Matar al hombre literario

Marie-Claire Figueroa


Hace dos años, Ciclo literario publicó un ensayo intitulado “Volver a Hemingway”, estructurado a partir del cuestionario de los entrevistadores de la revista Paris Review, en los años 1950; esta revista fue editada durante largo tiempo por George Plimpton fallecido hace poco. Algunos escritores consideraron este cuestionario como una especie de yugo: Henry Miller dijo claramente que unas preguntas no tenían sentido y William Faulkner declaró que solía reaccionar con violencia a un interrogatorio sobre puntos personales y que, por lo demás, era capaz de responder de modo diferente a la misma pregunta de un día para otro. Menos mal que los entrevistadores persistieron en su labor: estas entrevistas resultaron fructíferas y muestran puntos comunes entre ambos autores y también con Hemingway.
En la introducción de las charlas se trata casi siempre del método y de las condiciones del trabajo. Dejar siempre algo del precioso líquido, decía Hemingway en 1954; no agotar la reserva, repite Miller en 1961, y evitar trabajar con lo que conoce uno, sino luchar para sacar a la luz solamente los elementos desconocidos, más difíciles de usar en el proceso de la escritura; en realidad son los únicos que valen la pena. Esto nos recuerda la teoría de la punta del iceberg mencionada por el autor de Adiós a las armas.


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Henry Millar y desnudo con máscara /
Man Ray. 1945

En cuanto al rewriting1, Miller tiene una técnica diferente a la de Hemimgway: no vuelve a leer durante la escritura. Una vez la obra terminada, la deja reposar un mes o dos para verla después con una mirada nueva; entonces empieza a “trabajar con hacha”, cortando drásticamente cuando es necesario. En el proceso de mecanografiar por primera o segunda vez (¡qué lejos estamos todavía de las facilidades proporcionadas por las computadoras!), aún pueden hacerse cambios, de ahí la importancia de mecanografiar uno mismo (conozco a escritores en ciernes y estudiantes quienes pagan a una secretaria para pasar sus trabajos en limpio, sin darse cuenta que pierden una buena oportunidad para volver a leer y corregir).
Por otra parte, sigue Miller, demasiado confort es nocivo. Algo de incomodidad constituye una especie de estímulo al trabajo. A pesar de que la fama les haya traído dinero, muchos artistas no cambian su modo de vivir (véanse las fotografías del taller de Alberto Giacometti en París, en los últimos años de su vida; esto debería servir de consuelo a los que miran con envidia el ensanche paulatino de las residencias de los políticos al subir las gradas del poder, de los comerciantes, de los petroleros, de los narcotraficantes, de la gente de iglesia, y me quedo corta. Un escritor, un pintor y un músico juntos tienen menos probabilidades de amasar durante su vida la décima parte del dinero que acumule un comerciante en un par de años de bonanza). Lo que necesita el escritor, dice Faulkner, es solamente un lápiz y un papel; en su caso particular,  necesitaba además whisky y su pipa.
