En el altar de Gorostiza*

Araceli Mancilla


 

José Gorostiza (1901-1973) nació en Villahermosa, Tabasco. Formó   parte del grupo de escritores reunidos en torno de la revista Contemporáneos (1928-1931) al cual pertenecieron Jorge Cuesta, Salvador Novo, Carlos Pellicer, Gilberto Owen, Jaime Torres Bodet y Xavier Villaurrutia. El poetaRamón López Velarde fue su maestro en la Escuela Nacional Preparatoria y José Vasconcelos fungió como una figura protectora en su juventud. Desarrolló una brillante carrera diplomática que lo llevó, en 1964, al cargo de Secretario de Relaciones Exteriores. Fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y en 1968 recibió el Premio Nacional de Letras. En su obra, reve pero singular, destaca por su profundidad y rigor poético el poema Muerte sin fin, considerado como uno de los más significativos de la lengua española en el siglo XX.

 

Si hemos de volver al altar de Gorostiza, el que ofrendó a la belleza que “la poesía presta transitoriamente”1 a las cosas del mundo, encontraremos a la muerte muy bien plantada esperándonos para hacer el recorrido por el que ha sido considerado uno de los poemas más importantes de la lengua española en el siglo XX. Y se trata de un árbol literario de 68 años que, con sus 775 versos, ha puesto a girar en torno de su propuesta metafísica a críticos, filósofos, poetas y lectores en general. El asombro que causó su publicación en 1939, irradia su luz hasta nuestros días cuando vemos aparecer a Muerte sin fin como punto de partida en coloquios literarios, plásticos, visuales, dramáticos y del arte todo. Quiere decir que su legado poético no sólo traspone barreras  sino sigue creciendo y provocando reflexiones estéticas, filosóficas y religiosas. Emblemático destino de este edificio verbal que es, entre otras muchas cosas, un poema sobre la trascendencia. Pero tal vez no debiera parecer extraordinario que un poema del cual se ha escrito, disertado y polemizado tanto, no se agote, por el contrario, continúe ramificándose.
     Y es que Don José fue un poeta que creyó en el poema como una construcción. Para él la poesía era “una investigación de ciertas esencias –el amor, la vida, la muerte, Dios-- que se produce en un esfuerzo por quebrantar el lenguaje de tal manera que, haciéndolo más transparente, se puede ver a través de él dentro de esas esencias”2. Siendo un constructor de belleza edificó el milagro de su poema poniendo ladrillo sobre ladrillo, es decir, escribiéndolo a máquina después de las horas de oficina, y luego, recortando y reordenando los materiales de modo que las partes tuvieran un orden de clasificación racional. Más o menos así lo explicó alguna vez a Salvador Elizondo 3 .
     Una vez revelado el universo de Muerte sin fin, resultó ser un organismo poético vivo que abrió la palabra a “todos los matices de la significación”4 de la manera en que Gorostiza lo esperaba de la poesía. Dicho universo, por cierto, acusó sus elementos esenciales: agua, palabra, tiempo, sueño, luz, desde los primeros poemas del escritor. La obra del poeta, como bien se sabe, la conforman su primer libro, dedicado a su madre Canciones para cantar en las barcas (1925); Otras poesías, conjunto depoemas de juventud; los poemas de Dibujos sobre un puerto, dedicados a Roberto Montenegro; Del poema frustrado y Muerte sin fin. Obra que reunida rebasa apenas las cien páginas y, no obstante, es de tal concentración y unidad que sus partes parecen situadas dentro de un mismo tiempo.

 

