Belgitud de Michaux


Henri Michaux, poeta y pintor francés de origen belga (Namur 1899–París 1984), persigue una experiencia solitaria y patética y afirma, desde su primer volumen (Quien fui, 1927), una rebelión inspirada por la hostilidad que siente de parte del mundo. Desconfía del lenguaje y de su falaz coherencia, lo desarticula con una exaltación que no excluye el humor. Para Michaux, el lenguaje se vuelve exorcismo puro. Puesta en acusación permanente de la mediocridad de lo real, su obra poética, rica en sarcasmos, imprecaciones y audaces extravagancias verbales, es la expresión de un desgarramiento de origen metafísico. Un viaje alrededor del mundo (1928) en el que permanece un tiempo en América del Sur y en el Lejano Oriente, lo llevó a descubrir costumbres y paisajes extraños (Equateur, 1929; Un Barbare en Asie (1932), sin embargo afirma que la verdadera aventura es de orden interior. Sus obras poéticas, a menudo compuestas en una prosa lapidaria y rica en invenciones terminológicas, evocan el mundo interior (La nuit remue, 1934), la dificultad de vivir (Plume, 1937) y su proyección fantástica en mundos imaginarios de una tremenda y mágica crueldad (Voyage en Grande Garabagne, 1936; Au pays de la magie, 1942). Explorador del inconciente y del sueño, va a tratar, con el uso de la mezcalina, una exploración en busca de esta ruptura con el tiempo y el espacio (Miserable miracle, 1955). Desde 1926 había empezado a dibujar y a pintar, sustituyendo cada vez más la expresión gráfica al poema; en sus composiciones fantasmagóricas, sus seres humanos aparecen bajo el aspecto de figuras filiformes en vastos movimientos ideográficos. De hecho, él mismo había acuñado, para caracterizar su estilo, el término de fantasmismo. Si Michaux recogió lo mejor de la herencia surrealista, persiguió los más altos propósitos de aquél con un vigor notable.


Lejos de ser anecdóticos, los orígenes belgas de Henri Michaux han influenciado la obra por venir. Simon Leys nos ofrece aquí un texto inédito y a veces iconoclasta, destinado a un libro que ilustre los lazos entre biografía y creación literaria.

Sin título, 1952

 

 

Príncipe de la noche / 1937

Georges Perros quien era un lector
Maravillosamente sensible […]
me decía: “aun cuando no se sabe  nada
de su biografía, al leer con atención  a Henri
Michaux, forzosamente se nota que es belga.”
                                   Michel Butor

Esta necesidad de profundizar, esta insistencia
[de Michaux] no es francesa. Ventaja
e inconveniente de haber nacido en Bruselas.
                                   Cioran1

1.         En Bélgica

Me doblego / Me hundo /
Me apoyo sobre los golpes que me asestan /
[…] Y tú, quien en tu miseria tienes abundancia /
Y tú, por tu sed, eres sol por lo menos /
¡Gavilán de tu debilidad domina!
                        Henri Michaux,  Epreuves, exorcismes
Los artistas que se conforman con desarrollar sus dones, finalmente no llegan a gran cosa. Quienes dejan realmente una huella son los que tienen la fuerza y el valor de explorar y explotar sus carencias. Desde el principio, Michaux tuvo esta intuición: “”Nací agujerado”, y supo sacar partido de aquello con genialidad. “Tengo siete u ocho sentidos. Uno de ellos: el de la escasez […] Existen enfermedades que no dejan nada al hombre cuando se les cura.”. Por esto, hay que tomar muchas precauciones:
“Siempre guardar en reserva algo de inadaptación”. Y en este rubro, era bastante bien dotado.

Sin título, 1948

Porque, para empezar, Michaux era belga. No sólo era belga sino que, para colmo (como lo acabamos de anotar) era de Namur −la provincia de una provincia. (Los franceses cuentan historias belgas; en cuanto a los belgas, cuentan historias namurenses). Jorge Luis Borges, quien estaba él mismo en el mejor lugar para apreciar la cosa (porque Buenos Aires no es exactamente el ombligo de nuestro planeta) subrayó (a propósito de Michaux, precisamente) la total ventaja que se puede aprovechar de un origen culturalmente marginal: “Un escritor nacido en un gran país corre el riesgo de presuponer que la cultura de su patria le basta. Paradójicamente, él es quien tiende así a ser provincial.”
En el fondo, la belgitud es esta conciencia difusa de una escasez. Primero, la falta de una lengua. En su uso del francés, los belgas están asaltados por incertidumbres. Unos se tropiezan en las zanjas valonas, otros se atascan en un pantano de giros flamencos. Perturbados, preocupados, cojean a veces de un pie, a veces del otro. Pero para Michaux, el achaque resultó todavía más fuerte: nacido en el fondo de la Valonia, luego encerrado entre cuatro paredes en un internado totalmente flamenco, logró esta proeza singular de empezar su existencia sufriendo de AMBAS desventajas a la vez.
Por supuesto, se liberó pronto del valón, y se olvidó completamente del flamenco de su infancia, pero sin embargo, le quedó esto, que es esencial e impregna su dicción de un sabor distinto: “No pienso siempre directamente en francés.” Esta situación debió volverlo particularmente sensible a la relación desconfiada, torpe y vacilante que sus compartió tas mantienen con el lenguaje. En uno de sus primerísimos textos, ya observaba que en Bélgica “el insulto mas común es stoeffer, que se traduce por hombre presuntuoso, presumido. El belga teme la pretensión […] de las palabras dichas o escritas. De allí su acento, esta famosa manera de hablar francés. Esto es el secreto: el belga cree que las palabras son jactanciosas, las abotaga y las ahoga lo más posible hasta que se vuelvan inofensivas, bonachonas. Debe hablarse, piensa él, como se abre la cartera, escondiendo los billetes de a mil, o como señal de alarma en caso de accidente −y eso que habla con muchos gestos, éstos ayudando la palabra a pasar.”

