Pancho Villa: muerte, fiesta, eternidad

Lorenzo León Diez


Pancho Villa
Una biografía narrativa
Paco Ignacio Taibo II
Planeta
2007

El libro pesa un kilo 210 gramos (tal dimensión impone una lectura un tanto muscular: si lo haces acostado sientes sobre el pecho el peso de una lápida) y tiene 854 páginas. Si calculamos 3 minutos promedio de lectura por cada página, tenemos 42 horas ininterrumpidas, resultado de una investigación en la que el autor invirtió cuatro años, durante los cuales leyó todo lo escrito sobre Francisco Villa en México y el extranjero, y  escuchó lo que aún tienen por decir los que supieron, directamente o a través de testigos, de las gestas guerreras de este personaje, comparable con el mítico Aquiles, entre otras cosas, porque parecía inmune a las balas. Sin duda el volumen es un monumento digno de un hombre que, según lo relató a una periodista cuando ya estaba retirado en Canutillo, participó en 1,300 batallas ejecutando, él mismo y  través de sus tropas, a unas 43 mil personas; e hizo campañas militares a lo largo 68 mil kilómetros, la mayoría de ellos a caballo.

Los ojos de Villa son realmente excepcionales. Tienen toda la intensidad de los profundos ojos negros, pero son ligeramente sobresalientes, cafés y pequeños. Prominentes y ardientes, dan la impresión de un vehemente poder concentrado a punto de estallar. (Sophie Treadwell)

Siendo imposible describir los cientos de enfrentamientos de quienes fueron primero bandidos y bandoleros (la forma de rebelión más individual y asocial, más primitiva, el bandolerismo, devino villismo) y revolucionarios después; contra los rurales al inicio y luego contra las fuerzas militares de los porfiristas, orozquistas, huertistas, carrancistas y obregonistas para, en 1916, volver a ser forajidos; Taibo II  organiza secuencialmente, a partir de la figura de Villa -- protagonista solar en el embravecido mar de la Revolución--, uno de los periodos más sangrientos (pero también más vitales y creativos) de la historia del siglo XX mexicano.

Morir mucho, matar

Y no es que antes de su libro no existieran importantes intentos narrativos, al contrario; la revolución mexicana es una de las guerras modernas más asiduamente documentadas y estudiadas; en el caso del villismo, encontramos en primer término la colosal obra Memorias de Pancho Villa, de Martín Luis Guzmán (Más allá de su calidad como fundadora de un género en que la historia se vuelve narrativa, esa cosa que luego habría de llamarse nuevo periodismo, como material para el historiador es maravilloso) o la  “Biblia” de Friedrich Katz: Pancho Villa, o el ensayo simbólico de Jorge Aguilar Mora: Una muerte sencilla, justa eterna,  al que Taibo no deja de homenajear en su espectacular biografía; pero, digámoslo de una vez, el Pancho Villa de este último hacía mucha falta. Nace siendo un clásico y es, seguramente, la mejor obra del novelista policíaco; la tesis doctoral de un adiestrado imaginador de entuertos para desfacerlos, que se enfrenta amistosamente, con creciente simpatía, a una de las figuras más emblemáticas de la identidad mexicana,  haciendo que el fénix renazca de sus cenizas: el bandolero con don de ubicuidad, el militar innovador y vengador de los pobres, el águila que cae asesinada víctima de la conspiración del poder obregonista y callista cuando, en Canutillo --el rancho otorgado por el gobierno una vez que depone las armas en julio de 1920--, construía su utopía social.

Se trata de una lectura pertinente para todos, particularmente para el “presidente legítimo” de México, Manuel López Obrador, quien declaró hace poco que millones de mexicanos estuvieron dispuestos a tomar las armas luego de su derrota electoral. Aseverar lo anterior es ignorar una memoria aciaga nutrida de muerte y destrucción, que vive soterrada en la conciencia colectiva y que, en este libro, es enumerada en sus acciones más significativas, pero constituye sólo parte de una estadística mayor pues la de la revolución mexicana es una historia en la que mucho se mata y mucho se muere, en la que la vida humana parece valer muy poco y la supervivencia es tan accidental y casual como la muerte.

Rodolfo Fierro y Francisco Villa en Torreón.
Julio de 1914.

