Lourdes Bonilla: La ciudad y sus misterios

Jorge Alfonso




Los de arriba y los de abajo.

La impronta de las ciudades como tema del paisaje, fue siempre acompañada del retrato de sus habitantes. Desde las multitudes del Canaletto a los noctámbulos bebedores de café de Edward Hopper, esa constante pareciera marcar la necesidad extrema de los pintores de hacer la referencia obvia del hombre para referirse o pulsar  las emociones o la psíque.

El peatón.

 

Terminal de tren en la ciudad.

Con el advenimiento del abstraccionismo y muy en especial, el desarrollo del cubismo, aparecieron en la pintura otros valores más allá de la figuración. Las cualidades intrínsecas de la materia pictórica y su tratamiento experimental, dieron al arte la posibilidad de liberarse de la realidad.
La pintora Lourdes Bonilla (1957), de sólida formación académica y cuya depurada técnica la convierte en una de las creadoras más completas de su generación, ha logrado desarrollar un estilo único e inconfundible dentro del paisaje contemporáneo, utilizando a la ciudad como inspiración.

La cita.

 

Monumento a la Revolución.


La estrategia compositiva de Bonilla, cuya herencia cubista denota un estudio obsesivo de la geometría, se fundamenta en la yuxtaposición explosiva de colores intensos y planos, cuya monumentalidad confieren a la imagen, texturas urbanas inobjetables.
Bonilla prescinde de la figura humana en sus paisajes urbanos y concentra su mirada en la intimidad desierta de la noche o el amanecer, como si atrapase la instantánea del monstruo urbano suspendido en el sueño de sus habitantes. Cada cuadro es el escenario donde ha ocurrido algo que debe mantenerse en secreto, -lo mismo el amor que el crímen-, y Lourdes Bonilla nos lo revela desde su paleta.
La artista no necesita pintar autos sobre el segundo piso o trabajadores en los hornos de las fábricas para representar el movimiento, ella se adentra en la sordidez de la gran ciudad para arrancarle a la noche las bondades del amor y sus misterios. Por ello, uno sabe que mira una ciudad viva donde arde el humo de las chimeneas, donde uno escucha el trajín de los motores y las pisadas.  En los cuadros de Lourdes uno puede asomarse a cada ventana y contemplar la mesa frugal de los estudiantes y los trabajadores, percibir el ruido de los salones de baile, la opulencia  o el dolor de los que han perdido la esperanza. En los ambientes de soledad que pinta Bonilla uno no siente, sin embargo, el agobio de la derrota; todo lo contrario, en esta obra plástica asistimos, sin duda, al elogio de la vida.

Lourdes Bonilla ha realizado múltiples exposiciones en la República Mexicana y recibido invitaciones para mostrar en breve, su trabajo en el extranjero. Hay que seguir con atención su carrera, porque seguramente dará motivos para ser tomada en cuenta por la crítica y los especialistas.

 

Ciclo Literario.

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