Fusionar dos mundos

Leticia Mora


Lorenzo León
La realidad envenenada
Almadía, 2007
166 pp

Escribir, para mí, es un acto de amistad; es compartir la soledad del momento de contar la historia de otros mediante esa constelación de signos que generalmente es reflejo de otra historia: la de sí mismo y sus obsesiones, sus afectos, sus temores, sus temas, su concepción del mundo y su idea de lo literario. Escribir es una experiencia de riesgo, es una apuesta por hallar una sensibilidad afín que construya los puentes para comprender el acto de la escritura y sienta empatía por ese contar de otros, que en su soledad justifique la soledad ajena. El libro que hoy presentamos merece esta disposición.
Es cierto que algunos relatos incluidos en La realidad envenenada o de la arquitectura del horror formaron parte de un volumen ganador del Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí; sin embargo, el conjunto presentado hoy es un testimonio de la devoción de su autor por el género del cuento.

Fotografía
J.K. Potter / 1984

Los 48 relatos que integran esta colección –híbrida en su propuesta estética- son también diversos en cuanto a longitud, temática y acercamiento literario. Subyace en todos ellos el conocimiento del oficio, el ejercicio paciente con el lenguaje para crear un mundo a veces poético, a veces misterioso, otras abyecto, cruel, y muchas otras banal y cotidiano que, al impulso del deseo y lo imprevisto, nos conduce a un cuestionamento de nuestra percepción, de nuestra realidad. El título del libro sugiere el intento por fusionar la realidad que todos conocemos con una paralela, producto de la fantasía, la imaginación y los sentidos.

Relatos como “Isis”, que abre la colección, la historia de la gata transformada en mujer sensual y deseada en la soledad del hombre que la sueña, o La realidad envenenada”, el segundo relato que da título parcial al volumen, “En ausencia de Tom”, “Las madres”, “El bebé”, en su brevedad, todos ellos, son ejemplo de la arquitectura del horror construida en torno a un hecho cotidiano por la exacerbada sensibilidad del protagonista. La tensión narrativa se construye con frases precisas, creadoras de una atmósfera de misterio y sobresalto donde lo insólito es posible. Decía Borges que un adjetivo preciso para describir estas atmósferas es el inglés uncanny, que no cuenta con una traducción exacta en español. El concepto alude a un deslumbramiento horroroso o repulsión fascinante.
No se trata de un oxímoron precisamente, sino de una palabra que refiere una experiencia paralela a nuestra realidad ordinaria y transformada por una situación extrema, muchas veces aterradora, siniestra, sin explicación lógica. La extrañeza se deriva, según la explicación de Freud, de la exacerbada percepción de un personaje que borra la tenue línea divisoria entre lo real y lo irreal, vida y muerte, el yo y el otro. Esas inteligencias perversas que reconocemos en algunos relatos a través de las cuales fluye lo innombrable. Las huellas de un remoto pasado que el paso de las generaciones no borra del todo. “Era y no realidad lo que nos sucedía, lo mejor sería comportarnos en su frontera” (9), nos dice el narrador-personaje del cuento “La realidad envenenada”. Esta frase es la descripción exacta de una situación repetida en diferentes escenarios narrativos de esta antología, incluso en aquellos que describen cómo lo azaroso se torna definitivo en una vida; por ejemplo, el cuento que cierra el libro: “De la manera en que se construyó mi presente”.

Fotografía
J.K. Potter / 1984

Otras historias son también híbridas por su situación narrativa: “Don Manuel de Ozio” es claro ejemplo. Éste se estructura como una crónica y el final lo revela como un cuento redondo, articulado alrededor de una sola acción y único efecto, como les gusta decir a los maestros del género. El carácter híbrido de sus historias se advierte no sólo en su temática o en su confluencia genérica, sino también en la preponderancia del diálogo sobre la narración que revela, entre otras cosas, una rica oralidad. La frase breve de la nota periodística contrasta con la frase larga, casi gótica, de los diálogos que recrean el lenguaje popular y una visión del mundo. “Cuates para la vida”, “Berenice”, “Desde aquí con cariño” son ejemplos de ese desgranar lúdico e irrevente del habla juvenil. “El día de las maravillas”, “La palabra de mi nombre” o “Adriana”, por otro lado, ejemplifican la poeticidad encerrada en lo prosaico.
Ahora citaré sólo un párrafo de gran lirismo sobre la atracción de un personaje femenino hacia la cantante de ópera, Adriana; la narración, que culmina en su encuentro erótico, no está exenta de crudeza:

“Con que furia quemaba el cieno en los lugares más secretos. Adriana, la del perfume color de lila... El tiempo estaba roto. La casa comenzó a girar, a girar y nos fuimos por el ojo del remolino... Hasta quedar exhaustas, ambas, limpias y exhaustas. En una paz pulcra y estéril. ¿Y qué era aquello que quedaba afuera? Sergio y la cama de mis padres. Estuve en el vértice. Abierta y viendo por el sexo la verdad plural y única. Mi lucidez sanguínea echaba a arder mis recuerdos. Fundía caras y voces en demonios como los que se adivinan en el humo [...] El matrimonio tenía que deshacerse [el de la protagonista con Sergio]. Estaba loca de una felicidad sin destino. Era una verdad como el instante de una campana, que se perpetúa, que se vuelve poco a poco sueño, poco a poco recuerdo. Aún escucho la voz de Adriana, dulzura envolvente, su canto dictado por el fervor secreto del cuerpo... Canto que ahora deleita a lejanos auditorios, donde la llevó la compañía extranjera. Adriana canta para otras almas que la convierten en sueño, pero quizá también en lubricidad y besos, en la intimidad de su salita impregnada con su esencia color lila (123-124).”

Diré que si un libro nos hace olvidar que estamos leyendo para abandonarnos en la historia contada como si fuésemos un personaje más, un fisgón entre sus páginas, merece recomendarse. Los cuentos de Lorenzo León provocan esto y logran mantener el espíritu crítico del lector, quien trata de adivinar la fuente donde abreva el veneno de la imaginación impregnado en todo el libro. La realidad envenenada... nos instala en una vigilia permanente entre dos experiencias: la cotidiana y esa otra que atisba entre líneas, toma posesión de las páginas y, finalmente, nos domina. El libro es un testimonio del placer que Lorenzo obtiene del juego literario. Parafraseando la frase de un personaje de “Cuates para la vida”, quien afirma: “Y ahora recordamos esa anécdota con un chingo de cariño, como si en la violencia y en el asco los hombres descubrieran su ternura (156).” Así Lorenzo quisiera que ustedes también descubrieran el placer del juego literario en su lectura.

 

 

Ciclo Literario.

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