Sándor Márai: La enfermedad es la mentira

Lorenzo León Diez


La hermana
Sándor Márai
Salamandra
2007

Cuando uno lee una novela de Sándor Márai tiene la impresión de estar ante un organismo vivo, un feto que se desarrolla frente a nuestros sentidos, un rizoma sanguíneo cuyos miembros crecen con una fuerza parecida a la de la música, donde la melodía importa más que la letra. Para aceptar humildemente esta virtud de su prosa, este alto don de su pensamiento novelístico, es quizá que el gran autor húngaro decidió esta vez centrar su historia en un músico, Z. Pero no solamente escogió una de las sensibilidades más finas que escala con rigor la mayor cumbre del arte, sino también el de un hombre enamorado de una mujer imposible (sin cuerpo) y en uno de los períodos más graves de su vida: la enfermedad.

Fotografía
Arnold Eagle / 1934

Las novelas de Márai, como el de algunos otros autores de su generación centro europea, nacen siendo obras definitivas, floraciones de roca donde han quedado grabadas las experiencias extremas de hombres y mujeres concretos, expuestas por inteligencias conscientes de su sagrada dimensión, que pueden ver cómo en el destino de una sola persona la fatalidad puede condensarse con la misma intensidad que en el de pueblos enteros.
Estas obras, como las de Thomas Mann, Herman Broch, Thomas Berhard…tienen, precisamente, como telón de fondo, las noticias de la radio, repasando con monotonía el trágico balance diario de ciudades destruidas, puentes dinamitados, hospitales, catedrales y escuelas destrozadas, barcos hundidos y aviones derribados. Sin embargo el manifiesto de esta violencia no altera la fina contemplación del testigo, pues Z, allí donde nosotros, sin un talento especial para la música, no percibíamos ningún sonido, su fina audición oía el pianíssimo de la agonía incluso a través de la puerta. Z, uno de los músicos más famosos del orbe, hospedado en un hotelito retirado en las montañas,atendía como suele inclinarse hacia el foso el director de orquesta las notas apagadas de un instrumento lejano, que esta vez era un ser humano que agonizaba.
Cuando leemos novelas de esta integridad, cuando nos acercamos a libros esculpidos en el magma de la memoria que tienen su identidad en cataclismos o imponentes tragedias colectivas, comprendemos que han sido posibles debido a una asunción sacra del acto artístico, que no persigue en absoluto la vanidad, que encuentra en la gracia de la creación la única posibilidad de ser uno con la verdad o con Dios.(Dice Z: Existe relación entre todos los fenómenos porque Dios está detrás de todo. Esa es mi fe, una fe tan fuerte que ninguna religión puede contener dentro de sus límites) ¿Tiene que ver la época que le tocó vivir al artista y sus personajes con este desgarramiento íntimo? Seguramente, pues cuando Márai escribió la mayoría de sus obras  la desgracia que por entonces asolaba a la humanidad entera era de dimensiones tan colosales como un deslizamiento tectónico que barriera y cambiara la faz de la tierra. Entonces, el escritor, ante estos acontecimientos se dice: ¿Qué sabe uno sobre la vida? Nada que sea real. Vivimos entre fantasías idealizadas que parecen sacadas de tarjetas postales. ¿Qué sabemos sobre esa fuerza que mueve a los humanos y que también tiene cierto significado para el universo? La llamamos amor y es la fuerza que empareja a los vivos y fecunda la materia del mundo. ¿Qué sabemos sobre su verdadera naturaleza? Escritor –se dice el narrador a sí mismo, fijando una posición ética-  a ver si aprendes a ser humilde, profundamente humilde. No sabes nada sobre los hombres, y tampoco sobre las fuerzas que los mueven y animan a vivir o morir. No sabes nada sobre el amor; en tu trabajo manejas simples ideas preconcebidas. La realidad es mucho más sorprendente, la fuerza de la imaginación es mucho más rica y mágica que cualquier situación humana que el hombre pueda concebir dentro de los límites de su propia imaginación. Y Z, el músico, ante la tragedia de la que han sido testigos en el hotelito del retiro (el suicidio, por pasión, de una pareja de viejos, cada uno siendo infieles a sus respectivas familias), expresa al escritor: Tal vez podamos describir lo sucedido, como cuando uno redacta un informe médico. Pero la causa profunda de lo sucedido…eso es muy difícil de reflejar. Casi imposible. Compadezco a los escritores.

