La melancolía de escribir

Michel Schneider


El siglo XVII en Occidente tiene en Blaise Pascal (Clermont-Ferrand. Auvernia, Francia 1623-1662) a uno de sus más insignes pensadores. Sus aportaciones a las matemáticas y a la física son reconocidas como precursoras de la ciencia moderna. No obstante, se le recuerda más por sus Pensamientos (1669), síntesis de una obra que no terminó de escribir: Apología del cristianismo. Quien  se haya acercado a este libro estará de acuerdo que se trata de uno de los textos más resplandecientes y enigmáticos de esta edad francesa. ¿Por qué es así? ¿Cuál es la naturaleza de la tensión entre palabra y mente o entre escritura y estilo? Michel Schneider nos amplia en su análisis cómo procedía una de las mentes más luminosas de su época.


Tratados científicos, reflexiones filosóficas o cartas polémicas, Pascal no escribía para decir lo que pensaba. Él escribía para pensar. Con su estilo apresurado, inquieto, mezclando espíritu de geometría y fineza.


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Bruce Davidson

En noviembre 1656, Pascal escribe a Mademoiselle de Roannez: “…para contestar a todos sus artículos, y escribir bien a pesar de mi poco tiempo.” El principio de la frase está truncado y el final podría resumir lo que sí debemos llamar su locura de escribir. ¿Por qué Pascal escribe, en lugar de hacer matemáticas, rezar, brillar en la corte como lo hizo por 1653, hacer negocios, pasión que lo ocupó un tiempo al principio de 1662? ¿No es también la escritura un divertimiento, algo como una enfermedad y una enfermedad vergonzosa? Pascal no escribe para, escribe a pesar de. A pesar suyo, a pesar de su deseo de no escribir más. Escribe a pesar de los vacíos entre las frases, los abismos debajo de las palabras, las lagunas en el empleo de los tiempos, las elipsis y eclipses de un yo que no se puede contar sin hastío. “Todo lo que es sólo para el autor no vale nada”, anota a la vuelta de un pensamiento. Pascal no escribía para decir lo que pensaba. Escribía para pensar. Las palabras a veces lo abandonaban y entonces se sentía más desnudo que un muerto. Escribir contra el tiempo, a pesar de la vida, lo poco de vida, es una concesión que hace al otro antes de pedir piedad al Otro. Escribir para escribir bien, es decir, escribir a pesar de las pocas palabras, he aquí tal vez lo que empuja Pascal a garrapatear sobre el papel.
Pero ¿cómo escribe Pascal? En efecto, pensándolo bien, de él ni de nadie debe uno preguntarse: ¿Por qué escribir? Tampoco ¿para quién? Escribir tiene sus razones que son poco razonables y nadie las desconoce más que el autor mismo. Entonces, cuestión más fácil finalmente, preguntémonos: “¿ése hombre, cómo escribe?” Como se juega o más bien como pierde uno al juego. Para él, escribir no es un modo de ganarse a los espíritus, sino de arriesgar su apuesta. ¿Qué es el estilo de Pascal sino este rasguño del ser, esta huella que se deja atrás, aunque se conozca su probable borradura? Así los amantes recortan corazones  en la corteza de los árboles como negación del fin de su amor. Pascal escribe a pesar del hastío que resiente a veces y que lo empujará hacia Port-Royal1 en un retiro limpio de cualquier controversia, excepto con Dios. Escribe porque no le queda de otra. Resume su intención: “Mostrar la vanidad de toda clase de condiciones, mostrar la vanidad de las vidas comunes y luego la vanidad de las vidas filosóficas.” En los Pensamientos, no pinta más que vanidades, a menudo sesgadas, de acuerdo con una perspectiva de anamorfosis (escribir no es nunca el camino más corto para ir de un ser a otro; escribir no es más que perversión y diversión, pretextos falsos y salidas falsas, atajos, tropos). Finalmente escribe para decir la melancolía de escribir. 
Nunca he podido leer los Pensamientos sin oírlos como una música negra y rota, venida de lejos; sin mirarlos, tal como el cuerpo desnudo de Pascal; sin leer allí, no una Apología de la religión cristiana, ni un libro en el que discute con Montaigne de filósofo a filósofo, sino un diario íntimo, una carta rasgada. Pocos libros son tan encogidos, ahogados por la angustia y el horror de morir. Pocas frases señalan como suyas esas cosas que no quiere uno ver y que son el fondo del hombre: silencio eterno, último acto de sangre, carrera hacia el precipicio, soledad de la criatura, desesperanza de la inteligencia…