Fotografía
Duane Michals / 1997

Numerosos estudios se han realizado en torno a Muerte sin fin por parte de escritores y críticos como Jorge Cuesta, Octavio Paz, Alí Chumacero, Jaime Labastida, Evodio Escalante y Arturo Cantú quienes, en distintos momentos, dedicaron concienzudas páginas al análisis del poema. Poema enigmático y complejo en su transparente claridad, nos lleva en cada relectura a una proliferación de sensaciones y descubrimientos.  Han sido múltiples las interpretaciones que se han hecho de él. La de Octavio Paz, publicada en su libro Las peras del Olmo, lo ubica como un poema de lo temporal en el que “se señala uno de los momentos más tensos del diálogo entre substancia y forma”, durante el cual los elementos “en lugar de consumirse en su propio fluir…aspiran a escapar de la destrucción realizándose en una forma: canción, soneto”. El poema, dice Paz, canta la muerte de Dios, de la conciencia universal y la de cada uno de nosotros. “Es una muerte circular y eterna, porque es una muerte que no deja de morir” 5.
     El punto de vista fúnebre de Paz, con variantes, parece ser el dominante en el análisis del poema, con posturas que plantean desde que “no ocurre nada en el mundo, y que por lo tanto no hay nada que contar acerca de él”6, como dice Evodio Escalante de Ramón Xirau y otros exegetas del poema; hasta la de Jaime Labastida, quien, según el mismo Escalante, propone que en el poema “la inteligencia divina le habría aconsejado a Dios que se abstuviera de crear el mundo…y éste, al fin, ¡le habría hecho caso! Por ello, el poema de Gorostiza sería, según esto, una formidable contrateodicea. Esto es: lo contrario de una creación del mundo a partir de la palabra divina”7. En virtud de lo cual el propio Labastida lo califica de blasfematorio8.  
  Otro destacado estudioso de la obra de Gorostiza, Arturo Cantú, dijo que Muerte sin fin “podría ser entendido como un aborrecer de la inteligencia divina, ya que el autor considera que la creación es imperfecta… por ello señala la imposibilidad de que el mundo pueda ser creado, debido a que lo primero que desaparecería sería la poesía, luego el lenguaje, posteriormente el hombre, los animales, los vegetales y los minerales. Todo tendría que destruirse si no puede haber un acuerdo entre materia y forma”9 .
 A contracorriente de las posturas que él mismo califica como “arte puristas”, “negativistas” o “nihilistas” del poema,  Evodio Escalante afirmó recientemente que en su libro José Gorostiza. Entre la realidad  y la catástrofe, seexplica que “en realidad Gorostiza lo que daba a entender era la maravilla de esta ‘apenas luz’ que es la que disfrutamos todos los mortales durante nuestra deriva aquí en la tierra” 10, y adelanta que la recién descubierta “Declaración de fe poética”,11 texto en prosa de tres párrafos formulado por Gorostiza -- al parecer, antes de la composición de Muerte sin fin--, equivale a un silogismo que confirma su lectura sobre el poema, y revela que el poeta “no era tan pesimista como suponen muchos de sus intérpretes más famosos”, sino que “el hombre está perdido en un diluvio de luz”, pero no se da cuenta. Dice Escalante que “el lado positivo de Gorostiza estriba en mantener que el hombre tiene la posibilidad de rescatarse de este estado de pérdida”.
     Cabe recordar que para este crítico la interpretación más fascinante de Muerte sin fin es la de Salvador Elizondo quien vio en el  poema “un flujo que todo lo abarca, que todo lo lleva a un origen ineluctable, que dirige todas las cosas al punto en que nacen para morir nuevamente” 12, pero ese tiempo circular abarca no sólo el fin de los tiempos sino “un origen que en todo tiempo está teniendo lugar”13.
     Siguiendo la tradición de rendir culto a Muerte sin fin, prolongada por fortuna a nuevos lectores en todos los ámbitos, a continuación, además de realizar una aproximación al poema, haré una breve recapitulación de los postulados filosóficos que permean su discurso, según se ha establecido en buena parte de los comentarios al mismo.
     Desde que Octavio Paz  apuntara en su clásico texto sobre el poema la afirmación de que los extremos que presiden a Muerte sin fin son el pensamiento de Heráclito de Éfeso y Parménides de Elea --los presocráticos cuyas explicaciones sobre el origen del mundo fundan la tradición filosófica de Occidente--, la idea abrió brecha en muchos ensayos que de allí arrancaron para abordar el tema.
     Porque es inevitable no advertir en Muerte sin fin el siempre cambiante fluir del río de Heráclito así como su Ley del eterno retorno, en la que el mundo se concibe como una constante sucesión dentro de un ciclo incesante en el cual las cosas cambian permanentemente. El dinamismo de tal ley, dice la historia de la filosofía, nos lleva a pensar que, en última instancia, al repetirse el ciclo eternamente, nada cambia.  De esta manera Heráclito afirma, a la vez que el cambio y el movimiento, la permanencia de las cosas. Para Heráclito el tiempo es movimiento irrepetible; somos un instante y al siguiente estamos dejando de ser. Somos y no somos, nuestra vida transcurre en el extremo de los opuestos, y los opuestos más determinantes son el momento del nacimiento y el de la muerte. Así ocurre con todas las cosas de mundo; el mundo es movimiento y éste sólo es posible en cuanto hay contraste y oposición. Y no hay que olvidar que para Heráclito más allá del mundo en que vivimos existe una unidad última y armoniosa que se realiza en Dios, supremo fin que disuelve todas las contradicciones.   
    Por otra parte en Muerte sin fin también podemos advertir a Parménides. Las ideas de este filósofo se nos muestran en esa rigidez de “la forma” que al final del poema se entrega disolviéndose en la delicia de su muerte”, en “el instante del quebranto”, instante mínimo en que todos los seres se repliegan e inician el regreso a su origen. En “la forma” fría, estática, cruel e imperturbable de la que habla el poema presentimos el ser inmóvil que, para Parménides, es el verdadero origen de las cosas; ser eterno, continuo, sin principio ni fin.