Fotografía
Henri Michaux

Luego, la falta de espacio. “Este país triste y superpoblado… una campiña arcillosa que chapotea debajo de los pies, tierra para ranas… no vacía. ¿Qué está vacío en este país? En cualquier lugar en el que se hunda la mano, ésta saca betabeles o papas, o un nabo, o un colinabo; para rellenar el estómago; para el ganado y para esta raza entera de tragones de cosas harinosas y pesadas. Algunos ríos sucios, lentos y que no saben adónde ir. ¡Caminen ataúdes! […] Una campiña de montecitos para excursionistas; interminables hileras suben, bajan, en zigzag, en espiral: hormigas, hormigas de este país laborioso, laborioso entre todos…”
Europa cuenta con un buen número de pequeños países; pero parece que es el único que se enorgullece de su exigüidad. Proclama su pequeñez, la reivindica con satisfacción, se complace en ella, la enarbola. ¿Acaso han escuchado alguna vez a los holandeses, daneses, portugueses o suizos, calificarse de “holandesitos”, “danesitos”, etc.? Por lo demás, tal como está en la actualidad, Bélgica no se siente confortable, no está a sus anchas −se encuentra todavía ¡demasiado grande! Quisiera hacerse cada vez más pequeña, y lo logrará. Se están estudiando nuevos planes que le permitirán una mayor fragmentación; escindirse en múltiples trozos, recortados cada vez más menudos, y que podrán agitarse con toda su autonomía como una lombriz cercenada por el trinche del jardinero.
Pero, desde su nacimiento, lo mas abrumador para Michaux es la gente: “Los belgas son los primeros humanos de los que tuve la ocasión de sentirme avergonzado.”
“¡Raza de nariz grasosa! raza repugnante que cuelga, se arrastra, rezuma, ésta es la raza en medio de la cual nació. Pobres numerosos, o más bien ricos pequeñitos. Ricos […] Pueblo abotagado, pero con un montón de fuerzas adentro, sin nobleza, pero que empujan.” Este mal original es muy íntimo: “Siempre me he sentido extraño a mi familia… entre más lejos me vuelvo hacia atrás, más fuerte encuentro la impresión  de ser extraño con mis padres.”
Culpable de ser extraño en su casa, es absolutamente necesario descubrirse un lugar en otra parte para legitimar esta alarmante condición. ¿Pero a dónde huir? “… ¡Y esta campiña flamenca! No puede uno mirarla sin dudar de todo. Estas casas enanas que no se atrevieron a levantar un piso hacia el cielo, luego de repente se lanza un alto campanario hacia arriba como si fuera lo único en el hombre que pudiera elevarse, que tuviera su oportunidad en las alturas.” Él también había buscado “su oportunidad en las alturas”: su primer deseo fue el de ser un santo. De este deseo, desafortunadamente,  se repone uno después de un tiempo, sin curarse jamás, sin encontrar consuelo: “Mi padre rehúsa dejarme entrar con los benedictinos… El sueño de mi adolescencia era el de ser un santo. Caí de las nubes −muy desamparado− cuando perdí la fe alrededor de los veinte anos… A falta de otra cosa estoy en la literatura… Demasiado impresionado por los santos para tomar en serio a los otros hombres y sus escritos… Lo que soy, lo que hago, me aparece y sigue apareciéndome, con una visión muy justa y para nada por modestia,  como miserable. Las realizaciones de casi todos los demás igualmente miserables, si no peores. El santo, aun si su punto de partida es, como me parece, un error […] refina al hombre de modo magnífico.” (Mucho más tarde, por lo demás, durante su viaje a India, esta aspiración de adolescencia, nunca olvidada, le dará una percepción crítica particularmente penetrante de cierta forma de santidad profesional: “No hay nada más triste que las cosas erradas. La actitud de estos religiosos hindúes lleva de modo sumamente escaso la marca divina. La llevan como el crítico de El Tiempo y los profesores de literatura en los liceos llevan la huella del genio literario.”)