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Lee Friedlander

Elegancia del jugador. Pero todo está dicho con la elegancia del jugador, el riesgo del gesto, la belleza de la fórmula, como se dice de una martingala. Tomemos una palabra en el centro de los Pensamientos: la palabra orden. Bajo la pluma de Pascal, designa la más física de las materias: el azar de las cosas, la ruptura de los lazos, la iniquidad de los seres, pero también el más espiritual de los deseos: juzgar, sopesar, pensar. Pero Pascal no se conforma con desplegar el sentido de esta palabra, establece un lazo entre las dos vertientes, las hace jugar una contra la otra, juega con su equívoco y desbarata su contradicción. “Escribiré mis pensamientos sin orden y no tal vez en una confusión sin propósito; es el orden verdadero, y que marcará siempre mi objeto por el desorden mismo. Honraría demasiado a mi sujeto si lo tratara con orden, ya que quiero mostrar que es incapaz de ello.”
Pascal habla poco de su propio estilo. “Modo de hablar: había querido esforzarme a esto.” Se esfuerza pero no lo da a conocer. Apenas si da algunas indicaciones sobre el bien escribir, privilegiando, en lugar de la forma castiza, las “bellezas de la omisión, del juicio”. El “estilo natural” lo arrebata: “Uno esperaba encontrar a un autor y encuentra a un hombre”, pero él mismo, en la diversidad de sus escritos, matemáticos, religiosos, filosóficos, practica una lengua que no deja nada al azar y se fundamenta en la geometría. Al abrir sus escritos, cree uno encontrar a un hombre, sorprendido de encontrar a un autor. Medita sobre el mejor adjetivo: virtud “aperitiva” o “atractiva”, carroza “volcada” o “volqueada”. “Tengo la mente llena de inquietud”: “Estoy lleno de inquietudes” está mejor, juzga él. “Apagar la antorcha de la sedición”: lo considera “demasiado exuberante”. “La inquietud de su genio”: “dos palabras audaces es demasiado”. En cuanto al fraseo, se explica sobre las a veces necesarias repeticiones de palabras: “Cuando en un discurso, se encuentran palabras repetidas y que, al tratar de corregirlas, se encuentran tan propias que se echaría a perder el discurso, hay que dejarlas ya que allí está la marca de ellas.” Finalmente, acerca de la cuestión de la originalidad, él quien declara que el yo es aborrecible, reivindica un estilo propio: “Que no me digan que no he dicho nada nuevo: la disposición de las materias es nueva; cuando se juega frontón, la misma pelota es utilizada por ambos jugadores, pero uno la coloca mejor.” A veces, cuando habla de otra cosa, tiene uno la impresión que está hablando de la escritura. Muchos de los Pensamientos pueden leerse como frases sobre la frase, rasgos con los cuales Pascal se pinta como escritor: “Cambiar de figura, con motivo de nuestra debilidad, trabajar para lo incierto, caminar sobre el mar, pasar sobre una tabla.”                       
    Lo que llama la atención en la acuñación de sus frases, es la extrema velocidad, el salto. Presintiendo y previniendo la disolución próxima del pensamiento, arroja sus palabras a las fauces de la nada y dibuja a grandes y negros rasgos el “recinto de esta reducción de átomos” que es la página, el libro, la vida. Sus borradores lo muestran: Pascal escribe en todos los sentidos, página girada de una cuarta o de media vuelta, y arroja al papel palabras, figuras y pullas como, después de su muerte, su familia mandará arrojar en yeso (así se decía) su cara de niño viejo y feo.
