La palabra del desierto Saharaui

Alfredo Coello


Mira si yo te querré
Luis Leante
Premio Alfaguara de novela 2007
Madrid, España. 2007

Fotografía
Michael Martin

Esta novela aloja en su escritura un futuro que ha derramado los tiempos, se ha desbordado en un pasado donde ancla la  verdad histórica de los pueblos del desierto Saharaui, y también la verdad histriónica de los pueblos que se erigen como los dueños del poder a través de la guerra.
Cuenta la vida de una mujer de unos 50 años que vive en Barcelona y que entra en crisis por su separación amorosa y la muerte de una hija. En medio de su angustia, por accidente descubre en una fotografía que un hombre a quien amó en su juventud probablemente no esté muerto. Y en esa situación se le ocurre  una huida hacia adelante para averiguar qué fue de él, por lo que decide viajar a los campos de refugiados del Saharaui en Argelia.
Allí busca a su antiguo amante y al mismo tiempo rememora la relación entre ella, Monteserrat Cambra, y Santiago San Román, su ruptura y lo que fue de cada uno de ellos tanto en Barcelona como en el desierto. El viaje sucede cuando España se está retirando de la “ultima colonia” en África y el soldado San Román se embarca con los legionarios españoles, por un lado a combatir a los saharauis rebeldes que en ese momento se lanzan a la guerrilla con la formación militar del Frente Polisario y, por el otro, con el pretexto de entregarle al gobierno del Saharaui su nación e incorporarse al llamado de la ONU para la descolonización en toda África.
A sus personajes Leante los ha encontrado en una jaima (las jaimas son tiendas levantadas en el desierto por los nómadas tradicionales). Un hombre con los ojos desorbitados y la mente perturbada fue la chispa que desencadenó la trama. Su autor dijo cuando recibió el premio: “Si ahora estoy aquí es gracias a la historia que un enfermo mental me regaló sin pretenderlo una noche, y hasta hoy no he podido arrancarme el dolor de aquellos hombres y mujeres que siguen abandonados en el desierto”.
¿Se podría afirmar que es la novela una propuesta de diálogo y encuentro entre diferentes culturas? Puede ser, si consideramos que el diálogo es un principio fundacional de encuentros. Aunque la palabra encontrar no significaba en absoluto encontrar, en el sentido del resultado práctico o científico. Encontrar, es contornear, dar la vuelta, ir en torno a. Encontrar un canto, por ejemplo, es contornear el movimiento melódico, hacer que dé vueltas, que ande. Ninguna idea de meta, y menos todavía de detención. Encontrar es casi exactamente la misma palabra que buscar, lo que quiere decir: “dar la vuelta a.” Y entre Barcelona y el Aáium (antigua capital de los saharauis; hoy invadida militarmente por Marruecos) los personajes están perdidos “dándole vueltas” a su vida. No hay diálogo ni encuentro.
Encontrar, buscar, ir en torno a: sí, son palabras que indican movimiento, pero siempre circulares. Como si la búsqueda tuviese que flexionarse necesariamente al dar vueltas. Encontrar se inscribe en esta gran “bóveda” celeste que nos dio los primeros modelos de lo movedizo-inmóvil.
¿A quién  o a quienes encuentra esta novela? Lo hemos dicho; sus personajes centrales son Montserrat Cambra y Santiago San Román y una multitud de saharauis donde destacan Aza, Layla, Andía, Lazzar y su padre Sid-Ahmed, en una jaima en medio del desierto. El escritor o, mejor dicho, la escritura van a la búsqueda del “otro”. Es el desencuentro en el encuentro de culturas, a través de la literatura.
Las novelas de viajes, desde la Iliada y la Odisea, siempre están persiguiendo el fantasma de su realidad en la búsqueda del “otro”. Así, en la novela galardonada con el premio Alfaguara se definen las identidades cuando:
“La primera vez que Santiago San Román pisó el pabellón de Tropas Nómadas, le pareció que entraba en otro mundo…En cuanto (los saharauis) vieron entrar a Santiago, los rostros se pusieron serios y cesó de repente la conversación, San Román estuvo a punto de darse la vuelta y  volver…”
 En ese momento ya no hay lugar para el diálogo, entonces la búsqueda del “otro” se ve interrumpida  por la violencia y la guerra. Los españoles son invasores, son los dueños de la palabra, eso que se llama un “diálogo de sordos” donde el que habla se escucha sólo a él mismo y el “otro” no existe. Se impone entonces la ley a través de órdenes militares para suscitar un diálogo clandestino entre el soldado de tropa español y los saharauis.
El diálogo siempre se da entre dos, después ya es multitud y tal vez, sin darnos cuenta, aparezcan diálogos diferentes en otras lenguas o códigos que hasta hoy desconocen las instituciones encargadas del diálogo entre culturas, naciones o estados.

