La condena del motel o la moral americana*

Herbert Gold


En los años cincuenta fueron memorables las entrevistas con escritores que la revista Paris Review, editada por George Plimpton, realizó con los escritores más importantes de la época y que se publicaron en forma de libro posteriormente en Writers at work. Marie Claire Figueroa tradujo para Ciclo Literario la conversación con Vladimir Nabokov que a continuación ofrecemos.

Hijo de un distinguido jurista y hombre de estado, Vladimir Nabokov aprendió a leer inglés antes de dominar el ruso. Nació en San Petersburgo el 23 de abril de 1899, abandonó Rusia en 1919 a causa de la Revolución bolchevique y empezó estudios de literatura francesa y rusa en Trinity College, Cambridge. Después de graduarse en 1922, se reunió con su familia en Berlín en donde permaneció hasta 1937. Durante ese tiempo, escribió sus primeras novelas: Mashenka (1926), King, Queen, Knave (1928), The Defense (1930) y Despair (1936). También escribió historias cortas, crítica y poesía. Colaboraba a menudo con el periódico de los emigrados Contemporary Annals y con Rudder, periódico de los emigrados liberales.
Después de una breve estancia en París (1937-1940) durante la cual escribió The eye (1938) e Invitation to a Beheading (1938), Nabokov llegó a los Estados Unidos con su esposa cuyo nombre anterior era Vera Slonim, y su hijo Dmitri. En esa época decidió escribir en inglés. Se volvió ciudadano norteamericano en 1945 y enseñó literatura rusa y creación narrativa en Stanford, Wellesley, Cornell y Harvard.

Su fama inició en los Estados Unidos en 1958 con la publicación de Lolita. Sus otras novelas e historias cortas en inglés incluyen The Real Life of Sebastián Knight (1941), Bend Sinister (1947), Pale Fire (1962), The Defense (1964), Ada (1969), Mary (1970), Glory (1972), Transparent Things (1972), A Russian Beauty and Other Stories (1973), Strong Opinions (1973) y Look at the Harlequins (1974). En 1973, recibió la National Medal for Literature.

 

Herbert Gold: Buenos días. Si me permite, le voy a hacer cuarenta preguntas un pocos raras.
Vladimir Nabokov.: Buenos días. Estoy listo.
H.G.: Su interpretación de la inmoralidad  de la relación entre Humbert Humbert y Lolita es muy fuerte. En Hollywood y Nueva York sin embargo, son frecuentes las relaciones entre hombres de cuarenta años y chicas apenas más grandes que Lolita. Se casan sin que el público se sienta agraviado; más bien, el público lo halaga.