Fotografía
Henri Michaux / Sin título 1942-1944

2.         En otras partes
A menudo el autor vivió en otras partes […]
Se encontraba más a sus anchas allá que en
Europa. Ya es algo.
A veces, estuvo a punto de familiarizarse.
Pero no del todo.  De los países,
nunca desconfía uno demasiado.
                        Henri Michaux, Ailleurs (Prefacio)

De entrada, el viaje aparece como la actividad esencial de Michaux. Se ha dicho que las enfermedades son los viajes de los pobres; más justo sería decir que las enfermedades son los primeros y más prodigiosos viajes de los niños. Muy pronto, Michaux tuvo su parte, y durante su vida entera, por lo demás, siguió sacando inspiración de aquellos. Al lado de la experiencia de la enfermedad, empieza también la exploración botánica y entomológica del jardín familial −preludio a las grandes expediciones de su juventud y de su madurez. Observa las batallas de las hormigas, frecuenta las plantas (“a los 8 años, soñaba todavía con ser admitido entre las plantas”). De hecho, insectos, moluscos e invertebrados no dejarán jamás de fascinarlo: “a los 34 años, solamente a los 34 años, descubro la sepia. La adopto y creí comprender después de horas y horas de presencia, que ellas también me adoptaban.”
La forma más elemental de respeto hacia los demás, es la atención que se les presta. Michaux no ve por qué esta atención debería limitarse sólo a los humanos: “sobre los animales, nos entregamos a una psicología de multitud. Los gorriones, los ratones. ¿Pero, este gorrión, aquel ratón, cuál es su nombre?” En sus relaciones con los árboles, aporta toda la penetración sicológica y la cortesía que manifiesta a sus semejantes (¿pero quiénes son realmente sus semejantes?) −vuelva a leer el relato de sus encuentros con los bambúes, las higueras de la India, los baobabs… Con naturaleza, sin esfuerzo ni afectación, puede adoptar el punto de vista de un borrego o de un tigre −incluso ponerse en el pellejo de una pulga: “No hay prueba de que la pulga que vive sobre el ratón tema al gato.” El bestiario de Michaux no es antropomorfo −son sus insectos más bien los que nos proponen una entomología del hombre: “Los insectos civilizados no comprenden por qué el hombre no secreta su pantalón. Los otros insectos no encuentran allí nada extraordinario”. Ecuador (obra todavía experimental en ciertos aspectos, pero ya magistral) proporcionó una primera demostración del método del poeta, método muy bien resumido por dos frases del insólito ruego de inserción: “El Autor no dice una palabra del canal de Panamá, y le sucede platicar de una mosca.”
En Plume encontramos un reflejo revelador de su experiencia del viaje. Plume viaja sin cesar, pero no está dotado para esta actividad: no conoce más que sinsabores, constantemente encuentra sólo desaires, accidentes, es víctima de malentendidos,                                  desventuras, sufre humillaciones y pruebas a veces ridículas, a veces siniestras. “Plume no puede decir que la gente tenga excesivas atenciones hacia él cuando está de viaje. Unos lo atropellan sin decir ¡agua va! Otros se limpian tranquilamente las manos en su saco. Terminó por acostumbrarse. Prefiere viajar con modestia […] No dice nada, no se queja. Piensa en los infelices quienes no pueden viajar para nada, mientras que él, en cambio, viaja. Viaja continuamente.”

¿Por qué viaja Michaux? Se trata de una experiencia esencialmente pesada como lo sugiere la inquietante metáfora de su expedición al corazón de “la vida opaca y lenta” de una manzana: “Pongo una manzana sobre mi mesa. Luego me meto en esta manzana […] Hubo tanteos, experiencias, es toda una historia […] Partir es poco cómodo, lo mismo explicarlo. Pero, en una palabra se lo puedo decir, sufrir es la palabra. Cuando llegaba adentro de la manzana, estaba helado.” En cuanto a sus experiencias en América del Sur, en Asia, lo afectaban de modo de ninguna manera metafórico; confiesa a un amigo: “yo me brutalizaba, me obligaba a caminar, pero mi cuerpo respondía mal a las aventuras.” Y en otra conversación todavía: “Físicamente no estoy hecho para las aventuras; mis llagas no cicatrizan; estuvieron a punto de cortarme la pierna ocho veces y tuve crisis cardiacas.”
En el lacónico —pero muy significativo— esbozo de autobiografía que redactó para uno de sus comentaristas, explicó (hablando de él en tercera persona) lo que esperaba de los viajes: “Viaja contra. Para expulsar de él su patria, lazos de toda clase y lo que en él y a pesar de él está mancillado de cultura griega o romana o germánica, o de costumbres belgas. Viajes de expatriación.” Viaja como se purga uno: “No, no adquirir. Viajar para empobrecerte. He aquí lo que necesitas.”
De viaje, Michaux no está a sus anchas, pero el viaje le trae un alivio —porque se siente todavía peor en casa. El mal-estar, anormal para el sedentario, es por lo menos natural para el viajero: en el extranjero, el malestar existencial encuentra un tranquilizador pretexto.