Al escribir, no debe uno pensar demasiado, más bien seguir la inspiración que se traduce, según Miller, por un dictado de la mente. Es la señal de una fermentación y maduración subconsciente. Cuando empieza este dictado no hay que perderlo. El humorista James Thurber, escritor contemporáneo de Miller y de Faulkner, apunta lo siguiente en su entrevista con George Plimpton: “Nunca sé con seguridad cuando no estoy escribiendo. Algunas veces se me acerca mi mujer en una fiesta y me dice: “¡Maldita sea, Thurber, para de escribir!” Por lo general, me agarra a mitad de un párrafo. O bien mi hija levanta la vista de su plato cuando estamos comiendo y pregunta: “¿Papá está enfermo?” y mi mujer le contesta: “No, está escribiendo algo”. Esta clase de distracción y a la vez de abstracción del mundo es característica de quienes están gestando algo en la mente y no encuentran paz hasta liberarse del peso de su obra.
        Miller insiste sobre la importancia de los momentos de silencio y de meditación como en la filosofía Zen, “mientras uno pasea, o se afeita, o juega, o lo que sea, e incluso cuando se conversa con alguien en quien uno no está vitalmente interesado. Uno está trabajando, la mente de uno está trabajando en este problema que se encuentra en un rincón de la cabeza, así que cuando se sienta uno ante la máquina de escribir, sólo es cuestión de trasladar”; es cuando las ideas y las palabras caen en gran tumulto, unas sobre otras; tiene uno la sensación que nunca se agotará el tema. Si la máquina no está a proximidad, yo agregaría que el papel y el lápiz deben permanecer siempre a la mano, en el buró en previsión de un despertar a media noche, en la bolsa, en el carro para llenar los tiempos muertos de los interminables cambios de semáforos. Es extraño comprobar que después de la generación de los escritores que necesitaban el silencio y la meditación, están naciendo otras cuyo aprendizaje en las grandes ciudades se realizan en el ruido y también en los inevitables grupúsculos. Miller se consideraba “un lobo solitario, siempre en contra de los grupos, y las sectas, y los cultos, y los ismos y todo esto”. Faulkner prefería el silencio al sonido: “La imagen producida por las palabras ocurre en el silencio. Es decir que el trueno y la música de la prosa tienen lugar en el silencio”. En conclusión, si nuestra prosa resulta mediocre, debido tal vez a este aprendizaje forzoso en el ruido, habrá que aprender a alejarse de la ciudad para redescubrir la fuente del silencio. Al instalarse en Big Sur en California, Miller huía del ruido y también del alboroto —precio de la fama— causado por los admiradores que lo perseguían.
Ni Miller, ni Faulkner, ni Hemingway eran diletantes. Trabajaban duro y con disciplina. Escuchemos la respuesta de Faulkner al entrevistador quien solicitaba una fórmula para volverse un buen novelista: “99 por ciento talento…99 por ciento disciplina…99 por ciento trabajo”. Pero esto no impide que el oficio sea divertido. En varias ocasiones, Faulkner insiste sobre el placer que encuentra en el proceso de escribir. Sin embargo la exigencia con uno mismo no debe relajarse: no sentirse satisfecho nunca permite seguir mejorando en una lucha prolongada para conseguir la perfección. Esto es muy saludable, agrega el escritor: cómo uno cree estar a punto de alcanzarla sin lograrlo jamás, sigue uno esforzándose sin tregua. Según él, lo único que quedaría después de alcanzar la perfección sería el suicidio. Adoptar una técnica de escritura no es lo esencial para él; es más importante aprender por medio de sus errores. Para Miller “la mejor técnica es no tener ninguna”. En otra ocasión, éste aconseja no detenerse ante un obstáculo difícil de franquear. Sería una pérdida de tiempo obstinarse en superarlo de inmediato, hay que “brincarlo”, posponer el trabajo algún tiempo que servirá para madurar y encontrar la solución en el momento oportuno.