Fotografía
Philippe Halsman / Vladimir
Nabokov, 1966

V.N.: No, lo fuerte no es mi  interpretación de la inmoralidad de la relación Humbert Humbert-Lolita: es la interpretación de Humbert Humbert. Se preocupa, yo no. Me importa un bledo la moral pública en América o en otra parte. Y, de todos modos, casos de hombres en la cuarentena quienes se casan con chicas antes o ligeramente después de los veinte años no tienen nada que ver con Lolita, para nada. A Humbert Humbert le gustaban las “niñas”, no simplemente las “jovencitas”. Las ninfetas son jovencitas-niñas, no son estrellitas de cine ni “gatitas para sexo”. Lolita tenía doce años no dieciocho cuando la conoció Humbert Humbert. Tal vez se acuerde que, cuando tiene catorce, se refiere a ella como su “amante en estado de envejecimiento”.
H.G.: Un crítico (Pryce-Jone) dijo a propósito de usted que “sus sentimientos no se parecen a los de nadie más”. ¿Lo considera correcto o esto significa que usted conoce sus propios sentimientos mejor que los demás conocen los suyos, o que usted se descubrió en otros niveles, o simplemente que su historia es única?
V.N.: No recuerdo este artículo pero sí, un crítico hace una declaración semejante; significa seguramente que exploró los sentimientos de millones de gente, por lo menos en tres países, antes de llegar a esta conclusión. Si es así, soy un pájaro raro, de veras. Si, por otro lado, se limitó sólo en hacer la encuesta entre los miembros de su familia o de su club, no se puede discutir seriamente su declaración.
H.G.: Otro crítico escribió que sus “mundos son estáticos. Pueden volverse tensos con la obsesión, pero no se separan como los mundos de una realidad cotidiana”. ¿Está usted de acuerdo, existe una cualidad estática en su visión de las cosas?
V.N.: ¿La “realidad” de quién, “cotidiana” en dónde? Déjeme sugerirle que el término mismo de “realidad cotidiana” es profundamente estático puesto que presupone una situación que puede observarse de modo permanente, esencialmente objetiva y universalmente conocida. Sospecho que usted inventó este experto en “realidad cotidiana”. Tampoco existe.
H.G.: Claro que sí (lo nombra). Un tercer crítico dijo que usted “disminuye” sus personajes “hasta el punto en el que se vuelven cifras de una farsa cósmica”. No estoy de acuerdo. Humbert, al ser cómico, destaca una conmovedora e insistente cualidad —la del artista echado a perder.
V.N.: Lo expresaría de otro modo: Humbert Humbert es un malvado vano y cruel que se las arregla para aparecer conmovedor. Este calificativo, en su verdadero sentido, puede aplicarse sólo a mi pobre muchachita. Además, ¿cómo puedo “rebajar” a nivel de números, etc., a personajes que inventé yo mismo? Uno puede “rebajar” una biografía, pero no a un fantasma.
H.G.: E.M. Forster habla a veces de sus personajes más importantes al momento de dictar y de hacerse cargo de la marcha de sus novelas. ¿Esto ha sido también un problema para usted, o siempre se siente seguro?
V.N.: El conocimiento que tengo de la obra de Mr. Forster se limita a una novela, que no me gusta; y de todos modos, no es él quien prohijó este pequeño y trivial capricho sobre los personajes que se le escapan a uno de las manos; es tan viejo como las plumas de ave de escritorio, aunque, por supuesto, simpatiza uno con su gente cuando tratan de zafarse de esa excursión en India o a donde sea que los lleve. Mis personajes son esclavos de galera.
H.G.: Clarence Brown de Princeton ha notado semejanzas sorprendentes en su obra. Se refiere a usted como “redundante” y que, en modos extremadamente diversos, usted, en el fondo, está diciendo lo mismo. Habla del destino como “la musa de Nabokov”. ¿Se da usted cuenta que “se está repitiendo” o, para ponerlo de otra manera, lucha usted por una unidad consciente para sus estantes de libros?
V.N.: No creo haber visto el ensayo de Clarence Brown, pero tal vez haya algo allí. Unos escritores parecen versátiles porque imitan a muchos, del pasado y del presente. La originalidad artística no tiene más que un solo modelo: uno mismo.

 