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Henri Michaux / Sin título

Después de haber terminado sus estudios intermedios en un colegio de jesuitas, en Bruselas, como Michaux  no pudo hacerse monje (su padre se oponía a su entrada con los benedictinos), acabó por inscribirse en la Universidad libre de Bruselas, en primer año de ciencias, preparatorio a medicina. Pero la abandona después de algunos meses y decide volverse marinero. Cortando los puentes con sus padres, sale para Francia y durante tres meses, yerra de un puerto a otro —Dunquerque, Malo-playa, Boloña-al-mar— buscando desesperadamente una oportunidad para embarcarse. Su humor pasa sin cesar de una extrema excitación a la más negra depresión. Mirificas oportunidades de embarco se proyectan, luego se desvanecen cada vez. Hacia el fin de julio de 1920, anuncia a Herman Closson, el amigo íntimo y antiguo compañero de colegio con quien había mantenido una correspondencia continua desde su salida de Bélgica: “Dentro de una semana, seguramente habré salido ya.” Después de esto, total ausencia de noticias. El año siguiente reaparece en Marsella, regresa a la casa de sus padres en Bruselas, luego empieza su servicio militar —estará reformado unos meses  más tarde por insuficiencia cardiaca. 
La primera vez que Michaux evocará su carrera marítima, será un cuarto de siglo después (1946) en una carta-memo que dirige a René Bertelé quien le había solicitado informes biográficos: “Me iba [de Bélgica] a los 21 años y me enrolé como marinero.” Luego, once años después, en 1957, en sus Algunos informes sobre cincuenta y nueve años de existencia que redacta para otro exegeta y biógrafo, Robert Bréchon, entra un poco más en los detalles de sus aventuras marítimas:
“1920, Boloña-al-mar. Embarco como marinero sobre un schooner de cinco palos.
“Rótterdam: Segundo embarco. Sobre el Victorioso, de diez mil toneladas, de bella silueta, que los alemanes acaban de entregar a Francia. Somos catorce en un pequeño puesto de equipaje, a proa. Compañerismo sorprendente, inesperado, fortificante. Bremen, Savannah, Norfolk, Newport-News, Río de Janeiro, Buenos Aires. Al regreso de Río, la tripulación que se queja de la mala alimentación, rehúsa continuar y, como un solo hombre, se declara enfermo. Por solidaridad, deja con ellos la bella nave… perdiéndose también de esta manera  el naufragio que tendrá lugar veinte días más tarde al sur de Nueva York.

“1921, Marsella. El desarme mundial de los barcos (antiguos transportes de tropas y de víveres), está a su máximo. Imposible hacerse contratar. Se cierra el ventanal. Debe abandonar el mar.”
Finalmente, a la edad de 80 años (1979), en respuesta a una editora de la obra de referencia Contemporary Authors, agrega una última precisión: “Nunca he navegado bajo la bandera belga. Dos veces,  me embarqué mal que bien como marinero (sailor o seaman) a pesar de que ignoraba el oficio, a bordo de barcos franceses. Yo tenía 21 años.”
El carácter  curiosamente tardío y fragmentario de estas informaciones me deja perplejo. El primer navío a bordo del cual se contrató a Michaux era un velero. Y ¡vaya velero! —“un schooner  de cinco palos”, nos dice. De hecho este término no existe. Michaux navegaba sobre un barco francés; por más aprendiz que fuera, se concibe difícilmente que después de varios meses de vida a bordo, no haya aprendido nunca, ni memorizado, el nombre que designa en francés este tipo de navío. Agreguemos por añadidura que estos navíos de cinco palos (aparejados en goleta) difícilmente se encuentran en Europa —este tipo de aparejo aparecido tarde y pronto desaparecido, se utilizaba sobre todo en los Estados Unidos (costas este y oeste; transporte de madera y gran pesca). Tal navío, bajo pabellón francés, debía ser verdaderamente un bicho raro.      
En cuanto al segundo barco, Michaux no se dio el trabajo de precisar si era de vela o de motor; en cambio, nos indicó el nombre, El Victorioso, y el origen (compensaciones de guerra, entregado por Alemania a Francia). Sobre la base de estas dos informaciones, podría ser posible rastrear este navío en los archivos marítimos, especialmente en los archivos de la Lloyd’s. Además, si El Victorioso naufragó a lo largo de Nueva York en 1921, la prensa de la época debió reportar este naufrago. Así, por ejemplo, la gran parte de los buques sobre los que  navegó Joseph Conrad pudieron ser identificados con precisión por sus biógrafos (nombre del armamento, tonelaje, aparejos, papel del equipaje, etc.). Para los dos barcos de Michaux, este trabajo de investigación sería más simple, pero debería hacerse.  

