Las  palabras: espejo de los días *

Lorenzo León Diez


Días de diccionario
Ilan Stavans
Textos de Difusión Cultural UNAM
2006

¿Se imaginan ustedes a un señor que está obsesionado con los diccionarios?  Y no solamente de los lexicones –ahorita veremos qué diablos significa esta palabra- sino ¡el colmo, alguien enamorado de la sección blanca de los directorios telefónicos!  O sea, el directorio telefónico, nos dice Ilan Stavans en su libro Días de diccionario, que editó Textos de Difusión Cultural de la UNAM, es también un diccionario, uno en el que en vez de definiciones se ofrecen direcciones y números de teléfono.
Bueno, estarán ustedes de acuerdo conmigo que se trata de un gusto bastante raro ese de ponerse a leer diccionarios en español, inglés, francés, hebreo, ruso, de este siglo y de los pasados, como si fuesen novelas. Y como su propio autor lo sabe, es tan extravagante este ejercicio, o más bien esta religión llamada logoteísmo (o sea la creencia en el poder supremo de las palabras) que  decidió escribir una meditación sobre los diccionarios.


Fotografía
Serge Bramly y Bettina Rheims

Ilan Stavans, profesor judiomexicano que enseña en universidades de Estados Unidos, se propuso escribir un peregrinaje autobiográfico por la lengua y contestar estas preguntas. ¿Qué papel desempeñan los diccionarios en nuestras vidas? ¿Quién les confiere la autoridad que emana de ellos? y, ¿Qué podríamos decir de su naturaleza no sólo como libros de palabras sino como depósitos de la memoria colectiva?
Esta tarea que resultaba a primera vista bastante aburrida, pues ¿a quien le interesaría leer un libro de cómo se escriben, y para qué, los diccionarios? produjo un libro muy divertido e instructivo a un tiempo. Ilan se preguntó ¿Cómo podemos hablar sobre esta empresa tan amorfa, por no decir laberíntica, que es la lexicografía? Y ahora sí, vamos al diccionario y consultemos la endiablada palabra, pero no en cualquier diccionario, sino nada menos que el del doctor Samuel Johnson Plan of a Dictionary of the English Language,  Plan de un Diccionario del lenguaje inglés, que es, para el profesor Ilan, no sólo el tesoro más erudito y de mayor autoridad producido por un solo hombre, sino también el más ingenioso y divertido de todos los que nuestro logofilo (o sea el que ama la palabra) ha estudiado.
Este diccionario se publicó en el lejano año de 1775 en Londres y su propósito fue fijar la lengua para depurarla de la injerencia de la terminología francesa (y en menor medida de la influencia americana), lograr estandarizar sus voces y –he aquí lo que lo vuelve revolucionario- ofrecer citas históricas de autores importantes para definir su uso. ¿En qué se ocupa, pues, según Johnson, un lexicógrafo? En descubrir el origen de las palabras y en precisar su significado, y una de las normas establecidas por la lexicografía prohíbe que una definición contenga palabras más difíciles e irreconocibles que la palabra definida.
Sin embargo, el profesor Ilan, pronto se dio cuenta que el objetivo de su libro no sería únicamente el de hablar sobre las palabras sino…bueno, sobre el significado de muchas cosas ¿Qué es el lenguaje? ¿De dónde viene? ¿Qué podemos decir del silencio? (por cierto, descubrió en internet un diccionario esloveno del silencio) ¿Es posible definir el silencio sin recurrir al lenguaje? ¿Cómo se relacionan el lenguaje y la memoria? ¿Cómo se define la palabra amor en distintos diccionarios del mundo? ¿Qué podemos decir de la  muerte? Si la muerte es la carencia de vida y la vida es lenguaje ¿Cómo puede el lenguaje referirse a la muerte?
Así que lo que parecía la ocurrencia de un obsesivo más que de un lexicógrafo, o mejor, de un lexicomaniaco (o sea el enloquecido por el lenguaje), deviene en algo endemoniadamente serio, pertinente y profundo, y si Ilan puede hacer muy atractivo este tema es porque es un gran ensayista. Otra vez, vean la utilidad del diccionario, vamos a él, ¿qué es el ensayo? Para Johnson, un ensayo  es “una incursión sin rienda de la mente; un escrito irregular no digerido; no una composición regular y ordenada”. Por eso este libro es una fiesta de la mente, de las palabras, no trata de ser ni un sistema, ni un tratado, ni siquiera un diccionario, sino la liberación del cerebro de un erudito.
El  profesor Ilan es  autor de un lexicón, o sea, diccionario,  muy original y polémico: Spanglish: the making of New American language,que traducido por él mismo quiere decir:   Spanglish: el nacimiento de una nueva lengua americana, publicado en 2003,y resulta quese le aparece un día en su casa nada menos que el famoso doctor Johnson, con el que va a conversar sabrosamente de los temas de su mutuo interés. Le menciona, por ejemplo, que los estadounidenses promedio no usan más de dos mil palabras distintas al día. ¿Y los mexicanos, cuántas utilizaremos? Ninguno de los dos logoteístas lo dicen, pero sería bueno calcularlo, pues como saben ustedes, el español es mucho más vasto que el inglés, se puede decir con él la misma cosa de muchas maneras.
Johnson le dice a Ilan: los diccionarios son como relojes. El peor es mejor que nada y no se puede esperar que el mejor sea realmente exacto.
Ilian le cuenta sobre varias cosas que el Dr. Johnson no alcanzó a ver, como el lenguaje del graffiti, pues murió en 1784.
¿El graffiti? Pregunta el viejo sabio sorprendido.
Nosotros en Oaxaca bien que lo conocemos ¿no es cierto?
Dice Ilian: las ciudades como Londres se han vuelto cuadernos. La gente escribe en las paredes.
En efecto, las ciudades modernas son como un papel, ciudades texto o textos urbanos. Pero Johnson le contesta, Ah, no es nuevo, lo hacían también en mis épocas. Ponían anuncios en las esquinas de las calles. Y el profesor moderno responde lo que ya empieza a ser una definición de la palabra: Pero el graffiti no es un anuncio. De hecho, es una protesta contra la propaganda.
Así, el profesor Ilan continúa sus reflexiones, pues piensa que casi trescientos años después de la muerte de Johnson, el mundo intelectual se ha vuelto repugnantemente especializado. La gente dedica una vida entera a conocer todo acerca de la parte más diminuta del universo. Por lo anterior ¿a quien demonios se le antojaría volverse recopilador de voces?


