La voluntad creadora de Juan Villoro

Alonso Aguilar Orihuela


Uno de los retos más grandes que enfrenta todo escritor es crear un universo autónomo capaz no de comunicar sino de comunicarse con el lector. El objeto animado por el arte se convierte en una bestia que suscita reflexiones, que emociona porque es capaz de transmitir una sensación de vivacidad y fluidez. La palabra se encarna en la realidad, hacia ella va, pero de ella no viene.
Ernest Hemmingway, en una entrevista que el director de The Paris Review, George Plimpton, le hizo en la década de los 50 cuando el Nobel vivía en La Habana, ya viejo y alejado de otros escritores, dijo: “De todas las cosas que han sucedido y de las cosas tal como existen y de todas las cosas que uno conoce y de las que uno no puede conocer, uno hace algo por medio de su invención, algo que no es una representación sino una cosa nueva más verdadera que cualquier cosa verdadera y viva, y uno la hace viva”.
Los seis cuentos y la novela corta que Juan Villoro se ha encargado de reunir durante 7 años, y que son editados en México por Almadía, en España por Anagrama y en Argentina por Interzonas, Los culpables, son el resultado de una voluntad del autor por reinventar la realidad hasta hacerla literatura; de explorar distintos registros lingüísticos en primera persona para contar sus historias; de estructurar de una manera no lineal la narración; de abordar temas aparentemente disparatados con desenlaces inimaginables. Pero sobre todo, son el resultado del ímpetu creador de Villoro –quien ha sido distinguido con el premio Antonin Artaud por este libro—, que augura que lo mejor de su literatura aún está por venir.
Por Los culpables transitan personajes marcados por la miseria: un mariachi acomplejado sexualmente, un futbolista retirado, un agente de ventas infiel y engañado, un par de hermanos neuróticos…, a quienes lo real se revela a través de lo onírico, que razonan a partir de situaciones absurdas, que encuentran la belleza en lo bizarro y cuentan su historia porque han llegado a un límite existencial que quizá el lector podrá percibir antes que ellos. Son personajes que reflexionan en un momento crítico de su vida, que cuentan sus historias como si pretendieran exorcizarse de sí.
Durante su visita por invitación de la editorial Almadía para la presentación de Los culpables en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO) y la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO), Juan Villoro concedió una entrevista en la que habló respecto a su nuevo libro, de la influencia de Roberto Bolaño en su literatura y la importancia de las editoriales jóvenes que establecen un vínculo directo entre editor-escritor.
Cada libro una apuesta

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Elliott Erwintt / 1957

--La noche navegable, Albercas, La casa pierde, tienen características en común: la linealidad narrativa, los temas, el uso del lenguaje…, pero en Los culpables pareciera advertirse otro Villoro, con registros lingüísticos apegados a la oralidad, con matices poéticos en la construcción de las imágenes literarias, ¿es éste un nuevo momento literario?
--Cada libro debe ser una apuesta específica. No me gustaría ser uno de esos autores que se enamoran de su propia voz y repiten, libro con libro, recursos ya probados. Inevitablemente, todo autor tiene tonos en común, una manera de ver el mundo, un cierto estilo. Pero dentro de esta constante, me interesa que cada libro siga un camino único.
Decidí escribir Los culpables en primera persona, historias rápidas, muy veloces, descoyuntadas, que parecieran surgir por accidente. Es una superficie de agua bastante cristalina lo que yo espero haber obtenido aquí.
--¿Hay, en el lenguaje de Los culpables, una intención por rescatar la oralidad y, de ella, ciertos tonos poéticos?
--A mí no me interesaba trabajar como un espejo del idioma que se habla en las calles o en distintos sectores sociales, sino reflexionar sobre las posibilidades que tenemos de hablar de manera espontánea. En ese sentido, es un lenguaje literario pero hablado. Este método de trabajo me llevó a pensar en imágenes que vienen de otro lado. Muchos de los cuentos tienen que ver con cosas que he vivido, que he leído, que he escuchado y tienen un elemento de testigo de la realidad, pero no son documentos de la realidad, tratan de explorarla de otra manera.

