Murakami: el túnel profético

Lorenzo León Diez


Al sur de la frontera, al oeste del sol
Haruki Murakami
Tusquets
2003

Kafka en la orilla
Haruki Murakami
Tusquets
2002

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo
Haruki Murakami
Tusquets
2001

El lenguaje es una potencia que descubre, que manifiesta, que revela, es entonces cuando calla ante aquello que dice.

Paul Ricoeur

Fotografía
Araki

La primera novela que leí de Haruki Murakami fue Al sur de la frontera, al oeste del sol, una experiencia memorable, de imágenes sensuales y dolorosas (A veces las imágenes son mucho más cercanas e intensas que la misma realidad),  todo marcado por un secreto que nunca se devela. Es una obra estructuralmente muy sencilla, muy clásica, a diferencia de las otras dos novelas que también comentaré.
La poética de la intimidad
Al sur es la historia de Hajime y Shimamoto, dos niños de doce años que se reencuentran mucho tiempo después,  en la madurez, a los 37 años. Él es un exitoso dueño de dos bares jazz club en Auyuma, casado con Yukiko y padre de dos hijas. Cuando aparece la antigua niña, ahora convertida en una hermosa mujer, la vida de Hajime se plenifica y se desmorona a un tiempo. Él dice: En el arte existe una línea, hay quien puede cruzarla y hay quien no. Este dicho es oportuno cuando pensamos en la naturaleza de la novela: que es algo más que una historia, mucho más que una serie de anécdotas engarzadas, incluso algo mayor que un argumento. La novela, y al leer Al sur de la frontera lo he pensado, es una poética de la intimidad y si bien, porque es prosa, está armada con el acontecimiento o los acontecimientos (el mundo exterior) son acciones que sólo se admiten en la trama siempre y cuando respondan a la esencia del silencio que es el corazón del arte.
Muchos aspiramos a escribir una novela, de la misma manera que a veces nos imaginamos vivir la película de nuestra existencia. Algunos llegan a escribir miles de palabras y a pintar personajes, pero qué lejos quedan de tocar siquiera a la puerta de la novela. No se requiere, sin embargo, mucha ciencia, quizá al contrario, extrema humildad, para ser aceptado al interior de ese recinto. Esta novela de Murakami, Al sur de la frontera,  es como el habla amable de un viejo amigo al que después de muchos años nos encontramos en un bar, y con el fondo de un piano y un saxofón jazzístico, nos cuenta lo que ha sido de su vida, mientras toma un cóctel y fuma. Sin frases pensadas para trascender, con la tensión de una masculinidad que en un abrazo unió la infancia y la pasión, Hajime, narra sus relaciones amorosas hasta que se reencuentra con la mujer que viene siempre cuando llueve y un día, luego de entregarse, nunca regresa. 

A punto de ser
Por eso no dudé en comenzar con entusiasmo Kafka en la orilla. De esta lectura extraigo algunas reflexiones y una conclusión: a diferencia de la  primera obra, que es redonda y perfecta, Kafka pudo haberse acercado a la posibilidad de ser una novela magistral, incluso alcanza un momento cumbre que lo equipara a esas atmósferas enrarecidas, excitantes y oníricas del Kawabata de Las bellas durmientes, sin embargo para llegar a estas formidables escenas (donde la señora Saeki es quinceañera y cincuentona a la vez, y se desnuda para meterse a la cama del quinceañero Kafka Tamura, quien sabe que ella está dormida en algún lugar y este cuerpo es su sueño), omití todos los capítulos de la historia que transcurre paralela a este primer tema, solamente interesante en las primeras secciones, situadas durante la Segunda Guerra Mundial, antes de que ¡empiecen a hablar los gatos!, situación que, a mi gusto, caricaturiza toda la intriga que se había logrado, cuando en un paseo en una montaña caen dormidos inexplicablemente todos los niños que conduce una maestra.