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Serge Bramly y Bettina Rheims

En varias ocasiones, los escritores entrevistados no dejaron de ser un tanto provocativos en sus respuestas y comentarios, en particular acerca del futuro de la novela y de la literatura en general. O ¿será que eran simplemente realistas? Escuchémoslos: “Yo vería con júbilo, dice Miller, el día en el que el cine desplace a la literatura, el día en que ya no hubiera necesidad de leer. De las películas, uno recuerda los rostros y los ademanes como nunca los recuerda cuando uno lee un libro…” Y Faulkner: “Me imagino que mientras la gente siga leyendo novelas, seguirá escribiéndolas o viceversa. A menos, por supuesto, que las revistas ilustradas o las tiras cómicas acaben por atrofiar la capacidad del hombre para leer, y la literatura se encuentre realmente de regreso a la escritura en las paredes de la cueva de Neandertal…” Mejor no cavilemos nosotros sobre los estragos de la televisión y sobre todo de los video-juegos en los jóvenes en los que el porcentaje de lectores va en pique. Por mi parte, prefiero atenerme a la esperanza que Ray Bradbury blande como antorcha en su novela Fahrenheit 451: pase lo que pase, siempre habrá amantes de la lectura que se encarguen de transmitir el patrimonio literario universal a las generaciones futuras.
Las obras de Miller y de Faulkner no desmienten sus teorías. En una carta a Wallace Fowlie, Henry Miller apunta: “¿Cómo puede uno disociar la lectura de las ideas?” Todo el credo de Miller está en sus cartas dirigidas a este profesor de literatura de la Universidad de Yale con quien empezó un intercambio epistolar al enviarle una nota de felicitación por su obra Narcissus. Fowlie publicó las cartas de Miller junto con sus propias respuestas. En la introducción del libro que se editó en Nueva York en 1975, Fowlie recoge pensamientos de Miller que éste ya había expresado en la charla con Paris Review en 1961. Uno de ellos es la definición del artista como hombre “dotado de antenas” que sabe asir las corrientes del cosmos. Otro concierne al carácter apolítico de Miller, quien declaró que “renunciar a un régimen capitalista por un régimen socialista, era simplemente cambiar de amos”. En la entrevista el escritor muestra desconfianza hacia la política: “Considero la política como un mundo completamente sucio y podrido. La política no nos lleva a ninguna parte. Lo degrada todo”. En seguida, rechaza el idealismo político de escritores como Orwell, lo que nos recuerda nuevamente a Hemingway quien no apreciaba a los escritores que se preocupaban por incluir problemas socio-políticos en sus obras. Las cartas de Miller a Anais Nin reproducidas por ella en su diario contienen también algunas de sus teorías sobre la literatura (aunque el tono de estas cartas es más frívolo que en las dirigidas al honorable profesor universitario).
Hablar de Miller sin hablar de sexo no sería pintar al hombre y su obra en su totalidad. La entrevista dedica alrededor de una cuarta parte a este aspecto tan controvertido en su época. Allí, el autor precisa la diferencia entre pornografía que rechaza, y obscenidad que juzga necesaria y saludable: “Cada vez que se viola un tabú, sucede algo bueno, algo vigorizante”. En la introducción a sus cartas con Henry Miller, Wallace Fowlie explica el por qué de su obscenidad: Miller la utiliza para expresar las fuerzas naturales que siente en su interior y que se levantan contra las restricciones impuestas por la civilización, esta civilización considerada por el autor de The Airconditioned Nightmare como la arteriosclerosis de la cultura.
Más adelante, veremos que la obra de Faulkner nos proporciona algo diferente. Él también era congruente con sus ideas pero los temas de sus novelas y el medio en el que se mueven sus personajes es ajeno al mundo de Miller. Éste, fuertemente influido por sus años en París, estaba impregnado de cultura y de literatura francesa desde Villon y Rabelais (este último era de sus preferidos) hasta los tres poetas malditos del siglo XIX: Lautréamont, Baudelaire y Rimbaud, sobre todo Rimbaud, al que tradujo y estudió con apasionamiento. ¡Y qué decir de los del siglo XX! Miller estaba siempre en alerta para descubrir a nuevos escritores, incluyendo a filósofos como Jacques Maritain o Jean-Paul Sartre. Fowlie, gran admirador y conocedor de la literatura francesa, le auxiliaba en su búsqueda de nuevos autores y compartía su entusiasmo por algunos de ellos. Ambos escribieron sobre Arthur Rimbaud, con el que se identificaba mucho Miller. Cuando tuvo que regresar a Estados Unidos al estallar la II Guerra Mundial, no dejó nunca de mantener vivos sus lazos con el mundo artístico de Europa, sobre todo con el de Francia. Su primer libro, Tropic of Cancer, fue publicado en París en 1934, en inglés (a causa de la dura controversia que suscitó en el medio puritano de su propio país, no fue publicado en Estados Unidos antes de 1961).
Su sensibilidad al arte se manifestaba en la música que amaba —tanto el jazz como la música clásica— y en la pintura: sus acuarelas eran muy apreciadas por sus amigos y en el medio internacional: la venta de éstas le ayudaba a saldar eternas deudas. Georges Rouault y Miró inspiraron su obra Into the Night Life; Fernand Léger y Marc Chagall insistían en ilustrar alguna obra suya. Escribió sobre Van Gogh; en realidad conocía ampliamente a los pintores europeos contemporáneos. Las cartas revelan su vida artística compartida entre sus novelas, la lectura2, diversas traducciones y la pintura; dedicaba también mucho tiempo a la crítica literaria, pero el francés y la cultura francesa imprimieron su sello en varias de sus actividades literarias3.
El mundo de Faulkner es otro. De igual manera, él leyó a los clásicos europeos, entre los cuales cita a Balzac (otro favorito de Miller), a Flaubert, a los rusos y a los ingleses. Es más, consideraba a los grandes escritores como unos amigos a quienes le gustaba encontrar mediante unos minutos de lectura cotidiana. Pero la influencia europea quedó allí latente; el centro de la novelística de Faulkner es el sur de Estados Unidos en donde sus personajes —cuyos antepasados padecieron el asolamiento de la Guerra de Secesión— viven todavía los mitos y recuerdos en las provincias que él unificó bajo el nombre de Yoknapatawpha. Este condado mítico sería el marco de gran parte de sus novelas y de algunos de sus cuentos. En la entrevista, poco narra Faulkner acerca de la tradición y la realidad sureña. Para saber más, necesitamos consultar una de las numerosas obras críticas de su obra que vierten una luz indispensable para desenredar la trama de algunas historias (consulté la de Irving Howe4). El entrevistador de Faulkner le comenta que algunos lectores se quejan de no poder entender sus novelas, aun después de leerlas dos o tres veces.

