Rodolfo Fierro o la sordera de los héroes

Lorenzo León Diez


Lo que quiere usted decir es que no somos un pueblo, que no tenemos nada propio, sino la muerte y el asesinato.

D.H. Lawrence
La serpiente emplumada

La cumbre de toda tragedia está  en la sordera de los héroes

Albert Camus

En la historia de una nación –y en la aciaga universal de la infamia- el nombre de Rodolfo Fierro asoma en la página sepia de 1911 (o en la partitura donde da vueltas la moneda de su metálico apellido) un día de junio (el 17 si se reclama precisión) en el norteño y árido estado de Durango, perteneciente a México, en América.
Quien se ganara a pulso enrojecido un apodo que haría temblar al oírlo (El carnicero) y de oficio maquinista de tren, se hizo notar por vez primera en los anales de la Revolución Mexicana, cuando,  a la cabeza de un grupo de jóvenes,  se sumó al ataque que perpetró   a esa plaza el guerrillero Tomás Urbina, compadre de Pancho Villa.

Tiempo después (en las inmediaciones de 1913), Urbina, se lo presentó al célebre bandido que empezaba a ser corazón del tornado revolucionario.  Cuando lo vio el caudillo quizá no recordó su oscuro y redondo rostro de niño, pero Fierro había sido el conductor del tren que en 1912, por órdenes de Victoriano Huerta -el futuro chacal-, llevó preso a Villa a Lecumberri, conocido después como El palacio negro, en la Ciudad de México.
 Fierro había surgido de entrañas de mujer –aunque más tarde se daría crédito a la conseja de que era hijo del diablo-- en un paraje de Sinaloa: Charay, en 1885. Se cuenta de él que no conoció a sus padres aunque queda el nombre de su madre como raíz de una historia que estará enlazada a los sentidos más finos del mal: Justa López, una india mayo, sirvienta en casa de los Fierro --familia cuyo blasón, sin deberla ni temerla, pasaría a formar parte de la tradición del miedo--abandonó al pequeño en el lugar al que servía. El niño tuvo el destino de los pobres de los pueblos rurales, se convirtió en sardo y por su fuerza y gran tamaño ingresó al ejército porfirista como subteniente. En la campaña contra los yaquis, sus hermanos de sangre, destacó por su mano férrea y su impiedad en la represión y el envío de esclavos al Valle Nacional, en el lejano Oaxaca, ghetto de memorable exterminio. Disparó (gozoso como sería siempre detrás de la Colt 44, de un Winchester o un Máuser) contra los huelguistas de Cananea, pero también contra los rurales gringos.
Su redonda y morena cara de infante gustaba a las mujeres, y a los hombres paralizaba su mirada eléctrica. Había contraído nupcias en 1906 con una bellísima mujer, Luz Dessens. Pero al joven Fierro lo persigue el mal fario y los blancos muslos de Luz espejean el cuerpo de una niña, que al nacer  mata a la madre y cuyo llanto no pararía hasta expirar ella misma, una semana después; estos ecos (Luz, la hija) perseguirían a Fierro todos los días de su vida y lo harán cubrir todo a su paso con el manto de la pólvora. El sollozo, el gemido del sacrificado, los verbos risibles de la súplica serían llamas cultivadas en el jardín de los suplicios, a donde  Fierro invitaba a quien se atreviera a acompañarlo, pues en las alforjas, entre los cartuchos, la sal, la carne seca, llevaba siempre un gastado tablero de ajedrez.
El origen de la leyenda negra de Fierro, ángel negro que cuida celosamente que la revolución se cumpla en el castigo al cuerpo, en el escarmiento sangriento, tiene lugar al fin de la primera toma de Torreón, Coahuila, en 1912, que produjo cerca de 500 prisioneros colorados, o sea, pertenecientes a las huestes del general Pascual Orozco, quien durante la primera etapa de la revolución maderista, en 1910, fue compañero de armas de Villa.
Lo que sucedió ahí fue materia de un célebre cuento, “La fiesta de las balas”, de Martín Luis Guzmán, incluido en el libro El aguila y la serpiente. Fierro ordenó que del corral donde estaban custodiados los “pelones” (a quienes se les dio la esperanza que se salvarían si lograban saltar una barda) salieran éstos en grupos de diez pasando frente a sus dos pistolas mientras su asistente --ese que al final del cuento, antes de dormir, se persigna con los ojos saltones--, le cargaba al mismo tiempo su pistola con cartuchos dispuestos sobre una cobija. “Fierro disparó ocho veces en menos de seis segundos”. Los hombres que se congregaban alrededor del espectáculo, “saludaban con exclamaciones de regocijo las volteretas de los cuerpos al caer”, “histéricos reían a carcajadas al hacer fuego sobre los montones de carne humana donde advertían el menor indicio de vida”.
El verdugo Fierro encendió una luz en la cámara del horror que es el fusilamiento. Inculcó una posibilidad de vida en cabezas que, conociendo las formas militares, esperaban la muerte en la inmovilidad. Malévola benignidad de dar vida al miedo, vigorizar el pánico. La crueldad en Fierro es una forma de la imaginación. Sus aspiraciones son matar ejecutando la acción donde lo militar linda con el crimen. En él se teje, en grado extremo de pureza, el rencor. Y su fervor es regla de la guerra: la impiedad, donde se abre el momento del sacrificio.