Fotografía
Araki

Kafka Tamura
La historia central, narrada en primera persona por Kafka Tamura, es de una belleza que corta el aliento, sorprendente y misteriosa a la vez, hasta que se vincula con la que corre a un lado y que en mi lectura he suprimido por considerarla contraria a la tensión y verisimilitud de la primera. En esta obra encuentro lo mejor de la tradición literaria de Japón, Mishima incluido, pero a la vez excesos debidos, creo, a la fertilidad imaginativa del autor.
Decidí centrarme, para difundir los valores poéticos de esta obra, en los aspectos donde Murakami logra fundir realidad y sueño, deseo carnal y onirismo en imágenes insólitas y surreales. (Murakami es un atento lector, no cabe duda, de Paul Auster)
Tragedia e ironía
Kafka (que significa cuervo en checo y cuyo nombre se asignó el personaje mismo para nombrar su nuevo yo) es un joven de 15 años que escapó de su casa en Nogata, del distrito de Nakano en Tokio, donde vivía con su padre, el famoso escultor Koichi Tamura. Para irse lejos de él, para no perderse, el muchacho, quien conversa con frecuencia con el joven llamado Cuervo, una voz interior y autónoma, viaja a Takamatsu, huyendo de una profecía o maldición que desde pequeño le había imbuido su padre: a él lo mataría y se acostaría con su madre y su hermana, a quienes no conoce pues lo abandonaron de pequeño con su padre. En esta huída llega a la Biblioteca Conmemorativa Komura, institución de carácter privado subvencionada por una rica familia productora de sake. Allí conoce a Oshima, un joven al que más que guapo sería más exacto calificarlo de hermoso. Detrás de su frente de piel blanca a Kafka le parece ver cómo funcionan a toda máquina las ruedas dentadas de su pensamiento .Oshima resultará ser una mujer, un ser andrógino: Aunque tenga un cuerpo de mujer, mi mente es totalmente masculina. Yo, desde el punto de vista psicológico, vivo como un hombre. Pero aunque tenga este aspecto no soy lesbiana. Mis preferencias sexuales se decantan por los hombres. Es decir, que aunque sea una mujer, soy gay. Jamás he usado la vagina, siempre practicó el sexo anal. Mi clítoris es sensible, pero mis pezones no demasiado. No tengo la menstruación.

Esa biblioteca la dirige la señora Saeki, elegante y bella mujer que en su juventud fue autora e interprete de una canción que se hizo muy popular, llamada Kafka en la orilla del mar, tema que se corresponde con un cuadro que adornaba la habitación del primogénito de la familia Komura, novio de la joven Saeki. Casi formaban un solo cuerpo y una sola alma. A los dieciocho años, él se fue a Tokio, a la universidad. Ella permaneció en Takamatsu, ingresó en el Conservatorio y se especializó en piano. Fue como si los dioses los hubieran partido, de un corte limpio, por la mitad. Cuenta Oshima a Kafka: pero hubo una inflexión inesperada. Tal como dijo Tolstoi, la felicidad es una alegoría; la desdicha una historia. El novio de la señora Saeki murió a los veinte años, justo cuando la canción Kafka en la orilla del mar estaba siendo un gran éxito…Ella no volvió a cantar. Las agujas del reloj sepultado dentro del alma de la señora Saeki se detuvieron justo alrededor de aquel punto. Abandonó la ciudad. Había quien decía que se había intentado suicidar en los bosques que rodean el monte Fuji. Veinticinco años después  regresó para encargarse de la administración de la biblioteca, donde en una de sus habitaciones hacia el amor con su novio y donde escribió su famosa canción. La señora Saeki vive siempre en aquel tiempo que quedó detenido. El hombre-mujer Oshima, le explica a Kafka Tamura: en la vida de los hombres hay un punto a partir del cual ya no podemos retroceder. Y, en algunos casos, existe otro a partir del cual ya no podemos seguir avanzando. Y, cuando llegamos a ese punto, para bien o para mal, lo único que podemos hacer es callarnos y aceptarlo. Y seguir viviendo de esa forma. Y quiere que sepa también: la señora Saeki tiene el corazón herido, posiblemente pudiera decirse que su alma funciona de manera distinta a los demás.
La anécdota central de esta novela enlaza una canción, un cuadro y una profecía. El nombre de Kafka es una coincidencia aparente (el del personaje, el joven del cuadro y la canción), pues toda la inverosimilitud es la refulgencia que le da su potencia a la historia.
Ya el joven Kafka ocupa la habitación de esa biblioteca, donde hace cuarenta años vivía el novio de la señora Sakei. Esto es así porque Oshima ejerció sus buenos oficios para que fuera aceptado como parte de la institución desempeñando sencillas labores.

