Vivir el presente

Fernando Montesdeoca


¿Es posible vivir el presente?; es decir, vivir exclusivamente en presente. Me planteo esto y oigo imaginariamente una voz que me responde preguntando, ¿acaso no vivimos sólo en el presente? Sin embargo, el presente parece a nuestra intuición aquello que siempre se esta yendo. Es el fluir del río de Heráclito. Es arena que se nos va de entre las manos. Tal vez sí sea ese transcurrir (ese “irse” constante de lo vivido), la naturaleza de nuestra vivencia del presente. Pero si es tan efímero, ¿cómo permanece entonces en nuestras sensaciones?, ¿cómo permanece con una cierta y aparente estabilidad, ya que sólo fluye y pasa? O bien: ¿ya que sólo fluimos y pasamos?
Parménides decía lo contrario: no hay tal fluir: todo, toda la realidad es una e inmutable, de una vez y para siempre: nada se mueve, nada transcurre: lo que percibimos como devenir es ilusión (el māyā del hinduismo, en donde sólo Dios es real, en tanto la multiplicidad del mundo es ilusoria).

Fotografía
Monika Merva / 2001

Tal vez nos resulte más familiar la idea de Heráclito. Nuestra acaso ilusoria experiencia cotidiana, a pesar de todo, parece confirmarlo. Nos encontramos completamente sumergidos en ella y en sus absorbentes y fluyentes exigencias; constantemente lo otro (lo diverso) nos llama, en nuestro mundo hipercomunicado, hiperactivo (y simultánemamente hipoactivo: nuestra pasividad es la sumisión a eso otro): el espectáculo continuo, la industria del entretenimiento, ese otro multiforme (¿multiforme?) y omnipresente: los medios masivos de comunicación, y su gemelo inseparable, el mercado de los objetos y de las prácticas de consumo. Juntos son una especie de superpareja lúdica (los Gilgamesh y Enkidu, de la epopeya sumeria). Pero entonces, no es ya el río de Heráclito, sino un hiper-río (también en el sentido de hipertexto), el cual, aunque resulta tan vertiginosamente cambiante, ofrece (tal es la paradoja), muy, muy pocas variantes. Su movimiento es casi (como quería Parménides), una ilusión: una enorme multiplicidad de imágenes-ráfaga de todo tipo, que en realidad son (casi) una misma, o bien, unas cuantas. Entonces no es el fluir (aunque lo simula), sino la inmovilidad. Un simulacro del movimiento, a fin de cuentas. Me refiero a la esfera que nos envuelve como una gran totalidad conformada por la omnipresencia de la televisión (ahora satelital), a los reproductores de dvd, al internet, a la multitud de revistas, estaciones de radio, i pod  y periódicos, a los anuncios espectaculares, a las grandes plazas comerciales y a los sistemas bancario-crediticios actuales, elongación de los medios masivos, en donde el espectáculo continúa.
Sin embargo toda esta “movilidad-inmóvil” que digo, este simulacro de movimiento, pareciera acentuar la sensación del presente, pues permanecemos suficientemente inalterados. De hecho la producción de cambios es mucho más superficial: las estructuras sociales permanecen básicamente iguales, los modelos de vida nos solicitan lo mismo en muchas falsas variantes; los cambios no son más que modalidades (modas). El mundo permanece, nuestros hábitos también (incluida nuestra relación con los medios y el consumo), de modo que siempre vamos conformando y confirmando una cómoda (o incómoda) identidad. Todo, de pronto adquiere la naturaleza del espectáculo: sucede como simulación que nos mantiene a distancia y es, a fin de cuentas, entretenimiento. Se impone como una ética light, sin compromiso.
Precisamente en nuestros días (días “urbanizados”, consumistas, hedonistas, de fragmentación y dispersión) la experiencia del presente exacerba nuestras sensaciones y nuestro sentido de simultaneidad al grado de que nuestra experiencia del mundo se virtualiza; especialmente en el sentido de que mucho de lo que percibimos a través de los medios masivos 1: ya pasó (las noticias), o 2: pasa reiteradamente (como los comerciales o las series), y sin referirse de manera directa a eventos de la “realidad objetiva”, o 3: está pasando (pero no aquí) (en nuestro aquí). Por tanto, no podemos tomarlo como presente absoluto, sino como un presente de sensaciones, de imágenes, de signos percibidos “porosamente”, fragmentadamente: manifestación de la naturaleza multiforme y de estructura aleatoria de los indicios, lo cual significa que tienen poca consistencia para nuestra vivencia del presente, y que incluso nos apartan de éste, en ese pasar a través nuestro, ya que somos esa materia que piensa (que simboliza) y que precisamente, se caracteriza por su porosidad.
