Desayuno

Tamar Cohen


Es miércoles por la mañana, me sirvo una taza de café y me acomodo en la cocina para leer el periódico. Un señor llamado Andrés saltó a las vías del tren para rescatar a un extraño que accidentalmente había caído en ellas. El tren pasó justo encima de su espalda y ambos lograron sobrevivir. De acuerdo a estudios científicos, un acto de heroísmo de tal magnitud es provocado por las llamadas “neuronas espejo”, encargadas de hacer que uno sienta lo que la otra persona experimenta. No obstante, un biólogo reconocido de la Universidad de Nueva York opina que los procesos cerebrales no intervienen en este tipo de actos, la reacción se daría demasiado tarde para salvar al sujeto; los actos heroicos, agrega, son impulsos que se siguen espontáneamente a causa de una información genética determinada. Lo más extraño del caso es que Andrés se encontraba junto con sus dos pequeñas de cuatro y seis años; según los expertos, el poder de la dinámica padre-hijo debiera superar a cualquier tendencia de ponerse en peligro para salvar a un desconocido.

Fotografía
Herbert List / 1953

Termino de leer, tomo un trago de café e imagino a las niñas de Andrés: una rubia peinada con trenzas, la otra pelirroja con el cabello en una cola de caballo, ambas vestidas de uniforme, falda a cuadros verde con azul marino, camisa de botones blanca, calcetas largas hasta debajo de las rodillas y zapatos negros de goma. En una mano sostienen una bolsa de plástico con su lunch, en la otra…la mano de papá. Llegan con cinco minutos de anticipación a la parada. Detestan el rechinar de las ruedas del tren, es un ruido demasiado estruendoso, les recuerda la noche que mamá se disfrazó de bruja para la fiesta de la tía Celia, no la reconocieron, ella se carcajeaba como parte de esa personalidad ilusoria, sus risas causaron tal destrozo en el sueño de las niñas que por meses tuvieron que dormir en la cama de sus papás. Cuatro minutos para la llegada del tren, las niñas no sueltan la mano de papá, miran las vías y en sus ojos se logra percibir un hilo de angustia que las fusiona a pesar de encontrarse Andrés de por medio. Dos años de diferencia que en este segundo pasan desapercibidos. Ana nació primero, cesárea, venía sentada y el médico no quiso arriesgar, berreaba por las noches y en el día hibernaba, mamá no sabía cómo intercambiar el horario, probó de todo: aumentó el volumen del televisor durante las horas diurnas, transportó la cuna a la cocina y una vez ahí, encendía la licuadora por largos períodos de tiempo, por la noche la bañaba en agua tibia con hojas de lechuga; no fue hasta que siguió el consejo de la vecina que el hábito se rompió: Anel habló con su hija como si fuese un adulto, le explicó que cuando sale la luna es momento de azotar la cabeza en la estúpida almohada y, que al salir el sol, y sólo al salir el sol (frase que repitió tres veces) tiene permiso de abrir los malditos ojos. A partir de esa charla, Ana comenzó a berrear durante el día, pero a cambio, por la noche dormitaba. Dalia llegó dos años después, cesárea con una complicación en los pulmones, una vez en casa, mamá no esperó cinco minutos para hablar con ella, y con las mismas palabras que había utilizado con Ana, le hizo entender la relación entre las estrellas y la rutina de la especie humana. Lo que mamá ignoraba es que Dalia no requería esa explicación, su dócil temperamento que años después la llevaría a convertirse en una adolescente retraída y poco comunicativa, le hacía comportarse como una bebé casi invisible; jamás lloró, ni siquiera el día de su primera vacuna.
Tres minutos y medio. Las manos de Andrés transpiran, siente comezón en la nariz, desea rascarse pero para ello debe soltar la mano de una de sus hijas. Andrés sabe lo importante que es para ellas en este preciso instante, sabe de la fobia que experimentan al estar paradas frente a las vías y por eso mismo, posterga la paz de su nariz. Andrés conoció a Anel mientras laboraba como taxista, ella pidió que la llevara a la calle de Sonora, debía comprar fertilizante para exterminar una plaga de gusanos que había invadido el ficus de su azotea. Anel era especialista en jardinería, estudió en la Escuela Superior de Botánica y se graduó en 1999, año en que Andrés abandonó, por falta de recursos económicos, sus estudios de administración. Desanimado pero consciente de la situación, se matriculó como taxista. Dos años después se encontraba transportando al amor de su vida. En el semáforo entre Juan Escutia y Atlixco la pasajera fue presa de un asalto, le quitaron su bolsa y le golpearon el rostro, Andrés intentó defenderla pero se vio amenazado con una pistola en la sien. De ahí a la