Fotografía
Araki

El niño del cuadro posiblemente sea el muchacho que vivió antes en esta habitación. Intento imaginarme a mí mismo dentro de cuarenta años. Pero es igual que imaginar el fin del universo.
Nos interesa ver cómo Murakami construyó este mecanismo literario en que el tiempo natural o progresivo cede a un impulso retrospectivo y que no por ser absurdo plantearlo es menos impactante. Para que se cumpla la profecía Kafka tiene que poseer a la señora Sakai, pero antes ésta tiene que ser su madre. Y también tiene que penetrar a su hermana mayor, que no está a la vista, al menos que sea Sakura, una chica que conoció en el autobús que lo trajo de Tokio a Takmansu. Pero sobre todo tiene que haber sido el asesino de su padre, que efectivamente, aparece acuchillado cuando él, su hijo, muy lejos de Tokio, despierta, cubierto de sangre, en un parque de la ciudad donde se ha refugiado.
Oshima, el hombre-mujer, erudito, hace las funciones del coro: Lo que tú estás sintiendo no es otra cosa que el conflicto central de la tragedia griega. No es la persona que elige su destino, sino el destino que elige a la persona. Ésta es la concepción del mundo en la que se fundamenta la tragedia griega. Y la tragedia, según la define Aristóteles, irónicamente, no surge de los defectos del protagonista, sino de sus virtudes. Edipo rey, de Sófocles, es un ejemplo remarcable de ello. La ironía hace más profundo al hombre, lo obliga a crecer.  Aceptamos la ironía a través de un mecanismo que se llama metáfora. Y esto nos convierte, a nosotros, en hombres más sabios.
Kafka, el día en que asesinan a su padre y él despierta inexplicablemente a las afueras de un monasterio con la camisa cubierta de sangre, llama a su amiga Sakura, que tendría la misma edad (seis años mayor que él) que su hermana. Ya cuando la conoció, sentada a su lado en el autobús, mientras ella dormía, le había visto el pecho. Sus senos redondos suben y bajan al compás de la respiración como el vaivén de las olas. Me recuerdan una vasta superficie del mar azotada por una lluvía incesante. Yo soy un navegante solitario, de pie en cubierta; ella es el mar.
Ella lo invita a su casa, donde se lava la sangre inexplicable y se queda a dormir. La chica lo llama a su cama. Tras pensárselo un poco, Sakura me baja los bóxers, me saca el pene duro como una piedra y lo sujeta con delicadeza. Como si quisiera comprobar algo. Como cuando un médico te toma el pulso. Siento el tacto de la palma de su mano, liviano como un pensamiento, alrededor de mi pene. (Notemos cómo la paleta prosística de Murakami crea espectacularmente los contrastes: pensamiento-pene).
La policía comienza a buscar al hijo del escultor, oculto en la habitación de la biblioteca, donde una noche, Kafka ve un espectro. Es una jovencita. Es demasiado hermosa. No se trata sólo de que posea bellas facciones. Toda ella es demasiado perfecta para ser real. Aquí, a instancias de las necesidades de la mente, el tiempo se expande, o bien se contrae. Pero ella, al final, sin previo aviso, se levanta de la silla y se encamina hacia la puerta con pasos silenciosos. La puerta no se abre. Pero ella desaparece, sin hacer ruido, a través de ella.
Kafka le pide a Oshima una copia del disco original que grabó la señora Sakei, donde en la foto de portada comprueba que es ella misma la que estuvo en su habitación. Claro que yo ya sabía desde el principio que la jovencita que me visitó anoche era la señora Sakei. No me cabía la menor duda. Sólo quería asegurarme.
Kafka sabe que lo que vi anoche en esta habitación es, sin ningún género de dudas, la señora Sakei cuando tenía quince años. La señora Sakei real está viva, por supuesto. Es una mujer de más de cincuenta años que lleva una vida real en un mundo real. Una persona puede convertirse en un espectro a pesar de estar viva. Y existe otro hecho crucial: yo me siento atraído por ese espectro. Me siento atraído, no por la señora Saeki que está aquí ahora, sino por la Saeki de quince años que no está aquí ahora.
 Podemos ver la bisagra que Murakami está engrasando y cómo está a punto de girar, pues ahora ve a la señora Saeki cuando baja de su oficina para abandonar la biblioteca: Al contemplar su rostro, mi cuerpo se paraliza por completo y los latidos de mi corazón resuenan con fuerza en mis oídos. Acabo de descubrir en la señora Saeki a la niña de quince años. Duerme acurrucada en un pequeño hoyo, como un animalito hibernando dentro del cuerpo de la señora Saeki.