            Podríamos pensar que es el proceso también fluyente del pensar en sí mismo lo que nos impide mantenernos dentro de los márgenes de lo presente, es decir verdaderamente inmersos en la eternidad del presente: un “aquí y ahora”, un “continuo de conciencia” y sensación como propone, entre otros marcos de referencia, la psicoterapia de la Gestalt: el ser como totalidad presente; sin que importen los “traumas” (psicoanalíticos) de los orígenes (que son pasado). Lo único real es lo que está (como en el budismo Zen): el fenómeno presente del ser. Visto así, todo pasado no es sino presente.
Sin embargo, la naturaleza de nuestro pensamiento nos impide sostenernos en un presente de permanencia, fundamentalmente, porque es simbólico, como señaló Ernst Cassirer en la primera mitad del siglo veinte. Lo que esto significa, en última instancia, es que nuestra relación con el mundo no es exactamente de presencia, sino de re-presentación. El símbolo no es la cosa en sí, sino la construcción simbólica de la cosa por el pensamiento. La palabra corbata no es la corbata, sino su idea, su imagen. Magritte lo subrayó al titular a su cuadro de una gran “pipa”  que llenaba el lienzo, como Ceci n’est pas une pipe, y tenía doblemente razón, porque ni la palabra pipa es la pipa, ni mucho menos la pintura “que alude a una pipa”, es una pipa, sino pigmentos sobre un soporte dado.
En nuestros días el concepto de virtualidad se ha vuelto una figura común, y clara, en el sentido de que la experimentamos de manera práctica a través de nuestras computadoras, que finalmente, nos reflejan. Se trata de todos modos de una especie de redundancia, puesto que ya de suyo, por obra de nuestro pensamiento, el mundo mismo, por completo, es una virtualidad. A su vez lo que llamamos pensamiento no es propiamente un fenómeno de origen genético (aunque en parte lo sea), sino aprendido culturalmente. Heidegger describió el mundo como aquello por lo que la realidad humana se hace anunciar lo que es. Concebirnos como seres de puro presente (aun cuando no vivamos sino en presente), no parece factible, porque nuestro pensamiento es simbólico. Y el símbolo es lo que no está presente, sino la re-presentación de algo. El símbolo es él mismo y algo más. La cultura es un tejido inmenso de símbolos, una inmensa colección de experiencias codificadas: un pasado que está continuamente haciéndose presente. Cualquier individuo de una especie (un gato o una planta) es lo que es por lo que ha sido. Lo que ha sido está acumulado en él como una puntual historia que se manifiesta en su presente. La diferencia estriba en que no existe la conciencia simbólica compleja que es propia de nuestra especie. Nuestro pasado siempre está presente y nos atormenta, o lo añoramos, o nos impulsa, o muchas cosas más; en todo caso: nos funda, no sólo como organismos, sino como conciencias. Cassirer decía que la diferencia esencial entre el ser humano y las otras especies no era en sí el pensamiento, puesto que era posible reconocer diversas funciones de pensamiento en esas otras especies. El punto clave, para Cassirer, era el pensamiento simbólico, que sería exclusivo de la especie humana; sin embargo, en el caso de algunas especies, y con más precisión algunas de las especies que siguen pautas de vida social, se puede decir que existen evidencias, que los etólogos han confirmado, de la presencia de formas de pensamiento simbólico en especies distintas a la nuestra. Quizá la frontera sea ahora, más bien, la complejidad. No se trataría ya de una diferencia de naturaleza, sino de grado, aunque esta diferencia sea enorme, entre el pensamiento simbólico de otras especies y el de la especie humana.
Sartre, en El ser y la nada señaló con respecto a nuestra experiencia del pasado continuamente vivido en presente, que su existencia es lo que da densidad, y extensión, a nuestra sensación del presente, y de hecho lo identificó como “pasado presentificado”, de tal modo que el pasado es entonces ... el origen y trampolín de todas mis acciones; es ese espesor del mundo, constantemente dado, que me permite orientarme y ubicarme; es yo mismo en tanto que me vivo como una persona (...) en suma es mi nexo contingente y gratuito con el mundo y conmigo mismo...
El punto esencial aquí, por más paradójico que resulte, es que sólo nuestra conciencia del pasado hace de nuestro presente esa amplia totalidad, que es mucho más que una fuga de momentos o una baraja de naipes que se suceden uno a otro mientras un croupier invisible los arroja sobre la mesa. Sin el pasado, que es lo que ya no está, y que convocamos por obra del pensamiento simbólico, nuestro presente se nos mostraría con otra apariencia: como un puro flujo, o con la fijeza de lo eterno.