Fotografía
Robert Doisneau / 1957

¿Qué es lo que nos admira al leer a Márai? Entre otras muchas cosas, la ejecución de un inventario espiritual, la expresión de valores perennes en la fragilidad de los cuerpos cuya llama es revelación para los otros, luz generada en las entrañas, como el dolor. Sí, parece decirnos el novelista: ¿Cómo voy a crear una metáfora, una melodía que puede decirlo todo sin palabras? Localizando los encuentros, distinguiendo las geometrías vitales (los triángulos amorosos, los grandes dúos de la amistad lastimada). ¡Qué mejor para signar la época sino la descripción de la enfermedad! ¿La realidad? Sí, escucha Z una voz que lo persigue, una lucidez que lo acosa y que ante el escritor que ha encontrado en el refugio invernal, podrá darle cauce. Su mirada ardió gélidamente como la de un animal en la oscuridad: la realidad es la enfermedad. La enfermedad y mi huída de la música guardan relación.
Z aparece ante nosotros, aquella mirada de ojos de cristal, la seriedad y el tono mecánico de su voz, sus modales ceremoniosos y la fría sonrisa impresa en su rostro delgado y sacerdotal. El escritor se estremece: este hombre está herido. Y lo ve muy claro: aquel hombre vivía en los límites de toda convención social. El escritor lo siente: las personas, sobre todo las personas como Z, sólo se muestran tan pacientes y modestas cuando una fuerte conmoción ha embotado todas sus exigencias frente al mundo.
Estamos a punto de oír su gran confesión: Por obra de la pasión, yo ya he estado en la otra orilla. 
Por eso, Z puede comentar ese triste suicidio de dos huéspedes, sabe de lo que habla, de la pasión y de la muerte: Se muere poco a poco- susurra confidencialmente al escritor- La muerte no llega con un gran suspiro y punto final. Al contrario, es un fenómeno complejo que se articula en estados sucesivos…primero se pierde un reflejo, luego otro.
Refiriéndose a la mujer muerta, el escritor comenta: La mujer era una neurótica. –Sí, pobrecilla,- responde Z- Y el hombre era víctima de la voluntad salvaje que emanaba del sistema nervioso de la mujer.
Nos acercamos al tema de la obra. Todo lo que había sucedido aquel día, todo lo que sucedía en el mundo, adquiría un sentido peculiar en las palabras de Z. Ante ese extraño suicidio de dos viejos escapados de sus mutuas parejas, Z dice que la gente desea sacrificarse porque sólo así puede reencontrarse con Dios. La gente se vuelve sorda y no sólo con respecto a los sonidos. Se quedan sordos por los ruidos apagados de la vida, no oyen lo esencial, no perciben las señales. Estamos, en la lectura de esta obra, andando bajo este dictado: miren si no cómo es la realidad: banal y asombrosa, al mismo tiempo un folletín, una crónica policial y el giro de un relato.
Como el de Z, que ya estamos dispuestos a escuchar: Yo era el amante de una mujer casada cuyo marido callaba y soportaba el triangulo amoroso con indiferencia, tal vez con alivio.
Se trata de  E. A Z le viene el recuerdo de la primera vez que la había visto: en el pomposo pasillo de la ópera, durante un entreacto, en una tertulia alrededor de una mesa, vestida con un escotado traje blanco, brillando entre los congregados con todo el esplendor de su cuerpo nórdico, con un cigarrillo en la mano y envuelta por la bruma de la marea de los Nibelungos…
Allí está su imagen completa: su físico era de una sensualidad provocativa e irresistible. Sin embargo los hombres desorientados, hechizados por su belleza, nada más llegaban a su lado para salir huyendo en seguida de la vorágine que representaba aquella peligrosa mujer. Porque E era una vorágine, pero pocos hombres comprendieron a tiempo el peligro que suponía. ¿Quién conocía perfectamente todo aquello? Yo, sin duda, y aquel penoso secreto constituía ya el sentido triste de mi vida.
Estamos nuevamente, como en El Último Encuentro, como Divorcio en Buda, como en La mujer justa…ante este polo oculto, generador de la desgracia, la calamidad de una intimidad que se propaga en la sutileza del deseo. Z oye desde su infinita oscuridad esta pregunta: ¿Cómo puede amar un hombre a una mujer que nunca le ha entregado su cuerpo? Sin embargo,  ¿A quien podría exigirle que creyera que se trataba de una amistad pura, incondicional y sin segundas intenciones?  Z argumenta, se defiende: Aquella alma vibraba en la misma frecuencia que la mía y era perfectamente capaz de percibir todo lo que yo sentía en una sala de conciertos mientras interpretaba al piano la música de Chopin, pero el hermoso cuerpo en que brillaba el alma estaba muerto para todo sentimiento y emoción, como el cuerpo sin vida de un ser legendario. La excitación que ardía en el deseo disfrazado de amistad, aquella pasión latente, aquel extraño sentimiento más parecido a la tristeza que a la lujuria, en el que la pasión traducida en música se transformaba en un dúo tan excitante como extenuante, en una melodía de preguntas y respuestas.
En fin, se trataba de una muñeca hermosa, fría y sonriente, rodeada de libros y éxitos sociales. Pero la voz interna de Z, le responde, dices que no es una amante común. ¡Qué tonterías son esas! Di simplemente la verdad: es frígida. No es más que un vulgar caso clínico y nada excepcional. Ha sido tu vanidad lo que te atrapó en esa telaraña de seda. Y el consciente de Z se defiende, alega: Pero he sido yo la única persona en su vida que ha logrado penetrar los tejidos de esa maravillosa belleza fría y enferma, despertar impulsos en ese sistema nervioso muerto. La amo con la música, que ha constituido un vínculo más estrecho que cualquier vínculo erótico y carnal. Porque la música tiene más fuerza que el beso, que la palabra, que el tacto. Y he aquí la voz que responde: Con la música no se debe cortejar a una dama, ni hacer el amor con ella.