Yendo más atrás, podemos encontrar a otros pensadores del periodo que de igual manera tienen una presencia en Muerte sin fin. Es el caso de Hesíodo con su postulación del Caos anterior a todas las cosas; de Tales de Mileto, quien encontró en el agua el origen de todo, y de Anaximandro que propuso buscar el verdadero origen del universo en el apeiron, palabra cuyo significado es lo indefinido y lo informe.
Realizaré ahora un recorrido a lo largo de Muerte sin fin y trataré de llegar a alguna conclusión siguiendo cada una de las diez partes en que está dividido el poema. Para ello, citaré sus primeros versos.

1.
“Lleno de mí, sitiado en mi epidermis,
por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso
por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo;
lleno de mí ---ahíto---me descubro
en la imagen atónita del agua…”

Es el momento de la conciencia del hombre/ criatura sobre sí mismo, quien se   descubre en el agua constreñida por el vaso.

2.
“¡Mas qué vaso  ---también---más providente!
tal vez esta oquedad que nos estrecha
en islas de monólogos sin eco,
aunque se llama Dios,
no sea sino un vaso
que nos amolda el alma perdidiza,
pero que acaso el alma sólo advierte
en una transparencia acumulada
que tiñe la noción de Él, de azul”.

El vaso/ Dios le da conciencia de su existencia al hombre. En este momento Dios todavía es de “presencia tímida e inocencia clara” y circunda amorosamente a la criatura. El río de la conciencia de la criatura es hostil y ésta sólo logrará ponerse en pie en ese amor del vaso que la circunda. Es el tiempo de Dios que se repetirá una y otra vez. El ojo de la criatura, en la luz, mira, sin ver, a Dios y las cosas cotidianas que se esconden detrás de él. 

Fotografía
Joan Myers / 1991

3.
“Pero en las zonas ínfimas del ojo,
no ocurre nada, no, sólo esta luz
--ay, hermano Francisco,
esta alegría,
única, riente claridad del alma”.

La criatura/hombre todavía no es plenamente consciente de Dios, aunque lo intuye en la luz y en las cosas del mundo que empiezan a crearse: plantas, semillas, follajes, la luna, los mares, las aves. En esta alegría de la intuición aparece también la crueldad de Dios, porque éste, a través del sueño, además de otorgarle al hombre la palabra y el poema, lo tortura, le da el llanto, el rencor, la angustia y lo perfora, lo llena de tumores para, al final, circundarlo con un abrazo de hielo. Dios, que es también sueño del hombre, se cansa de su creación pero no puede detenerse, y sueña que su sueño de creación y destrucción se repite, “muerte sin fin de una obstinada muerte”. Así,  Dios es una inteligencia que lo consume todo, hasta el silencio.
4.
“¡Oh inteligencia, soledad en llamas,
que todo lo concibe sin crearlo!
finge el calor del lodo,
su emoción de sustancia adolorida…”

Aquí la conciencia de Dios se presenta como inteligencia hermética, paralítica, fría que no reconoce la pesadumbre de la carne, y que no concilia la vida con la muerte.

5.
“Iza la flor su enseña,
agua, en el prado.
¡Oh, qué mercadería
de olor alado!”

En esta canción hay, a modo de interludio, un descanso melódico en el que el poeta canta las metáforas que ha venido elaborando en la primera parte del poema sobre Dios, el mundo y la angustia del hombre, poniendo en el centro al agua, símbolo de la criatura/hombre.

6.
“En el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma
---ciertamente”.

El agua/criatura busca la inteligencia que le procura Dios; la conciencia de sí, la forma. Ambiciosa, “quiere un ojo para mirar el ojo que la mira”.

7.
“¡Pero el vaso en sí mismo no se cumple.
Imagen de una deserción nefasta
¿qué esconde en su rigor inhabitado,
sino esta triste claridad a ciegas,
sino esta tentaleante lucidez?
Tenedlo ahí, sobre la mesa, inútil”.