Fotografía
Serge Bramly y Bettina Rheims

H.G.: ¿Piensa usted que la crítica literaria tiene un fin determinado, en general o específicamente acerca de sus libros? ¿Será, en algún momento, aleccionadora?
V.N.: El propósito de un crítico es el de decir algo sobre un libro que ha leído o no. La crítica puede ser aleccionadora en el sentido que proporciona a los lectores, incluyendo al autor del libro, alguna información sobre la inteligencia del crítico, su honestidad o ambas.
H.G.: ¿Y el papel del editor, hubo alguna vez posibilidad de ofrecerle un consejo?
V.N.: Por “editor”, supongo que quiere decir “corrector de pruebas”. Entre ellos, he conocido a criaturas ingenuas con una ternura y un tacto ilimitados discutiendo conmigo un punto y coma como si fuera un pundonor —lo que, a decir verdad, es a menudo un punto de arte. Pero me he enfrentado también con algunos brutos retrógrados y pomposos quienes trataban de “hacer sugerencias”, las que yo contrarrestaba con un fulminante “¡no cambiar!”.
H.G.: ¿Es usted aficionado a los lepidópteros, un cazador al acecho de sus víctimas? De ser así, ¿no estarán espantados por sus carcajadas?
V.N.: Al contrario, las arrullan y las dejan en un estado de seguridad aletargada, lo que experimenta un insecto cuando remeda una hoja muerta. Aunque no soy, de ninguna manera, un lector ávido de reseñas sobre mi propio material, me acuerdo de un ensayo de una joven señora que trató de encontrar símbolos entomológicos en mi ficción. El ensayo hubiera podido ser divertido si hubiera sabido algo acerca de los lepidópteros. Desgraciadamente, demostró una completa ignorancia y el embrollo de términos que empleó se reveló discordante y absurdo.
H.G.: ¿Cómo definiría su desapego de los llamados emigrados de la Rusia blanca?
V.N.: Bueno, históricamente, yo mismo soy un “ruso blanco”, ya que todos los rusos que dejaron Rusia como mi familia lo hizo en los primeros años de la tiranía bolchevique por su oposición a ella, eran y quedaron rusos blancos en el sentido amplio. Pero estos refugiados se separaron en numerosas fracciones sociales y facciones políticas como lo estaba la nación entera antes del golpe bolchevique. No me mezclo con los “cien-negros” rusos blancos y no me mezclo con los llamados “bolchevizantes”, es decir los “rosas”. Por otro lado, tengo amigos entre los Monarquistas Constitucionales intelectuales y también entre los Revolucionarios Sociales intelectuales. Mi padre era un liberal a la antigua y no me importa si me etiquetan también como un liberal a la antigua. 
H.G.: ¿Cómo definiría su desapego de la Rusia actual?
V.N.: Como una profunda desconfianza del falso deshielo ahora anunciado. Como una consciencia permanente de iniquidades irredimibles. Como una completa indiferencia a todo lo que mueve un hombre sovetski patriota de hoy. Como la viva satisfacción de haber discernido desde 1918 la meshchantsvo (complacencia petit-bourgeois, de esencia filistea) del leninismo.  
H.G.: ¿De qué modo considera usted ahora a los poetas Blok y Mandelshtam, y a otros quienes estaban escribiendo antes de su partida de Rusia?
V.N.: Los leí en mi juventud, hace más de medio siglo. Desde esa época, sigo apasionado por el lirismo de Blok. Sus obras largas son débiles y el célebre Los doce es espantoso, expresado de un modo semiconsciente en un tono “primitivo” falso, con una tarjeta postal color de rosa de Jesucristo pegada al final. En cuanto a Mandelshtam, también me lo sabía de memoria, pero me dio un placer menos fervoroso. Actualmente, a través del prisma de un destino trágico, su poesía parece más grandiosa que lo que es realmente. Notaré entre paréntesis que los profesores de literatura todavía inscriben a estos dos poetas en el programa de algunas escuelas. No hay más que una sola escuela, la del talento.
H.G.: Sé que su obra ha sido leída y atacada en la Unión Soviética. ¿Qué pensaría usted de una edición soviética de su obra?
V.N.: ¡Oh! Serían bienvenidas. De hecho, las ediciones Victor están publicando mi libro Invitation to a Beheading en una reimpresión del original ruso de 1935 y un editor de Nueva York (Phaedra) está imprimiendo mi traducción de  Lolita al ruso. Estoy seguro de que el Gobierno soviético estará feliz de reconocer oficialmente una novela que parece contener una profecía del régimen de Hitler y una novela que condena encarnizadamente el sistema americano de los moteles.
H.G.: ¿Ha tenido algún contacto con ciudadanos soviéticos, y de qué tipo?