En la vida de Fierro se combinan dos palabras: “matar” y “gusto”, tal como lo consigna en sus memorias el general Scott,  estadounidense que cuenta que sus hombres vieron a Fierro disparar, sonriendo y sin alterarse, contra 34 personas desarmadas, en una casa de Parral. Cierta o no, la historia era un destello más de la terrible vibración que su nombre tendía en los páramos, en los pueblos, en las barriadas, en los cuarteles de todas las regiones del norte.
Poco después, en la misma ciudad, mientras la División del Norte avanzaba hacia Chihuahua, Rodolfo Fierro volvía a hacer de las suyas. No obstante, Villa lo había degradado por enésima vez por haber matado a un ferrocarrilero, cuando estaba borracho, en el barrio de Santo Niño.

En una casa de juego llamada El tártaro, rodeado de mujeres de la vida alegre y ávidos apostadores, entre la densidad alcoholizada del tabaco y los sudores, al centro de la música estridente de una rocola, el oficial de la Brigada Aguirre Benavides, García de la Cadena discutió con Fierro. Nadie precisa si por una dama o un mal manejo de la baraja. Estando a una distancia de diez metros –refieren más de tres- Fierro sacó de su bota un cuchillo y lo lanzó contra el cuello del villista, matándolo en el acto. Fierro fue apresado. Benavides,  general con tipo más de intelectual que de ranchero, y de las confianzas de Villa, ordenó que le formaran un Consejo de Guerra. Si no regresa del frente su jefe, para salvarlo, lo hubieran fusilado. John Reed, en su crónica México Insurgente, dirá: “Como un padre Villa siempre lo perdona”. Benavides amenazó con retirarse del movimiento si Fierro no era castigado. Y, según escribe Martín Luis Guzmán, Villa le contesta: “Cuando los tiempos cambien y yo tenga que volverme a la sierra, ya verá usted cómo Rodolfo Fierro y sus compañeros se van allá conmigo, mientras que usted y sus oficiales me abandonarán”.

El por qué de esta ferocidad de Fierro en la guerra, lo explica elocuentemente una acción consignada en la batalla de Tierra Blanca, de noviembre de 1913. Durante la desbandada de las tropas orozquistas, comandadas por el general Mercado, los federales y los “colorados” huyeron hacia los trenes. Los villistas los persiguen. Fierro se desprende de la carga, “audaz hasta la temeridad” –diría Luis Aguirre Benavides, secretario de Villa- y va hacia el tren que iba alcanzando velocidad. Según Martín Luis Guzmán (MLG) Villa cuenta que Fierro: “Se tendió sobre su caballo para dar alcance a un tren que se escapaba lleno de tropa enemiga, y entre una lluvia de balas saltó del caballo al tren y se fue así, cogiéndose de los carros, y en la violencia de toda aquella carrera puso el aire al tren y lo paró”. Se precipitó sobre ellos la tropa y “la matanza resultó espantosa”.
Durante la batalla de Zacatecas, en 1914, las fuertes defensas que habían tendido los federales, frenaban el avance huracanado de la División del Norte. Fierro, en un ataque que dirigía en un cerro, recibió una bala que le perforó la pierna. “Fierro anda chorreando sangre”, se comentaba. Pero no quería dejar el frente, se vendó como pudo, consiguió una motocicleta y siguió dirigiendo a sus hombres. Fue hasta que Villa le ordenó que se presentara al puesto médico, que dejó el combate.
Cuando Álvaro Obregón, en agosto de 1914, viajó a Chihuahua para entrevistarse con Villa, lo recibió Rodolfo Fierro que le dijo más tarde a su jefe: “con su consejo que nunca me escatima”: “Mi general, no es esta la hora de las vacilaciones ni de la misericordia. Lo que importa es salvar el futuro del pueblo. Obregón es un traidor, que ha venido con el hincapié de actos conciliadores, pero sólo para consumar mandatos del señor Carranza, que busca desconcertar la unión de todos los generales de la División del Norte y ver qué elementos nos quita antes de empezar la guerra. Fusile usted a Obregón, señor; no cometa yerros de que algún día se arrepentirá” (MLG).
Durante la Convención de Aguascalientes, esa República de generales populares, Fierro instaura la “lotería de la muerte” en un salón del hotel París, cuyas paredes tapizadas de un papel demacrado, vieron nacer esa nefasta versión de la “ruleta rusa” que Villa reprobaba. Tomando cerveza tibia, Fierro presidía la mesa sobre la que se aventaba al aire una pistola amartillada para, si se disparaba al caer, a “ver a quien le tocaba la bolita”. En una de esas, pero en Ciudad Juárez, un Dorado, Refugio Gracidas, cayó muerto en aquel simulacro del campo de batalla, altar supremo del azar. El que a hierro mata...alguien dirá, pues él había dirigido la matanza de chinos en Torreón.

