Michel Houellebecq: el sexo y la
transgresión no tienen nada que ver

Dominique Rabourdin


¿Cómo abordar la cuestión del sexo en la literatura de hoy sin mencionar a Michel Houellebecq? Tanto sus primeros poemas como sus últimas novelas navegan en las aguas turbias del erotismo y de la pornografía.

 

El éxito de Michel Houellebecq se debe, en gran parte, a su concepción muy particular del erotismo y de la pornografía, a la “inocencia” de las escenas de sexo en sus libros. Esta concepción ya se nota en una de sus primeras publicaciones, la de una selección de poemas, en 1991, de Rémy de Gourmont, El olor de los jacintos (ed. de la Différence). Esto le permite elogiarlo en términos que podrían, de igual manera, volver a encontrarse siete años más tarde en Las partículas elementales: “Lentamente, sin violencia, mas sin retorno posible, se liberó de lo que se había vuelto un impracticable lodazal de sensaciones finas.” En su selección figuran las muy turbias Oraciones maravillosas: “¡Que sean benditas tus manos porque son impuras / Tienen pecados secretos en todos sus nudillos...” “Que sea bendita tu boca, porque es adúltera!”
Seguir vivo y La persecución de la felicidad, primeros poemarios de Michel Houellebecq, publicados en 1991 y 1992 por las ediciones La Différence, pueden difícilmente pasar por un himno al amor: “Hace años que odio esta piltrafa / que recubre mis huesos. La capa es adiposa, / Sensible al dolor, ligeramente esponjosa: / Un poco más bajo hay una verga parada.” En la novela que le valdrá un principio de reconocimiento, Extensión del dominio de la lucha (ed. Maurice Nadeau, 1994), el erotismo no se aborda de modo más exultante: “La vagina, al contrario de lo que su apariencia podría dejar creer, es mucho más que un hoyo en un pedazo de piltrafa (ya sé que los ayudantes de carnicero se masturban con escalopes... ¡qué sigan, no es lo que frenará el desarrollo de mi pensamiento!) En realidad, la vagina sirve o servía hasta hace poco para la reproducción de las especies. Sí, de las especies.”