Fotografía
Serge Bramly y Bettina Rheims / 1998

V.N.: No tengo con ellos prácticamente ningún contacto, aunque acepté una vez, —por mera curiosidad— al principio de los treinta o al final de los veinte, recibir a un agente de la Rusia bolchevique que estaba empeñándose en  tratar de regresar a los escritores y artistas al redil. Tenía un nombre doble, Lebedev algo, y había escrito una novela corta intitulada Chocolate y pensé que podría divertirme un rato con él. Le pregunté si me permitirían escribir con toda libertad y si me permitirían dejar Rusia si no me gustara allá. Me dijo que estaría tan ocupado en quererla que no tendría tiempo para soñar en regresar al extranjero de nuevo. Tendría toda la libertad, agregó, para escoger entre los numerosos temas que la Rusia soviética otorga generosamente al escritor, tales como granjas, fábricas, selvas en Fakistán (sic) ¡oh!, un montón de asuntos fascinantes. Le contesté que las granjas, etc., me aburrían y mi malvado seductor pronto renunció. Tuvo mejor suerte con el compositor Prokoviev.
H.G.: ¿Se considera usted como norteamericano?
V.N.: Sí, claro. Soy tan norteamericano como abril en Arizona. La flora, la fauna, el aire de los estados del Oeste, son mis vínculos con la Rusia asiática y ártica. Por supuesto debo demasiado a la lengua y al paisaje ruso para estar emocionalmente involucrado en, digamos, la literatura regional norteamericana, o las danzas de los Indios, o en el pie de calabaza a nivel mental, pero siento un baño de calidez, de orgullo festivo cuando muestro mi pasaporte verde de los USA en las fronteras europeas. Una crítica burda de los asuntos norteamericanos me ofende y me aflige. En política interior soy totalmente antirracista. En política exterior, definitivamente estoy del lado del Gobierno. Y cuando dudo, sigo siempre el método sencillo de escoger la línea de conducta que más disgustaría a los Rojos.
H.G.: ¿Hay alguna comunidad de la cual se siente parte?
V.N.: No realmente. Puedo juntar mentalmente un gran número de individuos que me son simpáticos, pero reunidos en la vida real, formarían un grupo muy disparejo y discorde como una verdadera isla. De lo contrario, podría decir que me siento bastante confortable en la compañía de intelectuales norteamericanos quienes han leído mis libros.
H.G.: ¿Cuál es su opinión del mundo académico como medio ambiente para el escritor creativo? ¿Podría hablar específicamente del valor o del perjuicio de su enseñanza en Cornell?
V.N.: Una biblioteca estudiantil de primera categoría con un confortable campus en los alrededores es un medio ambiente espléndido para un escritor. Existe, por supuesto, el problema de la educación de los jóvenes. Me acuerdo como, un día entre dos semestres, pero no en Cornell, un estudiante llevó un transistor a la sala de lectura. Se las arregló para aclarar que (1) estaba escuchando música “clásica”; (2) el sonido estaba bajo; y (3) no había muchos lectores por allí, en verano. Yo estaba, una multitud de un solo hombre.
H.G.: ¿Podría describir su relación con la comunidad literaria contemporánea, Edmund Wilson, Mary McCarthy, los editores que publican sus artículos y sus libros?
V.N.: La única vez que colaboré con algún escritor fue cuando traduje con Edmund Wilson Mozart y Salieri de Pushkin, para el New Republic, hace veinticinco años, recuerdo bastante paradójico ya que, después, el año pasado, se hizo el gracioso atreviéndose a preguntarme lo que había entendido de Eugenio Oneguin. En cambio, Mary McCarthy ha sido muy amable conmigo recientemente, en este mismo New Republic, aunque pienso que le agrego de su propia sopa al fuego descolorido del plum pudding de Kinbote. Prefiero no mencionar aquí mi relación con Girodias, pero contesté en Evergreen a su despreciable artículo en la antología Olimpia. En cambio, estoy en excelentes términos con todos mis editores. Mi cálida amistad con Catherine White y Bill Maxwell del New Yorker es algo que el más arrogante de los escritores no puede evocar sin gratitud y deleite.
H.G.: ¿Podría decir algo acerca de sus hábitos de trabajo? ¿Escribe usted un plan primero? ¿Salta usted de una sección a otra o se mueve usted desde el principio hasta el final?
V.N.: El patrón de la cosa precede la cosa. Relleno los vacíos del crucigrama en cualquier lugar que escojo. Estos trozos, los paso a fichas hasta que termino la novela. Mi programa es flexible, pero soy muy especial a propósito de mis herramientas: tarjetas Bristol rayadas y lápices con goma, no muy duros y con punta bien afilada.
H.G.: ¿Hay algún aspecto específico del mundo que usted quisiera desarrollar? El pasado está muy presente para usted, aun en una novela del “futuro” como Bend Sinister. ¿Es usted un “nostálgico”? ¿En qué tiempo preferiría vivir?
V.N.: En los días por venir de aeroplanos silenciosos y graciosos velocípedos  aéreos, de cielos plateados sin nubes y un sistema universal de carreteras subterráneas acolchonadas, en donde se relegarían los camiones como Morlocks. En cuanto al pasado, no me importaría volver a encontrar desde varios rincones del tiempo-espacio algunas comodidades perdidas, tales como los pantalones bombachos y las largas y profundas tinas de baño.
H.G.: Ya sabe que no está obligado a contestar a todas mis preguntas estilo Kinbote.
V.N.: De ninguna manera empezaría a saltar las tramposas. Continuemos.