Fotografia
Walter Horne / Rodolfo Fierro, Pancho Villa,
Toribio Ortega y Juan Medina. Ciudad Juárez,
noviembre 1913

En la cadena de hechos de sangre que ocurrieron durante la ocupación de los ejércitos revolucionarios en la ciudad de México, Fierro --“un perro fiel injertado con lobo”, dirá  el cronista Ramón Puente--, fue mandado por Villa para visitar al periodista zapatista Paulino Martinez, que había escrito en 1913 contra la posible liberación de Madero y Pino Suárez. Fierro “sacó de su casa al referido Paulino Martinez con el hincapié de un recado de José Isabel Robles para que se presentara en el Ministerio de la Guerra y lo llevó al cuartel de San Cosme y allí lo fusiló y lo enterró” (MLG).
En la batalla de Sayula, en febrero de 1915, encontramos este cuadro: luego de combatir durante siete horas al ejército carrancista al mando del general Murguía, la División del Norte puso en fuga a los constitucionalistas. Hacía unas semanas, esas mismas tropas habían derrotado a Fierro y el Carnicero, todo ese tiempo, había afilado el prístino metal de su odio. Así que cuando Villa le dio la orden a su brigada para rematar a los que huían, Fierro, al frente de la ola bufante de su caballería le dio alcance a la retaguardia.
El caudillo con su escolta lo iba siguiendo. Sus ojos de fuego descubrían a los lados del camino un reguero de cadáveres. En su pánico por escapar de la horda asesina que se les venía encima, los carrancistas soltaban sus armas y eran cazados como conejos por Fierro y sus soldados, por eso Villa dio la orden de que se dejara de fusilar a los cautivos. Sin embargo, la tarde fue cayendo; un telón cubrió la visión de esos cuerpos reventados por las balas, pero no el estruendo que siguieron haciendo los gatillos incansables de la brigada Fierro. En el campamento del general siguieron los fusilamientos, ignorando la orden de Villa, que mandó a su  lugarteniente Vargas para que parara la masacre: “No mates más, dice el jefe”. Pero Rodolfo Fierro estaba enloquecido, su mirada estremecía a sus hombres, que lo seguían, ellos ya enfundadas sus pistolas, abajo los rifles, mudos, asombrados de la saña que no lograba enfriarse, porque Fierro no sólo disparaba a quemarropa contra los rendidos, también mató de un tiro en el rostro a un joven villista que tenía una herida en la mano, y  se quejaba. Uno de sus compañeros, enfurecido, le apuntó a la cabeza, exigiéndole que se detuviera. Finalmente, el Carnicero fue sometido y los derrotados fueron puestos a reparar las vías y los puentes.

En julio de 1914 encontramos a  Rodolfo Fierro hospedado en el hotel México, acompañado por “una mujer rubia”, aunque estaba casado en segundas nupcias con Chonita. Frecuentemente tomaba por asalto con sus escoltas un prostíbulo y lo cerraba para su uso durante un par de días.
Pero un tal Enrique Picard, propietario de los almacenes Las Tres B en Chihuahua, contaba que una tarde le avisaron que lo quería ver Rodolfo Fierro. El aterrado propietario aún ignoraba que el motivo de esta distinción estaba relacionada con la venta de cosméticos europeos. “Entramos al almacén y me compró lápiz para los labios (que no fuera muy rojo, un tono suave). Se lo entregué y acto continuo aplicó un poco en sus labios. Luego me preguntó si tenía algo para un lunar que me mostraba en una de sus mejillas. Se lo dí y pronto también lo aplicó sobre el lunar. Luego, con voz amenazante, me anticipó que no debería yo decir a nadie nada de aquello. No –le aseguré-, pierda usted cuidado”.