Las navegaciones de Michaux presentan todavía otro enigma. Durante su espera febril de un embarco, Michaux dirigió (como acabamos de señalarlo) un flujo ininterrumpido de cartas a Herman Closson —el único amigo con el que se desahogaba, lo pone al tanto de todas las vicisitudes de su persecución, le confiesa sus alternancias de esperanzas y fracasos. A veces, si le creemos —pero creerlo se vuelve cada vez más difícil— sólo dependió de un hilo para que pudiera por fin soltar las amarras. Finalmente (como lo vimos arriba), Michaux anuncia con orgullo: “Dentro de una semana, seguramente habré salido”. Michaux no tiene vanidad sino un orgullo terrible: después de semejante declaración, no pudo echarse por atrás. Pero ¿qué pasa después? Desaparece. Silencio completo…Si de veras se fue e hizo escala en esos puertos exóticos, cuyos nombres bastaban para inflamar la imaginación  de estos dos adolescentes, ¿por qué no manda al menos una tarjeta triunfal al viejo cómplice a quien le gustaba tanto apantallar (y precisamente, durante su vida entera, Michaux siempre fue pródigo de tarjetas postales)? Pero esta vez, ni una palabra, ni una tarjeta, NADA. Solo a fines de 1921 retomará la correspondencia… ¡desde un cuartel belga en donde Michaux acaba de empezar su servicio militar!

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Henri Michaux sentado sobre la mesa en el jardín
con los colaboradores de la revista Mesures.

Para terminar, un último motivo de asombro —y no el menor. Para cualquier hombre sensible y con imaginación —y con más razón, para un poeta genial— un primerísimo embarco sobre un velero de altura es una aventura ruda, turbadora e inolvidable. En el caso de Michaux, sin embargo, esta experiencia no dejó ninguna huella sobre su creación poética con excepción de dos cortas frases sibilinas en medio de una larga prosa que explora un terreno totalmente diferente: “Pobre A., ¿qué haces a bordo de este barco? Meses pasan; sufrir, sufrir. ¿Marinero, qué haces? Meses pasan; sufrir, sufrir.” Por contraste, cuando, siete años más tarde, se traslada a Ecuador, las tres semanas de travesía de Ámsterdam a Guayaquil le inspiran el soberbio principio de Ecuador —veinte páginas. Así, esta modesta experiencia, trivial y rutinaria, de simple pasajero en un barco de media carga, logra alimentar su observación y excitar su imaginación ¡mucho mejor que lo pudieron hacer dos años de mar cuando era marinero!...
En su cronología de Michaux (que figura al  principio del primer volumen de Oeuvres complètes de la Pléiade) Raymond Bellour e Ysé Tran concluyen para los años 1919-1921: “No existe ningún documento que permita precisar los viajes de Michaux como marinero, sólo lo que confió o hizo público.” Y J. P. Martín confirma: “De estas travesías, ninguna huella. Solamente los testimonios lacónicos, retrospectivos de Michaux. Solamente una noticia biográfica escrita más de treinta años después”. Pero no saca ninguna conclusión.
Por mi parte, mientras no se compruebe la realidad de este episodio marinero, persistiré en creer que atañe al campo de la imaginación. Lo que no significa para nada que Michaux sea un mentiroso. Es un poeta. Y entiendo esta palabra en los dos sentidos primeros dados por el diccionario del gran Samuel Johnson: “Poeta: un inventor; un autor de ficción.”
La tumba de Michaux
Tengo miedo; tengo miedo, cuando esté  muerto, de tener
de cierto modo que vivir más tiempo todavía.  
                        Henri Michaux, Apuntes sobre el suicidio