Yo quería hacer que los narradores, y ninguno de ellos es un narrador profesional, quien quiso serlo fracasó, de modo que todos son personas que no están habituadas a contar. Quería que los narradores se contaran a sí mismos, en primera persona, y que llegaran a imágenes curiosas o incluso poéticas.
El procedimiento es el contrario a la vanguardia. La vanguardia trata de encontrar imágenes deslumbrantes, fogonazos creativos, destellos únicos a partir de un trabajo literario que conscientemente va en contra de la norma, de la retórica. Es una manera bastante cultural de romper con la cultura establecida. En Los culpables se trataba de que los personajes, como sin querer, hicieran metáforas o símiles, como sucede cuando atrapamos en la conversación a una persona que no se da cuenta que está siendo poética, y acaba de decir algo que es un verdadero hallazgo literario. Por supuesto que todo esto es un artificio, porque Los culpables es una reflexión sobre la voz hablada, sobre las posibilidades que tiene el español de México de decirse. Y en esta exploración de la voz hablada el artificio es que las metáforas parezcan naturales e, incluso, accidentales, inventar una espontaneidad distinta para cada personaje, y que esta espontaneidad haga que por sorpresa vivan cosas de las que ellos mismos no son conscientes. Incluso, que muchas veces no entiendan la propia historia que están contando.
Una de las cosas más complicadas para mí era lograr que el lector entendiera la historia antes que el propio relator. Estas personas están contando una historia, se están tratando de justificar, de descargarse de alguna culpa, de desahogarse, y de pronto, sin darse cuenta, cuentan otra historia, o dicen algo que los delata. Si el principio de la confesión religiosa consiste en confesar tu culpa para desresponsabilizarte, recibir un perdón y una penitencia, en este caso, las confesiones que hacen los culpables los responsabilizan. Hablar a su favor revela algo que los vuelve responsables de una situación, y ellos se dan cuenta, después del lector, de lo que les ha sucedido.

Bolaño, el hermano mayor

--Es sabido que usted tuvo una relación amistosa entrañable con Roberto Bolaño, y en ocasiones me parece apreciar algunas conexiones estilísticas entre Los culpables y Llamadas telefónicas o Putas asesinas, como la ruptura de la linealidad discursiva, el retorcimiento de las historias, la elección de la primera persona como voz narrativa, el uso de los registros hablados del lenguaje, y a la vez poéticos. ¿Considera usted a Roberto Bolaño como una influencia literaria?
--Roberto y yo tuvimos una amistad muy fecunda. Él se ha convertido, después de su muerte, en un clásico contemporáneo. Es un autor a quien quise mucho como persona y a quien admiré mucho como autor. Prácticamente vimos las mismas películas, leímos los mismos libros, crecimos juntos aunque no necesariamente nos vimos mucho tiempo.
Yo lo conocí durante tres años en México, pero esporádicamente, cuando él vivía aquí. Él escribía poesía. Era la adolescencia. Yo tenía 15 y él 18. Luego nos dejamos de ver y nos volvimos a frecuentar. Eso pasó en el 96. Yo vivía en México y había escrito una necrológica de Mario Santiago Papasquiaro, el poeta mexicano en el que está inspirado el personaje Ulises Lima, de Los detectives salvajes. Él me habló. Una de esas llamadas telefónicas larguísimas que él hacía. Me empezó a mandar sus libros. El primero que me mandó fue Estrella distante y posteriormente Llamadas telefónicas. A partir de entonces recuperamos una amistad que fue realmente la verdadera amistad, la más intensa que tuvimos. Él escribió una estampa de esta amistad, del primer encuentro que habíamos tenido, en su libro Entre paréntesis. Fuimos muy amigos. Discutimos mucho nuestros textos y evidentemente hay una cercanía grande entre las cosas que hacemos.
Nos formamos de manera paralela. Cuando yo recupero la amistad de Roberto, yo ya había publicado mi novela El disparo de argón, estaba por publicar Materia dispuesta y había escrito casi todos los cuentos de La casa pierde.

