Julio Galán: Histrionismo y sensualidad ironizada

 


 


Retrato de Luisa / 1990



Piensa en mí / 1991

Para Julio Galán la tortura de pintar empezaba “nada más de pararme frente a la tela y ver qué es lo que va a salir. Me angustio muchísimo, a veces logras un boceto y dices va a ser esto y al final resulta completamente otra cosa. Esto me emociona muchísimo porque siempre es una sorpresa.”
Galán nació en Múzquiz, Coahuila, en 1959, y falleció el 4 de agosto de 2006 a los 47 años, de un derrame cerebral, durante un trayecto en carretera de Zacatecas a Monterrey, ciudad donde residía y en la que ahora se exhibe, en el Museo de Arte Contemporáneo (MARCO), una gran retrospectiva de su obra, oportunidad para referirnos a un artista representativo del “neomexicanismo” pictórico y el arte gay, según lo ubica la crítica de arte Raquel Tibol, quien a la vez rechaza algunas afirmaciones “absurdas” pero generalizadas sobre su obra, como la de la presunta similitud de la pintura de Galán con la de Frida Kahlo. “El mundo de Frida es un mundo sufriente y el de Julio, un mundo histriónico”, ha dicho la escritora.



Laberinto azul / 1983

Artista autorreferencial cuya obra es de carácter figurativo, trabajó principalmente el autorretrato, y los disfraces son un recurso frecuente en la mayoría de sus cuadros, lo que ha sido interpretado como una necesidad del artista por ocultarse. Se trata de una suerte de proyección que parte de un mundo infantil; en él se imponen diversas representaciones como muñecos, animales, casas de juego en las que se muestra una sensibilidad desgarrada donde se sublima el dolor de la separación. Pero el pintor negó el afán de ocultamiento. Por el contrario, Galán dijo en alguna ocasión: “Yo sigo al animal que hay en mí. Esa es la razón por la cual no puedo ocultarme ante el espectador de mi obra. No me importa dejarme ver entero, todo desnudo, aunque disfrazado: para que no se asusten, para que no sea tan crudo, para que no duela”.


Lissi is back / 2001

Galán destacó muy pronto en su corta vida por los finos procedimientos técnicos que apenas se advierten en la estructura de sus cuadros; por los elementos metafóricos de su obra cargada de humor, drama y sarcasmo, y por su provocativa originalidad. Todo en su universo pictórico está firmemente afianzado en ideas que echan a andar un sin fin de juegos sutiles donde la inmovilidad nos recuerda los fetiches y, precisamente, los juguetes, pero esta apariencia de rigidez es más bien la manera en que el artista decide crear un flujo anecdótico que nos permite atisbar su mundo imaginario, impresionantemente ejecutado.
Para Galán la pintura era una manera de comprometer su historia personal y está lejos de cualquier propósito decorativo, lo que hace que su obra narre con maestría una visión de lo interior, donde casi siempre está presente un Eros acechando, o un simulacro que se organiza en fachadas nostálgicas de un mundo hermético y perdido.
Desde sus primeras obras Galán impuso una forma personalísima de pintar que, como un cofre de juegos, acepta todo y, al mismo tiempo, propone el arraigo de seres que parecen no conformarse con ser uno solo; o cuerpos que transcurren secretamente más allá de su figuración, mimetizándose con las cosas, los frutos, los objetos, por lo que se ha identificado su obra como una ironía histriónica que avanza sensualizándolo todo.

Y en este remolino congelado, de aparente narcisismo, nos adentramos a la obra  de Galán en una especie de festival de representaciones que toca la puerta de la realidad, lo mismo que el sueño es una ineludible presencia del que está despierto.

 

 

 

 

Ciclo Literario.

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