Los errores se vuelven definitivos
En estas biblias [de la Pléiade]
Aragon, anotado por Mathieu Galey, Journal I
Como en mis escritos sobre China había expresado mi admiración varias veces hacia Michaux, un día recibí, hace por lo menos veinte años, una carta de un lector desconocido; este corresponsal me preguntaba cómo era posible que yo manifestara tanta consideración para un autor que había sido tan servil con el maoísmo. Cuando publica uno libros, se expone inevitablemente a recibir cierto número de cartas excéntricas y bizarras, pero ésta se pasaba de la raya, descabelladamente. Las virtudes que nos hacen querer a Michaux de modo tan particular son precisamente su irrespeto tónico, su aguda inteligencia y su originalidad absoluta —a cada una de sus ideas llegó por sí mismo, con una especie de ingenuidad bárbara y jamás se dejó guiar por ninguna moda. Por lo demás, añaden que, cuando viajaba en China (1932), el nombre mismo de Mao era todavía ampliamente desconocido. Evidentemente, mi corresponsal no podía ser más que un grafólogo lunático. Tiré la carta pero su recuerdo siguió perturbándome vagamente porque, por más absurdo que fuera su contenido, su forma y estilo no eran los de un desequilibrado. Pero ¿a que podía aludir?           
La clave del enigma me fue revelada mucho más tarde cuando el primer volumen de las obras completas de Michaux se publicó en la Pléiade: así supe que, de 1963 a 1972, Michaux se había aplicado a una reedición de todos los libros que había publicado en Gallimard; para este propósito, emprendió la tarea de revisar, corregir y volver a escribir varios de sus antiguos textos. Esta vasta revisión por lo general resultó desastrosa (y vamos a ver cómo) −pero desgraciadamente, esa versión fue la escogida ciegamente por los editores, quienes, según parece, olvidaron que el primer deb
er de un editor literario es el de ejercer un juicio crítico, y que el primer deber de un crítico es, a veces,  (como lo decía D.H. Lawrence) el de salvar la obra de las manos de su creador.   
El fenómeno de los escritores  geniales, quienes, en sus últimos años, dejan de entender lo mejor de su obra, la condenan y la distorsionan, o se aplican en rehacerla y a mutilarla, es deprimente, pero nada excepcional. Si la muerte no lo hubiera interrumpido, Gogol  habría  acabado de sabotear sus Almas muertas colgándoles el añadido de una segunda parte bajo la forma de sermón moral. Tolstoi, en el ocaso de su vida, se juzgaba culpable de haber desperdiciado su energía escribiendo una novela frívola como la de Ana Karenina, cuando tenía que haber empleado su tiempo en redactar propaganda piadosa. Henry James, en sus últimos años, se propuso volver a escribir gran número de sus novelas para una nueva reedición de sus obras completas; cierta verbosidad tortuosa que, a menudo, parece característica de su estilo, no es más que el resultado de esta revisión tardía y poco afortunada que, en esa época, causó horror en el medio de la crítica de Nueva York: “Desearíamos que M. James tuviera más respeto para los clásicos, comenzando por los que salieron de su pluma.” Conrad, quien padecía en sus últimos años una verdadera esclerosis de la imaginación, renegó la rica ambigüedad de las grandes novelas de su madurez. Aun los creadores de historietas sufren a veces de esta desoladora revisionitis: Hergé volvió a dibujar todos los Tintin de la primera parte de su carrera y, al hacer esto,  mató la inspiración y el sabor que habían animado el grafismo de las láminas originales.
Entre más original y perfecta una obra, más vulnerable, con el riesgo ulterior de padecer los maltratos de su progenitor. Una obra inspirada, por definición, es una obra que se salvó de su autor −el peligro es, entonces, que quiera alcanzarla y trate torpemente de restablecer su control sobre ella. Ningún artista está a la altura de lo más hermoso que ha hecho: esta distancia puede volverse para él una fuente de perplejidad y de hostilidad. En el caso de Michaux, no es sorprendente que haya sido Un barbare en Asie −su obra maestra− el que, al fin, fuera el libro maltratado de manera más cruel por sus revisiones.
Los altercados que tuvo con su hijo prodigio y rebelde aparecen muy pronto. El malestar ya se asoma en el nuevo prefacio de 1945: “Doce años me separan de ese viaje. Allá está. Aquí estoy. No puede profundizarse. Tampoco corregirse.”
¡Y sin embargo se muere por corregirlo! Su prefacio a la edición americana (1949) es de mal agüero. Ėl, que no tenía nada de tonto, tuvo que empezar a hacerse el zonzo. Eructa moralizantes llanezas, totalmente fuera de contexto: “El hombre necesita una inmensa y lejana meta que transcurre más allá de su propia vida. Algo que lo arrastre hacia la venida de una nueva civilización planetaria y que no lo obstaculice. Para evitar la guerra -construir la paz.” Bla-bla-bla. (Piensa uno en Charlie Chaplin quien, después de crear su genial Dictador, sintió la necesidad de pegar al final un largo sermón embadurnado de mermelada, dirigido a todas las almas bondadosas del planeta). Finalmente, treinta y cinco anos después de su Barbare…, no se aguanta; esa vez se las va a ver con el texto mismo y acabar con él. Empieza por redactar un nuevo prefacio en el que se disculpa por haber cometido semejante obra: “Este libro me molesta, me hiere, me avergüenza.”
Le hubiera gustado, “en contrapeso”, introducir allí algo “más grave, más pensado, más profundizado, más experimentado, más ilustrado”, pero (¡a Dios gracias!) el libro le resiste. ¿Qué hacer? Primero cortar de todos lados todas las impertinencias que le chocan ahora de modo insoportable. Por falta de lugar, me conformo en citar aquí algunas muestras de esta censura -muestras breves y al azar (las cursivas indican cada vez lo que ha sido suprimido):
_ La religión hindú tiene una doble cara, una para los iniciados, otra para los cretinos. La humildad, ciertamente es una cualidad de primera orden, pero no el embrutecimiento.
_ A menudo el hindú es feo, de una fealdad viciosa y pobre.
_ En Francia se cuentan obscenidades y se ríe la gente. Aquí [en India], las cuentan, se impregnan de ellas, sin reírse. Las persigue uno soñando. Se busca el juego de los órganos.
_ El chino que hace poca poesía plañidera, que no se queja, llama poco la atención del europeo, excepto de una centena de bibliotecarios quienes, por leerlo tanto, ya no saben nada de nada.
_ Un general chino que se hace en sus calzones, que suplica al coronel que lo mande al combate en su lugar, no sorprende ya a nadie. Nadie pide ver los calzones. Todos encuentran esto natural. Un día, vi a cinco oficiales quienes juraban que iban a exterminar a no me acuerdo quien. Parecían conejos.
_ Una prostituta china aparentemente es menos sensual que una madre de familia europea. Pronto muestra más afecto. Busca atarse.

