Psicopoética y pantopía del Imperio Oxidental:
Yépez (un pensador alterversal) y su horda de ideas


Lorenzo León DieZ



Charles Olson

El universo no existe, asevera el filósofo Heriberto Yépez. Y para demostrar que las prácticas, ideas y fantasías sociales acerca del funcionamiento del cosmos bajo un mismo juego de leyes es uno de los espectros de nuestro pensamiento totalitario, escribió una obra plena de ideas originales, de argumentaciones de imponente lucidez y, sobre todo, con una alta prosa que lo convierte en un autor poético-pensante.
¿Cómo procede el autor bajacaliforniano para emprender su desmesurada empresa? Creando nuevos conceptos. Uno en lo fundamental: la pantopía. Este término se refiere a la creación de la ilusión de un espacio-tiempo total, simultáneamente compartido por todos, una mentira que sedimenta la coexistencia social. Esta noción expresa el eje en que Yépez sustentará sus tesis para desmontar los engranajes que mantienen el Imperio norteamericano en particular, y el oxidental en general, que aspira al control absoluto e intenta la imposición de un modelo cósmico, consistente en un inventario anti-temporal, una nueva versión del tiempo lineal, que caracteriza, precisamente, a la Historia.
Estamos ante un joven pensador que, con este libro seguramente provocará la ruptura de inercias reflexivas y nos confrontará, sobre todo a los mexicanos, con admirables culturas que heredamos (la maya, la azteca), cuyo legado filosófico y poético aparece en relación con la postura imperial contemporánea.
Discutir y refutar el modelo del tiempo y el espacio de Oxidente no es una tarea menor, aunque para lograrlo Yépez parte de lo más específico: Un hombre concreto, el poeta Charles Olson, que nació en 1910 en Worcester, Massachussets y quien es autor de una obra que incluye: The Post Office (1948), The Kingfishers (1949), Projective Verse –“El evangelio gnóstico de la contracultura” (1950),  The Human Universe (1951), The Resistence (1953), y, sobre todo, Call Me Ismael (1947), un denso ensayo sobre Herman Melville (1819-1891 ) el célebre escritor de Moby Dick.

Fotografía
Gerald Van Der Kaap

El autor nos previene: No contaré la vida de un individuo. Dejaré abrir la relación entre vida e imperio, pues fueron las circunstancias de su vida, las que lo convirtieron en una antena de las fantasías del Imperio. Olson es un sujeto en quien se resumen los males del Imperio estadounidense. Lo más doloroso y lo más luminoso.
Y es para entender este Imperio que Yépez ha redactado su libro. Entonces podemos leer el objetivo y la metodología que nuestro autor se ha propuesto para lograr esta comprensión: No me interesa Olson en sí mismo, me interesa por su carácter de microanalogía para descifrar la psicopoética del Imperio y comprender lo que ocurre mediante cuerpos concretos, microanálisis históricos y la cacería de biosímbolos.
Entre las muchas peculiaridades que hacen a Olson una antena del Imperio, está el engarce que, a través de su personalidad, se realiza entre las nociones imperiales de Norteamérica con el imperio prehispánico. En efecto, Olson pertenece a una casta de poetas oxidentales que viajan a México para recoger las huellas del pasado prehispánico que oxidente ha romantizado. Entre ellos están Malcom Lowry, Antonin Artaud, D.H.Lawrence, William Burroughs, Jack Keruac y Gordon Wasson.
Todos han coincidido, al venir a nuestro país, que podrían encontrar los secretos de su propia civilización en México imaginándolo como el doble invertido de la decadencia occidental. Sin embargo, como le sucedió a la mayoría de ellos, Olson pronto cambió su amor idealizado por México por una relación de aversión.
Y Yépez, sagaz, apunta cómo, poco a poco, el viaje de todo poeta extranjero a México, se vuelve viaje de caída.
La ballena blanca y la fundación del espacio
A Charles Olson se le atribuye la paternidad de los “New American Poets” –la generación de los beatniks y la contracultura- y fue el primero en emplear el término post-moderno en la literatura en inglés. (Era un varón creado por la Gran depresión y guiado por la visión de Hollywood). Yépez asegura - y de ahí la minuciosa tarea de seguir a Olson -que sus pasos son una pista que conduce a los avatares del Imperio, por lo que el autor bautiza su intento como una biocrítica de la geopolítica.
Admirador y discípulo de Ezra Pound ( 1885-1972 ), la aportación más elocuente de Olson (un novelista de la poesía) al argumento del Imperio, es su ensayo Call Me Ismael, estudio que inició a los 21 años como tesis de maestría, y cuya redacción le ocuparía prácticamente dos décadas (la terminó en 1946 y se publicó al año siguiente). Este, su primer libro, tiene la forma de su voluntad. Hacer que una ballena quepa en la palma de la mano. Y luego apretar la ballena dentro del puño hasta que la ballena comprimida devenga un grano de sal marina en la punta de un dedo anciano y al pellizcar el grano de sal marina provocar la giganta fuga, tsunami primitivo, imparable, que hace que del grano minúsculo broten mares de aceite de ballena que cubren y fundan el espacio-tiempo en que surgirá toda una nueva biosfera.