El vaso/Dios/forma, solo, se cansa de su vacío. Quiere “ser colmado en el agua, en el vino, en el aceite”. Hay un deseo de fusión de la forma/Dios/ vaso con la criatura/agua.

8.
“Mas la forma en sí misma no se cumple.
Desde su insigne trono faraónico,
magnánima,
deífica,
constelada de epítetos esdrújulos,
rige con hosca mano de diamante”.

La forma/Dios tiene el sueño de identificarse con la criatura/agua, para cumplirse. Pero el sueño de esta fusión es cruel, porque significa la disolución y la muerte de Dios.

9.
“En la red de cristal que la estrangula,
el agua toma forma,
la bebe, sí, en el módulo del vaso,
para que éste también se transfigure
con el temblor del agua estrangulada

que sigue allí, sin voz, marcando el pulso
glacial de la corriente”.

Es el momento en que se da el deseo de fusión del vaso/Dios con el agua/criatura. Pero es también “el instante del quebranto” en que todos los seres vuelven a sus orígenes; instante en que se consume el lenguaje del hombre y se instala el silencio primigenio. Y si bien desfilan los seres de los reinos del mundo mostrando la magnificencia que los distingue: animales, vegetales, minerales, sonidos; todo se vuelve destrucción y, finalmente, se inmoviliza, pues la forma/Dios se ha entregado a la “delicia de su muerte” y los seres acaban devorándose unos a otros. El espíritu de Dios flota entonces, herido en  llanto.

10.
“¡Tan- tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una espesa fatiga,
un ansia de trasponer
estas lindes enemigas,
este morir incesante,
tenaz, esta muerte viva,
¡Oh Dios! que te está matando
en tus hechuras estrictas…”

  El Diablo, enemigo supremo de Dios, se burla de la muerte incesante de éste y de su presencia de luz vacía que es una catástrofe infinita para el mundo. Al final, hay un baile con la muerte que acecha y enamora, y con la que nos vamos al diablo.
De esta lectura del poema llego a lo siguiente: Muerte sin fin canta en imágenes ambivalentes y enigmáticas que se disparan hacia múltiples significados, la conciencia del ser humano de sí, su conciencia de la transformación incesante del mundo y del universo, y el vislumbre de Dios que, por más esfuerzos que hagamos, sigue apenas intuido detrás de su luz,  forma hermética que al fusionarse con los seres que crea los destruye y se destruye, muere hasta quedar inmóvil en una incesante muerte que al hombre le es inexplicable.
 Así, Gorostiza se cuestiona el origen de la existencia y su desenlace, cuestionamiento que no logra resolver la idea de Dios e, incluso, la idea misma de la muerte, porque el ciclo o movimiento en que ocurren el mundo y el universo no se termina, el cambio es infinito.

Para terminar, si Muerte sin fin es una imagen, entendida ésta como “el acto mediante el cual el poeta se apodera de los contrarios y los transmuta”, del modo que la definió Octavio Paz14; pienso que sí, que quizá sea la imagen hermosa, delirante, perfecta de la más profunda pregunta formulada por el hombre desde el inicio de los tiempos: ¿por qué la vida?, y su respuesta insoluble.

Notas:
1 José Gorostiza, Muerte sin fin y otros poemas. “Definiciones, Notas sobre poesía”. Lecturas Mexicanas, Fondo de Cultura Económica. México, 1983, p. 21.
2 Ibidem., p p. 10-11.
3 José Gorostiza, Muerte sin fin. Prólogo a la edición facsimilar de la primera edición de 1939. Verónica Loera y Chávez. Ediciones Cvltvra. México, 1989.
4 José Gorostiza, Muerte sin fin y otros poemas. “Definiciones, Notas sobre poesía”. Op. Cit., p. 10.
5 Octavio Paz, Las peras del Olmo. “Muerte sin fin: José Gorostiza”. Universidad Nacional Autónoma de México, 1957.
6 Evodio Escalante, “El otro regreso de José Gorostiza”, La Jornada semanal, 23 de septiembre de 2007.
6 Ibidem.
7 Ídem.
8 Arturo Cantú, “Aspectos filosóficos de Muerte sin fin”. Cátedra “Carlos Pellicer” de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), 5 de septiembre de 2001.
9 Evodio Escalante “El otro regreso…”, op. cit.
10 Publicada en José Gorostiza, Poesía y Prosa. Siglo XXI Editores, México, 2007.
11 Evodio Escalante, “José Gorostiza ante la crítica”. La jornada semanal, 11 de noviembre de 2001.
12 Ibidem.
13Octavio Paz. Las peras del Olmo, op. cit.

 

Ciclo Literario.

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