Fotografía
Araki


            Poema y símbolo
Cuando Kafka conversa con el sabio Oshima sobre sus visiones, éste le hace una larga disertación sobre los espíritus vivos, registrados en la tradición japonesa. Hasta que Edison inventó la luz eléctrica, la mayor parte del mundo vivía, literalmente, envuelto en unas  tinieblas tan negras como la laca. Y no existía frontera alguna entre las tinieblas físicas del exterior y las tinieblas interiores del alma. Las tinieblas del mundo exterior han desaparecido, pero las tinieblas de nuestra alma continúan inalteradas.
Interesante tesis que el autor de la novela comprueba al hacer verosímil la existencia de un fantasma, cuyo cuerpo denso está a la mano, siendo su expresión un mensaje directo a la oscuridad de nuestro anhelo, pues resulta que ambos cuerpos los unifica el deseo. El propio Oshima nos da los datos para formular la evocación: La poesía y el simbolismo siempre han estado indivisiblemente unidos. Como los piratas y el ron. En los grandes poemas siempre sucede más o menos de esa forma. Si las palabras que contiene el poema no logran encontrar un túnel profético que las conecte con el lector, el poema no cumple su función como tal.
Kafka está en su habitación, pone en el aparato el disco. Me siento arrastrado de nuevo a aquel lugar. A aquel tiempo. Aparece el espectro. El cuerpo cambia lentamente de ángulo, como un gran barco virando a golpe de timón. Aparta la barbilla de la palma de la mano, mira hacia donde yo me encuentro. Y descubro que se trata de la señora Saeki. Pero no es la jovencita, sino la que está aquí es la señora Saeki actual, la real. Kafka piensa en el eje del tiempo. En algún lugar le ha sucedido algo extraño al tiempo.
Estamos en el corazón de una joya, el arte de Murakami hace girar la bisagra: La señora Saeki alarga la mano, me acaricia el pelo. Sin duda la mano es real. Los dedos son reales. Luego se pone de pie y, bañada por la pálida luz que llega del exterior, empieza a desnudarse, como si eso fuera lo más natural.
Entonces Murakami introduce la voz del joven llamado Cuervo, una supra conciencia del joven Kafka, que en su segunda persona nos impulsa de lleno en el túnel profético: Sus sueños te envolverán antes de que te des cuenta, cálida y suavemente, como el líquido amniótico.
Al día siguiente todo es normal. Llega la señora Saeki a la biblioteca. Kafka se pregunta: ¿Se acordara, aunque sólo sea un poco, de lo sucedido anoche? Sube a su oficina a servirle un café, conversan. Kafka le dice lo que piensa: Usted vivió con mi padre, me tuvo a mí y, luego, me abandonó. El verano que yo acababa de cumplir cuatro años. Mi padre también quería que hiciera el amor con usted y con mi hermana. La señora Saeki, sin sorprenderse, siguiéndole la corriente al joven audaz, le pregunta: ¿Entonces...me deseas? Kafka asiente. ¿Y deseas hacer el amor conmigo? Asiente. ¿Has hecho alguna vez el amor con una mujer? Anoche, con usted, pienso. Pero no puedo decírselo. Ella no se acuerda de nada. –Pero tú tienes quince años, yo paso de los cincuenta. –Nosotros, ahora, no nos estamos refiriendo a esa clase de tiempo, responde Kafka. –Señora Saeki ¿quiere acostarse conmigo? Pregunto. -¿A pesar de que yo, en tu hipótesis, sea tu madre?
La novela y la poesía son dos géneros relacionados muy sutilmente. La prosa es expansiva. La poesía es reductiva. La primera ocupa cantidad enorme de palabras. La otra mínima parte del lenguaje, pero en su máxima concentración. Y cuando hablamos de novela poética nos referimos a ese túnel profético que nos lleva a espacios mentales fuera del tiempo que procede linealmente, bajo la vigilancia de la conciencia. Cuando el escritor registra un diálogo como el que estamos presenciando crea un ámbito escalonado, o da un manazo a una puerta que gira y nos pone en medio del mundo que todos íntimamente conocemos y que identifica la palabra sueño. Así, que a la siguiente noche, en la habitación de Kafka Tamura esa puerta se abre, aparece la señora Saeki. Hoy no está dormida. Todos nosotros estamos soñando, le dice a Kafka y le pregunta -¿Por qué tuviste que morir? No pude evitarlo- dices tú. Aquí Murakami, para dar esa profundidad cilíndrica a su relato, vuelve a introducir la voz del joven llamado Cuervo. Hacen el amor. Las palabras se hallan muertas en un hoyo del tiempo. ¿No es claro? Calla el lenguaje ante lo que dice.
Otro día. Conversan Kafka y la señora Saeki. ¿Puedo decirle lo que pienso de usted? –Pues claro. –Lo que está haciendo es, tal vez, recuperar el tiempo perdido. -¿Quién eres? ¿Cómo sabes tantas cosas de mí?- Yo soy tu amado hijo. El joven llamado Cuervo. Ninguno de los dos puede ser libre. Estamos siendo engullidos por un remolino. A veces nos encontramos fuera del tiempo. Esa noche vuelven a hacer el amor.