Fotografía
Steven Klein

Como todo mundo sabe, Moby Dick trata de un capitán de barco (Ahab) dedicado a buscar por todos los mares del mundo a una ballena, que en uno de sus viajes lo desarboló, cercenándole una pierna. Mientras no cumpla su objetivo de matar a Moby Dick, la ballena blanca es como un muro que lo rodea. Y en este tema Olson parece identificar una apología del expansinismo norteamericano. Escribe: “Para Melville (este viaje interminable en el Pacífico) no era la voluntad de ser libre sino la voluntad de avasallar la naturaleza, lo que subyace a nosotros como individuos y como pueblo”. Melville “hizo que todo el espacio se concentrara en la forma de una ballena y tenía una manera de remontarse en el tiempo hasta que empujaba tan detrás a la historia que convertía al tiempo en espacio”.
Aquí está descrita la operación que les ocupará a Olson y a Yépez todo su analítico esfuerzo:  desmontar pacientemente, no sólo para la cultura imperial norteamericana sino, también, para la cultura mesoamericana maya, (pues por algo Olson viajó y vivió seis meses en Yucatán) esta sintonía.
Convertir al tiempo en espacio –sostiene Yépez- será la fantasía que constituye la pantopía. Lo que Olson desea es acabar con el tiempo porque el tiempo es la muerte y el imperio es una negación de la muerte. Este propósito tiene como fin, también, fragmentar la Historia y convertirla en apiladero, en consumo de sus partes, en reuso, para remover la herida que causa el tiempo a los mundos y fantasear con la arquitectura plástica de un único mundo, el mundo con el cual sueña el imperialismo: un mundo bajo el control total de su mente.
Yépez ha escrito este libro para denunciar los mecanismos con los que procede, en su afán de dominio, el imperio norteamericano, que no es diferente de otros imperios, como el romano, pues el mundo es suyo, puede disponer de él. Lo transcurre, con posesión de éste. Es su propiedad. Olson es consciente que tal “señorío”, el del capitán Ahab, el de América, conduce al naufragio, como Melville lo supo también. Por eso Olson le dedicó tanto tiempo de su vida a la reflexión sobre este libro pues le parece sublime el intento. Le parece trágicamente bello, bellamente trágico, la muerte por hipertrofia, la fragmentación sobreviviente. “Sus restos en el fondo del mar”.
El análisis de Yépez define el análisis de Olson: El tiempo es una función estatuaria del espacio y el tiempo (la ballena) es el enemigo del Imperio, por ello, deduce Yépez, el espacio es el fundamento del totalitarismo. Por ello, asimismo,  Olson decide que “Debemos ir sobre el espacio o nos secamos”. Por eso, el militarismo imperialista se volvió en Olson clave poética. Es creador de una prosa de asalto, una escritura de avance, de avalancha, de captura de boletines, y de toma del poder. Olson pensó siempre la escritura de modo militar.

