Primo Levy: mis días felices

Entrevista de Anthony Rudolf
Traducción :  Ernesto Lumbreras


Primo Levi nació en 1914. Antes de ser deportado a Auschwitz en 1944 se desempeñaba como ingeniero químico.  En 1997 se suicidó. En Italia es una figura emblemática, además de un escritor vigente en el gusto editorial y en el de los lectores. Einaudi publicó el volumen Conversazione con Primo Levi (1963-1987) a cargo de Marco Belpoliti. En tanto, Francesco Rossi realizó hace algunos años La tregua, basada en la novela homónima de Levy con la actuación de John Torturro.
La presente entrevista se realizó en Londres un año antes de su muerte y recientemente en Francia se ha publicado una biografía firmada por Myriam Anissimov que ha despertado un tremendo escándalo. El sólo título entrevé  el perfil del libro: Primo Levy ou la tragédie d’un optimiste.

Además del libro referido, un clásico de la literatura italiana, Levi es autor  de La tregua (1963), Storie Naturali (1966), Vizio de Forma  (1971), entre otras.

 

¿Qué le sucedió a Usted y otros judíos bajo el régimen de Mussolini?
De niño y de adolescente, ser judío no fue muy importante para mí. Mi familia no era religiosa. Los judíos en Italia hablan y siempre han hablado italiano. Había poca diferencia entre mis amigos italianos y yo. Si un compañero de escuela me preguntaba por qué no tenía árbol de Navidad o por qué no participaba en las fiestas de la religión católica, les explicaba que exteriormente era igual a ellos, pero interiormente era un poco diferente -no pertenecía a otro pueblo, tan sólo a una tradición un poco distinta a la suya. Este estado de cosas terminó de golpe en 1938 con la promulgación de parte de Mussolini de la leyes raciales, idénticas a las hitlerianas de Nuremberg. Pero los italianos desatienden a menudo las leyes. Lo que puede constituir un mérito si las leyes son malas o un defecto si las leyes son buenas. A los judíos les estaba prohibido tener una criada de fe cristiana, pero todos tenían una -así que cuando sonaba el timbre de la puerta se le decía que se escondiera arriba. Estaba prohibido poseer un radio pero todos tenían uno. Pero en cuanto  a lo que se refiere a los aspectos importantes de la vida la situación era difícil y grave: los judíos que ocupaban posiciones o cargos dependientes del gobierno fueron separados.

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Alfred Eisenstaedt / Mussolini, 1934

¿Y respecto al problema de la ocupación?
Entre 1938 y 1945 logramos encontrar algunos documentos para vivir no obstante las nuevas leyes. El 8 de septiembre de 1943, sin embargo, dos tercios de Italia cayeron en manos de Hitler. Un tío y un primo mío fueron asesinados. Semana tras semana la situación de los judíos italianos se hacía cada vez más similar a la de los judíos de Polonia o de Alemania. Los judíos fueron obligados por ley a ser enviados a los campos de concentración dispersos en el país. Yo me escapé a las montañas como partisano, junto a un grupo de amigos que no eran judíos. Combatir con la resistencia era la cosa más justa, pero estábamos mal preparados y sin adiestramiento, por lo que fuimos rápidamente capturados. Los soldados que me capturaron eran fascistas italianos. Fui reconocido y por tonto orgullo admití ser judío. Sí, fue una tontería, como lo confirmarían más tarde los acontecimientos, pero tenía que demostrar que no sólo los cristianos, sino también los judíos combatíamos al fascismo. Fui deportado a Auschwitz.
¿En los campos de concentración no existían leyes. Qué sucedía respecto de las leyes morales de cada individuo?
En los campos de concentración teníamos una moral escindida. Nunca olvidamos la imborrable enseñanza de los diez mandamientos, pero en la vida cotidiana era imposible observar aquellas leyes. Estábamos rodeados de enemigos y en aquellas circunstancias no siempre los diez mandamientos eran válidos. No nos fue posible matar un alemán, pero si hubiésemos tenido la oportunidad lo hubiéramos hecho. Robar no era considerado un crimen o un pecado -no hablo de hurto entre nosotros, naturalmente aquello era ciertamente un pecado. Desde otro ángulo, robar a los alemanes -mantas, aceite o cualquier cosa- no lo era. Al contrario, era un punto de honor hacerlo sin ser sorprendido o castigado.
Aquellos años transcurridos fuera de la ley constituyen una experiencia trascendental, la cual influiría en su comportamiento en la vida futura.
Exactamente. La ley no estaba extinta. Había sólo un letargo. En mi primer obra describí los diez días que transcurrieron entre la partida de los alemanes y la llegada de los rusos. Once de nosotros tuvimos la buena suerte de ser abandonados en la enfermería del campo. Yo y otros dos que tenían algo de fuerza nos organizamos mejor para poder asegurar, a nosotros y a los demás, que ciertamente no eran nuestros amigos, el alimento y la calefacción. Fue un retorno inmediato a la moralidad de todos los días. Conozco muchos sobrevivientes. La mayor parte de ellos regresó a la moral ordinaria. Sólo algunos buscan la venganza. En el campo de concentración, ser un Mensch representaba un factor esencial para la sobrevivencia. Pero no todos los sobrevivientes fueron un Mensch.
El escritor es una persona que plasma, controla un material a menudo abominable. ¿No obstante, es un hombre feliz?
Sí, puede ser un hombre feliz. Pero relatar una historia no es privilegio exclusivo de los escritores. Todos podemos hacerlo, oral, verbalmente. Todos deberíamos hacerlo. Naturalmente, contando una historia mediante la escritura se tiene la esperanza de llegar a mil o diez mil personas. A través de la narración oral, se puede tal vez comunicar con diez o veinte personas, pero en este caso se pueden ver sus rostros y esto es una ventaja que los escritores no tienen.
Usted advierte el deber, la necesidad de relatar.
Sí, y también la felicidad de hacerlo. Además, para mí fue una suerte de terapia escribir Se questo é un uomo. Cuando regresé a casa no me sentí absolutamente en paz. Un cierto instinto me empujaba a relatar mi vivencia. La relaté verbalmente a cualquiera, pero siempre a personas desconocidas. Más tarde, alguno me aconsejaría, diciéndome que podía escribirla.  Así lo sentí, y a través del acto de la escritura advertí un sentido de progresiva curación. Y finalmente me curé. Esto fue mi primer libro. La tregua, fue escrita quince años más tarde. En este caso no se trató de una cuestión curativa o de convalecencia. Representó la alegría pura y simple de contar una historia y creo que el lector lo percibe.
La crítica ha subrayado mucho el tono sosegado y razonable de la voz narrativa en su obra. ¿Se trata de un artificio literario, o bien este tono es una de sus características personales?
No es absolutamente un artificio, es mi personalidad, mi modo de ver. En general no soy propenso a la ira o a la venganza. Mi tono de voz no constituye ni un vicio ni una virtud, es algo que está en el medio. No voy particularmente orgulloso de mi calma, incluso se me ha criticado este tono. Sin embargo, desapruebo fuertemente las obras que describen de un modo histérico el holocausto,  cuyo tono es un crimen y las descripciones son a menudo pornográficas.
Usted es también poeta, aunque no muy prolífico. El conjunto de su obra poética se puede subdividir en tres fases. De 1943 a 1946 compuso 16 poemas; luego, en los treinta años siguientes, tan sólo 12. Sin embargo, a partir de 1978 ha escrito más poesía que en sus sesenta años de vida.