Fotografía
Araki

Falta la hermana, Sakura. Ahora es ella la que aparece en sus sueños: La voz del joven Cuervo: Tú ya has matado a tu propio padre. Ya has violado a tu propia madre. Y ahora estás dentro de tu hermana. No puedes salir de su cuerpo.
Esta novela de Murakami tiene casi 600 páginas. Estoy comentando solamente un fragmento de la historia principal, he obviado la historia paralela, la mitad del libro. He preferido dejar el final a un lado, no está bien logrado, pues si bien Murakami hace de lo inverosímil el fundamento de su ficción, al final estos elementos, que habían sido el núcleo de la fascinación, pierden equilibrio y llegan al absurdo. Pero no obstante que en lo integral  lo novelístico se desborda estamos ante una de las cumbres de la novela poética japonesa, algo paradójico, hasta divertido. Me gusta imaginarme esta novela como un relato, una nouvelle, concentrada en esta historia que he editado para mostrar las refulgencias donde prosa y poesía se enlazan para ampliar nuestra percepción y enseñarnos de qué está hecha la materia de los sueños.
El fondo bélico también está presente en otra voluminosa novela de Murakami, quizá la más célebre, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, y a la que me referiré enseguida para enfatizar la técnica de desvanecer y fundir la frontera entre el sueño y lo real que el escritor ejecuta con maestría.
La prostituta de la mente
Ahora se trata de Tooru Okada y su esposa Kumiko; hay una intrusa, Creta Kanoo, una prostituta de la mente. Él esta dormido: Ante mis ojos ella se quitó la ropa con agilidad, como si desgranara guisantes, y se quedó desnuda sin preámbulo ni explicación.
La presentación de las mujeres en la obra de Murakami siempre es muy sugerente y plena de dobleces. Las apariencias engañan. Su propia esposa, Kumiko, no es quien él cree en su aparente vida monógama y en su piel blanca late oculto un pasado ominoso, de perversión familiar. Creta Kanoo, personaje profético como la Shimamoto de Al sur de la frontera y Saekide Kafka en la orilla, viene de ningún lado y se pierde en el misterio. Nuevamente lo visita en el sueño. –Olvídalo –decía ella. Pero no era la voz de Creta Kanoo-. Olvídalo todo…como si durmieras, como si soñaras, como si estuvieras tumbado en el barro cálido. Todos nosotros venimos del barro cálido y volveremos a él.
Más adelante la Creta Kanoo real conversa con Okada. He tenido relaciones con usted, señor Okada. Pero ha sido algo hecho de una manera correcta con un propósito correcto. Con relaciones como ésas no me siento deshonrada. La primera vez sólo utilice la boca y la segunda vez tuvimos relaciones. Por supuesto no tuvimos relaciones rales. Cuando usted eyaculó no lo hizo dentro de mi cuerpo, sino en su mente. ¿Me entiende? En una conciencia creada. La segunda vez, cuando estaba teniendo relaciones con usted, otra mujer me reemplazó, ¿verdad? Yo no sé quien es. Pero quizá este hecho le sugiera a usted algo. No tiene porque sentirse culpable por haber mantenido relaciones conmigo. ¿De acuerdo? Señor Okada, yo soy una prostituta. Antes era prostituta de la carne, ahora lo soy de la mente.
