Zen, el camino

Olivia Vega Leyva


Aun cuando el Camino de Buda no tiene final, yo lo sigo
 Sutra Shiguseigan

Cuando me dieron ganas de ir a un monasterio en Japón, no tenía la más mínima idea de a dónde llegar e incluso a quién preguntarle. No me preocupé pues pensé que aún faltaba un año para salir de viaje; durante ese tiempo encontré a un amigo y maestro que había pasado años en China y Japón viviendo en monasterios, y enseguida aproveché la oportunidad. Él me recomendó llegar a Kyoto y caminar para encontrar mi monasterio. Si no te encuentras bien donde has llegado, buscas otro y si te encuentras bien y te piden salir, no te salgas. Si te ponen a barrer, ya la hiciste. -¡¿Cómo me voy a quedar si me echan?! ¿Y la disciplina? – La disciplina es con tu corazón.

Fotografía
Uelsmann / 1994

Esa fue toda la referencia que tuve para ir a Japón. Claro que hice los arreglos convenientes; en los días cercanos a la salida los nervios me desbordaban.  Un amigo Japonés, que no había vuelto a su país en más de 20 años, me dijo que podía visitar a su familia. Esa fue mi coartada en caso de que las cosas no salieran bien. Pero mi amigo parecía no querer darme la dirección de la familia hasta que tuviera mi boleto del vuelo y, con esa confianza, seguí con los arreglos. Por internet reservé dos noches en un hostal que resulto comodísimo y barato, 28 dólares la noche con la tina-poza de agua caliente, bicicletas, cenas tradicionales y un equipo de jóvenes atendiendo en todo lo posible a los huéspedes. Investigué cómo llegar de Tokio a Kyoto y luego al hostal, preparé ropa cómoda para andar y meditar. Entonces me encuentro caminando en una ciudad que me deja atónita con su belleza. El verde está por todos lados, así como los templos tanto budistas como Shinto. Hay maderas obscuras en los primeros y rojas en los otros. Árboles centenarios, bambú de todos los tamaños, huertos callejeros, estrechos canales de agua limpia, simplicidad elegante en las salas de té; en los restaurantes, mesas bajitas y pisos lustrados para sentarse.  Camino y casi en cada templo me piden dinero para entrar, es verano y hay mucho turismo. Me uno a las filas e intento colarme a lo que me parece ser un monasterio. Con palabras que no entiendo y gestos que sí, me regresan a las líneas de los turistas. En una ocasión, ya algo desesperada por no encontrar aún ningún monasterio donde quedarme, me cuelo por no sé donde y desesperados salen dos señoritas y un hombre con las manos en actitud de rezo (como un italiano desesperado o como un monje dando las gracias), para pedirme que me vaya. En pleno siglo XXI camino queriendo encontrar un monasterio de la manera en que se hacía hace 30 o 40 años atrás. Todo debió ser distinto.
Al tercer día una pareja de japoneses que se hospedan en el hostal me hacen la lista de los templos Rinzai zen en Kyoto. Marcan en el mapa cada uno de ellos. Descalificamos los que dicen que sólo dan servicio los fines de semana o cada sábado o cada mes. Y me pongo en marcha en lo que deja de ser la romántica caminata que me había imaginado y comienzo a subir en trenes, autobuses y metros. Aun así, nada. Todavía ese día continué con entusiasmo, sin embargo, no pude comunicarme para expresar lo que buscaba, me cansé. El cuarto día comencé a creer que no encontraría nada. En el directorio había monasterios a los que mis nuevos amigos llamaban y entre la información que obtenían estaba una cuota por ingreso que resultaba más cara que estar en el hostal u ofrecía días fijos de meditación sin vida monástica. Pensé que no entraría a ningún monasterio, que el viaje a Japón había sido bello; después de todo no había podido dejar de disfrutar cada nuevo lugar que conocía, los jardines de musgo y de grava, los ríos, además de sumergirme en la tina caliente en la mañana y en la tarde, mal mal no me iba. Qué bueno, pensé, que a muy pocas personas les dije que venía a un monasterio.