Haciendo un recuento selectivo, a vuelo de pájaro, en los campos de guerra y en las batallas masivas en las que intervinieron fuerzas villistas (sin contar las acciones de los otros  ejércitos revolucionarios antes de enfrenarse entre sí, luego de la Convención de Aguascalientes de 1916), tenemos el siguiente panorama:
Junio, 1913. Casas Grandes, Chihuahua. Villa se enfrenta a 400 orozquitas, mueren la mitad (“Los mandé formar de tres en fondo para que con una bala se fusilaran tres”).
Julio, 1913. San Andrés, Chihuahua. Tras 18 horas de combates contra fuerzas orozquistas, de mil colorados sólo sobreviven 30; 237 fueron fusilados.
Noviembre, 1913. Tierra Blanca, Chihuahua. Once mil hombres se enfrentan durante tres días. Federales muertos: mil, heridos: 600; villistas muertos: 300 y 200 heridos.
Septiembre, 1913.Torreón, Coahuila. Entre muertos, heridos, presos y desertores federales casi seis mil. Villistas muertos: 1, 781; heridos: 1,937 ( “Los muertos de Torreón hubo que enterrarlos de noche para que la gente no se alarmara”.)
Abril, 1914. San Pedro, Coahuila: se enfrentan durante cuatro días 12 mil federales contra 14 mil villistas. Entre muertos, heridos, prisioneros y dispersos federales: 3 mil 500; villistas: 650 heridos.
Mayo, 1914. Paredón, Coahuila. Combaten 10 mil villistas contra 12 mil federales: Federales muertos: 500 y 201 heridos y prisioneros. Ya en 1914 se calcula que habían muerto cerca de 300 mil caballos.
Junio, 1914. Batalla de Zacatecas. Diez mil federales defienden la plaza contra casi 20 mil revolucionarios. Muertos federales: entre cuatro y seis mil. Villistas: 500 muertos y 800 heridos.
Febrero, 1915.Guadalajara. Se enfrentan once mil carrancistas contra diez mil villistas. Siete horas de combate. Constitucionalistas muertos en el campo, casi dos mil; villistas muertos 700.
Marzo, 1915. Primera batalla de Celaya. Se enfrentan 8 mil villistas contra 12 mil obregonistas. Muertos villistas: probablemente más de dos mil. Obregonistas, más de 500.
Abril, 1915. Segunda batalla de Celaya. Luchan  entre 14 y 15 mil hombres de Villa contra entre 15 y 18 mil soldados de Obregón. Los carrancistas pierden  entre muertos y heridos cerca de mil hombres y los villistas sumando las deserciones y los capturados, unos tres mil.
Mayo, 1915. La batalla de Trinidad (donde Obregón pierde el brazo): 25 mil 500 villistas combaten a 34, 700 hombres de Obregón, más las divisiones de Diéguez y Murgía, que sumaban 11 mil soldados. Taibo no precisa dato de muertos y heridos, pero se dice que falleció toda la infantería villista, lo que al narrador le parece exagerado. Baste esta imagen para ilustrar la cantidad de muertos: “El campo de batalla estaba lleno de cadáveres. Cervantes rescata el testimonio del capitán Espinoza, que cuenta lo gordas que son las moscas verdes, la cantidad de ratas, la hediondez de los muertos insepultos y los piojos que no saben caminar de lo hinchados que están, casi del tamaño de un gramo de arroz).
Junio, 1915. Lagos de Moreno. Los villistas dejan en el campo mil 500 muertos, los obregonistas 500.
Octubre, 1915. Agua Prieta, Sonora. Contra Calles Villa pierde  223 soldados y tiene 376 heridos.
Marzo, 1916. Columbus, Estados Unidos. En la única invasión de un ejército latinoamericano a territorio de Estados Unidos, resultan muertos 73 villistas y 17 estadounidenses.
Marzo, 1917. Batalla del Rosario. Bajas carrancistas, 2 mil 500. No hubo tiempo para hacer fosas, los cadáveres se tiraron en el pozo de una mina. Había cerca de 600 soldados capturados. Fueron fusilados todos. Como no había municiones, se hizo fusilando con un solo tiro. 
Esta rápida muestra de lo que significaron numéricamente, en muertos y heridos, algunas de las batallas de la División del Norte, contiene imágenes que Paco Ignacio Taibo II se dio a la tarea de seleccionar para su monumento narrativo, erigiéndose en una especie de orificios que nos permiten asomarnos a una época y a ciertos territorios donde se gestaba el futuro de este país dentro de ese caos humano llamado historia. Así, contemplamos estampas, fragmentos del enorme mural que permanece en las crónicas de la revolución y en las fotografías, pues Taibo, al reescribir la historia de Pancho Villa y sus ejércitos, realiza un homenaje a sus cronistas, cuentistas, novelistas e historiadores.

Fusilados / 1915

  Fotografia y palabra

El autor efectúa una cuidadosa y meticulosa inspección ocular de los cientos de fotografías de la revolución mexicana.. Corrige errores, enriquece la descripción, incorpora la escena visual a la escena narrativa, precisa el tiempo de la toma, puntualiza el espacio, interroga a los personajes. Y, algo muy importante, señala créditos. La crónica fotográfica que organiza Taibo es otro libro, una especie de rosario metódico que enlaza los complejos acontecimientos y ofrece sugerentes opciones para imaginar las acciones de guerra.
Al tener la visión superior de quien puede confrontar datos, comparar textos, cotejar versiones, nos ofrece, con la minuciosidad de un relojero, los pormenores de los combates, la constitución de las tropas, los movimientos sorprendentes de las caballerías, los avances de las líneas de tiradores, la disposición y las acciones de la artillería; en fin, el novelista está encantado narrando, lejos de cualquier fabulación; dejando al lector que decida entre las versiones múltiples, a través de los otros (pues, como nunca antes, podemos ver en un solo texto los diferentes partes de guerra y las perspectivas de los protagonistas militares enfrentados), siempre apoyado por la información y “las atmósferas” (dice, por ejemplo, que Rafael F. Muñoz escribió un cuento sobre el primer cerco a Ojinaga. Aunque no funciona como información histórica por sus inexactitudes, lo hace bellamente como atmósfera), concentrado en el fluido narrativo y subordinando a él el aparato erudito, pues lo que importa es la fastuosa acción de esos hombres para los que es igual “vivir o morir”.
Días tras día y si es posible hora tras hora, Taibo se da a la tarea de cronometrar acciones simultáneas muy complejas, en esa secuencia que construye; impresiona imaginar al narrador contemporáneo en el territorio del pasado, restaurándolo con voces, fotos, documentos, dichos, corridos, poemas, cuentos, cifras...en fin...armando un paisaje que aparece ante nosotros fresco, vibrante, pues lo primordial para Taibo es ver. Y,  sobre todo, nombrar a quienes más se pueda. Pero son muy pocos los seres particulares que quedan de esa vasta masa de sacrificados; personalidades que viven para siempre en una inasible intimidad al interior de la horda que encabezan los caudillos.

