Del placer al hipersexo

Claude Arnaud


La revolución sexual tendrá pronto 40 años. Conoció todos los excesos, al grado de hacer del gozo la regla y ya no la excepción. Pero ¿se habrá engrandecido el deseo?

 

Es una especialidad que reconocen en nosotros, y a la que nos reducen a veces, —interpretar antes que nada los textos con olor de X: de Villon a Bataille, de Sade a Pauline Réage, Francia pasa por albergar tantos vicios como quesos, rezongones como obsesionados, castellanos que se arrogan el derecho de pernada como campesinas avispadas. ¿Habrá sido el periodo post-68 la traducción, en el plano erótico de 1789 – la expresión democratizada del libertinaje aristocrático? Fue un tiempo álgido, sin la menor duda: con menos presión escolar y menos desempleo, por consiguiente menos inquietud social, el deseo se volvió la principal preocupación de miles de individuos desprovistos ya de algún plan de carrera. Percibido como una promesa explosiva y vagabunda, este hijo de Bohemia, como decía Carmen, alienta una economía del gasto que marca la época. Alain Fletscher ha mostrado la sobreexcitación de un adolescente a quien una mujer se ofrecía, a fines de los años 1950 (L’amant en culottes courtes), la gigantesca  distensión que coronaba la posesión de un cuerpo ocultado por demasiado tiempo. Diez años más tarde, esta euforia llevará a una generación entera de Berlín a San Francisco. Saltándose todas las jerarquías, el deseo entonces es el mejor método para entrar en fase ardiente con los demás, para compartir gratuitamente lo más valioso que puede ofrecer. ¿Cómo reexaminar El Decameron y Las mil y una noches de Pasolini (1971-1974) sin sentirse embargado por la alegre festividad de esta aurora, Flesh o Heat de Warhol/Morrissey (1969-1972) sin asombrarse por la gracia espontánea de estas relaciones transversales, cuya ronda sin fin sugiere un carrusel planetario del Eros?Triángulos, safismo, sodomía, todo fue probado y ensalzado —excepto la monogamia; ningún cuerpo era tabú ya, ninguna práctica censurada. Dire nos sexualités de Xaviere Gauthier (1976), traduce de maravilla la fuerza de esta apetencia transgresiva que confunde entonces todas las fronteras; activo desde fines de los años 1960, el enigmático Tony Duvert cantará todavía, cerca de los años 1980, un mundo poblado con niños invadidos por una ansiedad codiciosa acerca de todo lo que se refiere a los órganos, los calzones y pantaletas, los excrementos — con una frescura y una chispa que, hoy, le provocarían los peores problemas (Quand mourut Jonathan, L’île Atlantique).

Fotografía
Kim Weston

La publicidad del sexo. Sin embargo, esa revolución encontró sus límites: no se vio a nadie acoplarse en público, excepto en los rincones de los conciertos monstruosos; la sobrepuja seguía haciéndose fuera de las miradas, o al abrigo de un libro o de una película. Pero si el gozo no excedió mucho el espacio privado, en el curso de los años 1970, su evocación entró ampliamente al campo público a través de los media y de la publicidad, el comercio, luego la industria, que se adueñaron de ese muelle todavía tenso para aumentar sus propias marcas: lógicamente, el deseo se encontró mediatizado, comercializado, luego industrializado.
Desposeída de uno de sus más antiguos privilegios, la literatura buscó un cauce en una sobrepuja contable. Tomando a la letra la imagen de las máquinas acometidas por el deseo lanzadas por Deleuze y Guattari, acordándose también de las enumeraciones obsesivas del marqués de Sade, los escritores(as) decidieron levantar todas las esquinas del velo. Renaud Camus (Tricks, 1979) hizo el censo de sus “mille e tre” conquistas, como si fuera su propio Leporello. Un listing lleno devida, mezclando triunfos y desbandadas, explosiones y derrotas, pero ya amenazados por una preocupación exhaustiva: “Me sentía desquitado de mi fatiga cuando salía a ligar únicamente para conseguir la materia de mis relatos”, dirá Renaud Camus, una vez llegado el éxito. Sin embargo, una inmensa literatura lesbiana se había lanzado a hacer el censo de los órganos y los tejidos, desde el clítoris hasta los cabellos, en su participación del potencial erótico del cuerpo (Monique Wittig, Le corps lesbien, 1973). Rechazando el gran melting-pot fundador, cada sexualidad llegó a reivindicar sus prácticas y a generar su literatura a puerta cerrada. Es entonces, tal vez, que algo mecánico y tétrico apareció.
La norma de lo porno. Con el auxilio de la competitividad individual, la energía prodigiosa  gastada durante los años 1970 llegó a someterse a unas normas de rendimiento. El placer se vio resumido al sexo, y a su economía hidráulica: la euforia generada por el salvajismo de cuerpos libres dejó el lugar a contratos explícitos desembocando en operaciones cuantificables, hasta la saturación. Fou de  Vincent (Loco por Vicente) 1989, no es más que el testimonio del masoquismo tenaz de Hervé Guibert; traduce también, con rara sinceridad, la fatiga provocada por un uso compulsivo del sexo vivido, del mismo modo que la droga, como remedio a la no reciprocidad amorosa.

