El tren

César Rito Salinas


Fotografía
Oliver Chanarin, Adam Broomberg A Morris Berman

Con el paso del tren por el barrio circuló algún tipo de leyenda. Una decía del niño que se subió en el tren en el barrio y nunca más regresó a su casa. Porque alguien se lo robó en el tren y lo llevó a vender a Veracruz. De Veracruz se lo llevaron  México, dicen. De México salió al norte del país, a la frontera. Del norte pasó a los Estados Unidos. Y las mujeres en las noches espantaban a sus hijos sin sueño con subirlos al tren para que se pedieran por el mundo entero con la misma ropa. Otra leyenda decía de una menor de edad que fue robada por un viejo en el vagón del ferrocarril. Decían que se la llevó el viejo a vivir a la ciudad, y que la pobre menor nunca más regresó a confesar sus penas en la parroquia de Asunción de María. Las dos historias tenían un efecto contrario entre los chamacos. Los niños querían subirse a los vagones para salir del barrio a recorrer el mundo: puertos, ciudades, países.  Las mujeres querían subirse a vender aguas frescas al tren para que alguien se las robara y se fueran a la ciudad a conocer otra gente menos chismosa que la del barrio. Las mujeres casadas subían al vagón con la esperanza puesta en que un hombre viejo o joven se la llevara de este mundo de necesidades, que era y es el barrio. También querían abandonarlo todo: madre, marido, hijos, para irse a recorrer el mundo. Querían marcharse lejos de este sol y su calor. De este viento fuerte que hace que se entristezcan el alma y el cuerpo. Pero nada de esto acontecía: a lo más, un lépero les metía mano en el vagón.  A lo más se demoraban en su comercio de aguas frescas y tamales y el tren se las llevaba hasta la estación del pueblo, por allá en los rumbos del Puente Pimentel. Tenían que hacer el camino de regreso a pie sobre los durmientes de las vías del tren. Pasaban con su charola de aguas frescas al hombro por el Mercado Principal, por la casa de Juana Cata, la novia del presidente Díaz quien le puso las vías del tren a sus puertas para que él la pudiera saludar a su paso en las giras presidenciales. En su camino de regreso esas mujeres pasaban por el puente de fierro. Bajo la planta de sus pies corrían veloces las aguas del Gran Río. Llegaban a pocos pasos al mercado del barrio y las deslenguadas inventaban historias y amores acontecidos en el interior del ferrocarril. Las otras mujeres del mercado escuchaban atentas. “Adentro del tren hay un baño donde se meten hombres y mujeres”. Y todas quienes escuchaban se quedaban con los ojos cuadrados.

 

Ciclo Literario.

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