Nuevo periodismo en el pasado

La manera como Taibo decide anotar sus capítulos resulta novedosa, alejada de la camisa de fuerza del pie bibliográfico sin perder rigor. Para  definir el género de su libro el autor pensó en Aguilar Mora, y se dispuso a contar lo que este historiador y ensayista llama “una relación plural muy intensa y complicada entre el discurso autobiográfico, el histórico y el literario”. En esta concepción de Aguilar Mora, Taibo encuentra los sostenes de su aventura: la historia (de Villa) puede ser reconstruída, este libro lo intenta. Taibo asume (trabajando en soledad, o sea lejos de las estructuras académicas que pagan por estas actividades y ponen a disposición del investigador ayudantes, apoyos, viajes, etc.) una tarea central: volver a narrar la Revolución Mexicana sin concesiones ni versiones justificadoras del presente, sin intentos de censura edulcorada y sin vocaciones revisionistas que a priori lo único que pretendían era reivindicar a los “malos”, tan injustamente tratados en la historia de bronce. En el caso del villismo un grupo de historiadores no tradicionales, poco académicos, como Rubén Osorio y Chuy Vargas, han estado reconstruyendo con eficacia desde abajo; y Aguilar Mora, Katz, Pedro Salmerón lo han hecho desde arriba.  Taibo, con este libro, se sitúa en el centro y hace coincidir una magna concentración de información con una sensibilidad apasionada y, a la vez, serena. Su obra nos permite establecer las relaciones entre individualidad y colectividad, entre personalidad y sociedad, entre historia y anécdota, entre biografía y sociología. También podemos ver en ella las posibilidades de la técnica del nuevo periodismo aplicado a hechos del pasado. 

Contar, no interpretar

Es evidente en todo momento la profundidad de la investigación, lo exhaustivo de la fascinada indagación del narrador-historiador. Por eso se contagia del lirismo que emana de la descripción de las batallas. Se hace uno con los cronistas, retoca sus imágenes, las actualiza, les quita el polvo, las injerta con otras. Estamos ante un lector admirado que reconoce la grandeza de las palabras ajenas en las que se basa para recorrer, otra vez, la ruta de una historia cuando casi nadie quiere contarla, todos están ansiosos por interpretarla a partir de las hipótesis que han decidido previamente, sin embargo, en México la historia está a debate y produce un enorme interés entre una población urgida de revisar mitos e identidades.
En efecto, quedó sepultada, como sus héroes, la retórica oficial de la revolución mexicana auspiciada por 70 años de priísmo. Vivimos la definitiva retirada de un ritual cívico basado en las figuras y en las fechas significativas de las gestas de quienes combatieron de 1910 a 1924, cuando se puede decir que termina, en los hechos, la desgarradora guerra civil que costó a México más de un millón de muertos, cientos de miles de mutilados y decenas de miles de familias cuyas vidas se trastornaron al perder a uno o varios de sus miembros.

Tropas federales se embarcan hacia el norte
de la estación de trenes de Buena Vista en la ciudad de México. 1914

Al abandonarse la ideología de la Revolución Mexicana disparadora del discurso estatal durante buena parte del siglo XX, deja un vacío en la referencialidad del pasado inmediato. Y da la oportunidad de separar esa mezcolanza que puso en un mismo saco a figuras como Carranza, Zapata, Villa, Obregón o Calles, en lo que poco a poco resultó ser una hilarante  síntesis de historia patria que forjó el Estado surgido de aquellas masacres.
Paco Ignacio Taibo nos ofrece en su libro un modelo que sirve para presentar a los lectores de hoy, sobre todo a los jóvenes, la narración histórica de personajes clave de la Revolución, incorporando a este nuevo contar la reflexión que nos invita a formular nuevos criterios de explicación: Para analizar el villismo hace falta acuñar nuevos materiales, producir neologismos sociológicos que expliquen y se ajusten a lo que se está narrando. Ni los análisis de la “guerra campesina” producidos a mitad del siglo XX, ni el marxismo proletarioso, mucho menos el neoliberalismo estatalista, han sido capaces de explicar esta singular experiencia socio-político-militar.

