El amor-odio de los filósofos

David Rabouin


“Una filosofía que no entristece a nadie y no contraría a nadie no es una filosofía”, escribía Gilles Deleuze en Nietzsche et la philosophie. Desde entonces, entre más grande es el filósofo, más numerosos son sus oponentes: los filósofos mismos. De la Antigüedad a nuestros días, los más brillantes pensadores no han dejado de enfrentarse mientras vivían, a veces de modo brutal.

No se imagina uno a Platón y Aristóteles de otro modo que con largos vestidos de hombres pedantes. Eran gentes de bien y como los demás, riéndose con sus amigos”. Célebre pensamiento de Pascal, que quisiéramos completar naturalmente por: “y peleándose con sus enemigos.” Los filósofos son seres de carne y sangre sometidos del mismo modo que los demás a las embestidas de las pasiones: a la alegría o al reconocimiento, pero igualmente a la ira, a los celos, al resentimiento… Sus riñas son riñas de ideas por supuesto, pero las ideas, no lo olvidemos, se encarnan.  Gregorio de Nazianza , padre de la iglesia en el siglo IV, relata así el origen de su querella con el emperador Julián que conoció en su juventud mucho antes de que se volviera el odioso “apóstata”: “Lo que me permitió calarlo de parte a parte, como si fuera adivino, fue la desigualdad de su carácter y los excesos de sus arrebatos. No auguraba nada bueno al ver su cuello en perpetuo movimiento, los hombros  oscilantes como las dos charolas de una balanza, los ojos agitados con una mirada exaltada, el paso incierto, una nariz que no respiraba más que insolencia y desdén con la misma expresión en las risibles muecas de su cara, una risa intemperante y convulsiva, señas con la cabeza otorgando y rehusando sin razón, la palabra vacilante y cortada como por una respiración penosa, preguntas planteadas sin orden ni inteligencia y respuestas enredadas que se cabalgaban las unas con las otras como las de un hombre desprovisto de cultura.” (Gregorio de Nazianza, Discurso no 5, 25 “En contra de Julián”). De ahí salen algunas grandes querellas teológicas…

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Wilhelm von Gloeden / 1900

Como lo veremos en las páginas que siguen, en materia de querellas, no es siempre fácil saber en donde está la causa, en donde el efecto. ¿Los conflictos de ideas habrán arrastrado conflictos de personas? ¿O será que la confrontación de dos figuras, de dos modos de existencia se traduce por una oposición filosófica? Seguramente Platón y Aristóteles se reían con sus amigos. Pero amigos, no lo fueron mucho si creemos a Elián de Preneste, maestro de retórica del tercer siglo de nuestra era. La historia de la filosofía verá primero allí un conflicto puramente teórico entre el partidario de las “Ideas” y el que quería regresar a la singularidad de las substancias concretas. Pero Elián  nos cuenta también otra historia, a la cual debemos prestar el oído: a Platón le disgustaba la manera de ser de Aristóteles. Esto se manifestaba en las cosas las más superficiales: su corte de pelo, sus joyas ostentosas, su facundia intempestiva, cosas que juzgaba “indignas de un filósofo”. Esto evoca, más cerca de nosotros, al curioso “encuentro” de Wittgenstein y de Gottlob  Frege, padre de la lógica moderna: “Me acuerdo que, cuando visité a Frege por primera vez, tenía una idea muy clara de a qué debía parecerse. Jalé la campana y un hombre abrió la puerta. Le dije que había venido a ver al profesor Frege. “Soy el profesor Frege”, dijo el hombre. A lo que sólo pude contestar: “Imposible”. Hay algo desarmante en este “imposible” que expresa la distancia entre dos seres, a pesar de (o tal vez: a causa de) la proximidad que podría establecerse entre sus concepciones. Se espera siempre demasiado del que siente uno más cercano.

Odiamoración.

