Duermevela del
zapatero remendón

Araceli Mancilla


Se escuchan gritos en la calle, padre. Piedras arrancadas a los muros, palos, basura al alcance de muchas manos se lanza para combatir los escuadrones que aparecen llegada la tarde. Una batalla florece a pocos metros. Disparos. En nuestro taller se atrofia el silencio. Sólo la cortadora da indicios al ejecutar sus tajadas impecables. El trabajo de todos los días produce ritmos monótonos, pero a la intemperie la noche se regocija en estruendos que podrían ser de fiesta. Sitiado, el lugar que nos recluye parece ser el mismo que ha dejado de ser: tu manivela da vueltas al garete, zapatos y bolsos se amontonan como cascajo...  ¿Dónde estás?; yo, ¿dónde?
Hay algo moviéndose con cálculo animal. Más allá resistencia, fuego. El enclaustrado crecimiento de las formas, los objetos conocidos cobran afanes en nuestra ausencia, ¿cómo?
La goma se derrama sin cuidado sobre las superficies, bien la alcanzo a ver. Las cintas de cuero se desprenden de las suelas. El torno gira enloquecido mientras el thiner se fuga como espíritu en pena. Una aparatosa sierra se muerde los dedos y da tumbos. Aquella puerta que colinda con la calle está cerrada. Esta otra, que apenas ahora descubro, se abre a un jardín. Es de día y, como si fuese primavera, se puede respirar el aterciopelado olor de los nísperos. Veo tu espalda. Miras el cielo y yo sigo el rictus de la embolia en tu rostro. El ardor del mundo ha escapado por algún lado. Me acerco para tocarte, para…
Ruidos de petardos me alertan. La máquina de coser picotea  una y otra vez un  lienzo de piel sangrante. Los estantes entretanto almacenan pedidos: zapatillas seminuevas cambiaron ridículamente de color (“casi volverán a ser las mismas”, decías con sorna), mocasines raídos cuyos tacones serán reemplazados por materiales baratos esperan  turno; correas rotas y puntas descarapeladas tendrán otra oportunidad. Ha sido esto nuestra vana alegría.

De nuevo el patrullaje. Al interior del taller el abandono prepara su revancha. Tras el mostrador alguien pregunta por ti con un pellejo desollado que reparar.

Fotografía
Elliot Erwitt / 1951

 

 

Ciclo Literario.

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