Y si a esas vamos, en el caso del zapatismo decimos que también hace falta  ampliar la visión  de lo que pasó. Sin dejar de considerar el valor de obras tan pertinentes como la de John Womack, una biografía similar a la que Taibo realizó sobre Villa nos daría muchísima luz acerca del simbólico personaje en que devino Zapata. (Comentario al margen: la poco rigurosa novela de Pedro Ángel Palou, Zapata (Planeta 2007) es obvia, floja, trivial y contiene errores históricos que un aplicado niño de sexto año detectaría; por ejemplo, sitúa en 1913 la invasión de Villa a Columbus, hecho bastante conocido que ocurrió en marzo de 1916 (página 104). Este libro ilustra con fidelidad la lectura de un curro (véase lo que significa el término al final de este artículo) sobre un personaje que se encuentra al nivel de Villa. Si la editorial puso en circulación al mismo tiempo ambas obras, mala suerte para el Zapata, que queda como una estampita de álbum y enseña lo que no se debe hacer en la narración histórica).
Al proponer su nueva lectura de la Revolución Mexicana, Taibo recuerda la de los años 60 (posterior al 68) que estaba fincada en la tesis del “perdimos y esta es la mierda que nos heredaron los que nos ganaron”, basada en una fuerte identidad con las figuras de Flores Magón, Villa y Zapata. Posteriormente, neocarrancistas como Aguilar Camín y Enrique Krauze releyeron la Revolución Mexicana con una visión estatalista.
Cierto, estos historiadores respondieron a libros como los de Adolfo Gilly o Jorge Aguilar Mora que enraizaban su visión en la de los vencidos, por eso Aguilar Camín dirá en su Frontera Nómada: “En un país inclinado a ponerse del lado del que cae, a reservar para sí la identidad del vencido (…) durante mucho tiempo hemos conservado en la cabeza, como verdaderos símbolos de la Revolución, los rasgos legendarios de los derrotados: Emiliano Zapata, Francisco Villa, Ricardo Flores Magón. Y junto a ellos, las imágenes caudalosas de un mundo campesino puesto en pie: los Dorados de Villa lanzándose sobre un nido de ametralladoras o las huestes zapatistas volando trenes de Chalco. En suma, la idea de una revolución campesina traicionada, de unos ejércitos brotados de todos los rincones, de unos dirigentes que resumen las debilidades y excelencias de combatientes por cuyas venas corre un denso impulso radical, instintivo, que aspira a transformarlo todo. Pero esos lugares comunes pertenecen, en conjunto, al mundo de la derrota en la lucha revolucionaria, a lo que no se impuso, a lo que fue incorporado marginalmente por una necesidad táctica de los triunfadores (los sonorenses), sin que esto representara para ellos más que eso: una concesión, no un objetivo”.
Taibo no deja de afinar sus baterías contra estos historiadores que dominan prácticamente la escena actual, diciendo, por ejemplo que Enrique Krauze, por la superficialidad de su investigación cae en todas las trampas de los lugares comunes que se han aplicado al villismo.

La voz dual

 Entre los biógrafos de Villa, Taibo reconoce que las reflexiones de Ramón Puente constituyen uno de los mejores materiales sobre Pancho que se hayan escrito. De sus contemporáneos es quizá el que más se acercó a la esencia del revolucionario.
En enero de 1914, Francisco Villa comenzó a dictarle sus memorias a Manuel Bauche Alcalde. El dictado fue tomado por Miguel Trillo y llega hasta poco después de la toma de Ciudad Juárez (15 de noviembre de 1913). Con este material Bauche redactó su versión de las memorias. Lamentablemente Villa y Bauche suspendieron el trabajo en vísperas de la batalla de Torreón. Por su parte, Ramón Puente escribirá también unas memorias de Villa narradas en primera persona: Vida de Francisco Villa narrada por él mismo, que se publicaron en Los Angeles en 1919. Pero de todas las “autobiografías”, la que habría de ser más conocida fue la que escribió Martín Luis Guzmán y empezó a difundir en periódicos a partir de 1936. Taibo hace consideraciones muy precisas para desenredar la madeja de estos escritos (todos tuvieron la raíz común del dictado de Trillo), y lo que hizo cada autor en su turno fue ampliar y enriquecer los materiales, agregando información de sus propias conversaciones con el caudillo o, como en el caso de Guzmán, “tocando de oído”. El autor, al referirse a este excepcional manuscrito, se pregunta ¿Por qué Martín Luis no terminó la historia y la dejó ocho años antes de la muerte de Pancho? Aguilar Mora ofrece una explicación: “Había una necesidad estructural: la retórica de esa obra era triunfalista. ¿Cómo iba a hablar de Villa en su etapa de derrota?”.

La voz de Villa

Taibo reconoce, sin embargo, que tratar de reconstruir el lenguaje de Pancho Villa a través de los materiales existentes es tarea imposible. Su voz se ha perdido. Es imposible volver al lenguaje original, reducido por la taquigrafía de Trillo, edulcorado o formalizado a ratos por la prosa de Bauche, revisado libremente por la de Martín Luis Guzmán o ignorado por Puente. Martín le construye a Villa un lenguaje explicativo, reiterativo, terriblemente racional, un lenguaje de licenciado de tercera. No obstante, considera Taibo, sabemos por centenares de testimonios que Villa era un hipnotizador de rancheros con la palabra, un versátil contador de anécdotas. El análisis del estilo literario en el que se escribieron las “autobiografías” tiene grandes limitaciones por lo que estamos ante un lenguaje que sólo podemos intuir. Por su parte Nelly Campobello nos da un interesante dato: Villa tenía la voz metálica y desparramada. Sus gritos fuertes y claros, a veces parejos y vibrantes. Su voz se podía oír a gran distancia. Sus pulmones parecían de acero.

Villa con Eugenio Aguirre Benavides /1914. Fotografía Otis Aultman.