Fotografía
Serge Bramly y Bettina Rheims

H.G.: Además de escribir novelas, ¿qué hace, o que más quisiera hacer?
V.N.: ¡Oh! Cazar mariposas, por supuesto, y estudiarlas. Los placeres y las recompensas de la inspiración literaria no son nada al lado del arrobamiento al descubrir un órgano nuevo bajo el microscopio, o una especie desconocida en la vertiente de una montaña de Irán o de Perú. No es improbable que, de no haber tenido revolución en Rusia, me hubiera dedicado completamente a la lepidopterología y no hubiera escrito novelas para nada.
H.G.: ¿Qué es más característico de Poshlust en la escritura contemporánea? ¿Cae usted en la tentación del pecado de Poshlust, alguna vez cayó en esta tentación?
V.N.: “Poshlust”, o en una mejor transliteración Poshlost*, tiene muchos matices y evidentemente no los he descrito con bastante claridad en mi librito sobre Gogol, si piensa usted que se le puede preguntar a cualquiera si está tentado por el Poshlost. Basura cursi, clichés vulgares, convencionalismo en todas sus fases, imitaciones de imitaciones, profundidades espurias, seudoliteratura mal acabada, deficiente, deshonesta —estos son ejemplos obvios. Ahora, si queremos restringir poshlost a la escritura contemporánea, tenemos que buscarlo en el simbolismo freudiano, en las mitologías apolilladas, el comentario social, los mensajes humanísticos, las alegorías políticas, las exageradas preocupaciones por razas y clases, así como los lugares comunes periodísticos que todos conocemos. Poshlost  desarrolla conceptos como “América no está mejor que Rusia”, o “Somos todos participes de la culpabilidad de Alemania”. Las flores de Poshlost alcanzan su pleno desarrollo en frases y términos tales: “el momento de la verdad”, “carisma”, “existencial” (empleado con toda seriedad), “diálogo” (aplicado a las pláticas políticas entre naciones), y “vocabulario”  (aplicado a un mamarrachista). Hacer de un resuello la lista de Auschwitz, Hiroshima y Vietnam es un Poshlost sedicioso. Pertenecer a un club muy selecto (que ostenta un nombre judío —el del tesorero) es un poshlost airoso. Las revistas mercenarias son a menudo poshlost, pero se esconden en ciertos ensayos arrogantes. Poshlost llama a Mr. Blank un gran poeta y a Mr. Bluff un gran novelista. Uno de los lugares privilegiados de crianza de Poshlost  ha sido siempre la Exposición de Arte; allí está producido por susodichos escultoresquienes trabajan con las herramientas de raqueros, construyendo cretinos en forma de cigüeñales de acero inoxidable, estéreos zen, pájaros apestosos de poliestireno,  objetos trouvés en letrinas, balas de cañón, balas en conserva. Allí admiramos en paredes estilo gabinetti muestras de artistas llamados abstractos, surrealismo freudiano, disparates tiznados, y manchas de Rorschach —el conjunto tan cursi como el “September Morns” académico y las “Florentine Flowergirls” de hace medio siglo. La lista es larga y, por supuesto, cada uno tiene su bête noire, su mascota negra, en las series. La mía es este anuncio de una línea de aviación: el lunch servido por una moza zalamera a una pareja joven —ella observa con éxtasis el canapé de pepino y él mira ávidamente a la azafata. Y, evidentemente, Muerte en Venecia. Puede apreciar el trecho entre ambos.