Fotografía
Lilian Bassman / 1959

Si el presente lo vivimos como una constante actualización del pasado, a tal grado que incluso nos es posible fugarnos de la materialidad de lo presente en nuestras evocaciones, e incluso creer que aún somos los que fuimos, o que somos por lo que hemos sido, el futuro es el territorio del deseo, el territorio de la realización de nuestros posibles, que existen sólo en función de lo que hemos sido, como prefiguración de lo que queremos ser. Recurriendo a Sartre nuevamente, el futuro es la “huida del pasado que soy hacia el porvenir que soy [en donde] el porvenir se prefigura con respecto al pasado al mismo tiempo que confiere a este su sentido”.
Así, toda idea del presente como vivencia única, tendría que considerar al pasado, en tanto fundamento que hace posible un presente centrado en una conciencia de la historia personal, es decir, una identidad; que se completa, a sí misma, se confiere sentido, a su vez, por su deseo, es decir, su proyección al futuro. Si soy entonces el que he sido tanto como el que pienso que seré, la idea del presente como única realidad parece ampliarse al ámbito de lo que no está, como realidad, pero sí como concepción imaginaria (y real por ello) del sí mismo. Hay un cuento zen que considera otro punto de vista: como Sócrates, un guerrero está condenado a muerte, y lo ejecutarán al día siguiente. Recuerda las enseñanza de su maestro: “El mañana no es real. Es una ilusión. La única realidad es el Ahora”. Sin embargo, puesto que el ahora es sólo posible por el pasado presentificado y por la proyección de nuestros posibles, entonces el ahora es también una ilusión, puesto que su apreciación (su evaluación) se sustenta en la memoria y el deseo, es decir, en la imaginación: la ilusión de que somos —en este presente— los que somos. Es probable además que nuestra sensibilidad occidental, tan orientada por la previsión y los logros (las “metas”), quizá no nos permita siquiera concebir como posible tal manera de proceder.
Se dice que a Sócrates, condenado a la muerte por cicuta, le preguntaron qué deseaba hacer antes del día de que su ejecución llegara. Dijo que aprender a tocar la lira. “¿Para qué?”, le preguntaron, desconcertados porque iba a morir en breve y no parecía tener ningún sentido práctico, inmediato, aprender a tocar la lira. Sócrates simplemente contestó, “para aprender”. Su fin no necesitaba ir más allá del acto mismo, que era, esencialmente, lúdico; sin embargo una cosa es enunciar el acto como deseo, como futuro, y otra ejecutar el proceso sucesivo, orientado al porvenir, de aprender a tocar de manera elemental la lira. Me quiero imaginar que efectivamente aprendió a pulsarla y a obtener algunas sencillas melodías, y que mientras lo hizo, en cierto modo se sintió absorbido por el esfuerzo de coordinación y extasiado por el asombroso entendimiento entre sus dedos y las cuerdas de tal modo que fuera capaz de escucharse a sí mismo como música. Cuando finalmente bebió la cicuta y su sabor lo estremeció, se consoló pensando que, en primera, ya que por principio no sabía nada, era inútil prejuiciar la muerte como peor que la vida, como suele sucedernos; en segunda, que el dolor repentino que lo acometió contenía su cura casi inmediata, y en tercera, que la experiencia deliciosa de tocar la lira lo acompañaba y se prolongaba de hecho en el dolor mismo, inmersa a su vez en la sensación global de haber sido Sócrates y simultáneamente de no estar  ya obligado a seguir siéndolo. Probablemente otro se habría entristecido tras haber disfrutado su trato con la lira y, sin embargo, no tener la oportunidad de extenderlo más. No fue su caso, me quiero imaginar.

Si viviéramos exclusivamente el presente, de manera absoluta, no seríamos siquiera conscientes de éste, es decir, no pensaríamos simbólicamente para re-presentarnos lo que no está. Seríamos un absoluto de sensaciones y de reacciones sin conciencia, sin imaginación (la cual consiste en idear posibles) y sin historia. El pasado estaría inscrito en nosotros como respuestas condicionadas que han olvidado el evento que les dio origen. El futuro serían necesidades orgánicas y afectivas presentes como impulsos sin más premeditación que una solución más o menos inmediata.  En este sentido nuestro presente está hecho más bien de dos ausencias: somos el resultado de una combinatoria de lo que fuimos (pero ya no somos el que fuimos); somos lo que queremos ser y aún no lo somos (y tal vez nunca lo seamos del todo). Visto así, lo que parece el presente es un paréntesis ( ) vacío, lo cual resulta exagerado. Un puente por el que transitamos en lo que dura un pestañeo de un lado al otro, y que una vez cruzado deja de ser tal puente, para dar lugar a otro puente y a otro, quizá sea mejor, aunque más vertiginoso.

 

 

Ciclo Literario.

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