Prohibida la autorreferencialidad

Mónica Nepote


Azar que danza
Rocío González
Editorial Aldus
 2006

Lo primero que me suscita Azar que danza de Rocío González es sorpresa y esta reacción tiene, como todo, una razón de ser. Se trata de una reacción sorpresiva ante una voz que ha decidido mudar, trasladarse a otro sitio sin otra intención que la aventura misma del lenguaje. En apariencia, o en su simple definición el lector de poesía no debería sino esperar esta aventura en cada libro abierto, sin embargo en la práctica no siempre ocurre así. Es frecuente que uno descubra de libro a libro una continuidad, y cada nuevo título puede verse como una estación en la trayectoria de un autor. Hay también libros de transición, libros de cambio, en cuyas páginas su autor decide emprender otro camino por diversas y muy variadas razones.
Conozco a Rocío González desde hace diez años, la conozco como amiga y como escritora. Este rasgo biográfico quizá no diga más de lo que significa: se trata de una relación cercana que va más allá del puro hecho de ser una lectora de sus libros, se trata también de una conversación ininterrumpida a lo largo de una década, en la que la literatura y la vida se entretejen sin tropiezo.

Fotografía
Elliot Erwitt / 1953

Algo semejante sucede en este libro, en él encuentro una voz sólida, sus indagatorias cercanas al flujo vital avanzan sin temor; podría decir que prácticamente no hay poema que no tenga en su origen una experiencia personal, rasgo definitorio de la poética de la autora y sin embargo en Azar que danza se da una puesta en riesgo que no estaba presente en libros anteriores y ese riesgo no se basa en el carácter autobiográfico, eso lo sabe su lector, es parte del estilo de la autora. El riesgo es su decir, el lenguaje que trasmuta, germina y culmina en otro ritmo. Es un cambio en su expresión para ser más clara.
Ahí radica la sorpresa, en ese movimiento lingüístico que desemboca en diversas propuestas formales, el poema en prosa, —presente en la primera parte del libro—, el verso y su corte tajante o el aforismo, poemas  en los que se trasluce un arrojo, un vaivén, una experimentación que abunda en recursos como la aliteración, la onomatopeya, en la puntuación abrupta, construyendo una estética cercana a los lineamientos del neobarroco, tema que ha absorbido a Rocío en épocas recientes.
“Una respiración en participio” dice Rocío en uno de los poemas y eso es Azar que danza, una indagatoria corporal y física a través de la gramática. La organicidad de los textos no depende solamente de su disposición gráfica o visual, sino en la organicidad de cada uno de éstos, en su palpitación.
Escribe Rocío: “Hablar y traerte a esta realidad momentánea que soy yo. Prohibida la autorreferencialidad, prohibidas las alusiones filosóficas”. Delimitar el territorio y derruir la muralla; posteriormente acota: “la poesía como prohibición…” la regla del juego queda establecida, la existencia del libro es sólo posible si se asume como un acto radical, no es otro su camino. La poesía es el instrumento a través del cual se rompe y se genera. Nadar a contracorriente por esa zona intangible y verbal es ir más allá, en zona oscura.
Todo libro es un respiradero, todo libro es aguijón, todo libro es un punto de mira, una construcción que nace por su contrapeso. En Azar que danza hay desmitificaciones, este ir más allá del que hablo, y hay también una sinceridad y una extraña tensión entre su indagatoria formal y enunciativa y la fuerza vital, casi violenta,  que sedimenta los poemas. El cuerpo y el dolor de tener un cuerpo y el pensamiento que mira con distanciamiento, críticamente a ese cuerpo; “la intensidad es líquida”, sostiene Rocío. Aunque en estos poemas el lenguaje no danza sino que cae, corta, filosa herramienta que marca la ruta.
A menudo he visto todo tipo de reacciones ante los libros de ruptura consigo mismo de un autor. Sin embargo,  siempre dan origen a una discusión, a una especie de discurso fetichista en la poesía, el estilo. Como si el cambio sepultara para siempre una búsqueda que se había dado en ciertas claves. Por si acaso y nomás por si acaso quisiera recordar algo que dice en una entrevista Lezama Lima, ese gordo con tanto estilo, al respecto:
 “El estilo se forma como una de las resistencias del tiempo frente a un escritor. … No sé si tengo un estilo; el mío es  muy despedazado, fragmentario; pero en definitiva procuro trocarlo, ante mis recursos de expresión, en un aguijón procreador al tiempo que nos barrerá”.

Que la poesía es un bastión de resistencia lo sabemos bien. Que sea puente y reflexión, preámbulo para la exploración, lo sabe también Rocío González y lo radicaliza en Azar que danza, algo más que una estación en la búsqueda de su autora, libro de transición, de paradoja y resistencia en serio.

 

 

Ciclo Literario.

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