Villa y la muerte

Taibo comenta (apoyado en la opinión de Katz cuando dice que “Villa no encaja en una casilla conveniente”) que la terrible relación con la muerte que Pancho Villa ostenta da escalofríos a los historiadores (con la salvedad del no convencional Aguilar Mora), y es, en efecto, esta naturaleza sacrificial la que teje la leyenda negra de Villa y hace que haya dos bandos: o admiradores o detractores.
Ramón Puente nos da una apreciación que nos permitirá reflexionar sobre la naturaleza tifónica de Villa (“Cualquier figura que sea estructuralmente mitad animal y mitad ser humano es un tifón”: Ken Wilber, Después del Edén):
 “Villa es algo extraño y desusado en nuestra moderna civilización, en que todo lo creemos obra de la inteligencia disciplinada y de la educación escolar. Nos espanta todo lo que no ha ido a la escuela, nos parece una herejía no saber leer y abominamos contra el que ignora nuestro sistema casi standard de sabios. Villa viene de la noche cerrada de la ignorancia, tiene todavía medio cuerpo en esa oscuridad, pero en su celebración sencilla y ajena a todo prejuicio doctoral, había el germen robusto de ese impulso secreto que parece dirigir a los espíritus en la elaboración de su destino o encauzar la corriente de una época en la historia de un pueblo”.
Es muy afortunada esta imagen y nos da la oportunidad de plantear una idea sobre la naturaleza del potente pensamiento simbólico que Pancho Villa construyó en los largos años de lucha; un mito, en efecto, que historiadores como Aguilar Mora identifican con  “la lucha perpetua como definición de la Revolución”,  pues Villa asume como forma de lucha armada la guerrilla cuando es derrotado en la guerra regular por los carrancistas y se niega a rendirse. La guerra de campañas cortas, concentraciones y dispersiones de Villa, permitía la resistencia eterna, pero no la acumulación de fuerzas y el cambio cualitativo. Así que, por más que el cuartel carrancista declarara el 28 de mayo de 1917 que “habían sido dispersados los grupos villistas en el estado”, Villa estaba en todas partes, aparecía, golpeaba y desaparecía. La pesadilla villista no se acababa. Era interminable. Un lugarteniente, Camerino Mendoza, expresa: “El general conocía todos los rincones del mundo”. Un cuentista, Hernán Robleto, que siguió sus correrías, resume “El general Villa pasaba como un relámpago por la sierra, casi sobrenatural, circundado de leyendas”.
 El don de ubicuidad que practicaba Villa basado en cabalgatas de hasta 700 kilómetros, cruzando montañas y desiertos que ponían a sus hombres al límite de la inanición, la sed y la locura, (“¡Qué hornada! Casi 72 horas perdidos en el desierto, sin encontrar una gota de agua para mitigar la fiebre que hacía estragos de locura en la columna. Varios soldados, en un arranque de desvarío desenfundaron sus carabinas, señalando a corta distancia una línea de fuego enemiga. No había tal, era el espejismo, hubo necesidad de desarmar a aquellos hombres y darles de beber orines de caballo”); su red de abastecimiento que abarca todo el territorio del norte incluyendo localidades en Estados Unidos (Resulta sorprendente esta extraña y compleja red financiera hecha de entierros, préstamos, viudas depositarias, alforjas con billetes, que Villa monta y desmonta continuamente y cuya eficacia se basa en la memoria); la capacidad para formar columnas militares, actuar como fuerza invasora y fragmentar sus tropas en unidades guerrilleras; su invencibilidad en las cargas de caballería (Relata Obregón: “En ninguna de las batallas en que me he encontrado presencié una carga de caballería tan brutalmente dada como la de los villistas ese día, cinco minutos y quedaron en el campo más de 300 muertos” El capitán federal Gaspar Ruiz dirá que “repentinamente la caballería villista se echó encima de nuestra infantería. Una carga tan brutal que unos corrían y otros se enterraban en la arena para esconderse y allí los mataban con pistola”); la efectividad de sus ataques nocturnos, la intangible propaganda del terror que inspira el anuncio de su presencia (Dice Reed que Villa crea entre el enemigo una supersticiosa creencia de que su ejército era invencible”. Carlos Robinson, miembro de la escolta de Obregón, cuenta: En el Teatro de los Héroes se celebró un baile: A las 11 se presentó Villa. Su aparición, como de costumbre, causó la sensación consiguiente. Silencio de pronto, estupefacción. Miedo que hacía esfuerzos por disfrazarse de agasajo”), y más y más cualidades de sus movimientos guerreros, aparte de las mil anécdotas personales que lo presentan con una variedad de registros que van de la extrema crueldad a la lacrimosa emoción infantil, pasando por la multiplicidad de sus relaciones matrimoniales, nos dan un personaje que se conduce en el terreno de lo tifónico y donde los fusilamientos son el homicidio ritual.
Veámoslo así: Villa trabaja siempre en dos frentes: La guerra y la fiesta (En la columna de Villa (1912) viajaba un montón de muchachas en las ancas de los caballos, junto con un acordeón y varias guitarras);  la matanza y el baile (Le encantaba oír y bailar Las tres pelonas “aquel baile absurdo, una mezcla de jota, jarabe y zapateado huasteco”); el crimen y el amor (“tengo mi esposa legítima ante el juez del registro civil, pero también tengo otras legítimas ante Dios, o lo que es lo mismo, ante la ley que a ellas más les importa. Ninguna tiene pues que esconderse, porque la falta o el pecado, si los hay, son míos”). Sus ojos brillan en el balcón gubernativo y en los ramajes de la noche. Dice de él Ramón Puente: “Valor hasta la temeridad; desprendimiento hasta el derroche; odio hasta la ceguera; rabia hasta el crimen; amor hasta la ternura; crueldad hasta la barbarie; todo esto es Villa en un día, en una hora, en un momento, en todos los momentos del día”.