Fotografía
Hervé Guibert / 1987

Hacer un diccionario es una labor aburrida, le dice Johnson. E Ilian responde No se imagina en lo que se ha convertido: una disciplina gobernada estrictamente por burócratas, unos desalmados. Se les paga para coleccionar palabras, catalogarlas y sistematizarlas. Pero están hechos de hielo. Los diccionarios mismos se han vuelto áridos, aburridos e insípidos. Añoro esos tiempos  (o sea, los del propio Johnson) de la lexicografía cuando el compilador era asimismo un aventurero dispuesto a viajar a los confines del mundo en pos de un prefijo. Todo eso se ha acabado.
Porque el lenguaje es libertad. Necesita artistas, eruditos y educadores. No requiere a alguien que lo “limpie”, pues ¿qué es lo que está sucio? El lenguaje fomenta el progreso o le ata las manos. El lenguaje exhibe el orgullo de una cultura. En la voz del Dr. Johnson, es “el pedigrí de una nación” –pero también confirma sus prejuicios. Y para comprobarlo el profesor Ilian compara dos grandes tomos: el Oxoford English Dictionary, (OED) que pesa 10 kilos, y El Diccionario de la Real Academia Española. El primero es producto del sector privado: Oxford University. Ejerce autoridad en virtud de su riqueza y alcance. El de la Real Academia Española, en cambio, es un artefacto producido por el gobierno. Ha sido diseñado para legislar la lengua española y eso impide que ésta se desarrolle.
Ilian encuentra este ejemplo: El Diccionario de Oxoford no registra la |palabra fuck, pero tampoco fucking ni fucked. Por eso la sorpresa de Ilian, un chilango a toda ley, y exclama (traduciendo a un tiempo) ¿Por qué chingados mi edición del OED no recoge fuck? ¿Qué chingados pasa señores académicos de Oxford? Seguramente están al tanto de la ocultación. Incluso se avergüenzan.
Todos los idiomas –piensa Ilian- tienen una palabra equivalente. Por eso le encanta en español, chingar, palabra central en la definición que de lo mexicano hace Octavio Paz en su Laberinto de la soledad, publicado hace exactamente 50 años.
Pero Ilian es un hombre tolerante y de buen humor, siempre está viendo el lado bueno de las cosas, por eso encuentra una excelente cita del escritor Ralph Waldo Emerson, aficionado, como Ilian, a los diccionarios. Dice Emerson en su Elogio a los libros publicado en 1860: “Un diccionario tampoco es un mal libro para leer. No contiene palabras del bajo mundo, no hay exceso en las explicaciones y está lleno de insinuaciones; la materia prima de posibles poemas e historias”
En efecto, excluir palabras tabú y demás obscenidades es una antigua práctica lexicográfica, lo que no quita la devoción que Ilian siente por su OED, los placeres de consultarlo en su formato tradicional –las pastas duras que se abren como puertas de un santuario, las hojas delicadas y casi translúcidas que se suavizan por la coreografía de los dedos- son infinitos.
Ilian es un “cazador de diccionarios”, sobre todo –dice- me clavo en los diccionarios bilingües, pues él es un atrapalenguas, sí, ladrón de lenguas. Aprendo la lengua de otros y la vuelvo mía. Se vuelve un esfuerzo encomiable sólo porque la traducción es inalcanzable en forma perfecta. Pues, ¿Dónde estaría nuestra civilización sin la traducción?
Toda cultura –nos dice el profesor Ilian-  tiene el diccionario que se merece. Los diccionarios son como espejos: son un reflejo de quienes los produjeron y los consumieron.
Y –ya para acercarnos al final de esta disquisición callejera, ¿alguna vez se había hablado de este espeluznante tema en las banquetas, a cielo abierto?- vamos a hablar un poco del origen de la lexicografía. Esta profesión hace su verdadera llegada con el sánscrito, fue entonces que los glosógrafos griegos recibieron el encargo de explicar a Homero y otros autores clásicos para el público. Volvamos al diccionario: Glosa: Explicación o comentario de un texto oscuro o difícil de entender.
Mucho más tarde La Edad Media fue un manantial de glosarios en latín, inglés y francés. La necesidad de construir un puente entre el idioma de los discursos intelectuales que se celebraban en los monasterios y las lenguas más mundanas fue el motor que impulsó a la lexicografía.

Bien, hemos terminado, no más palabras… ¿cómo habíamos dicho que se define el silencio?.

 

 

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo65octubre2007/laspalabras.html