 La anécdota relatada por Elián sobre la manera con la que Aristóteles trató de correr a su maestro de su paseo favorito, por más legendaria que parezca, no es menos significativa: el aprecio, la admiración, el agradecimiento que dos filósofos pueden tener el uno para el otro se cambia fácilmente en rivalidad y en odio: “Odiamoración” [en francés: “Hainamoration”] según una célebre palabra-cajón de Lacan. Esto es uno de los hilos conductores de este dossier: el amor-odio de los filósofos. Abundan los ejemplos: Spinoza, quien decía haber aprendido todo lo que sabía de filosofía en Descartes, no vaciló en decir de su maestro, en una fórmula tan concisa como cruel, que a final de cuentas no había mostrado más que su grandeza de carácter; Nietzsche, quien escribió un “Schopenhauer educador”, lo presentó después como modelo del “falsificador”, del “escamoteador”. En filosofía como en otros campos, es preciso, como ya lo decía Platón de Parmenides, saber matar al padre. Pero la manera en la que el aprecio se vuelve odio filosófico no es solamente un asunto de discípulo que se emancipa de su maestro. Antes que nada no es raro que los maestros mismos participen de este distanciamiento: así Husserl cuando constata que, finalmente, no tiene nada que ver con la “genial nocientificidad” de su discípulo Heidegger; o también Russell cuando se aleja del modo de “hablar como oráculo” de Wittgenstein. Otras veces es un asunto de amistad que va tomando mal cariz como entre los condiscípulos Sartre y Merleau-Ponty, de encuentro fallido como entre Rousseau y Hume. A veces también, se trata de una cuestión de enemistad original (Voltaire y Rousseau [ver artículo siguiente]).
La historia de la filosofía es la historia de querellas incesantes, que pueden tomar a veces formas etéreas, otras veces de violentas polémicas y de argumentos ad personam. Diógenes Laercio cuenta que Platón, al escuchar a Antísteno (el padre del cinismo en filosofía) disertar sobre el hecho “que no hay que contradecir”, objetó con buena lógica que tal tesis no tenía sentido (quien la defendiera se condenaría al silencio frente a los que defendieran la tesis contraria). A lo que Antísteno, ofendido, contestó con un diálogo intitulado “Satón”   ¾que Luc Brisson propone traducir por “pito”. Vemos así que los ataques no vuelan siempre muy alto y esto desde los tiempos más remotos. En la muy sabia universidad medieval, no era insólito oír a un joven maestro en artes contestar a las clases de Santo Tomás de Aquino con un abrupto non curo (“¡me importa un bledo!”).
[En este dossier] Se quiso retener un justo medio entre estos dos extremos siguiendo el hilo de la coincidencia más grande entre conflicto de ideas y conflicto de personas, marcando así el lazo de la filosofía con cierto compromiso con la existencia. Por supuesto no se han mencionado todos los conflictos. A los zarpazos de Nietzsche a Schopenhauer, se hubieran podido sustituir los de Schopenhauer a Hegel o de Hegel a Fichte, de Fichte a Kant, etc.: cada discípulo se vuelve él mismo un maestro y se encuentra entonces sometido a su vez a las críticas de quienes lo quisieron antaño. A la batalla entre Agustín y Pelagio, hubiéramos podido preferir la de Gregorio o de Julián, o la de Jerónimo y de Rufino, a la desavenencia de Sartre con Merleau-Ponty, la de Camus con Aron: cualquier amistad está susceptible de tornarse en decepción violenta. Entre más se sintió uno comprendido, más siente uno la traición.         
Además, el hecho de ceñirse al marco de las relaciones “amor-odio” tiene la ventaja de restringir bastante el campo para no sentirse totalmente desprovisto: no se trata ni de recordar todas las “querellas filosóficas” (es la historia de la filosofía misma), ni lo que hoy desgraciadamente es su faceta más espectacular: las polémicas de moda, los anatemas apresurados, las acusaciones de impostura. Por otra parte, no nos hemos interesado en las querellas de los vivos, todavía muy cercanas a nosotros para que se pueda claramente tenerlo todo en cuenta y fuertemente  contaminadas por la manera en que la vida de las ideas está rimada por las polémicas más o menos artificialmente creadas para mantener el interés del “público”. Preferimos más bien concentrarnos sobre las grandes parejas que han rimado la historia de la filosofía y conducir al lector de la mano desde los aspectos anecdóticos hasta las profundas divergencias subyacentes.
De los doce artículos del dossier del Magazine littéraire que siguen esta introducción, escogimos para los lectores de Ciclo literario elque se refiere a las desavenencias entre los dos filósofos franceses del Siglo de las Luces: Jean-François Marie Arouet, alias Voltaire y Jean-Jacques Rousseau.