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Robert Doisneau / 1951


Yo creo que una gran diferencia entre Roberto y yo es el trato que le damos al lenguaje, y esto lo discutimos mucho. Roberto era un gran maestro de contar historias, y su literatura se postula como un torrente narrativo, y tiene una enorme fuerza vital. Yo creo que el poderío de él es contarnos siempre desde situaciones que por diversas que sean nos hacen sentir que son experiencias realmente vividas. Uno lee un cuento de Bolaño y empieza a sentir el sudor, la sangre, el frío, los cristales rotos. Tiene esa sensación de experiencia realmente vivida. Su fuerza iba por el lado de contar una historia trepidante, que no se detenía.
Yo creo que la literatura de él es una literatura mucho más vitalista. Sus detectives salvajes, sus personajes, tratan de encontrar en la vida una obra de arte. Algunos de ellos son poetas sin obra, algunos de ellos son artistas, vanguardistas que no quieren plasmar sus sentimientos y sus ideas en una obra concreta sino en la forma en que viven. Este vitalismo es el eje de ese flujo narrativo insostenible de Roberto.
Yo creo que una diferencia fuerte es el uso del lenguaje. Mi literatura experimenta, o cambia, o calcula, como se le quiera llamar, los efectos del lenguaje. Es una literatura hecha mucho más a partir de adjetivaciones, de búsqueda de lenguaje en distintos registros y, por otra parte, es más reflexiva. 
Ahora, yo creo que él me ayudó mucho, como un hermano mayor, en algo que es literario, pero que es algo más que la técnica literaria, es algo de actitud ante la literatura. Roberto me ayudó mucho a tener mayor valentía de temas, y a enfrentar más arriesgadamente muchos asuntos que a mí me parecían interesantes pero que no me atrevía a tocar porque me parecían nimios, bobalicones. Entonces, este arrojo es lo que sí respeté mucho en él y me gustaría haber aprendido, en buena medida, de él. Incluso he soñado conversaciones con Roberto, que tuvimos al respecto. Él fue una especie de hermano mayor que me cargó de confianza, y desde que recuperé la amistad con él, hace 11 años, creo que me influyó mucho en las cosas que he venido escribiendo desde entonces.
El mercado de letras y las editoriales comprometidas
--El mundo editorial tiende hoy más hacia lo comercial que hacia lo artístico. ¿Cómo poder compaginar estos dos ámbitos?
--Hace unos 25 o 30 años las novelas de mayor discusión, incluso de mayor venta, eran novelas muy complejas: Yo el supremo, de Augusto Roa Bastos; El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez; Rayuela, de Julio Cortázar; La casa verde y Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa; Cambio de piel, de Carlos Fuentes…, eran novelas altamente experimentales, inmensamente complejas, sin embargo, era lo que se discutía y que se vendía. Hoy en día, podemos decir que a nivel masivo ha habido una simplificación de las búsquedas literarias.
Estamos ante una estandarización de la literatura. Esto ha existido en todas las épocas. Cervantes convivió con un Avellaneda, es decir, un clásico con un best seller falsificador, un plagiario. Lo peculiar de ahora es que la mayoría de libros están escritos para gente que no lee. Tiene que ver con la hiperexpansión del mercado editorial, con que los consorcios editoriales son plataformas de hacer negocio que pertenecen a otras compañías, que no sólo son editoriales. Tiene que ver con la disputa de los espacios culturales en otros medios de comunicación. Con muchas cosas.
--¿Cómo aprecia el trabajo de Almadía?
--Me parece muy importante defender una circulación literaria que sin embargo existe y que creo que va a perdurar, que es la circulación literaria cultural. Un proyecto como Almadía, en ese sentido, me parece esencial. Es arriesgado para todos nosotros. Para ellos publicarme y para mí publicar con ellos, porque estamos ante enemigos gigantescos, ante una competencia muy grande y muy difícil: David contra Goliat. Pero vale la pena apostar a estos proyectos. Yo creo que Almadía surge como una opción muy interesante.
Yo no quería darle a Almadía un libro que fuera una antología de mis cosas, que fuera un refrito, o que reeditaran un libro agotado o algo así, porque me parecería de mi parte un falso compromiso. Me parecería como dar gato por liebre. Como si dijera, qué bueno que Almadía me ayude pero le voy a dar un libro de segunda división. Yo quería hacer el compromiso completo. Sacamos un libro que es inédito, se la juegan conmigo, me la juego con ustedes, y a ver cómo nos va. Vale la pena intentarlo.

Días después de su visita a Oaxaca, el 20 de noviembre, Juan Villoro ganó el V Premio de narrativa Antonin Artaud en México por el libro Los Culpables.

 

 

Ciclo Literario.

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