Fotografía
Ricardo María Garibay/2006

La entrada estruendosa de Michel Houellebecq en el club muy restringido de los autores de best-sellers iba a esperar todavía cuatro años. ¿Cuáles son las recetas de este triunfo? ¿El cinismo, el cinismo en “el erotismo”, la exaltación del masoquismo, el hastío del deseo y del erotismo, un sentido del humor indefinible? Es difícil ir más lejos en “la autodevaluación” de los personajes masculinos de Las partículas elementales, que se puede leer como una atestiguación lúgubre de vidas sexuales mediocres, pero abundantemente sazonadas con reventones escritos en forma deliberada al modo de los “porno-mode” emitidos por Canal +, y de consideraciones filosóficas imperturbablemente serias, como el inolvidable “el tabú del incesto ya está refrendado por las ocas cenicientas y los mandriles.” En varias ocasiones he entrevistado a Michel Houellebecq para Metrópolis, la revista cultural de “Arte” cuando estaba dirigida por Pierre-André Boutang, en particular para la salida de Las partículas elementales, de Lanzarote y de Plataforma. Es en esta última conversación, el 31 de agosto de 2001, que abordó con más detalles la cuestión de la literatura erótica, durante un tiempo demasiado largo para que la charla se haya podido conservar para el montaje. Puede considerarse como inédita.
¿En algún momento de su vida ha tenido la impresión que el mundo se le había vuelto hostil?
Michel Houellebecq. No, no lo creo. Hubo un momento en el que el mundo se volvió deseable. A los 13 años. Los muslos de las chicas. Es el más fuerte de mis recuerdos. De repente hubo una puesta, algo que se me antojaba, que yo necesitaba. En ese entonces, fui súbitamente habitado por pensamientos más fuertes que yo, que me perseguían. Se había manifestado el deseo.
¿Por qué realizó una selección de poemas de Rémy de Gourmont, quien no estaba de moda para nada cuando lo publicó?
Porque Rémy de Gourmont mezcla sentimentalismo y sensualidad. Yo me sentía igual. En mis relaciones amorosas, siempre he sido a la vez muy sentimental y muy pornográfico. La idea de una oposición entre un lado cándido del amor y un lado pornográfico siempre me ha disgustado. Sabía que yo era ambos, tenía ganas de ser los dos al mismo tiempo. Lo volví a encontrar con Gourmont y es esto lo que me decidió hacer esta selección de poemas.
No es por azar que Gourmont es también el autor de Physique de l’amour, “ensayo sobre el instinto sexual”.
Estoy consciente de que el amor no es siempre sublime. Pero lo es a ratos. Por su capacidad de emoción y de lágrimas —para tratar de sintetizar— las mujeres se prestan con más apetencia a la felación. Por un lado está el amor en general, sentimental o carnal, y por el otro, la moderación, la reserva. Aquí está la verdadera oposición. Entonces siempre estuve del lado del amor en general. Gourmont está consciente de esto y trata de quedarse en este equilibrio. Después, las posiciones se tensan. Puede uno llegar a una valorización de la pornografía en relación con el sentimentalismo que es una posición falsa. Normalmente ambas corren parejas. [...]
Usted dijo que describe y escribe mejor que los demás las escenas de amor y de sexo.
Sí, porque trato de describir las sensaciones, los sentimientos. El orgasmo es también una verdadera conmoción. No debe uno describir únicamente los actos, sino tratar también de escribir las sensaciones y los sentimientos como totalidad humana. Pero también, lo más tardado para escribir son las escenas sexuales.
¿Usted ha leído a Sade y a Bataille?
Sí y esto no me interesa.
¿Qué es lo que le interesa en los autores que han escrito textos eróticos o pornográficos?
Los poemas pornográficos de Verlaine son bellísimos, lamento no sabérmelos de memoria. En Ronsard, hay también algunas cositas, algunos verdaderos momentos de sexo: “Que tu panocha bermeja...” Para mí, el sexo y la transgresión no tienen nada que ver. La transgresión no me interesa, para decirlo brutalmente. Emmanuelle —el libro, no la película— no está mal tampoco.
¿Usted prefiere Emmanuelle a Madame Edwarda?
Claro. Madame Edwarda, ¡qué gueva!! Pierre Louÿs tiene gracia. El Manual de civilidad para los hijos pequeños es simpático. Es a todo dar en cuanto a “provoc”. Pero, la verdad, hay pocas cosas buenas.
¿Por qué?
Por esta confusión entre el sexo y el mal; resultado: todo el mundo está fuera del tema. Por consiguiente, Bataille siendo el último pregonero espectacular de la importancia de lo entredicho y de la transgresión en relación con el deseo...pero ¡vale madres!
Sus poemas no son casi nunca eróticos, sin embargo lo son sus novelas, desde la primera. El erotismo y la pornografía ocupan allí un lugar importante.
En mis poemas no puedo más que imaginarme perfectamente inmóvil, contemplativo, en ningún caso activo, así que la única cosa que hubiera podido hacer en poesía erótica, es un poema lesbiano, allí donde soy capaz de tener esta admiración contemplativa. No logro escribir poesía en otro estado. No creo que hubiera podido escribir poemas heterosexuales. Pero lesbianos, es cierto, hubiera podido. Tal vez Baudelaire es el que me desanimó. Pero no hubiera hecho como él. Yo hubiera sido más verlainiano en el lesbianismo, con más frescura, menos pesado, aceitoso. A pesar de todo, la idea del mal está más presente con Baudelaire. Mi actitud de niño maravillado es más fuerte ante el amor entre mujeres. Esto hubiera sido más cercano a Verlaine. Mas la idea que no lo he hecho no significa que no lo haga algún día.
¿Es usted cínico cuando escribe escenas eróticas para cada una de sus novelas?
No
¿No tiene la impresión que está explotando cierto número de recetas?
No creo.
¿Provoca usted de manera deliberada?    

¿Provocar? No. Tengo un sentido de la moral muy desarrollado... No dudo en tomar posiciones morales sobre los verdaderos temas serios. Hay, de mi parte, un deseo de cambiar las cosas, y la Historia poco a poco me dará la razón. Mire los progresos de la clonación humana en tres años. Como tengo razón, venceré. Es una cuestión de años.

Traducción: Marie-Claire Figueroa.                                                   
Tomado del Magazine littéraire No. 470.

Ciclo Literario.

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