Fotografía
Miro Svolík/1960

En efecto, Olson imaginaba la realidad como una pantopía, esto es, un espacio que todo lo traga, un “espacio proyectivo” en que podía comerse al mundo. Era un psicófago,(después veremos que un cronófóbico también)pues la base de la  pantopía es el robo: “Melville sabía como apropiarse de la obra de otros. Leía para escribir. Los libros de Melville engordan con los libros de otros hombres”, observación que define  la técnica intelectual  tan común en nuestro tiempo y presenta al texto como una superposición al infinito, una torre donde cada texto es un vidrio a través del cual se vislumbra hasta confundirse el fundamento de cada uno y sucede esa danza interminable de citas y no citas donde se desvanece toda noción de originalidad. Y así era, también, como procedía Olson: el texto para él es un banco. Una acumulatoria de los capitales ajenos. Su erudición es un acaparamiento. Cuando Yépez califica su método ilustra la particularidad de una época: Para Olson la poesía siempre fue reportaje. Quizá ningún poeta norteamericano antes que él haya sido tan influido por la información periodística como Olson. Su poesía madura, basada en anecdótarios, cifras y personajes locales, es representativa de una época cuya forma sería otorgada por la información. Y –pregunta Yépez- ¿qué es la información? El lenguaje transformado en intercambio; intercambio cada vez más estático. La información es el mundo estructurado por el diálogo sintagmático. La información funciona por comprensión.
Entender esto es básico para comprender, a la vez, cómo nuestra civilización nos enseña a construir un cuerpo fantástico, el cuerpo de la información recabada, el cuerpo imaginario que se construye, digamos, a través de la lectura, elección de memorias ajenas, edición cibermnémica.
Por eso, se explica Yépez, para aquellos que continuamos la ruta del co-cuerpo imaginario (Como Melville, como Olson, como Pound, Joyce y tantos otros) el cuerpo del poema, el relato, el ensayo, el cuerpo del texto, se transforma en el cuerpo-de reemplazo. No quiero vivir aquí. Quiero vivir en el lenguaje. La palabra es la isla a la que me voy mudando.
Si la escritura, los libros, son la memoria, la esencia de la cultura de Oxidente, decir lo anterior significa que Oxidente vaga lejos de su cuerpo. A este extravío le ha llamado “pensamiento”.
Por todo esto, Olson representa una interpretación imperialista, hecha de robos, de incorporación de información de fuentes diversas,  clasificada en un espacio fotográfico-cinematográfico, donde se imagina la abolición del tiempo, cuyo procedimiento expresa el funcionamiento del capitalismo.

Fotografía
Flor Garduño / 1991

Cuando Olson viaja a México, encontramos al buen norteamericano –Good American- enloquecido por su ingenuidad. Olson cazaba entre archivos y deseaba exhibirse como un cazador en la naturaleza, un arqueólogo del amanecer, cuando en realidad era un arquélogo del saber, un bibliotecario haciéndose pasar por un aborigen.
Siguiendo el aserto de Whitman en el sentido de que el poema era una zona y no tanto un tiempo, Olson forma parte de la tendendencia moderna y post-moderna de espacializar el tiempo, condición de toda formación imperialista. La función de los poetas –nos dice Yépez- es hacer imágenes de esta espacialización del tiempo; a ellos les está dado ser los pantopistas de Occidente. A los poetas les está dado destruir al tiempo, consolidar la noción de un espacio total.
En esta tarea, Olson encuentra a los mayas como ejemplo acabado de este logro y va a leer sus glifos, como quien ve una película de Hollywood. Olson intuía que los mayas fueron los primeros cibermnémicos y los primeros en concebir científicamente una imagen totalitaria universal.
Yépez nos entrega una vibrante reseña del pensamiento filosófico maya y así podemos comprender la fascinación que éste causó a sensibilidades como las de Olson que, sin embargo, no pudo expresar en su obra las complejas dimensiones del saber prehispánico aunque sí, desde su pantopía, compartir fines.
El principio huracánico del mundo
La antropología y la arqueología nos ofrecen hoy los elementos suficientes para asombrarnos de esas antiguas civilizaciones pues se reconoce que ningún otro pueblo en la historia ha tomado interés tal en el tiempo como el maya. Según Jaques Soustelle solamente ellos divinizaron no solo al tiempo en general, sino a cada uno de los periodos que lo componen. Concebían al tiempo a la vez bajo un aspecto cíclico, como una sucesión de fases que encajaban unas con otras, y como una duración infinita en el pasado y en el porvenir. Su tiempo era astronómico –no olvidemos que fueron los más grandes astrónomos de la antigüedad- y era un tiempo espiritual-psicológico, donde el saber es alegórico. El hombre maya –visualiza Yépez- que hundía sus ojos en el firmamento no deseaba desaparecer sin antes haber descifrado las leyes que regían su desvanecimiento. Y para ellos el tiempo no era un flujo lineal, sino una serie engarzada de ruedas. Un círculo de círculos.