El verbo en la piel. Escribir es colocarse en el lugar en donde el pensamiento escapa a las palabras y se escapa fuera de sí. En lugar de la pérdida. Lo que me gusta en Pascal, no es su fe, es su miedo. Sus divisiones mortales, su escritura de fuego y cenizas, su apresuramiento en decir siempre en la misma frase demasiado o demasiado poco. “Vanidad, juego, cacería, visitas, comedias, falsa perpetuidad del nombre.” Carreras, tropiezos, aliento jadeante conforme pasa la vida. Pascal es un escritor que no se sabe escritor y sobre todo no quiere serlo.   Escritor de paso. En su apología de la religión cristiana, pone su vida de pensamiento, sus dudas, sus huidas, su desesperanza. Su estilo.
El estilo de Pascal desconfía de la mecánica de los fluidos, es una escritura de los sólidos, lo contrario de un flujo, de un estilo suelto. Los Pensamientos no son fragmentos escritos, son escritos fragmentados, grandes hojas rasgadas de formato 23,5 x 35. Pascal practicaba el cortar-pegar, el cortar-coser; una especie de Proust al revés, sin ensamblar sus papeletas en un manto de palabras, rasgando un hilván en pedazos de angustia ensartados en fajos. Para él, la escritura no es un traje. En el mejor caso una piel, en el peor una carne. No debe servir de velo ya que “todas las cosas son velos que cubren a Dios”. Debe ser muda, cruda, desnuda. Los escritos de Pascal son una piel de papel. Papeles cosidos en fajos, Memorial de 1654 cosido en el revés del traje, ¿necesitaba para estar en este mundo, para sobrevivir a las infamias y ser sí mismo, no un costal de piel sino un costal de palabras, un ser cosido con palabras, como otros están cosidos con oro? La oración de Pascal devela el vacío que asigna al pensamiento. Vértigo y dolor, salta a la vista. Vista más que leída. No es solamente el opúsculo de 1651 con ese título, es el conjunto de los escritos de Pascal que debería llamarse Tratado del vacío. Vaciando las evidencias, la oración de Pascal nos voltea sobre nosotros mismos como un guante.
Parece que nadie se ha preguntado por qué dos versiones del Memorial estaban dobladas juntas y cosidas, una de papel, la otra de pergamino. ¿Por qué después de su primera, esperaba su segunda muerte como una repetición? ¿Por qué el papel difiere del pergamino como el muerto del moribundo? Porque Pascal hubiera querido escribir siempre más cerca de la desaparición, directamente sobre la piel, tal vez como un primitivo se escarifica o se tatúa. No hay, por un lado, un tratado de edificación cristiana y del otro un libro mágico un poco loco llamado Memorial. Los Pensamientos son jirones de la piel de Pascal. Recortes oblongos, lengüetas, fichas, son reliquias: en donde se habla de lienzos bañados en sangre, de esquirlas de huesos en ramillete.
Desorden, pues; piezas y pedazos. ¿Los fragmentos de los Pensamientos serán sólo ascuas dejadas por un leño consumido o ramillas que uno no sabe cómo prenderlas en un fuego de palabras? El recurso al fragmento no es en Pascal una falta de vigor y de continuidad, es una necesidad dictada por el tema mismo, como la que obliga a los pintores de vanidades de la época a llenar sus cuadros de columnas truncadas, de flores marchitas y de libros desgarrados. El fragmento es el modo de poner las palabras en una construcción dramática, de la misma manera que, en el cine, una imagen en movimiento resulta de la sucesión rápida de fotos separadas y fijas. Por ejemplo esta secuencia del Abreviado de la vida de Jesucristo:
“208. Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y, lleno de congoja, les dice que su alma está triste hasta la muerte.

                        209. Se aleja un poco de ellos.
                        210. Más o menos a tiro de piedra.
                        211. Reza.
                        212. Rostro en tierra.
                        213. Tres veces.