Fotografía
Michael Martin

Nietzsche pregunta: “¿Por qué dos? ¿Por qué dos hablas para decir una misma cosa? – Porque aquel que la dice siempre es el otro.”
Desde luego que el “otro” aquí, son los que no hablan español y se comunican en hasanía y cuando lo hacen “siempre parece que están enfadados”. Y ésta es una apreciación constante de las tropas y los militares de grado españoles en las ciudades saharauis; ignoran por completo que la comunicación en hasanía se basa esencialmente en un lenguaje poético.  Entonces estamos hablando de lo mismo pero con la diferencia de que no somos iguales. La desigualdad los conduce a un diálogo interrumpido, se rompe la comunicación y se abre el abanico de la violencia y las armas, unos por su legítima defensa y otros por su ambición de poder.
En todos los países e idiomas se publican libros considerados como obras de crítica o de reflexión, como novelas, o como poemas. Lo que importa es que las novelas, los poemas, los ensayos y las diferentes artes que se ocupan de los sentimientos, del alma, del espíritu y del cuerpo de los humanos dejen una huella; y podría ser que esta novela dibuje y plasme el desierto del Saharaui en su memoria, en su presente hipotecando su futuro a un deseo y a una lucha de libertad.
En esta novela quien habla es el ‘otro’ atrincherado en su cultura, en su historia de rebeldía y resistencia, en la saliva que segrega su boca en medio del desierto, y enterrado en la arena defiende su presente de un pasado de ignominia y lucha para que se  reivindique a sus antepasados en un tiempo  limpio de envidias, torturas y robos por parte de los poderosos.
La Brújula en el Desierto. (Interior, exterior, cósmica)
La brújula de los saharauis contiene la certeza absoluta de su dirección, su derecho a ser libres y autónomos, como seres individuales y colectivos, como pueblo y como nación y, de ser cierto esto, el desierto del Sahara está más poblado que cualquier barrio de New York, de Pekín, de Tokio o Nueva Delhi.
La escritura de Laerte es afortunada al narrar la sensación que tiene Monserrat cuando conoce la daría (comunidad) de Layla; y le causa asombro cómo han construido, en el exilio del desierto, ante esa belleza de un paisaje tan árido que la hace estremecer, donde el desierto y el cielo se funden en una línea apenas perceptible: Monteserrat le pregunta a Layla que si han levantado hospitales y colegios
“ ¿Por qué continúan viviendo en esas tiendas después de treinta años?”
“Podríamos excavar cimientos, construir edificios, trazar calles, hacer alcantarillados, pero eso significaría que nos hemos dado por vencidos. Nosotros estamos aquí de forma provisional, porque nuestro país está ocupado por los invasores. Cuando la guerra termine, volveremos. Y todo esto se lo tragará el desierto. Ahora mismo se pueden desmontar las tiendas en dos días -Layla sonríe, parece que tuviera la respuesta ya preparada-, y antes de una semana estaríamos con todo otra vez en nuestro país.”

En este sentido el autor convierte el tiempo y el espacio en protagonistas de su historia; el tiempo es nómada igual que el espacio. Y es en este abanico de circunferencias narrativas que se inscribe el estilo de elipsis que abarca los dos planos la novela.

 

Ciclo Literario.

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