Hammershoi: Inmovilidad, silencio, hospitalidad

 


 

1914

 

1904

Cuando apareció la fotografía en el mundo los pintores tuvieron diferentes reacciones ante esta revolución que supuso la reproducción fiel de las imágenes por medio de una máquina compuesta por un lente y una cámara oscura. La sorpresa que tal tecnología suscitó en el medio de las artes visuales hizo que muchos ahondaran en el significado de la mano, la pintura y el lienzo como un ejercicio singular, en extremo privado (contrario a la  masificación que impondría la fotografía) y donde el ojo no se detendría en la apariencia sino continuaría su tránsito hacia el espacio y los objetos interiorizados, existentes sólo a través de la revelación que permite el artista. El espectador debía saber que no estaba para nada frente a una reproducción sino todo lo contrario, los objetos o el paisaje eran inventados, descubiertos por el talento de una mirada y la maestría de una mano educada en algo más allá de lo que la fotografía ahora tan vulgarmente ponía al alcance de todos: la captura de imágenes de todo tipo y según los gustos del poseedor de la cámara. Los impresionistas son un ejemplo de esta airada reacción que el invento de Daguerre puso en el mundo decimonónico: alejarse lo más posible del realismo que, si bien antes había sido un objetivo de la pintura como la privilegiada oportunidad de contar con un retrato o la vista de un paisaje entrañable o de escenas históricas o míticas recreadas lo más fidedignamente posible, desde ahora dicho invento ponía en crisis a la pintura como el espacio exclusivo para el almacenaje de rostros, escenas y paisajes.


Pero no todos los pintores reaccionaron sintiendo amenazado su arte ante la fotografía, por el contrario,  algunos aceptaron que desde ese momento sus obras podrían cobrar una dimensión que los mismos recursos de la fotografía proponía: la creación de la inmovilidad ya no como la necesidad para el registro (fundamentalmente en los retratos) sino como el resultado que rechaza la caducidad del instante, y logra capturar la latencia del silencio. 
¿Qué es lo que nos conmueve en las obras del danés Vilhelm Hammershoi? (1864-1916).  Es evidente que la monocronía establecida por la fotografía en su nacimiento, es la gran oportunidad de recrear en  tonalidades grises, oscuras y sepias escenarios cotidianos que en su orden artificial enseñan la voluntad burguesa de agraciar las estancias como condición y consecuencia de una depuración espiritual.

1910

 

1909

 Estamos ciertos que ese nuevo aparato (la cámara fotográfica) permitió la libertad total del mirar, y recrear lo mirado sin las exigencias técnicas y los complejos conocimientos que requiere el pintor. La máquina, con un sencillo pulso del obturador, nos entregaba la posibilidad de fijar pero no siempre de ver. Por ello la cualidad fotográfica de la obra de Hammershoi no implica que sea un pintor realista, sus escenas emocionan porque estamos ante la vivencia de la desnudez, una especie de voluntad ascética (austeridad sí, pero con elegancia) y, a la vez,  del rigor con el que traza su proyecto un constructor cuidadoso de la armonía de las líneas y el equilibrio simétrico. Estamos ante objetos pulcros, lozanos pero, paradójicamente, eternos, nidos abiertos donde convive la antigüedad (el celo de una tradición) y el futuro que siempre está a punto de abrirse en esa superficie satinada. La perenne sensualidad de la nuca de los personajes femeninos parece tocarnos y transmitirnos la serenidad de estancias domésticas y casi inmateriales. El vacío de las habitaciones está dispuesto para recibir la luz, todo parece preparado para que entre en ellas ese protagonista fundador de sus cuadros. La intimidad es un concepto que el gran pintor danés pone en el centro de su creación. Un argumento cuya esencia es el silencio. Habitar, parece decirnos, es sentir sin invadir, se trata de un acto reverencial. Saberlo es ser uno con una luz humanizada, filtrada por ventanas y persianas o cortinajes, una luz domesticada, domada, o, más noblemente, una luz lista para acariciar, sin estridencia ni amenaza. Autor de una vasta obra (casi 800 cuadros, todos creados en Copenhague, su ciudad natal) su fama se debe sobre todo a sus habitaciones vacías, que enseñan la relación entre la intimidad y lo urbano. Es interesante reflexionar cómo la disposición de los salones abiertos, unos tras otro, y las paredes austeras, pero discretamente decoradas, inspiran un sentimiento religioso; sin ser idéntico a los recintos ceremoniales, Hammershoi encuentra un espacio sacralizado, creado para albergar el vínculo de lo exterior (lo edificado, la calle) con nuestra estancia más privada y personal. Sus personajes están quietos, no inmóviles, sino tranquilos, serenos como los muebles animados por reflejos o sombras. Esta quietud se debe a un estar en sí mismo, sin ansiedad por una espera, como en la labor de una costura o la lectura de un libro. Cuando miramos un cuadro de Hammershoi entramos materialmente a esos cuartos. Es el creador de una visualidad acústica. Quizá antes de él ningún pintor había podido representar el silencio tan contundentemente. Al observar a esas adustas mujeres de ropajes oscuros y el contraste de su piel blanca, nos invitan a depositar en su oído un secreto. O acercarnos y simplemente permanecer sin alterar en lo posible, con nuestra respiración, su meditación. Hay deferencia, un fino sentido de la hospitalidad. El artista construye para nosotros; sin pensar, mira cómo pasamos. Por eso parece amar las puertas y las ventanas, cerradas o abiertas, siempre son amables, necesarias para la civilidad, para organizar la intimidad y el descanso…o  para ver el mundo, iluminar naturalmente la estancia o airar nuestra yacencia.  Hammershoi es el cazador de una vibración, un admirado del despertar y un meticuloso planificador del callado asombro de todos los días. Al morir a los 52 años, la obra del danés fue un tanto olvidada, hasta que fue actualizado por otros artistas, entre ellos fotógrafos y cineastas, que hallaron en su fértil obra, campo de inspiración. (Lorenzo León).

 

Ciclo Literario.

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