H.G.: ¿Hay algunos escritores contemporáneos a quienes sigue con gran placer?
V.N. Los hay, pero no los nombraré. El placer anónimo no ofende a nadie.
H. G.: ¿Sigue usted a algunos con gran desplacer?
V.N.: No. Numerosos autores reconocidos simplemente no existen para mí. Su nombres están grabados sobre tumbas vacías, sus libros son estúpidos, ceros a la izquierda de acuerdo con mi gusto literario. Brecht, Faulkner, Camus, muchos más, no significan absolutamente nada para mí y debo combatir una sospecha de conspiración contra mi cerebro cuando veo que los críticos y colegas escritores aceptan como “gran literatura” las copulaciones de Lady Chatterley o las estupideces pretenciosas de Mr. Pound, esta completa impostura. Noté que en algunos hogares, sustituyó al Dr. Schweitzer.
H.G.: Como admirador de Borges y Joyce parece compartir su placer en enredar al lector con ardides, retruécanos y rompecabezas. ¿Cómo considera usted la relación entre lector y autor?
V.N.: No recuerdo ningún retruécano en Borges, pero en ese entonces lo leí sólo en traducción. De todos modos, sus delicados pequeños cuentos y minotauros en miniatura no tienen nada que ver con la gran maquinaria de Joyce. Tampoco encuentro muchos rompecabezas en esta novela de las más lúcidas, el Ulises. Por otra parte, detesto Punningans Wake (sic) en el que un crecimiento canceroso de tejido de vocablos fantasiosos apenas redime la tremenda jovialidad del folklore y la fácil, demasiado fácil alegoría.
H.G.: ¿Qué aprendió de Joyce?
V.N.: Nada.
H.G.: ¡Oh, por favor ¡
V.N.: James Joyce no me ha influenciado lo más mínimo. Mi primer breve contacto con Ulises fue alrededor de 1920, en la Universidad de Cambridge, cuando a un amigo, Peter Mrozovski, quien había traído una copia de París, se le ocurrió leerme uno o dos pasajes picantes del monólogo de Molly, que, entre nous soit dit, es el capítulo más débil del libro. Solamente quince años después, cuando era ya un escritor formado, sin deseos de aprender o desaprender nada, leí el Ulises y lo aprecié enormemente. Finnegans Wake me deja indiferente como me pasa con cualquier literatura regional escrita en dialecto —aun si es el dialecto del genio.
H.G.: ¿No está haciendo un libro sobre James Joyce?
V.N.: Pero no sólo sobre él. Lo que trato de hacer es publicar cierto número de ensayos de veinte páginas sobre varias obras —Ulises, Madame Bovary, La Metamorfosis de Kafka, Don Quijote y otros— todos basados en mis conferencias en Cornell y Harvard. Me acuerdo haber hecho añicos con el Don Quijote, libro tosco y viejo, ante seiscientos estudiantes en Memorial Hall, lo que horrorizó y desconcertó algunos de mis colegas más conservadores.
H.G.: Y ¿qué me dice de otras influencias, Pushkin?
V.N. En algún sentido —pero no más, digamos, que Tolstoi o Turgueniev fueron influenciados por el orgullo y la pureza del arte de Pushkin.
H.G.: ¿Gogol?