La conciencia y la oscuridad

Entre 1910 y 1920 la sociedad mexicana, más allá de planes libertadores, convenciones revolucionarias, banderas militares, vivió cotidianamente la incertidumbre, el terror y la constancia de la muerte violenta. El arrasamiento de comunidades agrarias, las matanzas a campo abierto, la ocupación de ciudades, el asesinato a mansalva, los fusilamientos como pan de cada día, imponían su descarnada condición y un estado específico de conciencia. Ken Wilber define que  “La cultura es lo que el hombre hace con la muerte”. Y en los episodios que se vivieron en México nos encontramos con un estadio de la conciencia que la personalidad de Villa simboliza de manera extraordinaria al representar la identidad arcaica primordial (“tiene todavía medio cuerpo en esa oscuridad”).  “Para el cazador tifónico –nos dice Wilber- la inmortalidad consistía en llegar a vivir hasta el día siguiente”, una sensación muy parecida a la que sentirían los guerreros mexicanos de ese entonces. Por algo escribió lo siguiente el Doctor Atl: “Pancho Villa es hombre feroz, hombre animal de las edades llamadas cuaternarias...”. Y aunque desprovista de ritualidad, como es la guerra moderna, la muerte se apropia de la respiración de los hombres y la crueldad hace emerger en la masa estadios primitivos de conciencia que se condensan en entidades concretas que comparten las propiedades del sacrificador y el sacrificado.

En el villismo, como en el zapatismo, resurge una psicología de la masa que  “corresponde a un estado de regresión, a una actividad anímica primitiva, tal y como la atribuiríamos a la horda prehistórica” (Freud).  El caudillo ocupa  la punta de una pirámide, donde hacia abajo se repite la misma disposición de los hombres hacia un ser en particular (podría ser Tomás Urbina, Maclovio Herrera, Toribio Ortega, etc.). “La desaparición de la personalidad individual inconsciente, la orientación de los pensamientos y los sentimientos en un mismo sentido, la tendencia a la realización inmediata de las intenciones que pueden surgir y que trocan el ideal del Yo en la figura patriarcal del dirigente” (Freud). John Reed escribe: “Los oficiales de aquel ejército no tenían nada que ver con la disciplina o el dar órdenes a los soldados. Eran oficiales porque habían sido valientes y su misión era pelear a la cabeza de sus tropas, pero nada más. Todos los soldados veían al general bajo cuyas órdenes eran reclutados, como su señor feudal. Se llamaban a sí mismos su gente –sus hombres-; y ningún oficial, quien quiera que fuese, de otra parte, tenía mucha autoridad sobre ellos”. Es claro que en estas condiciones emerge una estructura de conciencia similar a la de los estadios primordiales y el caudillo ocupa en ella el lugar del hechicero. Cuando Rodolfo Fierro externa una vez su preocupación a Villa por lo que significaría la muerte de su “jefe”, él le responde: “Yo protejo a la Revolución, y como la Revolución es del pueblo,  Dios que tiene fuerza para gobernar los astros que nos alumbran, también la tiene para protegerme a mí” (en Martín Luis Guzmán). ¿Por qué la aparición de la conciencia viene acompañada del homicidio y la guerra? En épocas de revolución esta pregunta parece contestarse sola: “Bajo el deseo de matar existe el impacto extrovertido de la muerte y detrás del impacto de la muerte descansa el impulso hacia la trascendencia” (Wilber).

Villa conversa con el general
Eugenio Martínez, representante del presidente Adolfo de la Huerta para pactar su rendición / 1920