 
Chispas en el país de las luces
Michel Delon*

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Alinari / 1893

Cuando los seres superiores se acaloran, la razón acaba por dejar lugar a las pasiones como lo atestiguan los intercambios, brillantes y asesinos, entre Voltaire y Rousseau.
Descansan uno al lado del otro en la cripta del Panthéon. Nuestra memoria cultural los ha reconciliado a pesar de ellos. La Revolución ya los había honrado como los padres fundadores del movimiento de opinión que desembocó en la caída de la monarquía y en el establecimiento de una sociedad nueva. En las barajas, una vez eliminados los reyes y las reinas, éstas dejan el lugar a las virtudes, aquellos a los filósofos. El término se toma en el sentido más amplio de las referencias culturales y morales. Designa tanto a dos escritores del siglo XVII, Molière y La Fontaine como a Voltaire en su mesa de trabajo y Rousseau en una roca, representando el siglo XVIII. Al mismo momento, estampas los muestran platicando en improbables Campos Elíseos o caminando al alimón hacia el Templo de la inmortalidad, como si sus antagonismos se hubieran vuelto tranquilos temas de conversación o matices en el concierto de las Luces. Los burgueses republicanos y libre-pensadores del siglo XIX colocaban sus bustos encima de sus chimeneas, uno al lado del otro, como las dos caras de lo que Michelet llama el “siglo grande”.
Mientras vivían, sin embargo, el debate de ideas se encarnó en un violento conflicto de personas. Rousseau se dio a conocer en 1750 por un discurso sobre el tema del concurso propuesto por la Academia de Dijon, “si el restablecimiento de las ciencias y de las artes contribuyó a depurar las costumbres”. Presentándose como “un ciudadano de Ginebra” y proclamando con Ovidio “barbarus ego sum”, sorprende a la opinión al desarrollar una paradoja: no, el desarrollo del saber y el refinamiento de las artes no significan un progreso moral y social. En ese entonces, Voltaire encarna en Europa la fe en un progreso que empieza por el lujo y la economía para terminar en el perfeccionamiento de las mentes. El poema Le Mondain proclamó el abandono de todas las morales de la austeridad y del renuncio y la fe en la expansión del bienestar. El discurso de Rousseau interpela pues a Voltaire, sospechado de envilecer su talento en una literatura mundana destinada al consumo. “Díganos, célebre Arouet cuántas bellezas viriles y fuertes ha sacrificado usted a su falsa delicadeza y hasta qué punto las intrigas amorosas tan fértiles en pequeñas cosas le han costado algunas grandes”.
Rousseau al ras del suelo
 Rousseau se erige en solitario capaz de resistir al torrente del siglo, con el riesgo de atraer la desgracia sobre sí mismo. Si se encuentra “alguien que tenga firmeza en el alma y que rehúsa prestarse al humor de su siglo y envilecerse en las producciones pueriles, ¡ay de él!”. El célebre Arouet puede ignorar este ejercicio escolar que sin duda ha sido premiado en Dijon pero cuyo autor no deja de ser un actor menor de la República de las letras. Cinco años más tarde, Rousseau reincide con un Discurso sobre los orígenes y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres y lo manda a Voltaire, instalado en Les Délices cerca de Ginebra. Éste contesta con ironía y desenvoltura: “Recibí, señor, su nuevo libro en contra del género humano […] Usted pinta con colores muy reales los horrores de la sociedad humana cuya ignorancia y debilidad se prometen tantas dulzuras. Nunca se ha empleado tanto ingenio para querer volvernos estúpidos. Al leer su libro, tiene uno ganas de caminar sobre cuatro patas. Sin embargo, hace más de sesenta años que perdí la costumbre, siento desgraciadamente que me es imposible retomarla.” Finalmente lo invita a venir pacer la hierba de su parque de Las Delicias. Rousseau no entabla la polémica: “No trate de recaer sobre sus cuatro patas. Usted nos endereza sobre nuestros pies demasiado bien para dejar de erguirse sobre los suyos”. Pero se volvió célebre y el Mercure de France publica el intercambio de cartas.
La contradicción se hace patente entre el cosmopolita, llamando con todo su corazón lo que todavía no se llama universalización o globalización y el ciudadano de Ginebra, deseoso de comunidades pequeñas. El debate se vuelve agrio alrededor de dos temas, la Providencia y el teatro. En noviembre 1755, un sísmo destruye parte de Lisboa y algunas certidumbres de la opinión europea. La sacudida también es filosófica. En el Poème sur le désastre de Lisbonne, Voltaire expresa sus dudas acerca de un orden del mundo que garantizaría la providencia. “Un día todo estará bien, aquí está nuestra esperanza; / Todo está bien hoy, aquí está la ilusión.” Rousseau puede concordar con su interlocutor para condenar la superstición y el fanatismo, mas no puede aceptar la inculpación de la bondad divina. Si el número de víctimas fue tan grande, es también por la locura de los hombres que se hacinan en las ciudades. Catástrofes similares harían mucho menos víctimas en una población dispersa y errante. Voltaire prosigue su reflexión y le da una audiencia excepcional al imaginar al personaje de Cándido y al hacerlo vivir el maremoto de Lisboa. Rousseau está convencido que el episodio, de una negra ironía, le está destinado.
En ese entonces, es amigo de Diderot y el colaborador de L’ Encyclopédie. En 1757 se publica el séptimo volumen del diccionario enciclopédico. Incluye un artículo “Genève”, firmado por d’Alembert e inspirado por Voltaire. El artículo lamenta la interdicción del teatro en la ciudad de Calvino,  pondera los méritos de los espectáculos: “Las representaciones teatrales formarían el gusto de los ciudadanos y les darían una fineza de tacto, una delicadeza de sentimiento muy difícil de adquirir sin este recurso.” Rousseau defiende su ciudad natal en una Lettre à d’Alembert sur les spectacles que acusa al teatro de hacer olvidar la realidad y la vida social. “Cree uno reunirse en el espectáculo, y es allí en donde cada uno se aísla, es allí en donde va uno para olvidar a sus amigos, sus vecinos, sus allegados, para interesarse en fábulas, para llorar las desgracias de los muertos, o reírse a costa de los vivos.”  El argumento en contra del teatro se parece al que hoy suele acusar la televisión o la computadora. Al atacar un artículo de L’Encyclopédie, Rousseau se distancia de sus amigos filósofos y rompe el frente de las Luces. Se consuma la ruptura con Voltaire en la carta del 17 de junio de 1760 en la que el ciudadano de Ginebra no vacila en escribir: “No lo quiero, Señor…Perdió usted Ginebra… Me hizo ajeno a mis conciudadanos… Lo odio.”