Fotografía
Philippe Halsman / Vladimir Nabokov, 1966

V.N.: Tuve el cuidado de no aprender nada de él. Como maestro es dudoso y peligroso. En el peor de los casos, con sus baratijas de Ucrania, es un escritor sin valor; en el mejor de los casos, es incomparable e inimitable. 
H.G.: ¿Algún otro?
V.N.: H.G.Wells, gran artista, fue mi autor favorito de chico. The Passionate Friends, Ann Veronica, The Time Machine, The Country of the Blind, todas estas historias son mucho mejores que cualquier cosa de Bennett o de Conrad, o, de hecho, de cualquier cosa producida por los contemporáneos de Well. Se pueden ignorar sin problema sus cavilaciones sociológicas, pero sus novelas y fantasías son soberbias. Hubo un momento terrible durante una cena en nuestra casa de San Petersburgo cuando Zinaida Vengerov, su traductora, informó a Well, moviendo la cabeza: “Sabe usted, la obra suya que prefiero es The Lost World.” “Quiere decir la guerra que los marcianos perdieron”, dijo rápidamente mi padre.
H.G.: ¿Aprendió usted algo de sus estudiantes de Cornell? ¿La experiencia fue solamente del punto de vista económico o la enseñanza le aportó algo valioso?
V.N.: Mi método de enseñanza excluye un verdadero contacto con los estudiantes. En el mejor de los casos, hicieron regurgitar algo de mi cerebro durante los exámenes. Cada una de las conferencias que he dado ha sido escrita a mano, luego mecanografiada cuidadosa y amorosamente y la leía pausadamente en clase, a veces parándome para volver a escribir una oración y a veces repetir un párrafo —un pinchazón mnemotécnico el que, sin embargo, rara vez provocaba algún cambio en el ritmo de las manos que lo transcribían. Agradecía a los pocos expertos en estenografía de mi audiencia, esperando que comunicaran la información almacenada a sus compañeros menos afortunados. Traté sin resultado de reemplazar mis conferencias por grabaciones que se hubieran transmitido a través de la radio del Colegio. Por otro lado, disfrutaba mucho las risitas de aprecio en éste u otro lugar cálido del salón de conferencias en éste u otro punto de mi lectura. Mi mejor recompensa viene de estos antiguos alumnos quienes, diez o quince años más tarde, me escriben para decirme que entienden ahora qué quería de ellos cuando les enseñaba a visualizar el peinado de Madame Bovary, traducido de manera errónea, o el arreglo de los cuartos en la casa de Samsa o a los dos homosexuales en Ana Karenina. No sé si aprendí algo al enseñar, pero sé que amasé una cantidad invaluable de información apasionante, al analizar una docena de novelas para mis estudiantes. Como lo sabe, mi salario no era especialmente principesco.
H.G.: ¿Le gustaría decir algo sobre la colaboración que le prestó su esposa?
V.N.: Presidió como consejera y juez sobre la hechura de mi primera ficción, al principio de los años veinte. Le he leído por lo menos dos veces todas mis historias y novelas; y las volvió a leer todas al mecanografiarlas, corrigiendo las pruebas y verificando las traducciones en varios idiomas. Un día, en 1950, en Ithaca, Nueva York, fue la responsable de haberme detenido, pidiéndome un plazo para pensarlo de nuevo al momento que yo, bloqueado por dificultades técnicas y dudas, llevaba los primeros capítulos de Lolita al incinerador del jardín.
H.G.: ¿Cuál es su relación con las translaciones de sus libros?
