La M de la palma de mi mano

Ángel Morales


He olvidado a quévine. Podría justificarme diciendo: caminé sonámbulo, pero nadie me creería. No puedo dormir sin que me despierte la conciencia. Demonios, no sé dónde estoy y ya casi empiezan las caricaturas. Deberíatomar un camión, pero si gasto mi moneda no tendré para los video juegos mañana.
Por ahora el panorama no me es familiar. El sol se escurre por la alcantarilla, la gente camina, la gente siempre camina y al igual que yo, no saben por qué. Aquí hay gato encerrado. Debo razonar fríamente: Dios hizo la tierra redonda para que estúpidamente diéramos vueltas. ¿Será esto acaso una trampa de Dios y me tiene como su rehén porque soy diez veces más guapo? De alguna manera, le temo más a Él que al diablo; puedo controlarme para no caer en las tentaciones del diablo, pero no logro vivir en la manera que Dios dictó. A lo lejos, una canción se burla de mí y no sé cómo se llama, suena algo así como: la la la la lalala… y otra vez en un acto de magia se presenta frente a mí la escalera que rebasa las nubes. Debe ser obra del señor titánico sin afeitar, seguro pretende espantarme con su voz gruesa como si hablara desde el baño. Según esto, Él es quien manda; según yo, hizo trampa pues fue Él quien se proclamó Dios sin tener certificado. Ya le he dicho que no podrá convencerme. Además, suponiendo que subiera, los mejores lugares cerca del televisor están apartados.
A causa de la desesperación mi puño reclama golpear la pared, pero he dejado de hacerlo porque cuando uno menos lo espera sacan clavos para defenderse. No me sorprende, si las paredes tienen oídos seguramente están enteradas del poder de mis puños. Mi mano izquierda diariamente se ejercita cargando un kilo de tortillas. La derecha, en cambio, hace trabajos celestiales. Un día de estos sin querer, puedo triturar a alguien. Con la mano abierta no es lo mismo. La M de la palma siempre reclama mi atención, he pensado en quitármela y escribir el nombre de Jathzel. Ya mis pensamientos se mecen en busca de ella; veloces o suaves, a veces se extravían obligándome a cerrar los ojos. Ahora es su recuerdo, voy dibujando el perímetro completo de su cuerpo a fin de tener un mapa, en mi paseo sobre su piel fosforescente termino deslizándome en sus chinos, pero no es el zigzagueo el ladrón del oxígeno, es la aventura de brincar en sus ojos sin paracaídas, quedarse suspendido en el suspenso de su mirada... La M de la palma de mi mano es muy engañosa. Quizá por eso hay muchas mujeres comiendo de ella.
Los humanos empiezan a desaparecer. Solamente hay un extraño a mi lado preguntándose si estoy bien de la cabeza por hablar a solas. Tal vez no lo esté, pero no importa, arrastraré a mis microbios y me iré apenas cambie la luz del semáforo (si tan sólo supiera  hacia dónde). Bueno, va por ti extraño que intentas cruzar la calle.
Mientras esperamos mantenemos el equilibrio en la posición más cómoda para descansar las grasas. A juzgar por la apariencia del hombre, puede decirse que proviene de una raza en peligro de extinción; su estatura es equiparable a la de un pararrayos, una nube alrededor de su cabeza sólo me permite ver una porción de su bigote (imagino que completo ha de ser un bigotazo). Para este hombre sería muy fácil cambiar la luz del semáforo.
Sin embargo, tales reflexiones las hago para olvidar a qué vine, he de olvidar cómo desinflé los neumáticos del Dictador, del parabrisas mejor no digo nada. Desde luego tenía que hacerlo, era mi obligación moral, mi obligación como estudiante. Cualquier alumno que repruebe lleva esa responsabilidad sobre sus hombros.
Todo empezó cuando al Dictador no le gustó mi ensayo del 16 de Septiembre. Para él eran disparates; un chiste, dijo. No entendió la importancia de ese día pues fue entonces cuando adopté a mi perro.
Es posible que alguien en alguna parte me haya visto. Quizá intenten culparme. Cuando eso ocurra, alzaré los ojos, juntaré las manos intercalando los dedos con la intención de mostrar mi aureola y mi inocencia. Será la palabra de un humano contra la de un ángel. 
Una canción se desliza por la banqueta y me trae de vuelta a la realidad junto al extraño, sentimos algunas ondas leves que rozan nuestros vellos hasta acurrucarse en nosotros, quedamos sostenidos por el movimiento de una música que lleva como destino el drenaje, y sin mirarnos el uno al otro adivinamos nuestra presencia por el pulular de las moscas.

Esto es más lento de lo que pensaba. Creo que he desperdiciado la mitad de mi vida en los semáforos.

 

 

 

Ciclo Literario.

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