Fotografía
Arthur Fellig / 1968

El autor, en esta sección de su libro, alude a la picto-teoría del origen de la realidad que es el quincunce, una fenomenología general, desde lo micro hasta lo universal. Se trata de una representación acerca de qué tienen en común varios ciclos internos, cósmicos, animales, espirituales, astronómicos, perceptivos y anímicos. Buscando un equivalente en nuestro tiempo y cultura, calcula Yépez que quincunce sería la suma de la metafísica, la ontología y la física, una suerte de principio huracánico del mundo. Este dinámico concepto tiene su raíz en las culturas nómadas, cuyo tiempo y espacio en cada caso o pueblo es particular. La síntesis maya y azteca consiste en nutrir su concepción de una tribu de huracanes, pues una tribu era una jauría de mundos aparte.
Por eso, dice Yépez, bien podría ser que el nomadismo se tratase de una fase que, en algunos casos, reaparece para contrarrestar lo civilizatorio y su implícita monotopía y monocronía.
Yépez describe cómo Khin era la principal divinidad maya. Ha sido traducido como “sol”, “día”, “tiempo” y nos recuerda que para los pueblos prehispánicos “dios” significa proceso, y que todos los dioses del panteón prehispánico son el despliegue de un mismo concepto. Lo que los mayas querían decir por Khin era cómo lo real se actualiza. Significa ciclo. Y la serie de ciclos que componen el devenir. Cada ciclo era una deidad. Es la fenomenología de los ciclos que cumple el mundo cada instante, para manifestarse como “mundo”. Khin es una metamorfosis y desarrollo del quincunce. Es su despliegue. El saber de las culturas prehispánicas se ocupa de cómo del animal terrestre surge –a través del pensamiento y el lenguaje- el ser solar. Cada cultura prehispánica es una metodología distinta para lograr esta trans-formación.
En estas frases podemos disfrutar a un Yépez de inspiración nietszcheana, donde pensamiento y poesía se enlazan en una suma de embriagada lucidez: Los mayas vivieron –escribe- en un mundo feroz y bello en que cada ley era un ángel que ayudaba a comprender los cálculos de la muerte fría, los brillos del sol ardiente: saber debido a qué se muere, comprender la forma del tiempo es la mayor de las consolaciones, la más amplia de las dichas. A cada paso –árida mortalidad, selva de angustias-, el pensador maya buscaba esa música de la mente que se llama “respuesta”, conocimiento siamés de la opresión, porque postular la existencia de un cosmos regido por aros que se encapsulan mutuamente, por engranajes, es una respuesta  tan hermosa como terrible.
En un afan comparativo ¿pues si no cómo podemos dimensionar el intento maya? Yépez  observa que nosotros, los oxidentales, definimos al símbolo como el mayor desgarre. Un sublime deseo rudimentario de representar al infinito. En las culturas prehispánicas, el símbolo era entendido como la evidente unidad de lo elemental con lo secreto. Khin era sol y era sol y sus metáforas.