Fotografía
Henri Michaux / Exorcismos y laberintos,
1942 -1950

_ [Chino,] viejo pueblo de niños que no quiere conocer el fondo de nada, que no tiene principios, sino “casos”, nada de derecho, sino “casos”, nada de moral, sino “casos”.
_ [en Japón], los hombres son feos, no irradian, adoloridos, secos. Parecen pequeños, pequeñísimos empleados sin porvenir, caporales, todos subalternos, servidores del barón X y del señor Z de de la papatria… De pequeños ojos de puerco, dientes con caries. Las mujeres son macizas, robustas antes que nada y en caderas  desde las piernas hasta los hombros. A veces de cara gentil, de una gentileza sin horizonte y sin emoción, la cabeza siempre tan enorme, ¿enorme de qué, del vacío? ¿Por qué una cabeza tan enorme para una fisonomía tan chiquita y una expresión todavía más chiquita? Y luego una risita cosquillosa y sentimental (como los militares),  una risita loca y superficial de criada.
_ Una religión de insectos, exactamente la religión de las hormigas, el shintoismo con este famoso culto de la hormiguera, pueblo de hormigas.
_ [Japón,] país en donde una joven no muy rica se vende normalmente a una meretriz para servir a la multitud […] ¡Servir, servir siempre!

En la versión censurada y revisada, Michaux, por lo demás, creyó necesario agregar a la cabeza del titulo dedicado al Japón, una nota especial de disculpas pidiendo que se le perdone estas páginas que vuelve a leer “con molestia, estupefacción  en ciertos momentos del texto. Medio siglo ha pasado y  el retrato es irreconocible.” (Al contrario, es jocoso y aullando de verdad). Termina esta nota preliminar en un tono dulzón y satisfecho, intolerablemente  enfático: “Este Japón de aspecto raquítico, desconfiado y nervioso, está rebasado. Ahora está claro que, al otro extremo del planeta, Europa ha encontrado a un vecino.”
A menudo, los recortes se combinan con un trabajo de reescritura. Esta nueva formulación tiene el propósito de limar las puntas, redondear los ángulos y volver desabrido el tono. ¡Cuántas precauciones para que todo el mundo se ponga contento, para no ofender los oídos delicados! ¡Ninguna indecencia, ninguna familiaridad, respetar todos los tabúes, no pisotear a nadie! ¡Consideración para los ancianos y los estropeados, simpatía para la viuda y el huérfano! Así, “los brahmanes  son celosos como jorobados e ignorantes como carpas” se vuelve sobriamente: “los brahmanes son celosos, a menudo ignorantes.”
O también: “El sacerdote es un chulo y su templo está lleno de mujerzuelas” se reduce púdicamente a “hay mujerzuelas en el templo”.
En la versión original, comparando la naturaleza natural de los árabes y de los hindúes, “los europeos parecen todos simples obreros u office-boys”. En la versión revisada “los europeos parecen precarios, secundarios, transitorios”.
En la versión original, comparando con la exquisita modestia de las mujeres bengalíes, “las europeas parecen putas”. La versión revisada, después de haber evocado la modestia de las mujeres bengalíes, se conforma en eructar castamente: “¡qué diferencia con las europeas!”
Los giros se vuelven académicos y obsoletos […] Los jocosos zarpazos desaparecen […], el vigor de la expresión deja el lugar para la reverencia (con agregados gratuitos de paréntesis culturales para recordar que el autor es de buena compañía) […], las palabras duras son reemplazadas por palabras fláccidas: “¿Quién medirá el peso de los imbéciles en una civilización?” se vuelve:” “¿Quién medirá el peso de los mediocres en una civilización?” […]
Al cortar y reescribir múltiples pasajes, Michaux echó a perder Un bárbaro en Asia; pero lo que acabó de desfigurar el libro son los agregados. […] Acepta sin discutir la imagen de China cuya propaganda maoísta se difunde en Francia al momento de la “Revolución cultural”. Niega la realidad que había percibido con inteligencia ayer, a nombre de las burdas mentiras que le machacan hoy hasta el hartazgo. […] A lo largo del libro, inserta una retahíla de nuevos comentarios para rectificar, a la luz de la santa revelación maoísta, todo lo herético de sus reflexiones originales. […] Al comentar un pasaje en donde había descrito el temor que impedía a los chinos establecer un contacto con las visitas extranjeras: “Ha de ser extraordinario para quien regresa allá, ahora, en las mismas ciudades en las que se alejaban de él, ver las caras confiadas, sin volverse sonrientes, amigables, abiertas.” Amarga ironía: agregaba esta nota al momento más ardiente de la “Revolución cultural”, cuando, en plena calle, los transeúntes ni siquiera se atrevían a indicar el camino, ya que el hecho de haber intercambiado dos palabras con un extranjero podía considerarse como crimen…