Fotografía
John Davidson Wheelan. / Rodolfo Fierro y Villa,
Chihuahua, 1914

William Benton, descrito por Luis Aguirre Benavides “era el tipo de extranjero odioso, consciente de la superioridad de su raza, atrabiliario y despótico, que hacia padecer a los peones los rigores de los encomenderos”. Un 15 de febrero de 1914 antes de salir de su casa en Chihuahua le dijo a su hermano que iría Juárez para buscar a Villa “y decirle lo que pensaba de él”. Cuando llegó a la ciudad fronteriza anduvo por ahí diciendo que “no le tenía miedo a nadie”. Llegó a las oficinas de Villa en el cuartel de la calle Lerdo, oliendo a whisky, aparentemente desarmado, pero escondiendo una pistola belga con cartucho cortado. Como iba vestido de caqui con un uniforme similar al del ejército estadounidense, los escoltas le vieron porte militar y lo dejaron pasar. Entre otros colaboradores, Rodolfo Fierro estaba con su jefe, cuando Benton entró por sorpresa, preguntando por Villa, y éste, al responder “a sus órdenes”, fue increpado de manera altanera para que se le extendiera un salvoconducto para sacar su ganado de la hacienda de Los Remedios, porque se lo estaban robando. Al negarle el permiso Villa, enojado por sus maneras, Benton se llevó la mano a la pistola y Fierro, que se encontraba atrás, sacó su daga y se la hundió en la espalda. El cuerpo del escocés quedó a mitad de la sala. Lo envolvieron en el tapete que había pisado y lo amarraron con unos mecates. Fierro se hizo cargo del entierro, y se lo llevó en tren a la cercana estación de Samalayuca. Cuando El carnicero y su ayudante, Manuel Banda, habían cavado la fosa, Bentón, que aún no estaba muerto, dijo: “Fierrito, haz el hoyo más grande, porque de aquí a la noche me sacan los coyotes”. Benton recibió por única bendición un tiro en la nuca.        
En la batalla de la Trinidad, en mayo de 1915, peleando los villistas contra el ejército de Obregón en lo que sería uno de los encuentros finales en que participaron miles de hombres, cerca de las líneas constitucionalistas comandadas por los generales Murguía y  Diéguez, había un bosque del que, sin que los soldados en sus trincheras se lo esperaran, salieron “como demonios” un millar de jinetes, gritaban: ¡Quiten freno! ¡Adelante, no sean juilones! ¡Viva Villa! Al frente de esa ola de carne y acero iba el general Rodolfo Fierro, su figura a lo lejos era, como siempre, distinguible por su gran tamaño, pero ahora su furia tenía el acento del alcohol, la botella completa de sotol que se había tomado a pico, antes de tomar las bridas del caballo. El biógrafo del villismo Ramón Puente, contaba que “había sido sobrio, pero en el furor de los combates necesitaba el estimulo del alcohol”.
Armando Aguirre narra: “Partió aquella columna a trote largo sobre el 20° batallón y cuando estaba a una distancia de 400 o 500 metros, abrió el fuego con las carabinas, partiendo a galope tendido, dejando la carabina prendida en la bandolera al disparar los cinco tiros de su carga, desprendiéndose dos pistolas, disparando con ellas, con las riendas liadas en la muñeca del brazo izquierdo”. Aarón Sáenz completa: “...con un ímpetu casi salvaje, con los caballos tendidos, a todo galope, cual si se tratara de una apuesta de carreras, desenfrenados, inconscientes, se lanzaron sobre nuestra caballería, que sólo tuvo tiempo para revolverse con ellos”. Otro historiador, Valadés, cuenta: “Los soldados carrancistas, en sus loberas, contestaron con descargas terribles que hacían rodar a los dragones, quienes sin poder romper la línea enemiga continuaban en ondulación para arremeter un poco más adelante en la posición donde eran recibidos con igual firmeza. En algunos puntos, la carga eran tan tremenda, que caballos y jinetes saltaban sobre la línea de fuego para caer abatidos tras las trincheras; entraban a terrenos de los carrancistas para continuar la carrera desenfrenada dentro de ellos, en donde eran cazados fácilmente por el fuego de las ametralladoras que tenían que voltear sus bocas para acribillar a balazos a los villistas por la espalda. Como una corriente impetuosa y gigantesca, la caballería villista recorrió cuatro o cinco kilómetros, estrellándose siempre como las olas se estrellan ante los acantilados”.
Fierro estaba herido pero siguió peleando, “arrimándose a las bardas de piedra con su gran caballo colorado patas blancas, a matar yaquis con su pistola”.  Amado Aguirre resume: “Para quienes vimos esta acción de armas, la caballeria villista igualó a la mejor que haya existido en las grandes batallas que registra la historia”. Obregón también dejará constancia de su asombro: “En ninguna de las campañas que me he encontrado presencie una carga de caballería tan brutalmente dada como la de los villistas de ese día. Basta decir que lo nutrido del fuego duró, aproximadamente cinco minutos y quedaron en el campo más de 300 muertos”. Entre los cadáveres se encontraron 80 Dorados con su Colt 44 nuevecitos.
Fierro estaba herido, con sangre en la cara y un muslo perforado. Vito  Alessio Robles registra que, sostenido por un par de hombres, disparaba con pistola contra una fila de detenidos federales. Y también estaba bebido. Villa, que odiaba el alcohol, estuvo a punto de ordenar que lo fusilaran, pero, finalmente, al ver su estado, ordenó que se lo llevaran a un hospital de Chihuahua, aunque detenido.