Fotografía
Elliott Erwitt / Florencia, 1949

Estando en su país, un amigo, el embajador de Italia, le propone romper ese miserable triángulo y lo invita a dar conciertos a Florencia. El mismo día en que el diario que compré en la estación informaba de la caída de Varsovia, subí al rápido de Roma para iniciar mi viaje a Florencia. Z pensaba que al cabo de tres semanas estaría de vuelta. Pero aquí viene el giro del relato: Z sabe con una lucidez clara y cruel que “se había iniciado”. ¿Qué? El músico reflexiona: Hay algo elemental en el brote de una enfermedad grave, como en todo aquello que dispone la naturaleza. Es realmente un “brote”, como cuando una persona se lanza a hablar o actuar con pasión, cuando un río se desborda o un volcán se abre para arrojar fuego y perdición. Z se percata que estaba enfermo, y no como tantas veces antes, cuando la fatiga o la debilidad me doblegaban como consecuencia de las condiciones meteorológicas o de algún exceso gastronómico. Estaba enfermo de otra forma: como si me hubieran envenenado. La sentía como se puede sentir una bala o la hoja de un cuchillo en el cuerpo.
Después del concierto (una fuerza llamada música me utilizaba por última vez para expresarse y luego me desecharía como un instrumento inútil y desgastado), víctima de un terrible dolor en el pecho y el abdomen, Z es conducido por el mismo director del hospital, que escuchaba entre el público al gran maestro domar al monstruo negro, el piano, a una habitación atendida por monjas. Aquí permanecerá varios meses en una situación entre la vida y la muerte. La enfermedad, como toda situación humana, establece con extraordinaria rapidez un orden entre las cosas. Yo ya percibía el dolor como una madre percibe su feto: no lo sentía como una llaga, tampoco como tampoco un tumor. Era como tener un ser consciente dentro del cuerpo, un ser que poseía una vida propia dentro de la mía.
Vamos a ser testigos de cómo Z procesa ese nuevo hijo, cómo lo confronta, qué le dice, por qué está con él, de dónde viene. Estamos por escuchar las fulgurantes disertaciones que no nos son extrañas, pues tienen la dramática naturaleza de las voces capturadas en La montaña mágica, entre Hans Castorp y el médico Beherens. El profesor, que llevaba cuatro días observándome, como el juez al acusado, y ahora ya creía saberlo todo sobre mí y mi caso, le informa: No es una enfermedad frecuente. Provoca una infección, una suerte de infección vírica. Desconocemos el agente patógeno. Puede afectar desde bebés hasta ancianos.
El profesor –escribe Z, pues todo lo ha dejado consignado en un manuscrito que le hizo llegar al escritor después de su muerte- había venido para dictar sentencia y exhortarme a soportar de buen grado la condena. Porque entonces yo ya sabía que aquella enfermedad era una condena. Tal vez todas las enfermedades lo sean, aunque no puedo asegurarlo, quizá también haya accidentes. Pero a mí me habían castigado. ¿Por qué? ¿Dónde me había equivocado?, ¿Qué delito había cometido? Sospechaba que todo ello guardaba una difusa relación con la música, con E, con mi estilo de vida, con mi método de trabajo y con todo lo que yo era…Todo esto constituía una especie de crimen complejo consistente en no haber vivido, trabajado y amado como debería haberlo hecho.