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Hervé Guibert / 1982

—“¿Qué remedio se les podría sugerir?”, insiste el entrevistador. —“Que las lean cuatro veces”. Exigente consigo mismo, exigía, fuera de cualquier rasgo de humor, que sus lectores lo fueran también.
Su novela favorita quizá porque le causó más dificultad, era El sonido y la furia. En esta obra, su perpetua insatisfacción lo empujó a contar cuatro veces la misma historia por intermedio de personajes diferentes (tres hermanos y el autor). Su hazaña más grande fue la de empezar el libro por el relato de Benji, un idiota congénito quien cuenta sus recuerdos en desorden absoluto, sin ningún elemento subjetivo. “Su mente sirve a la novela como un cristal totalmente fiel”.5 Siguen en forma de contrapunto la segunda parte, cuyo relato ocurre dieciocho años antes de la primera, luego la tercera y la cuarta, respectivamente el día anterior y el día posterior a la primera.
También Las palmeras salvajes6 tiene estructura de contrapunto ya que sus cinco capítulos alternan con los cinco de El viejo.7 En épocas diferentes, Faulkner dio dos versiones de esta construcción poco usual. Primero, explicó que las había escrito separadamente y enviado a su editor para su publicación; éste las rechazó por ser demasiado cortas, y por esta razón el autor las juntó por capítulos alternados. Después (para no desmentir que era capaz de dar respuestas diferentes a la misma pregunta), proporcionó otra explicación: el primer capítulo de Las palmeras salvajes le pareció tan débil e incompleto que pensó reforzarlo con el principio de una historia paralela: “Comprendí súbitamente que faltaba algo, que la historia necesitaba énfasis, algo que la levantara como el contrapunto en la música”. Prosiguió de esta manera hasta completar los cinco capítulos de cada historia, muestra patente de su ingenio, de su imaginación y de su técnica.
Presumía de no ser hombre de letras, sino solamente escritor. Henry Miller declaró algo similar a su entrevistador: “Hay que matar al hombre literario”. Pero a pesar de que ambos escritores pretendían no dar mucha importancia a la técnica, una atenta lectura de sus obras nos hace descubrir lo que para ellos, después de tantos años de dura labor, se había vuelto casi subconsciente: el arte de saber ordenar los elementos de un trabajo, de tal modo que cada uno, cual pieza de rompecabezas, encuentre el lugar que le corresponde8.

        Notas:
1 Reescribir al momento de la revisión.
2 En 1944, escribe a Fowlie que le costaba mucho trabajo encontrar tiempo para leer, sobre todo por culpa de tantos admiradores que le hacían perder el tiempo. Pero cuando en 1951 hace el recuento de las fichas de los libros que leyó en 50 años, llenan una caja de zapatos y la mitad de otra…
3 Conversaciones con G. Belmont en París se publicó originalmente en francés.
4 William Faulkner, a Critical Study. The University of Chicago Press, 1975.
5 The Sound and the Fury.
6 The Wild Palms.
7 Old Man.
8 Las citas están extraídas de la traducción que hizo José Luis González de las dos primeras series, con el título de El oficio de escritor.

 

 

Ciclo Literario.

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