Roger van de Velde

Nota y traducción: Fons Lanslots


Cuando Roger van de Velde (1925-1970) murió en un bar de Amberes, estaba en  camino de volverse el escritor más apreciado de Bélgica y Holanda. Su tumba, situada en el Parque de Hombres Ilustres, es la puerta de una celda en cuya mirilla crecen flores.    De los últimos diez años de su vida estuvo encerrado seis; en la cárcel o en el manicomio, por ser un adicto al Palfium, un anestésico; y por falsificar las prescripciones de los médicos. Sobre esta experiencia, como intelectual sensible entre los presos y pacientes psiquiátricos, escribió entre otras cosas Los cráneos crepitantes, libro al cual pertenece Trompeta, texto que se ofrece a continuación.

Trompeta

Nunca había escuchado a nadie tocar la trompeta como a Honoré. A decir verdad, lo que hacía no era tocar, era gemir y lamentarse y llorar y casi blasfemar con su trompeta. Tocaba tonos largos y mugidos, sin acordes, tan horribles, estridentes y falsos que, a veces, el sonido cortaba hasta la punta de las uñas. La lamentación de Orfeo después de la pérdida de Eurídice, no pudo haber sonado más melancólica.
Esa trompeta fue una idea del doctor Poulard. Hojeando en los expedientes descubrió que antes de ser internado en el asilo, Honoré había tocado la trompeta. El psiquiatra lo veía como un sujeto interesante. Adoptaba la opinión, bastante difundida entre psiquiatras, de que un talento creativo que se había manifestado durante la juventud y que por una u otra razón se truncó, tenía que ser estimulado de nuevo, con paciencia, aunque fuera con suave apremio, porque de esa manera, al menos según los psiquiatras, se descarga la ansiedad. Quien ha pintado alguna vez tiene que pintar de nuevo, a pesar de que ya esté harto de la pintura. Quien en su tiempo libre ha hecho música y poco a poco se ha dado cuenta de que hacer muebles le deja más dinero, tiene que regresar a la Polyhymnia negada. Se podría llamar un milagro que el doctor Poulard nunca me haya convencido de escribir. Tal vez no sabía que en mi juventud me atreví a hacer poemas de amor.

Fotografía
Oliver Chanarin, Adam Broomberg

Después de alguna búsqueda, un guardia encontró en el desván de su casa un instrumento amarillo cobre, que nadie había tocado en años y quedaba a medias entre una corneta y un pistón. Le llamaron, por mayor comodidad, una trompeta y, con insistencia, suplicaron a Honoré resoplar su ansiedad fuera. De día le destinaban un lugar aislado en el comedor, porque tenían curiosidad por saber el resultado del experimento.
El experimento era interesante, sobre todo porque, desde su admisión en el asilo, Honoré se había encerrado en un silencio hermético. A sus sentidos del habla y del oído no les faltaba nada, pero por una razón que sólo él sabía, si es que acaso hubiera una razón, rechazaba con firmeza toda forma de diálogo. Quizás este silencio, amenazante e impenetrable, era su expresión de resistencia. O quizás en su cabeza no pasaba nada que valiera la pena mencionar.
Considerando esta apatía, el doctor Poulard juzgaba ya un signo favorable el hecho de que Honoré estuviera dispuesto a soplar la trompeta, aunque todo ese soplo no tenía nada que ver con la música y, entretanto, después de los primeros ensayos, no se le notaba ningún relajamiento.
–¡Sigue! –dijo el doctor Poulard– vamos por buen camino.
Durante una larga semana Honoré martirizaba al instrumento en el comedor. Los tonos bajos eran soportables. A veces parecía que pasaba un buque de vapor. Los tonos altos, estridentes, nos causaban espasmos y también a los guardias les provocaban un fuerte dolor de cabeza. Si fuera cierto que Honoré descargaba su ansiedad, entonces la tensión en la inquieta sala se volvía cada día más pesada. Hasta los pájaros, temerosos e indignados, no se dejaban ver por el jardín.
Al doctor Poulard le parecía raro, y también un poco frustrante, que durante toda la semana no hubiera salido de la trompeta ningún sonido civilizado.
–Sin embargo –se dijo– está clarísimo en su expediente: son oncle et sa belle sœur déclarent qu’il joue de la trompette (su tío y su cuñada declaran que toca la trompeta).
De pronto, como revelación, el guardia recordó que en algunas regiones de Valonia, y más concretamente en el Borinage, de donde era Honoré, se dice de quien es idiota: qu’il joue de la trompette.
Para el doctor Poulard todo esto era un chiste delicioso y el guardia, que sabía comportarse, reía afectuoso junto con él.
Absolument fantastique! –exclamó el doctor Poulard.
El psiquiatra se dirigió al comedor donde Honoré, obstinado, estaba soplando en su rinconcito, y le dio amistosos espaldarazos a su paciente. De repente, le arrebató el instrumento y, con un giro violento, lo arrojó por la sala, con la esperanza de que ese choque provocara alguna reacción.

Tampoco esta vez se cumplió su esperanza. Honoré miraba, sorprendido y silencioso, desde sus manos vacías hasta el guardia y del guardia al doctor Poulard, como un animal enfermo que no puede explicar dónde le duele.

 

 

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo67diciembre2007/roger.html