            ¿Por qué estos apartados, estas cifras, estos puntos, estas cesuras? No para cortar, para enlazar. Pascal habla de sus “malvados papelitos”, pero los ensarta uno tras otro. El agujero es el enlace. Observemos los fajos y los agujeros perforados por Pascal para reunir sus papeles.
Y si, a fin de cuentas, ningún libro lleva su nombre, no es que suelte el libro; el libro huye de él. Escribir es un acto de celos, un delirio de amor por nadie, una locura de querer encarcelar a la que siempre es fugitiva: la lengua. Pascal expresa este dolor así: Pensamiento escapado, lo quería escribir; escribo en el lugar en el cual se me escapó”.

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Res / 1995

Los tres Pascal. ¿Habrá un estilo de Pascal? Hay tres Pascal: el matemático jugador, el polemista burlón, el cristiano ahogado por su fe, quien escribe, citando a Job: “Siempre he temido al Señor como las olas de un mar furioso y henchido para tragarme.” El problema de Pascal en 1658 no es Dios, es el triángulo aritmético, o la cicloide y la resolución de un cálculo de probabilidad. Luego los Pensamientos que reanudan con el desapego. También hay algunas cartas, en las que desea con ansia hacerse oír de un Dios oculto, renuncia a las ataduras y, lleno de tristeza, observa la caída de los hombres. “Sin mentir, Dios está muy abandonado”, escribe en septiembre u octubre de 1656.
Los tratados de matemáticas y de física están escritos con soberbia y misterio. Las cartas de las Provinciales con rabia y risa. Las quería Pascal “de un estilo agradable, burlón y divertido”. Los Pensamientos están escritos en el temor y el temblor.
Pero entre estos Pascal, un mismo estilo breve, ni agradable, ni burlón, ni divertido. Una misma soledad de un hombre a quien no le gusta decir “mío”, pero no renuncia a decir “yo”. La Lógica de Port-Royal refiere que el difunto señor Pascal pretendía que “un hombre de bien debería evitar nombrarse y aun evitar las palabras “yo” y “mío”. Pascal está dividido: en efecto, si dice que “lo mío es aborrecible”, a menudo dice “yo” en los Pensamientos y aun “yo quien estoy pensando”. Cierto que evitó nombrarse pero, para enmascararse en los combates peligrosos, tomaba seudónimos: Louis de Montalte, Amos Dettonville, Salomón de Tultie. Finalmente, la escritura siempre es un lugar en donde se oculta uno, lo que confiere cierta omnipotencia: “Este extraño secreto en el que Dios se retiró, impenetrable a la vista de los hombres, es una gran lección para llevarnos a la soledad, lejos de la vista de los hombres”, escribe en 1656.
¿No habría, de casualidad, más que un sólo Pascal? Un jugador de palabras que echa el conjunto de sus pensamientos como se echan los dados. Un calculador de lo que ganaría la frase si se le diera las probabilidades más altas de significados con el menor número de palabras. Un esgrimidor que se tira a fondo detrás de su arma para tocar al adversario desconocido: la estupidez, la ausencia de fe, el hablar mal. Hasta el final, cualquiera que haya sido el tipo de escritura empleado, escribirá con prisa y con rabia, predicará como dueño y señor, hablará con autoridad. Lo asedia literalmente la idea de cálculo (ratio en latín), de la misma manera cuando se invierte en la invención de un nuevo modo de transporte, las carrozas de cinco soles2, o cuando estima lo más exactamente posible los beneficios que se pueden obtener para la eficacia de un “buen uso de las enfermedades” (1658-1662). ¿La tan famosa apuesta será otra cosa que un cálculo de probabilidades, una apuesta sobre el más allá?
