Zorn, Sorolla, Pellicer: La luz que canta


María en la Granja / Joaquín Sorolla

Niños a la orilla del mar / Joaquín Sorolla

Con oportunidad de la bella edición Pellicer, poética de la luz, de Álvaro Ruiz Abreu, publicada por el gobierno del estado de Tabasco (2007), disfrutamos en este número de Ciclo Literario, de algunas imágenes de los pintores Anders Zorn (Suecia 1860- 1920) y Joaquín Sorolla (España 1863-1923), a los que el poeta Carlos Pellicer descubrió sorprendido por la hermandad luminosa que los identificaba.

Cuando el poeta tabasqueño viajó a Nueva York, en su tránsito hacia Colombia,  en 1918, descubrió a Zorn y escribió a su amigo José Gorostiza: “ No tienes idea de lo que es la técnica y la visión artística de Zorn; como es un gran pintor, y pintor impresionista, ha resuelto su personalidad de grabador aplicando ciertos procedimientos de arte moderno en el grabado. De tal suerte que sus aguafuertes son ya grabados impresionistas. He visto de él una colección de desnudos femeninos que es seguramente una de sus más admirables creaciones. Retratos de Verlaine, Anatole France, la reina de Suecia, etc. Me atrevo a comprar la técnica de blanco y negro de Zorn con la técnica colorista de Sorolla”.1

Noche de Verano / Zorn

El joven y entusiasmado Pellicer, quien ya había visto cuadros de Sorolla en la Sociedad Hispánica de la urbe de hierro, no era el primero que vinculaba a estos dos grandes pintores europeos. En ellos confluyen varias coincidencias: tres años separan sus respectivas fechas de nacimiento, matrimonio y fallecimiento y los dos fueron recompensados con la misma distinción, el “Grand Prix”, en la Exposición Universal de París del año 1900. En los años que siguieron a este primer encuentro cultivaron una admirada amistad, e incluso Sorolla escribió sobre Zorn un pequeño artículo en el que expresa: “Parece que dibuja de dentro afuera; que no busca nunca el contorno o la silueta, y desde luego, puede afirmarse que jamás hace nada fragmentado; no inventa; todo, como nuestro gran Velásquez en sus meninas, lo tiene junto y lo pinta de una vez”.2

Pellicer –dice Ruiz Abreu- hubiera querido comprar alguna obra de Zorn, pero carecía del dinero para cumplir su deseo. Se contentó en cambio con llevarse en la mirada las líneas, los trazos, la perspectiva y, principalmente, la forma como maneja la luz el artista sueco.

El primer libro del poeta mexicano, Colores en el mar y otros poemas (1921), toma su título de la impresión que tuvo al ver la pintura de Sorolla. “Dios guarde al maravilloso pintor, que si Turner, según dijo Ruskin, pintaba el sol, Sorolla pinta la luz”, escribió el poeta”.3

Desnudo de mujer / Joaquín Sorolla

Efectivamente, -señala a su vez Olle Granath, director general del Museo Nacional de Suecia, cuando junto con el gobierno español, en 1992 organizaron una gran exposición de estos dos artistas, tanto en Madrid como en Estocolmo- el mar tuvo gran importancia en los dos pintores. Esto es más evidente en Sorolla, originario de un puerto, Valencia, pero Zorn  fue un descriptor de su variabilidad, especialmente en las acuarelas.

Ruiz Abreu nota cómo Pellicer se fijó en las figuras llenas de encanto, en el paisaje marino, el mar de pronto tocado por un rayo de luz, que hacía posible el arte de Sorolla; a través del pintor valenciano va mirando no sólo el exterior, sino también el paisaje interior, es decir, la magia que logra el color cuando se le introduce desde cierto ángulo un rayo de luz: de pronto la naturaleza habla y se hace poesía. Escribe el tabasqueño:

“Sorolla reina como un déspota, y el impresionismo es él exclusivamente porque es él el mayor pintor de esa manera de pintar. Este dueño de los trópicos pinta con fuego; de sus paletas al sol toma la luz, como si el sol fuera su propia paleta, y descompone los colores como la luz en el iris con la facilidad milagrosa de los fenómenos naturales”.