bía que estar siempre en la brecha, hacer alarde de prácticas casi pasadas de la raya, para estar a la altura de un programa de liberación sistemática. Se publicaron relatos supersexualizados con un sinfín de descripciones hiperrealistas. El placer se redujo a una sexualidad cortada de la vida que la enciende para volverse una forma en sí, primero fascinante, luego obscena, pronto pornográfica. Como si el círculo se hubiera vuelto a cerrar y las formas que habían acompañado la miseria sexual surgieran de nuevo, intactas.
La joven que publicaba su primer libro se vio obligada entonces a acumular precisiones y obscenidades, hasta suscitar un neo-machismo femenino. Guillaume Dustan hizo un inventario glacial de las prácticas gay más hard (Dans ma chambre, Je sors ce soir, Plus fort que moi en 1996 y 1997); les “tricks” de Renaud Camus parecen de una humanidad y de un humor perturbadores en comparación con estas performances  —en el sentido francés y anglo-sajón de la palabra— casi clínicas. Toda alegría llegó a retirarse de una libido vuelta imperialista, al punto de colonizar dominios extranjeros en su territorio original. Christine Angot se convenció que era homosexual, durante tres meses (L’inceste, 1999), antes que Annie Ernaux transformase en museos los lugares en donde había gozado, al fotografiar su ropa interior caída al suelo, como estos retratos ovalados que perpetúan, sobre el mármol de una tumba, la cara de un difunto muerto demasiado pronto (L’usage de la photo, 2005). El gran inventario del sexo acabó por agotar esta valiosa materia prima que es el deseo: por doquier, la voluntad llevaba las riendas**.
Causó revuelo la voz inimitable del deseo auténtico que se levantó desde un país “no liberado”: el maravilloso Rachid O. Provocó una conmoción al contar en L’enfant ébloui (El niño deslumbrado), luego en Plusieurs vies (1995-1996), su vida amorosa, alocada y alegre en el Marruecos de lo no mencionable: la sensualidad de las evocaciones de su tío, su verdadero iniciador, o de sus encuentros repentinos, las vuelve deseables para siempre. Pero a Rachid O le gusta demasiado el placer para hacer su carrera de la literatura, y ésta volvió a tomar, bajo el único sol de la razón francesa, su incansable labor de exhibición: mil anónimos hacían lo mismo en los medias, al mismo tiempo.
El culto del culo. Este extraño culto laico, en el que lo privado se vuelve casi inmediatamente público, participó en 2003 del triunfo de una sacerdotisa  de una religión más antigua, cuyo profeta había sido Georges Bataille: en La vie sexuelle de Catherine M., Catherine Millet se entrega al sexo como antaño se dedicaba uno a Dios, no con los éxtasis de una Santa Teresa de Ávila, pero con la fría determinación de una teórica laica y el rigor sacrificial del ex monaguillo. Nunca se había traducido tan bien las extrañas bodas de lo sagrado y del productivismo que obedecen al placer.
Cuando, al otro extremo del ajedrez cultural, los lectores integristas del Corán ven en Dios la fuente exclusiva de cualquier vida, es el sexo que nos obnubila; es el alfa y el omega de nuestras existencias, nuestra maculada concepción y nuestra última liberación. Lo observamos con microscopios siempre más precisos, como materialistas lógicos, sin por esto progresar en nuestra elucidación de los misterios de la vida. El origen del mundo se ha vuelto nuestro más allá, pero también nuestro límite.
Tal vez esta fase de sobre exposición esté seguida, de modo casi astronómico, por una fase de ocultación: el hipersexo será relegado en la sección de las formas marchitas y laboriosas —si no está condenado en nombre de una nueva moral religiosa. Así que a los escritores sólo les falta volver a hechizar el placer, al darnos de nuevo las ganas de tener ganas.
                                                                        

 

Notas
* Biógrafo de Jean Cocteau (ed. Gallimard, 2003), autor de novelas (Le caméléon, ed. Grasset, 1994), Claude Arnaud ha publicado también Qui dit je en nous? Une histoire subjective de l’identité (ed. Grasset, premio Femina del ensayo, 2006).
** “Como si el cerebro [...] pudiera gozar, como si fuera un órgano sexual como los demás”, precisa Annie Ernaux en El uso de la foto.

Traducido por Marie-Claire Figueroa

Magazine littéraire, no. 470, diciembre de 2007.

 

Ciclo Literario.

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