Sándor Márai está por desentrañar ese misterio, Z, su personaje, lo presiente, ya lo dijo: todo está vinculado. Su enfermedad es un extravío. Su mal tiene relación con una mentira. Le dice el profesor en una de sus conversaciones: ¿Cuál cree que es mi primera sensación al entrar en una habitación desconocida y ver a un extraño gimiendo? Me viene a la cabeza una pregunta: ¿Cuál es la mentira que hay aquí? Me refiero a cómo la mentira de una vida ha llegado a traducirse en enfermedad. ¿Cómo se ha convertido todo lo que había en esa habitación, todo lo que había en el cuerpo y el alma de esa persona, en determinados datos clínicos: cálculos biliares, acidez gástrica, trombosis o…? La mentira que el día anterior aún se llamaba trabajo o deber, ambición o amor, o vida familiar. Han sido necesarios miles o decenas de miles de días y noches para que en el interior de un cuerpo, en sus sistema nervioso, en sus sentidos, esa mentira se transformara en una única realidad insoportable, hasta que un buen día el organismo, todo el individuo, anuncia con un gemido penoso que la mentira se ha convertido en una intolerable sensación de pánico. Grita que ya no soporta su entorno o su propia vanidad, o la rutina con la que ha pretendido tapar el vacío de su vida, que ya no soporta la mecánica repetición en que se ha transformado el talento que un día le fue concedido por Dios. Y entonces sigue gimiendo y gritando, porque ya no aguanta la mentira transformada en enfermedad. Y siente náuseas, como si lo hubieran envenenado. Y en efecto, lo han envenenado con un veneno pertinaz y desconocido incluso por los curanderos de los Médicis o los Borgia…La vida es veneno si no creemos en ella, si ya no es más que un instrumento para colmar la vanidad, la ambición y la envidia. Entonces uno empieza a sentir náuseas.
El novelista tiene como vocación encontrar los vínculos, descubrir las razones, establecer las líneas de la geometría existencial. Y en el caso de Z todo parece claro, cuando menos para el médico asistente, al que el músico llama “el médico chamán”. Esto debido a una conversación en el que el hombre le había explicado que el buen médico es un chamán. El chamán es un viajero celestial. Media entre Dios y los humanos. Porque la enfermedad no es más que la violación del orden del mundo. Dios abandona al hombre, se retira de él…y entonces surge la enfermedad. Este hombre desaliñado y de maneras desgarbadas que  siempre daba la impresión de vivir al margen de la tribu, lejos de las reglas sociales y de toda convención, pero cerca de todo lo humano, sabe que E era una de las causas de la enfermedad de Z, sabía que nuestra relación era la verdadera enfermedad sobre la que se había depositado aquel mal físico, como una formación patógena crecida sobre una extremidad.
Cuando Z, en el hotelito de retiro, meses después de su curación, se entera del suicidio de la pareja de viejos, sabe que él es víctima de la voluntad salvaje que emanaba del sistema nervioso de la mujer. Aquí se explica su agudeza. El médico asistente, que  había conocido a E por teléfono, cuando ella preguntaba insistentemente por él, sabía que ella era la causante del mal del maestro, y que si quería curarse no debería volver con ella.
Esta relación, entre el dolor y el enfermo, el enfermo y el médico y la enfermedad y la pasión equívoca, son los compaces de una melodía que nos subyuga, nos sorprende por la fuerza de su verdad, la nitidez exacta de sus correspondencias. Al tiempo que E vive en el magma de la memoria de Z, la enfermedad era completa, real y absoluta. Es una naturaleza primitiva, una interioridad poblada por tribus salvajes y animales feroces. La enfermedad me gruñía en el cuerpo como una fiera sedienta de sangre que huele a su presa.