El miedo a morir se trastoca en el deseo de matar. Dice Villa: “¡Qué cosa es el miedo! ¡Mediante él corren los hombres a su muerte más aprisa que mediante el valor!”.    
 De ahí esa fascinación que imponen Villa y su ángel negro, Rodolfo Fierro (que mata no sólo en batalla, no sólo al enemigo, sino al otro, sistemáticamente) De nuevo, Ramón Puente ilustra esta naturaleza tifónica de los caudillos: Fierro “era un perro fiel, pero un perro injertado en lobo”. Jonh Reed consigna: “Durante dos semanas que estuve en Chihuahua, Fierro mató a quince ciudadanos a sangre fría”. Volvamos a Wilber, quien expresa: “La capacidad de hacer la guerra e imponer el sacrificio humano colectivo constituye la verdadera marca distintiva de todos los poderes soberanos que han existido a lo largo de la historia”. De esta manera si Villa y la División del Norte atraen como ningún otro protagonista de la Revolución a los pensadores y artistas, es porque nos encontramos ante una fusión de lo arcaico y lo moderno. Sigmund Freud lo habría tomado de ejemplo para sus asertos en Psicología de las masas: “Entre los hombres como entre las abejas debe existir la posibilidad de hacer surgir de una larva, en caso de necesidad, una reina en lugar de una obrera”.
El poder que concentra Villa es el de dar la muerte (En San Pedro de la Cueva, acusados de haber disparado contra sus tropas, Villa ordena el fusilamiento de 77 hombres), y la vida (El cuartel general informó a los habitantes de Parral que catorce trenes de mercancía del saqueo de Torreón estaban a disposición de la población. Les tomó seis horas a los pobres de Parral vaciar los vagones, mientras Villa los observaba gozoso desde su carro de ferrocarril).  Para ilustrar esta dicotomía muerte-vida se pueden apuntar innumerables anécdotas, que el libro de Taibo trae de nuevo a cuento: Muerte: Villa “le dijo a sus hombres. Les doy dos horas de plazo para tomar Ojinaga. El que dé un paso atrás me lo matan por la espalda. ¿Están ustedes contentos con las órdenes que he dictado? Vida: Refiere Ignacio Muñoz: “Yo vi llorar profundamente conmovido a Pancho Villa cuando en Silao e Irapuato, en abril de 1915, repartía diariamente dinero y alimentos a una fila interminable de pobres que se reunían por millares. Y siempre repetía: Pobres de mis hermanitos, pobre de mi pueblo. ¿Cuándo dejará de azotarlo la miseria? Muerte: A sus hombres Villa les suelta uno de sus fulgurantes discursos. “Quedarse atrás es traición, los que den un paso al frente podrán ir a pelear, los que no, les prometo que no verán al enemigo porque ahora mismo los fusilamos”. Vida: Villa los formó (a sus hombres) y les dio la mano uno a uno preguntándoles su nombre y de dónde eran.
Villa es y seguirá siendo un hombre a la altura del mito, quizá uno de los héroes americanos más universales. Consigna un misionero baptista: Villa es “un guerrero al que se ve siempre cabalgando entre sus tropas a mitad de una carga”. Jonh Reed: “Cuando la pelea es más encarnizada, cuando la avalancha de hombres morenos invaden intrépidos, con rifles y bombas de mano, las calles barridas de balas de una ciudad tomada por asalto, Villa está entre ellos como un simple soldado”. El corresponsal del Houston Post describe a Villa cubierto de polvo y sudor, a caballo, con una mascada roja al cuello. Recorría las filas en todas direcciones, jurando, vitoreando, maldiciendo e invocando a todos los santos. Taibo refiere que la revista estadounidense Army and Navy Journal analizará sorprendida las tácticas de Villa: “Se coloca ligeramente a retaguardia del centro de la línea de fuego”.
Villa ama a sus soldados: “El jefe militar que siente dormir a sus fuerzas la víspera de un combate que él prepara, no logra acallar, si es jefe que quiere a sus soldados, el rumor que la muerte hace en cada uno de sus hombres dormidos” (en Martín Luis Guzmán). Nunca ordenaría lo que el general obregonista, Juan Andreu Almazán, cuando en un combate cuerpo a cuerpo reconoce a Raúl Madero y ordena a uno de sus ametrallodoristas que le haga fuego, el oficial le dice que corre el riesgo de matar a los suyos y Almazán contesta: “Ni modo de escogerlos”.  Sin comentarios.
Eduardo Ángeles, el sobrino de Felipe, que tiene 16 años, observa: “Aunque uno fuera un cobarde, viendo a Villa se volvía valiente”. Y tocamos las palabras: el valor, la valentía. Taibo indaga, le intriga esta actitud que se propaga durante la Revolución: José Isabel Robles, el joven general que, a decir de Vito Alessio Robles, tenía unos “ojos negros que brillaban con la llama de un talento clarísimo”, se presenta ante Villa diciendo: “A venir morimos”. A Agustín Estrada una bala expansiva le destroza el brazo derecho, pero continúa en combate. ¿De qué estaban hechos estos hombres? Una bala en la frente lo mata. Bracamonte comiendo cajeta de Celaya fue al paredón...

El final para el principio

Sin embargo, Villa fue derrotado. En el panorama de las batallas del Bajío podemos tener claridad de qué fue lo que sucedió.
Es evidente que nunca hubo una coordinación militar entre el Ejército Libertador del Sur, de Emiliano Zapata y la División del Norte, de Pancho Villa. (Zapata abandonó prácticamente los deberes militares para con la Convención de Aguascalientes). Por más veces que se lo pidió Pancho, Zapata nunca interrumpió los abastecimientos al ejército de operaciones de Obregón desde Veracruz. Villa achacaba la derrota en las tres batallas del Bajío a que no se había cortado la línea de abastecimientos de Obregón. En esas batallas  Villa muestra su mayor debilidad: su impaciencia y la de sus generales. Para Obregón, en cambio, era una guerra de paciencia. Y así como las cargas brutales de caballería son suficientes para liquidar al enemigo en otras batallas, aquí,  como una corriente impetuosa y gigantesca se estrellan siempre como las olas se estrellan ante los acantilados. La infantería villista iba cayendo como moscas ante el tiro del enemigo cubierto en zanjones. El campo amanece –dice Obregón-  “literalmente sembrado de cadáveres”. Habría que añadir –señala Taibo- que Villa fue vencido por el exceso de confianza, que lo hizo no dejar reservas y desgastar su caballería en los primeros enfrentamientos. Otra razón de su derrota, en la segunda batalla de Celaya, fue no haber dado suficiente descanso a sus hombres, habiendo recibido pocas municiones y sólo con cuatro o cinco mil combatientes de refresco, Villa se lanzó de nuevo al combate. Además, aquí Villa tuvo que practicar algo que no sabía: combatir a la defensiva. También hay que señalar lo defectuoso de las granadas vendidas por los surtidores de municiones desde la frontera, las “balas de palo” , un soldado consigna “..era parque que no caminaba más de veinte metros”, otro: “las balas no tronaban y caían a poca distancia”. Uno más: “Nos estaban matando mucha gente y nosotros no matábamos nada”. La concentrada crónica de estas batallas que Taibo realiza es de una maestría incomparable. Une los registros: cuando Obregón pierde el brazo cuenta: “Sentimos ante nosotros la súbita explosión de una granada que a todos derribó por tierra. Antes de darme cuenta de lo que ocurría me incorporé y entonces pude ver que me faltaba el brazo derecho” El doctor Gracia, jefe de los servicios sanitarios, dice a su vez: “Obregón tomó con la mano izquierda la pistola y la dirigió sobre su sien izquierda, frustrándose el suicidio porque no había bala en la recámara. Le arrebataron la pistola”.