     Al cuarto día de recorridos por Kyoto encontré en Daitokuji a un grupo de norteamericanos andando en bicicleta, los seguí y les pregunté si sabían en dónde estábamos, yo buscaba un templo llamado Daisenin. Ellos me explicaron que habían venido en un viaje cultural para conocer lo que es vivir en un monasterio budista, su profesora era japonesa y ella podría ayudarme a encontrar un templo, ya que estaba involucrada en la práctica del zen. La profesora se mostró entusiasta por mi decisión de vivir en un monasterio por unos meses y me ayudó con la traducción para pedir ayuda. Hablamos con un monje que también fue toda cordialidad, me dieron las direcciones de distintos monasterios que aceptan mujeres y extranjeras; hasta ese momento no sabía que hubiera lugares con estas restricciones. Ella misma con su celular hizo las llamadas necesarias para ver si podían recibirme y, efectivamente, era bienvenida en por lo menos tres de estos lugares. Entonces comenzó el peregrinaje. Sólo diré que me tardé un mes en encontrar el lugar que creí era para mí. Este resultó estar fuera de Kyoto y ser Soto, por que un lugar lleva al siguiente, todo es empezar a caminar.
     El primer mes me sirvió para ir aprendiendo las palabras y actividades básicas que seguramente un conocedor de zen ha de saber, pero que yo nunca creí que existieran. Me limitaba a meditar en casa y a veces con amistades, no visitaba grupos budistas ni templos, así que palabras como Dojo, Gyo, sesshin, prajna, chu, samu, banka, choka, comenzaron a tener sentido. También tomé práctica en el cuidado de jardines y aprendí un poco de cocina. Cuando llegué a mi lugar no pude evitar ponerme a limpiar el musgo en las jardineras en los tiempos libres, actividad que había realizado por horas y días en los otros lugares, algo que gustó a la gente del monasterio y me agradeció personalmente el maestro. Me sentía en casa, felizmente fluyendo con la experiencia que había adquirido.
     Quietud de la vida simple, donde cada día se repiten las actividades a la misma hora, sin prisas. Cuando el tiempo de trabajo se acaba nada queda pendiente, aun con la obsesión  que cada monje pueda tener por ir más allá de lo que se ha pedido, parte del aprendizaje es saber dejar la actividad. La campana o el tambor suenan. Cada golpe marca el final y el inicio de algo. El final del trabajo y el inicio del descanso, el final de la meditación y el inicio de la caminata, el final de la caminata y el inicio de la meditación, etcétera. Las enseñanzas directas del Maestro son cada día del calendario que lleve un cuatro o un nueve. Después de la ceremonia del té -- donde se impone una disciplina extrema ya que no se permite el movimiento en la posición hincada,  y se mantiene la atención para estar lista al momento en que el maestro agradece el té o cuando el té es servido con un ritual que debe ser contestado siguiendo movimientos precisos: inclinación, recibimiento, ofrecer el tarro a la izquierda y a la derecha, ponerlo frente a la nariz sosteniéndolo con una mano y girándolo con la otra, para beberlo por el lado opuesto en que fue recibido. Y repetir los movimientos cuando se ha terminado el té--, las enseñanzas tienen frases lentas y repetidas, la misma frase repetida de diferentes formas: Miramos el mar crispado pero en lo profundo está la quietud. La quietud está en la profundidad bajo las olas que se levantan. Bajo las olas que se levantan hay quietud. La quietud está en lo profundo. En las profundidades nada se precipita. Concluido el discurso el maestro invita a hacer preguntas y yo intuyo que no hay muchas preguntas porque los preguntones seríamos los que tenemos menos tiempo y el dolor de las piernas nos aconseja callarnos para que todo termine lo más pronto posible. 