La belleza del quiasma. En 1654, anuncia con fervor y en latín a la Academia de Ciencias de París la invención inminente de una “geometría del azar”. Todo Pascal está aquí, su división, su ruptura misma, entre los dos infinitos, entre los dos espíritus (de fineza y de geometría), entre las dos vertientes del cálculo y de la fe, de la razón y de las razones. Su estilo entero es la tentativa de dominar “la incierta suerte por la equidad del cálculo”, de llegar a un “arte exacto” y llegar a la “belleza geométrica”. Figura es, por su doble sentido, la más pascaliana de las palabras. Concentra la geometría y el azar, la cara y el destino, el símbolo y la estatua, la pintura y la retórica.
Una de las figuras de retórica utilizada a menudo por Pascal es el quiasma, verdadero o falso, que anuda dos por dos cuatro términos, en un orden, luego en el orden inverso. “Los espacios que ignoro y que me ignoran…”, escribe; o “El corazón tiene razones que la razón desconoce.” Otras fórmulas: “Por el espacio, el universo me comprende y me engulle; por el pensamiento, lo comprendo”; “Hacer las pequeñas cosas como si fueran grandes […] y las grandes como si fueran pequeñas y fáciles”. Mismo recorte de la fórmula, mismo juego con las palabras, misma inversión de sentido. Misma asimetría binaria. Otro ejemplo, quiasma de quiasmas: “Igualmente incapaz de ver la nada de donde viene y el infinito en el que está ahogado, qué hará pues sino percibir alguna apariencia en medio de las cosas en una eterna desesperanza de conocer ni su principio ni su fin.” No es una definición de la fe cristiana que da Pascal, es una definición de lo trágico, o —que me perdone— de la literatura. Cada palabra cuenta: la nada, infinito, apariencia, medio, cosas, desesperanza. Cada imagen tiene su propio peso: viene, ahogado, ver, percibir, conocer. Nombres y verbos son inseparables como la piel y la carne, articulados como las diferentes partes del esqueleto. Pascal encuentra su estilo en lo fino y lo nítido de la lengua: “Nada sobra, nada falta.” ¿En qué se reconoce una frase suya? En la imposibilidad de suprimir una palabra, de extender su duración. En su soledad recortada en lo blanco de la página, en lo negro del corazón; como si hubiera querido dejar alrededor el espacio y el silencio. Ya no hay nada físico. Tiembla, se rompe, arde. No huye de la contradicción, sino que la desea, la trabaja. Tan tensa que un poco más y se desjunta. La escritura no es gracia, es rabia, como si fuera el único modo de callarse. Pascal escritor busca a quien devorar. No es muy cristiano. Lo más bello en los Pensamientos, no son los relámpagos de loca inteligencia, la desesperanza de un corazón que cree no creer, son cortos incisos que parecen cortar en la carne de la página una fina y exquisita herida. Fragmento 53: “Hay cuatro lacayos.” Fragmento 54: “Vive más allá del agua.” Fragmento 107: “El pico del perico, que asea, aunque esté limpio.”
Llamadas enigmáticas, trazos de una escritura que parece retorcerse sobre ella misma para no ser leída. Y luego, estas llamadas, por momentos, se vuelven discursos en voz alta, la fe en el ser se fisura y es entonces que se habla de la muerte. Los Pensamientos están llenos de aquellos. ¿Para rechazarla mejor o para desposarla más íntimamente? “El último acto es sangriento, por más bella que sea la comedia en todo lo demás. Finalmente se arroja tierra sobre la cabeza y se acabó para siempre.” “Muerte repentina, la única que temer.” “Contradicción, desprecio de nuestro ser, morir por nada, odio de nuestro ser.” Yo no puedo ver a Pascal de otro modo que como se pinta él mismo: un ser feliz de estar separado, un cuerpo vil, una cosa desértica, un montón de palabras perdido entre simetrías aterrorizantes. La geometría del azar.     

Traducción : Marie-Claire Figueroa. Tomado de Magazine littéraire No 469, noviembre de 2007.


Notas
1 Abadía para mujeres fundada en el siglo xiii. En el siglo xvii, se volvió el foco del jansenismo, doctrina de la predestinación. Las religiosas fueron expulsadas en 1709 y los edificios destruidos en 1711. N.d.l.t.

2 Moneda de la época, acuñada por el Rey sol, Luis XIV. N.d.l.t.

 

 

Ciclo Literario.

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