Fotografía
Lissette Model /1949

De esta manera, filósofo al fin,  Yépez establece que lo que Platón y Plotino, Kant y Hegel fueron para Oxidente, lo fueron, en muchos sentidos, los aztecas y, sobre todo, los mayas. Su concepto unificado de espacio-tiempo siglos después sobrevive.
Es más, ¡Hegel no soñó jamás con esta multi-fenomenología! Ningún europeo, jamás, ha urdido una tela semejante, atrocidad solo posible a delirantes de la matemática hecha de jade de jaguar o Silbaba de cada instante. Como Pascal apabullado, el hombre maya hizo sortilegio filosófico para volverse hueso de una osamenta estelar, de la que sólo era polvo, a final de cuentas, breve destello intenso.
Dice Georges Bataille que “la filosofía entera no tiene otro objeto: se trata de ponerle un traje a lo que existe, un traje matemático”. Si esto es así, tanto los mayas, como los aztecas, y las fenomenologías occidentales, tejen su telar en pos de esta organización de la que el propio Yépez forma parte: un informe que, a veces, afortunadamente se vuelve canto.
Y en su resumen de la filosofía mesoamericana, en la proyección que de ella hizo Olson y los poetas modernos y “modernos-post”, Yépez no deja de iluminar esta constancia. Primero, la realidad primordial indivisa (Ometéotl) que se vuelve dualidad (Quetzalcóatl y Tezcatlipoca); del encuentro de estos contrarios- dobles no ocurre una síntesis, sino “agua quemada” –proceso energético tremendo-; los contrarios han chocado y de ese choque –no de su síntesis, sino de su encontronazo vivo- surge lo que conocemos como realidad. En efecto, Quetzalcóatl es un concepto de reunión de contrarios, una metodología espiritual acerca de los co-cuerpos, implica el recorrido de las regiones psíquicas del quincunce –ciclo de ascenso y descenso solar. Se trata de una orientación no solo conceptual sino de una técnica extática, una vía chamánica específica, un método de alquimia psíquica que se refiere a cómo nace el lenguaje, nombre iniciático del decir, pues es el nombre espiritual que los pueblos indios daban al lenguaje, por eso los mayas fueron los primeros que realmente avizoraron el imperio. Al describir un glifo específico (recordemos que Olson ultimadamente proponía leer los glifos mayas como se mira el cine) vemos que la espalda significaba para ellos el pasado. El mecapal en la frente significa que el peso del pasado lo llevamos hacia delante a través de la mente. Los mayas eran, pues, una civilización como la nuestra, basada en la memoria. Así es que los mayas alteraron, recodificaron, la filosofía de otras culturas indígenas. Su finalidad: concebir una realidad de leyes inescapables. Al decidir convertirse en una sociedad sistemática, convirtieron a los múltiples tiempo-espacios autónomos nómadas en una cadena de tiempos vinculados. La grandeza de los mayas reside en que su noción del tiempo captura muchos modelos de tiempos –anda uno funcionando de acuerdo a un proceso propio- bajo un misterioso macro modelo matemático y poético, pues las nociones imperialistas transforman el tiempo en espacio. Las nociones nómadas, en cambio, suelen comprender al tiempo como una multiplicidad de tiempos.
Memoria, amemoria, memoria artificial
Llegamos así al concepto central que Yépez persiguió para explicar el imperio contemporáneo, pues el sueño americano es el sueño de una nueva memoria y en su imaginario tiene en su centro el sueño de alcanzar una memoria artificial.
Sostiene nuestro autor que la teoría moderna y, sobre todo, la del siglo XX, es una teoría alucinada a partir de la fantasía central de que la cultura es una vasta memoria que funciona a través de su auto-reescritura. Sin embargo más que en la teoría cultural, ha sido en el cine donde esta fantasía ha cristalizado en forma más espléndida. Las lógicas de organización de nuestra era son delirios sobre una memoria apócrifa, hecha de retazos.
Sin duda, Hollywood es el experimento de reorganización de la memoria más atrevido desde Hegel, pues lo único que tiene a Estados Unidos unidos son estados mentales (aislados). Yépez reconoce que, nacido en una cultura profética, considera al cine una premonición involuntaria o una profecía ciega.
Basta ver: Son tantas las filmaciones hollywoodenses y extra-hollywoodenses que tratan el tema de la rememoria (Total Recall-1990; Vanilla Sky-2001; Eternal Sunshine of the Spotless Mind-2004;The final Cut-2004; The Matriz, etc.) que pareciese que el cine norteamericano consiste, ante todo, en olvidar que el último estreno visto es idéntico al que será el siguiente éxito de taquilla. Los norteamericanos están obsesionados con los conflictos tecno-metafísicos de la memoria. Esta obsesión deriva del hecho de que su cultura está sustentada en memorias apócrifas.
Entiende Yépez que Oxidente desea revisar toda memoria, por eso  la integración que propone Estados Unidos consiste en abolir memorias históricas –personales y nacionales- en bien ya sea de un espectáculo –esto es, un sistema de relaciones a través de imágenes- o de una metodología (un sistema de artificios, como los practicados por las vanguardias) mediante los cuales sea posible procesar, erradicar, elegir o re-formar lo mnémico. Sin esta manipulación de la memoria, Estados Unidos no podría existir.