V.N.: En cuanto a idiomas, mi mujer y yo conocemos o podemos leer  inglés, ruso, francés y, hasta cierto punto alemán e italiano, así que nuestro sistema es una estricta verificación de cada frase. En el caso de las versiones en turco y japonés, prefiero no imaginar los desastres que probablemente salpican cada página.
H.G.: ¿Cuál es su próximo proyecto literario?
V.N.: Estoy escribiendo una nueva novela, pero de ésta, no puedo hablar. Otro proyecto que estoy acariciando desde algún tiempo, es la publicación  del guión completo de Lolita que hice para Kubrick. Aunque haya bastantes préstamos de mi libro en su versión para justificar mi posición legal como autor del guión, la película es sólo un reflejo confuso y mezquino del maravilloso cuadro que imaginé y que escribí escena por escena, durante seis meses de trabajo en una casa de Los Ángeles. No significa que la película de Kubrick sea mediocre; por derecho propio es de primera categoría, pero no es lo que escribí. Un matiz de poshlost es dado a menudo por el cine a la novela que distorsiona y vuelve burda en su avieso espejo. Kubrick, pienso, evitó este error en su versión, pero nunca entenderé por qué no siguió mis orientaciones y mis sueños. De verdad es una lástima. Pero por lo menos, podré ver a la gente leer a mi Lolita en su forma original.
H.G.: Si pudiera escoger uno y solamente uno de sus libros para la remembranza universal, ¿cuál escogería?
V.N.: El que estoy escribiendo o más bien el que sueño escribir. De hecho, me recordarán por Lolita y mi obra sobre Eugenio Oneguin.
H.G.: ¿Piensa usted que tiene algún defecto llamativo o secreto como escritor?
V.N.: La ausencia de vocabulario natural. Una cosa extraña de confesar, pero cierta. De los dos instrumentos que poseo, el primero —mi lengua materna— ya no la puedo utilizar, no solamente porque no tengo una audiencia rusa, pero también porque la excitación de la aventura verbal en el medio ruso se desvaneció paulatinamente después de que me pasé al inglés en 1940. La lengua inglesa, este segundo instrumento que tuve siempre, es, sin embargo, una cosa tiesa, artificial, que puede servir muy bien para describir un insecto o una puesta de sol, pero que no puede ocultar la pobreza de su sintaxis y la insuficiencia de su lenguaje casero cuando necesito el camino más corto entre un almacén y una tiendita. Un viejo Roll Royce no es siempre preferible a un simple jeep.
H.G.: ¿Qué piensa usted del rango de competición de los autores contemporáneos?
V.N. Si, noté sobre este asunto que nuestros críticos profesionales son verdaderos hacedores de libros. ¿Quién está dentro, quién está fuera, en donde quedaron las nieves de antaño? Todo esto es muy divertido. Siento un poco que me dejen afuera. Nadie puede decidir si soy un escritor americano de media edad o un viejo escritor ruso o una rareza internacional sin edad.
H.G.: ¿Qué es lo que más lamenta en su carrera?
V.N.: No haber venido antes a América. Me hubiera gustado vivir en la Nueva York de los treinta. Si mis novelas rusas hubieran sido traducidas en ese entonces, hubieran podido provocar una sacudida y una lección para los entusiastas pro-soviéticos.
H.G.: ¿Encuentra usted significativos inconvenientes a su fama actual?
V.N.: Lolita es famosa, yo no. Soy un oscuro, dos veces oscuro novelista con un nombre impronunciable.

Notas:

* En ruso, la palabra Poshlost significa “banalidad”, “trivialidad”.

 

 

 

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo65octubre2007/emily.html