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Enzo Sellerio / 1960

La primeras dos fases pueden ser explicadas haciendo referencia a la famosa declaración de Adorno según la cual escribir poesía después de Auschwitz sería una barbarie.  Yo modificaría ligeramente el asunto: después de Auschwitz es una barbarie escribir poesía, a menos que esta no tenga como tema Auschwitz.
La tercera fase, a partir de 1978, está tal vez relacionada a un nuevo flujo de vitalidad. Me siento en óptima salud (...)
La novela concluye con una frase sacada de un periódico que reporta la noticia de la bomba de Hiroshima. En consecuencia, me parece, aunque Auschwitz e Hiroshima no puedan atar en un mismo plano, de cualquier forma es legítimo asociarlos,
En los siglos por venir, si el mundo aún existe, el siglo nuestro será recordado como el de Auschwitz o el de Hiroshima. Es por este motivo que concluyo mi libro con un doble mensaje, deliberadamente ambiguo, que anuncia el nacimiento de un niño -representante de la continuidad del género humano- y el bombardeo a Hiroshima, representando en cambio la amenaza a tal continuación (...)
“La sangre no se paga con sangre, la sangre se paga con justicia”. Se trata de un máxima aplicable también a la situación de los estados. ¿A Israel, por ejemplo? Tal vez todo depende del hecho de lo que se juzga en guerra. Recuerdo también una fase premonitoria de Büchner: “Donde termina la autodefensa, inicia el asesinato”.
Los enemigos de Israel sostienen  estar en guerra con este país. Bien, yo afirmo no creer en valores morales o en la utilidad política de la represión, pero la formulación de un juicio es una cosa que va más allá del horizonte de mis posibilidades. De vez en vez, con unos amigos israelitas, intento hacerlo, pero ellos me dicen que no puedo juzgar algo que sólo conozco por lo que cuentan los periódicos.
Pero, también ellos, como yo, tendrán algún amigo israelita que milita en el movimiento Peace Now y que se halla en fuerte desacuerdo con las políticas elegidas.
Si, naturalmente. A diferencia de ciertos países, Israel, tiene más de un rostro. Pero, debemos reconocer que es peligroso asumir una postura sumisa y titubeante. Mi amiga Natalia Ginzburg escribió un ensayo en tiempo de la guerra de Yom Kippur donde afirmaba preferir el viejo modo de ser del judío, desarmado, humillado y cosas así, respecto del nuevo: orgulloso, fuerte, listo a combatir, etc. Le escribí diciendo que estaba en desacuerdo con ella, que es peligroso estar indecisos, tal como la historia lo ha demostrado. Natalia es una persona amable, una excelente escritora, pero no es una pensadora (...)
Dante es importante para todos los escritores italianos. Un crítico escribió que si obras como Se questo é un uomo y La tregua describen respectivamente su “Infierno” y su “Purgatorio”, su libro Il sistema periodico es su “Paraíso”.
No creo en el paraíso en esta tierra y todavía menos creo en el paraíso en los cielos. No creo que Il sistema periodico describa una paraíso, a menos que la vida normal pueda ser definida como el paraíso, sólo así podría ser verdad. Si ese crítico considera feliz su vida cotidiana, de acompañar libremente la existencia de un Mensch, entonces sí, en este caso pueden describir Il sistema periodico como mi paraíso(...)
¿Se podría decir que una cierta forma de socialismo democrático representa la versión secularizada del mesianismo judío?
No veo ninguna contradicción entre el socialismo democrático y el judaísmo. Fundamentalmente, soy socialista, aunque no sea miembro del Partido Socialista Italiano. Creo en la mutualidad, en el bien común y en un lento progreso hacia una era mesiánica.

Tomado de El Corriere della Sera

 

 

Ciclo Literario.

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