Fotografia
Mutual Film / Rodolfo Fierro con Pancho Villa
y Raúl Madero (con la mano izquierda en el bolsillo),
marzo de 1914

El 26 de junio de 1915 Rodolfo Fierro fue puesto al mando por Villa, junto con Canuto Reyes, de una brigada de tres mil hombres para colocarla a la retaguardia obregonista. El 3 de julio Fierro tomó León, aislando al Ejército de Operaciones y dejando completamente incomunicado a Obregón con Veracruz y la ciudad de México. El movimiento de esta columna en la retaguardia enemiga, que el analista militar Sánchez Lamego califica de “hazañas extraordinarias”, mereció el elogio de Obregón, que reconocía que había logrado “la destrucción completa de nuestra única vía de aprovisionamiento, en una longitud de 171 kilómetros. ¡Esto se llama saber destruir!”
Al frente de su brigada, un 13 de octubre de 1915, Rodolfo Fierro se quitaba el frío con tequila cuando llegó a la laguna de los Mormones, al oriente de Nueva Casas Grandes, Chihuahua. Era un estanque artificial construido con propósitos de riego. Despreciando el camino seguro que lo bordeaba Fierro, que seguía bebiendo, se encaprichó en cruzar por el centro aunque la laguna estaba muy crecida. Rafael F. Muñoz describe al Rodolfo Fierro de ese día:“Sombrero texano arriscado en punta sobre la frente, tal como lo usan los ferrocarrileros, los del riel. Rostro oscuro, completamente afeitado, cabellos que eran casi cerdas, lacios, rígidos, negros; boca de perro de presa, manos poderosas, torso erguido y piernas de músculos boludos que apretaban los flancos del caballo como si fueran garras de águila”.
En mitad de la laguna había un tajo de unos 18 metros de ancho y cinco de profundidad; la charca en esa zona estaba medio congelada: “Este es el camino para los hombres que sean hombres y que traigan caballos que sean caballos”, dicen que dijo Rodolfo Fierro. Cuando cruzaba, la yegua se fue al fondo y Fierro salió nadando y riendo. Cuentan entonces que le pidió otro caballo a su asistente Manuel, una yegua alzana y trató de ir por el mismo lugar. El coronel Mantecón le insistió con el argumento que era inútil, que se podía rodear la laguna en unos minutos. “Fierro dijo que él ya se había mojado y que íbamos a pasar por ahí”, y montó su yegua negra a pelo que al poco tiempo comenzó a cansarse al no hacer pie en la laguna y entramparse en el lodo y Fierro, pese a las advertencias de sus compañeros, no les hizo caso diciendo que aquello era un charco. Dicen que sus últimas palabras fueron: “Cómo que no, síganme”. Al llegar al tajo la yegua perdió pie y dio una maroma lanzando a Fierro debajo de ella. Es de creerse que las patadas del animal dejaron al jinete sin sentido. “Nomás salió a flote su sombrero tejano”.
Mantecón fue a informarle a Villa:
-Con la novedad, mi general, que acaba de morirse el general Fierro.
-¿Y dónde le dieron el balazo?
-No murió de balazo, murió ahogado.
-Ahogado...¿ahogado de borracho?
Villa acudió al sitio y ordenó que se buscara su cadáver. Viendo la laguna a Pancho se le salían las lágrimas.

* La información que Paco Ignacio Taibo II ha proporcionado de éste y otros personajes revolucionarios, en su libro Pancho Villa (Planeta, 2007), más otras referencias de los libros de Martín Luis Guzmán, nos permiten ofrecer esta semblanza biográfica.

 

 

Ciclo Literario.

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