo se mostró curioso de todos los saberes y de todas las prácticas humanas: se interesa en el papel de la moneda y en el arco iris, los mecanismos de la memoria, la escritura de las tragedias y la formación del embrión; pero también en el principio del tercio excluido, en la esencia del tiempo o de la felicidad. Por el lado que sea en donde haya algo que comprender, aquí está. Sin embargo, esta enumeración deliberadamente disparatada deja de lado algo esencial; no debemos extraer de ella una impresión de bulimia conforme con un cúmulo de conocimientos particulares. En Aristóteles hay una unidad real de los saberes que funcionan como una red: no sólo porque se iluminan mutuamente en sus fronteras, como la ética y la psicología, o porque unos proporcionan a otros elementos de análisis y de solución (como la geometría para la astronomía), sino porque Aristóteles se muestra preocupado por la coherencia de las conclusiones alcanzadas en los diversos campos. Finalmente, ya que buscar y comprender es, en realidad, siempre la misma cosa, varios procedimientos se vuelven a encontrar de una ciencia a otra: examinar las opiniones de los demás, formular los problemas, definir y demostrar. Estos mismos procedimientos descansan sobre estructuras que, al cabo, son las estructuras de lo pensable, y que la dialéctica y la filosofía primera se esforzarán por elucidar: así la parte y el todo, la forma y la materia, el poder y el acto.
        La clasificación general de las ciencias se funda sobre la relación que el sujeto humano mantiene con su propio conocimiento: al lado de las ciencias teoréticas, que no tienen otro propósito que el de la theoría, las hay que están ligadas con la acción: ciencias productivas (la medicina tal vez, y todas las “tecnologías”) y las ciencias prácticas (ética y política).
La parte más importante de las ciencias teoréticas es la filosofía natural o física, el estudio de los objetos que nacen, cambian y mueren, pero que, a pesar de todo, son objetos de ciencias porque tienen en ellos mismos los principios que explican sus cambios. A pesar de la extensión y de la diversidad de su campo, la física es una por la unidad del cosmos: existe un sistema de explicaciones continuo y coherente que va de los movimientos celestes a los animales particulares y a sus órganos. En cierto sentido, la naturaleza engloba todo lo que existe; pero la filosofía natural no es el todo de la filosofía, porque no aclara lo que es “ser”; éste es el papel de la filosofía primera. Finalmente hay un tercer grupo de ciencias teoréticas, las ciencias matemáticas, que se distinguen, ellas también, por la selección de un punto de vista: estudian, aislándolas del resto, algunas clases de propiedades muy generales.
De las ciencias productivas no habla mucho Aristóteles. No son muy diferentes de las ciencias teoréticas: como ellas, conocen cierta forma, pero deben tomar en consideración las condiciones y los medios de su realización concreta. Para él, son el asunto del especialista; sin embargo, él mismo aborda dos de ellas, productivas en un sentido particular, ya que producen discursos: la poética y la retórica.
La idea de “ciencia práctica” es mucho más difícil y más interesante. Un rasgo llamativo de la ética de Aristóteles es que no enuncia reglas de conducta, tampoco su Política pregona una forma de gobierno. El proyecto de Aristóteles es más bien el de analizar la situación ética del hombre, su condición de sujeto en acción, quien se prueba a la vez como ser de deseo, y como razón capaz de deliberar, confrontado con la incertidumbre del porvenir, con los demás y con su propia naturaleza, capaz de educarse al elaborar progresivamente su propia experiencia moral.
Para terminar esta invitación a leer a Aristóteles, habría que decir unas palabras acerca de su estilo, que contribuyó tanto en fijar la manera con la que se escribe la filosofía en Europa. En estas apretadas argumentaciones, estas densas formulaciones, sin olvidar el vocabulario técnico, fuentes a menudo del agobio de los traductores, el lector, poco a poco iniciado, aprenderá a reconocer la respiración misma del pensamiento, y esto también tiene una belleza en sí.

 

Tomado de  magazine littéraire No. 472. Febrero de 2008.
Traducción de Marie -Claire Figueroa
Notas:
* Michel Crubellier es profesor de filosofía antigua en la Universidad de Lille (Francia) y miembro del equipo de investigación “Saberes, textos, lenguaje”. Con Pierre Pellegrin publicó: Aristóteles, el filósofo y los saberes (Ed. du Seuil, 2002), así como una traducción de las Categorías (Ed. Garnier-Flammarion, 2006).

* En el sentido de “como”. N.d.l.t.

 

Ciclo Literario.

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