Márai narra como si se tratase de una aventura a campo abierto, el proceso de esa inmovilidad en un hospital de Florencia, de un artista que durante cuarenta años había tallado, perfeccionado algo en la estructura espiritual de la música, para después extraviarse en la perfección y perder, finalmente,su esencia divina, su suprema vibración. Hasta aquí llegó, a una yacija donde lo examina con celo el profesor, como una obra incipiente que él, el médico, se sentía obligado a terminar a la perfección. Como si todas las variantes de la obra maestra estuvieran dentro del bloque de mármol, y un poderoso escultor –la enfermedad o cualquier otra fuerza al servicio de aquella- desentrañara de la materia del cuerpo esta vertiente de la existencia.
Habría que agregar entonces, que Márai no solamente está proyectando el plano antes mencionado (dolor-enfermo-médico-pasión) sino “arte” también. De esa masa crítica (pues el hombre está más predispuesto al dolor que a la alegría; tal vez sea eso el gran problema de la humanidad. No el dolor, sino el temor que le impide ser feliz), surge un relato, si no la música, sí la prosa. Así, para Z, ya en el núcleo de su lamentable situación todo aquello no sólo resultaba horrible, grotesco y penoso, sino también interesante. La enfermedad había llegado a despertar mi interés.
Z sabe que me tocaba a mí curarme o morirme, por eso el médico chamán lo mira con leve reproche, como si yo no  fuera del todo inocente en lo que me ocurría. Esa tácita acusación tenía algo de cierto. Yo también sospechaba que no era del todo inocente en el absurdo empeoramiento de mi enfermedad. Tampoco deseaba otra cosa que estar enfermo. No hay ningún misterio, en el fin del enfermo está su atrofiada voluntad. Le dice el profesor: En el fondo de la vida hay una especie de flojera, y ese vacío es la enfermedad.
Así que no hay remedio, Z ha triunfado, se ha salido con la suya. Después de dos meses y una semana con sesenta y siete días. Y sesenta y siete noches. Siempre sobre carbones hirviendo, los médicos avienen a que todas las noches me pusieran la inyección (la cita química) que durante dos o tres horas estrangulaba al dolor con sus garras invisibles:  la morfina. No me recordaba el placer sexual, porque era menos y también más. No consistía en una sensación física, porque el cuerpo se había diluido en el ardor íntimo del abrazo, pero tampoco era un estado del todo inmaterial, porque tenía algo de la satisfacción cruda que sigue al orgasmo. Era la amante que sin rostro ni cuerpo se introduce todas las noches en el lecho de un leproso.

Hasta que un día Z decide no morirse. Todos lo notan. Hay alegría entre las monjas. El maestro empieza a mejorar. La lección a está a punto de terminar. El concierto de preguntas y respuestas está a por concluir. Z le hará caso al médico chamán, en lugar de ir a Atenas, donde lo espera E, y su marido, para reiniciar su miserable triángulo, regresará a Budapest con esta certeza: He aprendido que no basta con estar enfermo ni con tomar medicamentos, sino que también es necesario responder, responder a la enfermedad y todo lo que nos ha causado la enfermedad y la recuperación. Es algo que debe aprenderse.

 

 

Ciclo Literario.

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