Ann Miller-Frances : El jardín de la montaña

Fernando Solana Olivares


Cocodrilo Coyol

Como yazco muriendo

 

Así, sin proponértelo, puede                             
ser, por ejemplo, que                                       
simplemente platicando con                                   
alguien notes un color, una                                           
forma, un juego de palabras,                                        
un trozo de música que                                         
estaba ahí todo el tiempo...
                                                                                                                                        

La muerte blanca

I.
Algunos artistas plásticos construyen.  Otros, como se sabe, esculpen o pintan.  Hacer lo primero es continuar la tradición moderna hasta su desembocadura.  Hacer lo segundo es pertenecer a lo más antiguo, que invariablemente está conectado a lo actual.  Pocas cosas humanas como el arte ofrecen la certeza de la consecuencia, la certeza de que una obra sale de otra, alimentando el caudaloso río que suele llamarse así sólo para designar sus expansivas, impredecibles riberas.
Ann Miller-Frances es una artista cuyas obras provienen de un sistema tan antiguo como femenino; recolectar.  Si el género tiene consecuencias estéticas, éstas ocurren en cuanto a los métodos que se siguen para crear.  Las mujeres descubrieron el lenguaje por su función recolectora en las primeras sociedades, que las llevó a tener que describir para los demás propiedades, peligros y características de las plantas.  El lenguaje es una capacidad derivada de la recolección, si no específicamente de las mujeres, sí de lo femenino humano en providente alianza con el reino vegetal.
Por ello el jardín es el ámbito donde estuvo el paraíso.  No parece importar tanto la circunstancia mítica de la edad de gracia perdida como el mensaje concreto de haber sucedido en un jardín, sitio de plenitud donde se nombra a los objetos del mundo y sus criaturas, el recinto, dicen los himnos, de las higueras silenciosas, las moradas luminosas y las fuentes perfumadas.

Máscara roja

Todo la anterior pretende servir al modo de una composición de campo para situar a Ann Miller-Frances, grácil y creativa, atenta y sensible, cultivando su arte en un jardín bajo la alta montaña donde vive.  La imagen no es nada más bucólica porque su jardín está hecho mediante un naturaleza sobre la que ella no interviene sino con la cual interactúa, a la que en momentos se abandona y desde la que recolecta su inspiración.  No incurre así en ese pecado fáustico de la soberbia instrumental porque sabe- todo jardín pude enseñarlo- que el mundo se compone de capas sutiles y que son múltiples los estados del ser.
II.
La manifestación de una conciencia estética en escenarios de alto sentido de composición es característica de la obra de esta artista, más la atmósfera donde ella vive; una afirmación de significado múltiple si por atmósfera quiere entenderse la totalidad visible e invisible de un espacio dado.  Ann Miller-Frances utiliza la mezcla como método para generar los híbridos artísticos que salen de sus manos.  Una creatividad interrogante y libre que combina géneros  y materiales según sus necesidades expresivas y va más allá de los senderos canónicos para bajar por todo el jardín.  Una creatividad de combinaciones sorpresivas y mixturas audaces en el que un arte o culto y simbolista de la mano derecha, otro abierto y matérico de la mano izquierda, recupera aquello que es naturaleza en el artificio y hace surgir ciertos términos que pueden emplearse para su descripción; sensualidad, alegría, serenidad, sensibilidad. 
Como si el campo metafórico para los significados de la obra plástica de Ann Miller-Frances creciera según las combinaciones matéricas de sus objetos...una calavera de ave, cáscara de huevo, espinas de pochote, garras, grafito, cera...una reata.  Tal constelación produce una poética de las epifanía, un arte de combinaciones, diálogos y intercambios entre partes antes ajenas que la artista reúne en objetos cuya inquietante condición proviene de su origen dispar.  En su arte escultórico-situacionista-escenográfico-arteobjetual-chamánico ella recolecta los significados potenciales- con aquello, con esto, con lo de más allá: una técnica plástica de la humildad a la que conduce la atención- latentes en el objeto y accesibles a través de su recomposición; ha de ser otro mediante la metamorfosis potencial en sus materiales.  Resignificar. 

III.  
Todo artista existe en su circunstancia.  Sale de ella y la transforma según su voluntad y su deseo creativo sean suficientemente fuertes para ello.  Alguna vez escribió Henry de Montherlant que la gente no sabe hasta donde podría osar sin peligro y que si lo supiera se moriría de pesar por no haber osado más.  Lo contrario debe afirmarse de Ann Miller-Frances, artista osada plenamente en su jardín estético y vegetal, ese profuso teatro metafórico y material donde crea las representaciones polivalentes que surgen de su prodiga imaginación.
La epifanía se muestra ante una conciencia cuya levedad suele permitirlo.  O sea; quien busca, encuentra.  Por eso afirma el sabio que cuando una serpiente se convierte en dragón no cambia sus escamas. Esos cambios que son encuentros con lo que está en otro estado de ser.  La imagen es indeleble y su vigencia, su recuerdo, su enunciación también; Ann Miller-Frances crea objetos, toma fotografías y se mueve entre las fronteras de los géneros trabajando en su opulento jardín de la ladera montañosa, así el espíritu hecho arte en él alienta, flota y se materializa al modo de una respiración privilegiada.  Esta mujer camina por el mundo como un demiurgo por sus dominios; lo va haciendo de nuevo en tanto lo mira.

Cortesía: Galería Manuel García.

Perro viento

 

 

Ciclo Literario.

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