Fotografía
Henri Michaux / Manuscrito
con correcciones

El poeta quien, sin embargo, había entendido tan bien, quince años antes que, “Quien canta en grupo pondrá, cuando se le pida, a su hermano en la cárcel”, se une ahora al vasto coro de los “idiotas útiles” para celebrar los méritos del presidente Mao: “El hombre audaz, quien escribe el Pequeño Libro rojo, tan simple, tan razonable… Mao Tsé-Toung quien volcó China, transformó completamente, en algunos años, una sociedad milenaria, quien tuvo los más audaces proyectos, algunos irrealizables, pero que fueron realizados [sic], otros insensatos por su audacia… […]
Acortemos la enumeración de estas lúgubres tonterías. Triviales, aun bajo plumas famosas, son colosales bajo la de Michaux. ¿Cómo esta mente irreductiblemente independiente pudo haber aceptado de manera tan dócil una propaganda que unos criminales dictaban a cretinos? ¿Cómo este poeta, de una originalidad absoluta puede volverse ventrílocuo que piensa en clichés y escribe en eslóganes? ¿Cómo este genio de la impertinencia pudo arrodillarse para agitar el incensario? ¿Qué es lo que pasó?
Lo que pasó es que Michaux se volvió francés;
Pero ¡cuidado! Sobre todo que no haya aquí ningún malentendido; no soy tan tonto como para pensar que la nación que produjo Rabelais y Hugo, Montaigne y Pascal, Stendhal y Baudelaire sea particularmente deficiente en cuanto a inteligencia literaria a pesar de que, acerca de la cuestión del maoísmo, algunos representantes de la elite intelectual francesa hayan efectivamente tenido el record mundial de la estupidez. No, lo que quiero decir no tiene nada que ver.
Si hay una cosa de la que el belga está impregnado es de su insignificancia; esto, en cambio, le confiere una incomparable libertad -un saludable irrespeto, una tranquila insolencia, rozando la inconciencia. La hormiga no tiene ningún escrúpulo en pisar el pie del elefante; y hay pajaritos que vienen a picotear en el hocico abierto del cocodrilo. O también el belga es una especie de bufón del rey: ya que no tiene consecuencias lo que dice, puede decir todo. Espontáneamente, de este modo Michaux  se vio a sí mismo durante la primera mitad de su larga existencia. […]
En realidad, es a sus compatriotas que Michaux lanzó sus flechas más feroces -lo que es totalmente natural ya que conocía muy bien a esa gente y no los quería. Pero, cuando sobre la marcha en sus viajes asiáticos, publicó en una revista un corto ensayo -de una agudeza festiva increíble- sobre Argentina y los argentinos, la reacción furiosa de la prensa de Buenos Aires lo asombró y lo consternó; de inmediato, vertió su desconcierto en una carta vehemente y reveladora a una amiga latinoamericana -aparentemente no entendía cómo estos argentinos, a quienes bien quería, podían sentirse heridos por sus palabras; siendo belga, está acostumbrado a escuchar cosas peores sobre su país.
Michaux se instaló en Paris desde la edad de 25 años. Huyó de Bélgica; al principio, regresará lo menos posible -y finalmente no regresará para nada. Pero -es significativo anotarlo- para redactar Ailleurs (uno de sus libros más importantes), siente todavía la necesidad de instalarse durante seis meses en Amberes, en un hotel. En Paris, de modo insensible y progresivo, su vida se volverá más fácil; empieza a disfrutar una suerte de existencia inteligente, sociable y agradable. Aunque solitario y reservado por naturaleza, Michaux no tiene nada de ermitaño. El círculo de sus frecuentaciones, sin ser mundano, no es para nada estrecho. Cioran, con quien tenía amistad y quien lo conocía bastante, (en Cioran, el afecto no menguaba jamás la agudeza del juicio) le aplicaba gentilmente la frase cruel de Forain: “un ermitaño que conoce el horario de los trenes”.   
Cuando digo que Michaux se volvió francés, no hablo por supuesto de la adquisición de un pasaporte nuevo sino de la adopción de otra actitud; ahora está calificado para entregar diplomas de buena conducta y medallas para recompensar el esfuerzo meritorio, trátese de la China de Mao o del Japón de la posguerra (cuando era belga, no se le hubiera ocurrido). Pero está en la obligación de vigilar su lengua. Un belga arrogante es una contradicción en los términos -una noción cuyo simple enunciado da risa.  Pero, para un francés, la arrogancia es una sospecha de la que hay que protegerse constantemente. En el extranjero, en medio de indígenas desheredados, el francés, de buen o mal grado, se siente empujado a pasear su identidad nacional como una suerte de Sagrado Sacramento y es imperativo no deshonrarlo. Y Michaux, hombre de gran corazón, se sintió entonces en la obligación moral de censurar Un Bárbaro en Asia.

Finalmente, Michaux olvidó sus propios principios. Liberado de su belgitud, se distanció en parte de la inspiración central de su genio, pero vivió menos difícilmente. Tal vez hasta logró alcanzar a final de cuentas cierta felicidad. Aun si sus lectores perdieron algo, ¿quién osaría reprochárselo?


Notas
1 Hay que subrayar que, en realidad, Michaux no nació en Bruselas sino en Namur. (Es todavía más característico.)
 Tomado de le Magazine littéraire 460, Enero 2007
Traducción: Marie- Claire Figueroa

 

 

Ciclo Literario.

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