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Henri Cartier-Bresson / 1930

El látigo de Arouet

 La confrontación se vuelve pasional. Voltaire multiplica los panfletos y ataca a la persona misma de Jean-Jacques. Se publican sucesivamente Lettres sur la Nouvelle Heloïse, bajo el seudónimo del marqués de Ximenes (1761) que tratan a los héroes de la novela de ramera y de lacayo sobornador de muchachas, le Sentiment des citoyens que revela el abandono de los niños y presenta a Rousseau como a un aventurero atacado por la viruela (1764), la Leerte au Docteur Jean-Jacques Pansophe (1768) que vuelve públicos los enredos de Rousseau con Hume en Inglaterra. Rousseau aparece como un enfermo mental a punto de internarse, un furioso dispuesto a morder. Ya no es solamente inculpado en sus principios, sino en su vida y su cuerpo. El ataque lo decide a renunciar a los ensayos teóricos y a emprender la historia de su vida para justificar sus ideas por sus costumbres y su filosofía, su historia personal. Con el sentimiento de estar acorralado, acosado por enemigos, con la inquietud de ver sus escritos desviados, falsificados, parodiados, Rousseau expresa sin duda su desconcierto de provinciano, blanco del maestro de las palabras y de la guasa a la francesa.
No podía conocer las anotaciones asesinas de Voltaire en el margen de su ejemplar del Contrat social: se puede ver el libro en San Petersburgo en la biblioteca del patriarca, adquirida en su totalidad por Catalina II. Cuando Rousseau escribe: “Tan pronto como esta multitud está reunida en un cuerpo, no se puede ofender uno de sus miembros sin atacar el cuerpo entero”, Voltaire se ríe sarcásticamente: “Esto es desgarrador. Si se dan latigazos a Jean-Jacques Rousseau, ¿acaso se dan también a la república?” El juego sobre el cuerpo abstracto y concreto, fisiológico y social es característico de una personalización física del debate, tal vez aun de una histerización de la confrontación.
La oposición entre ambos es la de dos generaciones, pero también del centro y de la periferia. François Marie Arouet, hijo de notario parisiense, se formó en la capital francesa, es avezado en las costumbres de los salones y de los castillos, durante toda su vida colecciona puestos, títulos, honores, hace fortuna y se vuelve el Señor de Ferney. El hijo del relojero de Ginebra, aprendiz con un escribano forense, luego con un grabador, entregado al azar de los caminos y de la diversidad de los medios de sustento, acarició sin duda la esperanza de una carrera francesa. Se sintió alabado, trastornado por sus primeros éxitos pero se vale pronto de su ciudad natal y se planta en su papel de excluido, hablando en nombre de los solitarios y de las víctimas del “horror económico”. El destierro de Voltaire en Ferney es faramallero, activo, demostrativo. Es disperso y brillante. El retiro de Jean-Jacques se quiere meditativo y concentrado, melancólico y sereno.
Se ha repetido a menudo la frase de Goethe según la cual un mundo acaba con Voltaire y otro principia con Rousseau. Si las Luces se caracterizan por un esfuerzo de emancipación moral e intelectual, como un momento de laicización y de exculpación, Voltaire encarna su versión mundana, anticlerical y francesa, Rousseau representa tal vez su versión popular, ecológica, francófona.  

Tomado de Magazine Litterarie
Traducción: Marie Claire Figueroa

Notas:
*   Profesor en la Sorbona, Michel Delon es el editor de Sade y de Diderot en la “Bibliothèque de la Pléiade”. Acaba de publicar Les vies de Sade (ed. Textuel) y ha dirigido el Dictionnaire européen de s Lumières en la colección “Quadrige” (ed. Puf).

 

Ciclo Literario.

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