Fotografía
deForest W. Trimingham

Durante un día festivo tuve la oportunidad de presenciar las preguntas de un extranjero (no japonés) quien se dirigió al maestro: “Usted dice que cada cosa está en su lugar, que cada acontecimiento sucede en el momento que debe suceder, que la perfección impera, ¿cómo puede decir eso cuando vemos tantas muertes en las guerras o por hambre?”. El maestro contestó con su acostumbrada calma repitiendo las frases sobre la perfección del momento presente, sobre el Ser que sólo es en el presente, y añadió: “Mientras una mano no se dé cuenta que es parte de un cuerpo y que cuando ataca, ataca a la otra mano de su propio cuerpo, no podrán acabar las guerras”. Hizo una inclinación y preguntó si había más preguntas. El mismo hombre volvió a preguntar lo mismo y el maestro contestó también lo mismo. Hizo una inclinación y volvió a preguntar si había más preguntas. El mismo hombre preguntó de nuevo sobre las guerras y las injusticias en este mundo. Esta vez el maestro le pidió humildemente que si no entendía sus respuestas por favor no preguntara más. Confieso que yo tenía las mismas inquietudes, un montón de preguntas sobre la humanidad estaban dando vuelta en mi cabeza esperando las entrevistas con el maestro para poder hacerlas. La primera vez que estaba lista para iniciar estas cuestiones, apenas llegué frente a él y me senté, después de las inclinaciones necesarias, me preguntó mi nombre, me pidió mis manos, las vio y se puso a reír a carcajadas: “Con estas manos, con esta vida que tienes ¡cómo puedes tener miedo!” Por razones personales, obviamente, esta pregunta me derrumbó. Durante el ataque de Israel a Líbano, preparé mis preguntas sobre la humanidad, en realidad estaba muy ansiosa por entender algo. El maestro no contestó, me pidió meditar mientras trabajaba en el jardín, poner atención a lo que estaba haciendo y en lo que estaba pensando. Cada vez que mi pensamiento se fuera, volverlo al jardín, al trabajo. Me pidió que habláramos en cuatro días. El cuarto día, ya no estaba ansiosa, no sentía ganas de preguntar. Quiero aclarar que esto no tiene nada que ver con la apatía o la desidia.
Los días de ceremonia del té, también son los días del baño y si no hay sesshin se puede ir al pueblo. No está muy lejos, sin embargo en verano el calor alcanza los 40 grados y salir caminando es agotador. Como no hay suficientes bicicletas hay quienes optamos por no salir. El pueblo, que en realidad es una pequeña ciudad primer mundista, tiene su atractivo para extranjeras como yo, por unos dos recorridos, luego se vuelve común: tiendas, casas, calles, autos y semáforos, nada que ver con el monasterio. A no ser por el correo, el teléfono y el mar, no habría más razones para dejar de vez en cuando los antiguos y bellos edificios del monasterio enclavado bajo una de las montañas más altas de la zona.
Durante mi estancia la lluvia se había atrasado por lo que las tareas se incrementaron debido al cuidado de las plantas, tanto las comestibles como las ornamentales. Cada día, con cubetas en mano, se regaban las plantas de macetas y de piso y se cambiaba el agua de los floreros en cada nicho del cementerio. Si bien el budismo ha perdido popularidad en Japón, no ha quedado en el olvido debido a su tarea con los muertos. No importa si se es practicante  o no, o creyente o no de Buda; en la muerte de un familiar o amigo, en su aniversario de muerte y en los días de ceremonia a los que se han ido, se recurre a los monjes budistas. Ellos han sido por generaciones los guardianes de los nichos donde se guardan las cenizas de quienes han partido.
En cada enseñanza el maestro nos pedía guardar silencio: A los que hablaban con otro, decía, “pídanle, por favor, que guarde silencio”. A los que hablan solos en voz alta, igual, “por favor, guarden silencio”. A los que hablan consigo mismos, “por favor, guarden silencio”, a los que hablan en sus mentes, “por favor, guarden silencio”. A los otros, “por favor, pidan a su mente que guarde silencio”. Y sin embargo, hablábamos. Con pocas palabras nos disgustábamos y nos peleábamos; claro, también hacíamos buenas amistades. Las reconciliaciones no tenían palabras, un apretón de manos o una sonrisa. En una ocasión una monja con varios años en el monasterio, preguntó enojada que quién había guardado dos comidas distintas en el mismo traste. Había sido yo pero no lo dije, sin embargo, le dejé ver claramente que no era para tanto, ella insistió y yo también de una forma grosera y burlona. La verdad, me sobrepasé. Al día siguiente me pelee con un joven koji (es decir, que aún no es monje). Yo lavaba los trastes y llegó a “ayudarme”, cada vez que enjuagaba uno se atravesaba y me quitaba el agua, me encabroné. En la tarde pedí hablar con el Roshi Sama, como llamamos al maestro. Y me quejé. Su respuesta fue una pregunta: “¿Cuál es la diferencia entre una buena persona y una mala persona?”. Como no supe contestar me dijo que cuando tuviera la respuesta volviera para hablar con él. Pasar dos semanas sin hablar con el maestro me parecía un desperdicio, pero verdaderamente no sabía la respuesta; luego, no sé cómo me pareció de lo más lógico y volví con el maestro. Le dije: “No hay diferencia entre una buena persona y una mala persona. Su esencia es la misma”.  “Es noble querer ser una buena persona -me dijo-, pero pretender no es ser”.
Las palabras del maestro me causaban diálogos internos, deducciones, conclusiones, por eso ha de ser que a cada problema nos mandaba a meditar más. En una ocasión, al estar sentados listos para la ceremonia del té, el Maestro hizo bromas sobre lo ondulado de nuestra fila, luego inició la enseñanza con un poema que decía algo así: “Mira bien en el fondo del color de mis ojos, si guardo silencio parece que no hay pesar”.
¿Qué quiso decir? La mayoría dijo que el maestro estaba triste por nuestra desorganización, yo le di otro significado al poema. Por eso es bueno que no nos permitan hablar y nos mantengan haciendo algo. Debo aclarar que no hablo japonés y que la mayoría de las personas en el monasterio no hablan inglés; por supuesto, absolutamente nadie habla español, y sin embargo nos comunicábamos. Querer discutir una enseñanza, entenderla con la cabeza, es alejarse del zen.
La vida monástica me facilitaba la auto observación. Viviendo en grupo las emociones no cesaban, sin embargo, podíamos verlas y platicarlas con el maestro: Los celos, las simpatías, la competencia, la envidia, la pulsión a controlar, la alegría de estar, de hacer, de pertenecer.

Los últimos días de estancia lloraba. No quería irme. Sabía que tardaría en regresar y el maestro ya es un hombre viejo. El maestro me dijo que cuando meditara tendría un pie ahí y otro en México, que estando allá estaría también ahí. Fue mi última entrevista, ni aun frente a él pude calmar mi llanto.

 

 

 

Ciclo Literario.

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