 

.............Comí un grano de arroz
.............Comí un pedazo de uña
...........Arroz y uña hasta saciarme
Comí el hambre que tengo en el estómago

* * *

Salvaje fémina que en un mundo de hombres crees encontrate
...................Plantar tu bandera negando tu centro
...................Si en el origen de esta selva estás tú

* * *

Estar sola me acompaña
......Sola me rastreo
Salgo a andar en la plaza
....En tus ojos me veo
..Aislado complemento

Textos colectivos del taller de Jorge Luján
(Casa Lamm, generación 2007)

Y aquí está la aportación fundamental de Yépez, ya que los dos campos en que la representación estadounidense mejor ha pensado la neomemoria no han sido vinculados. No han sido notadas sus analogías. Hollywood y la poesía piensan la misma pesadilla. Olson, como el cine, quiere convertir al tiempo en un mapa de memorias (como lo lograron los mayas), en un espacio de reminiscencias reacomodadas. Olson, cartografía de mnemes.
Estamos en el corazón de la discusión tan meticulosamente conseguida por Yépez, quien despeja las diferencias entre nociones que, en la perspectiva estudiada, cobran una dimensión mayor: La sabiduría implica el desapego o la ilusión de tener memoria. La sabiduría no memoriza. La sabiduría olvida.
Y el edificio de la memoria es la Historia, homogenización hegemónica de neomemorias. La Historia se forma para imperializar neomemorias divergentes, para cancelar su diversidad y retejer –en censura y reciclamiento de éstas- una versión centrípeta, una reedición lineal. Y una cosa nos lleva a otra, pues la noción de un tiempo único especializado está ligada a la aparición histórica del Estado, esta es la razón por la que los Estados Unidos sabiéndose tardíos se han obsesionado con reordenar la historia para hacerla terminar en ellos y porque los norteamericanos sospechan que su hegemonía está permanentemente bajo amenaza la cibermnémica es uno de sus métodos generales de defensa.
Moderno y Post
Yépez considera que sólo por distracción es que hemos creído que lo llamado “post-moderno” ha venido después –histórica o ideológicamente- de lo “moderno”; han sido simultáneos (Subdivisión, por supuesto, producto de su propia lógica divisoria). Se intercalan, se acompañan. Ambos son estrategias occidentales de espacializar el tiempo, de ilusionar devenires, de reeditar imágenes o sus hilos conductores. Modernismo y posmodernismo –trazo de un macrorrelato lineal maestro o reorden múltiple de partes- son dos mnemotécnicas alternativas para fabricar neomemorias.
Lo posmoderno es lo espectacular, apunta el autor, y la historia es lo mismo que el espectáculo, el espectáculo más grande de todos. Todos nuestros conceptos, son conceptos-del-espectáculo, desde Dios hasta la Ciencia. El espacio es espectáculo. La pantopía es la fantasía de un espacio. La tecnología es el tiempo de la pantopía.