Pancho Villa y Austreberta Rentería,
con quien se casó en 1921, ya retirado
en su próspero Rancho de Canutillo en el estado de Durango.

Entonces comenzó la debacle, pues, observa Taibo, las batallas en el centro de la República no sólo han sido grandes fracasos militares, también han roto la fibra moral de buena parte de los mandos de la División del Norte. Seguirá, sin embargo, la aventura de un reducido ejército (tres mil aproximadamente) enfrentado en Sonora con el general Elías Calles en la Batalla de Agua Prieta, quien neutraliza las cargas de caballería con trincheras electrificadas (“Centenares de infelices perdieron la vida contra los alambres electrizados, aprovechando los carrancistas la corriente del lado americano”) y hace una matazón a las fuerzas villistas que tienen que beber agua de drenaje y comer las ancas de las cabalgaduras. Señala el narrador: Villa en cuatro meses ha perdido a dos docenas de sus jefes, sus mejores amigos; ha sido derrotado cinco veces por un ejército al que menospreció. Entonces, como antaño, pronuncia la frase: me voy a las montañas.

El retiro y el espíritu

El fin se acerca. El 28 de julio de 1920, Villa depone las armas. Han pasado 10 años de combates  casi ininterrumpidos desde que aceptó la propuesta de Abraham González. Villa tiene 42 años. Se retira al rancho Canutillo, cerca de Parral (“Me gusta tanto hasta como para morir”) donde organiza una especie de comuna que a una periodista norteamericana le recuerda la de Gandhi. Allí se dedica a la organización de labores productivas y a su  biblioteca: estaba leyendo El consulado de Thiers, y andaba admirado con las hazañas de Napoleón, del que se sabía todas las batallas. Lo combinaba con el tomo IX de El Tesoro de la Juventud, y poco antes le había confesado a la periodista Esperanza Velásquez que había descubierto en el libro a un tal Buda, cuyas enseñanzas lo tenían muy sorprendido. Otro periodista registra en sus libreros: Diccionario español de Appleton; Salgari: las maravillas del año 2000; Dante: La divina comedia; Schultz: Geografía; Victor Hugo: el 93.
En una célebre entrevista con Regino Hernández Llergo, se descalifica a sí mismo como candidato presidencial: “Yo sé bien que soy inculto…hay que dejar eso para los que están mejor preparados”. Y define así su pensamiento político: “Los líderes del bolchevismo persiguen una igualdad de clases imposible de lograr. La igualdad no existe, ni puede existir. Es mentira que todos podamos ser iguales; hay que darle a cada quien el lugar que le corresponde. La sociedad para mí es una gran escalera en la que hay gente hasta abajo, otros en medio subiendo y otros muy altos…en una escalera marcada en la naturaleza y contra la naturaleza no se puede luchar” “Yo no soy católico, ni protestante, ni ateo. Soy librepensador. Me gusta respetar todas las creencias. Un cura es un hombre de negocios como cualquier otro”    

La acción y la palabra

El exhaustivo trabajo histórico realizado por Taibo muestra las tensiones irreconciliables entre guerreros y políticos desde los orígenes del movimiento revolucionario: Estamos ante el primer Villa, coronel, después de la primera toma de Ciudad Juárez, que hizo derrumbarse la dictadura porfirista. Hay fiesta. Los “jilgueros” maderistas echan loas a su líder. Madero le pide a Villa hablar, un rústico Pancho, salido hace poco del bandolerismo y con un pie ya en las huestes militares, lo increpa frente a todos:

 “Usted señor ya echó a perder la revolución (.) Sencillamente porque a usted lo han hecho tonto toda esta bola de curros (le pido) me dé usted autorización para colgar a toda esta bola de políticos y que siga la revolución adelante”. Cuando se encuentra con Zapata le dirá: Yo muy bien comprendo que la guerra la hacemos nosotros, los hombres ignorantes y la tienen que aprovechar los gabinetes. Y lo interesante de Villa es que nunca dejó de ser él mismo, ni cuando fue gobernador de Chihuahua ni cuando fue reconocido por la prensa norteamericana como “el hombre fuerte de México”. El poder, el dinero, no alteran su comportamiento esencial que –escribe Reed- tiene el don de expresar fielmente el sentir de la masa popular. Por eso, en la secuencia de esta grandiosa crónica de su vida que transcurre en la vértebra de la historia mexicana de la primera parte del siglo XX, resuena la identidad nacional que persiste más allá de lo ceremonial, ya caducado, y donde el horizonte de una gloria individual encuentra la energía de un hacer futuro.

 

 

Ciclo Literario.

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