He aquí el poema que escribió después de ver uno de sus cuadros, poema juvenil que pudo conocerse cuando se hizo la colección de sus poemas no incluidos en libros: 5

Paisaje de Joaquín Sorolla

El jardín de naranjos bajo el sol de las doce.
La sombra corre tenues morados bajo ramas.
Naranjas de oros mate y de oros sobre llamas
ofrecen la dulzura de su sencillo goce (…)
De tierra enrojecida sendero hay en la huerta,
y en él, vestida de blanco, una mesa desierta.
Juega el sol en el lino. Alguien se fue o vendrá.
Hay cien verdes en los árboles y hay en frutos
cien oros.
La luz dice en matices los felices tesoros
del jardín de naranjas que a la sed se dará.

Como vemos, su relación con la pintura es directa. El movimiento que Pellicer encuentra en Sorolla parece ideal  para aplicarlo a su poesía. Apunta Ruiz Abreu que el tiempo que revelan sus cuadros se vuelve fundamental para él. La imaginación pictórica le estaba ofreciendo recursos estilísticos, pautas y motivos para su arte: “Sorolla pinta momentos, rara vez pinta horas”, escribe Pellicer: “Se piensa en un prodigio cenital que, sintetizando una vida en un instante, la define así para siempre. Por eso parece que el impresionismo fue hecho para Sorolla. Ningún pintor ha sido capaz de tocar la luz como Sorolla. La luz canta al ser tocada, y las pinceladas corren ancha y largamente sobre la tela, como olas de color. Como el tiempo no puede detenerse, hay que pintar a tiempo. Así pinta este grande artista”.6

Fotografía
Carlos Pellicer / 1920

Su admiración por los pintores Pellicer la plasma en este poema:

…Si yo fuera pintor,
me salvaría.
Con el color
toda una civilización yo crearía.
El azul sería
Rojo
y el anaranjado,
gris;
el verde saltaría en negros estupendos.

Lo que Pellicer dijo de Sorolla –señala Ruiz Abreu- es aplicable también a él: “está loco de luz. Y eso es incurable, felizmente”. Agrega el comentarista: La (luz) que vio en Sorolla era una luz interior, aguda, que revela el alma de las cosas, y que confesó más tarde le había cambiado la vida.

Sobre el cuadro Niños a la orilla del mar, escribió Pellicer:7

El mar. La tarde. Niños. Recuerdos de Sorolla.
(Corren las pinceladas del pintor, como el mar.)
El mar que ve a los niños disparatar, se
embrolla
y se cae, se endereza y se pone a jugar.
Las chiquillas son Evas y los niños Adanes,
pero ellos no lo saben. Delira el carmesí.
Y el mar que se atropella rasgando sus olanes
una vez es grotesco y otra vez es sutil.

Para terminar esta nota es pertinente la afirmación de Pellicer sobre su arte, que nos revela este vínculo que establece con los pintores: “Yo quiero mucho a las letras pero no son mías, han convivido conmigo, yo he convivido con ellas; las conozco y a veces las reconozco. Nadie puede dominarlas, las palabras tienen una luz muy especial, por eso son distintas de día o de noche, en una época o en otra”.8

1 José Gorostiza/Carlos Pellicer. Correspondencia 1918-1928, Guillermo Sheridan (ed), Ediciones del Equilibrista, México,1993, p.42.
  2 En  “A la orilla de dos mares. Zorn y Sorolla”, Olle Granath. Sorolla –Zorn. Ed. Museo Sorolla, España,1992.
  3 Sheridan, 1993: 44.
  4 Sheridan, 1993:44.
  5 Carlos Pellicer, Primeros poemas, 1912-1921, en Obras. Poesía, Luis Mario Schneider (ed.), FCE, 1994, p.918.
  6 Sheridan,1993:44.
  7 Primeros poemas, Op.cit.p.15
8 En “Pellicer, inteligencia sin egoísmos”, Javier López  Moreno, El Día, 1977.

 

 

 

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo70marzo2008/zorn.html