delegación, lunes, martes, vuelva el fin de semana, los trámites no parecían tener fin, un café después de levantar el acta, una charla en la banca de espera, una salida al cine, el primer beso. Andrés nunca había experimentado tal pasión, pensaba en ella día y noche, en sus hombros perfectos, sus brazos delgados y suaves como tiras de papel, los senos pequeños; varias veces se descubrió con una erección que debía disimular ante sus clientes metiéndose las llaves en la bolsa delantera del pantalón. Ella vivía alborotada, con manchas de sudor en la playera y el sexo empapado, comía poco, dormía mal, pensaba en él, en sus ojos grises, su vientre desnudo y velludo, plano como el horizonte. Ambos se suplicaban más tiempo y, cuando al fin, las horas condescendían, se entregaban uno al otro con el arrojo inconfundible de un par de amantes novatos. Un año después se casaron. Ana se presentó a los once meses.
Tres minutos. La comezón continúa. Las relaciones sexuales con su mujer bajaron de intensidad. Mamá argumentaba estar extenuada, de noche no dormía, se quejaba de las niñas, del trabajo que representaba cuidarlas, educarlas, alimentarlas. Andrés intentaba convencerla, hacer el amor sería un alivio para sus huesos, se sentiría como nueva, las niñas seguro lo apreciarían. Anel cedía sólo en contadas ocasiones. Andrés se masturbaba en el baño. Una vez olvidó cerrar la puerta con llave y Ana lo sorprendió. Papá no supo explicar correctamente las cosas, le habló de más. Anel se puso furiosa, se alteró y le aventó un vaso de cristal; una pequeña herida en la frente, corrieron al sanatorio, tres puntadas y una cita con el terapeuta familiar. Ana lo visitaba cada lunes, hablaban de mamá, de papá, del colegio, de los niños y sus juguetes. Ana disfrutaba ir, sobre todo por la paleta de caramelo en forma de flor que le regalaba el doctor al finalizar la sesión. Cuatro meses después, el terapeuta les aseguró que del “accidente” en el baño no quedaban estragos en la mente de su hija. Ana dejó la terapia. Se olvidaría de ella hasta el día de su primera menstruación a los diez años. Entonces recordaría al doctor y se masturbaría por primera vez con la almohada entre las piernas.
Dos minutos. Dalia mira a papá, le sonríe, Andrés no se da cuenta, tiene perdida la mirada. Dalia lo ama, le gusta armar rompecabezas con él, acostarse en su pecho y escucharle contar las vidas de los pasajeros que transporta en el taxi. La señora que labora de maestra en una escuela de extranjeros, enseña español a niños chinos que traen sushi de lunch. Dalia ríe. Andrés la abraza y le hace cosquillas en sus axilas. El joven vegetariano que trabaja de cocinero en una taquería y a cada rato corre al baño a vomitar. Dalia hace gestos repulsivos y él la llena de besos. El viejo arrugado que camina con bastón, pide a Andrés que apague la radio y no habla en todo el trayecto, las manos le tiemblan y mira la ventana con ojos llorosos. A Dalia también se le ponen los ojos rojos, no sabe por qué.
Un minuto. Anel llega tarde a casa esa noche, cierra con cuidado la puerta, son las doce. Andrés la espera despierto. La mira y comienza a interrogarla, ¿por qué a esas horas?, ¿por qué no llamó?, ¿dónde estaba? Ella se enoja, le grita, le habla de libertad y se suelta a llorar. Él quiere consolarla, se acerca y pone un brazo sobre su espalda, ésta se mueve, lo rechaza, su mano cae y una tristeza cubre su piel. Me acosté con otro dice ella de pronto. Andrés no alcanza a comprender el sentido de las palabras, le pide que lo repita, ella traga saliva, se limpia las lágrimas y vuelve a decirlo: me acosté con otro. Esta vez las palabras retumban en sus oídos como disparos de metralleta. Andrés se tapa los oídos, no desea escuchar más, le tiemblan las piernas y siente un deseo irresistible de ir al baño, corre al escusado, orina mientras las lágrimas se deslizan por sus ojos, el llanto se hace cada vez más fuerte, se tira al suelo y continúa gimiendo con el pantalón desabrochado.
Treinta segundos. Un extraño que viste de traje sufre una convulsión, cae a las vías del tren junto con su portafolio. La gente de la tarima grita, se miran desesperadas unas a otras. Se escucha el pitar del tren. Ana y Dalia aprietan la mano de papá. Andrés duda una fracción de segundo, se suelta con brusquedad de sus pequeñas y salta a las vías. Abraza con su cuerpo al desconocido, hace un cálculo matemático y baja la cabeza. Se equivoca. El tren pasa por encima de ellos. El extraño sobrevive. Andrés también.

Tomo un trago de café, está frío, me levanto para servirme otra taza y alcanzo la sección de deportes.

 

Ciclo Literario.

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