Las cosas que le pasan a Okada con las mujeres, Kumiko, Creta Kanoo y su hermana, la adivinadora Malta, lo impulsan a descender a un pozo seco para reflexionar (el pozo es una metáfora, como el túnel, pero al mismo tiempo son estancias concretas, tanto de él, como personaje del presente, como de Mamiya, un militar del pasado). Basta de pensar en la mente. Voy a pensar en cosas más reales. Voy a pensar en el mundo de la realidad al que pertenece la carne. Para eso he venido. Para reflexionar sobre la realidad. Porque me pareció que para reflexionar sobre la realidad era mejor alejarme lo más posible de ella. Pero resulta que en el fondo del pozo también sueña. Y es la misma habitación en la que se le aparece Creta Kanoo, una voz que desde la oscuridad le pregunta: Oye ¿querrás volver a abrazarme alguna vez? ¿Querrás volver a penetrarme? ¿A lamerme toda entera?. Puedes hacerme todo lo que quieras, ¿sabes? Y yo te daré todo lo que tú quieras. Lo que tu mujer, Kumiko Okada, jamás te ha hecho yo te lo haré.
Hay que decir que Kumiko, como casi todas las mujeres de las novelas de Murakami, es una mujer secreta, alguien que dice que hay una especie de desfase entre lo que yo creo que es real y la auténtica realidad. Tengo la impresión que dentro de mí, en alguna parte, hay una pequeña cosa oculta. Como un ladrón que ha entrado en una casa y se ha escondido en el armario.
La situación es que entre Okeda y Kumiko todo parecía transcurrir normalmente. Ella trabajaba en una oficina, él se dedicaba al hogar y atenderla. Hasta que ella desaparece. No regresa más. Luego de varias semanas al fin Okeda recibe una carta. Ella le confiesa que se fue con otro hombre.Okeda entonces imagina a Kumiko retorciéndose debajo de aquel hombre, las piernas abiertas, clavándole las uñas en la espalda, babeando sobre las sábanas. La Kumiko que yo creía conocer, la Kumiko con quien había hecho el amor como esposa durante tantos años no era, en definitiva, más que una máscara superficial de la auténtica Kumiko. Pero aún hay más, aunque esto lo sabe Okeda hasta al final de la novela, en otra carta: En la carta que te envié te contaba que me había acostado con otro hombre. Pero no era cierto. Ahora debo confesarte la verdad. Me acosté con muchos hombres. Con un número incalculable de hombres. Llegué incluso a contraer una enfermedad venérea. Era incapaz de tener sentimientos de culpabilidad con respecto a ti. Me parecía que obraba del modo más natural del mundo.
*

Desde luego, no es posible develar el fondo de los mundos perturbadoramente sensuales y oníricos de Murakami en un comentario, lo que me interesa resaltar es la relación entre el ser y la máscara, o entre la realidad y el sueño, así como señalar su concepción cilíndrica del tiempo, donde la única coherencia la ofrece el deseo…así, este novelista cabalga en la prosa como un samurai. En su obra nos complacemos en reconocer la sutileza que solamente se manifiesta en el silencio más secreto de nuestras experiencias íntimas y en la lectura de libros como los que escribe este gran autor nipón.

 

Ciclo Literario.

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