Por cierto, la ilustración de lo espectacular la vivimos recientemente en Oaxaca, cuando vino a cantar Juan Gabriel. ¿A cantar?, claro que no, sino a ser el centro de una multitud de fantasías internas que cantaron por él. Su voz no hacía falta, el público se levantó y coreó sus más emblemáticas composiciones, entonces él se arrodilló, calló y escuchó. Por eso la pregunta que sigue  se responde así: ¿Cuándo podría caer el espectáculo?  El espectáculo solamente podría caer con el cese mismo de la fantasía interna. El espectáculo mediático se trata de un intento de reflejar en imágenes exteriormente visibles las imágenes interiormente elaboradas por el hombre para asegurar su insatisfacción, su fuga, su comodidad y su susto. Los medios desean que los consumidores sueñen los mismos sueños de sus imágenes; los individuos que los sueños de los medios sean idénticos a los suyos. Debido a que la semejanza absoluta no puede ser alcanzada, la tecnología de las apariencias se vuelve infinita.
Yépez revela la falsa identidad que propician los medios masivos, un mecanismo que no sucede fuera, sino dentro del ser, porque el espectáculo más dañino, el más asesino, el más distractor, el más terrible y, a la vez poético, el más cómodo, está sucediendo, a cada momento, en los artificios personales de nuestro cerebro. Es aquel que cree que estamos directamente con el otro. De esta manera lo post-moderno es la estética de la sociedad consumista y es el espacio en que nos refugiamos de la actividad real del tiempo, que es la revolución periódica, la muerte de los entes.
La revelación anterior la consigue Yépez con la crítica, ese método oxidental por excelencia que consiste en reorganizar, fragmentar. Sin embargo la única salida que propone nos parece imposible, y no es otra cosa que el olvido. La Aletheia(no olvido), está en el fondo y en la superficie de nuestra civilización, que todo lo hace para conservar, reeditar, homogeneizar. Pero Yépez insiste: Ahora más que nunca olvidar es la única posibilidad de continuar, pues una sociedad que no olvida, una vida que no olvida, se vuelve cancerígena. Toda cura es desapego. Y entonces el autor descubre una verdad esencial al reseñar “la paradoja de la información”, teoría de Stephen Hawking sobre los “hoyos negros”, concepción de la física que plantea la fuga de todo orden universal, de la que Hawking se desdijo una vez que puso a la comunidad científica en su contra. Yépez deduce que nuestra más grande pantopía es la idea de un “Universo”. Más bien lo que existe es un Caosmos. El llamado Universo –que debería llamarse de otro modo, alterverso, por ejemplo- disipa su propio orden. Así, el universo uno-nunca-el-mismo. Y ya a punto de concluir su disertación, el filósofo se pregunta (y en su respuesta altisonante, a-lógica, se nos escurren certezas de un talante irónico y superinteligente): Sobre el Universo, ¿es periódica su alternancia de leyes? No. No hay metaley que dirija su radical mudanza. ¿Cómo lo sé? No sé. Claro, resume: Nuestras prácticas, ideas y fantasías sociales acerca del funcionamiento del cosmos bajo un mismo juego de leyes es otro de los espectros de nuestro pensamiento totalitario. Sé que negar la existencia del Universo es un absurdo; por ser absurdo, lo asevero. El Universo jamás ocurrirá.

Cuando Charles Olson leyó el célebre ensayo de Ernest Fenollosa, Los caracteres de la escritura china como medio poético,  texto comentado por su maestro Ezra Pound, se asombró de la “horda de ideas” contenidas en tan breve texto. Estas palabras también son adecuadas para referirnos al libro de Heriberto Yépez, un joven pensador “alteversal” de ramificaciones múltiples cuya obra radical es una brillante muestra del despertar de este siglo XXI.

 

 

Ciclo Literario.

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