La realidad envenenada o los relámpagos del horror

Rafael Antúnez


Lorenzo León,
La realidad envenenada.
Almadía, 2007,
166 pp.

A sí como el silencio no empieza donde termina la palabra, sino que se vuelve evidente en ausencia de ésta, el horror, parece decirnos Lorenzo León a lo largo de los cuentos que componen su libro, no empieza cuando la tranquilidad desaparece, cuando el mundo cotidiano se fractura y da paso al mundo sobrenatural. El horror nos ronda y sólo basta con abrir los ojos un poco para percibirlo y deviene un mundo terrible, no porque de él se adueñen las sombras o porque lo habiten seres de ultratumba, sino porque emana del mundo cotidiano, cuando no del propio cuerpo: la enfermedad, la decadencia, la locura…

Fotografia
Jerry Uelsmann / 1982

En el horror el cuerpo es, pues, instrumento e intermediario; y cuanto más violenta sea la pulsión, más terror comunica, cuanto más sorpresiva sea la aparición o la descripción de la violencia de un gesto, de una visión, de una mirada, más sorpresiva resulta para el lector. Sorprender es, válgase la perogrullada, la condición sine qua non del terror. Nos esmeramos por ignorarlo, por eso su aparición siempre nos sorprende. Éste suele parecernos ajeno, aunque en realidad, sea cotidiano  “En nuestra cultura actual –escribió Andrew Delbanco– existe un abismo entre la cualidad fácilmente perceptible del mal y los mecanismos intelectuales de que hoy disponemos para lidiar con él. Nunca antes hubo imágenes tan ampliamente difundidas del horror, ni fueron tan chocantes, desde los bien organizados campos de exterminio, a los niños desfallecientes en hambrunas que pudieron evitarse. Rara vez ocurre, en el curso de una semana, que un periódico o la televisión no informen de esos adolescentes contratados para matar a alguien por unos pocos dólares, de mujeres asesinadas en las calles para arrebatarles el bolso o las pieles, o de jóvenes baleados en la cabeza para quitarles las llaves del jeep…, y eso, sólo en los informativos locales […] en el New York Times [apareció] una noticia acerca de un campo de prisioneros en lo que ahora se suele llamar la antigua Yugoslavia, donde “se obligaba a los prisioneros bosnios a marchar desnudos hacia un patio en el que mujeres serbias se desnudaban frente a ellos; el castigo para quienes sufrían una erección era el seccionamiento del pene. No lejos de allí, los guardianes de la prisión obligaban a un padre y su hijo a tener relaciones sexuales mientras ellos observaban”. Entre nosotros la noticia de cabezas cercenadas y arrojadas a diestra y siniestra del país, de centenares o quizás miles de niños obligados a practicar la prostitución, o el asesinato de cientos de jovencitas en la frontera, se ha vuelto pan del día. “Nunca como hoy había sido el repertorio del mal tan abundante. Pese a ello, nunca como hoy fueron nuestras reacciones al mismo tan manifiestamente débiles. No disponemos de un lenguaje para relacionar nuestro mundo interior con los horrores que discurren ante nosotros en el mundo exterior”.

Quizá por ello, Lorenzo León en La realidad envenenada haya optado por un tono y una forma más cercanos al poema en prosa que al relato, sabedor de que quizá así, operando de manera sesgada, su incursión en los terrenos del horror resulta más efectiva, pero no es la única. Lorenzo aborda el terror, descubriéndolo, describiéndolo desde varios puntos de vista: el amor y el horror, el sexo y el horror, la pervivencia de los mitos, la reaparición de nuestros miedos ancestrales: a la soledad, a la oscuridad, a la muerte, a lo desconocido. Optando en la mayoría de los casos, más que por la descripción de cuerpos desmembrados y escenas tintas en sangre, por el enrarecimiento progresivo y sutil de la realidad, sí, por su envenenamiento. Para lo primero, no hace falta mucho talento, si acaso un uso correcto de la gramática, para lo segundo se requiere imaginación y pericia con las palabras. Es un terreno por demás resbaladizo. Lo forma segura para fracasar es utilizar palabras como terrorífico, espantoso, sangriento, escalofriante… Lo difícil es que las acciones de los personajes nos proporcionen esas sensaciones, que el lenguaje del autor sea capaz de crear esas imágenes en la imaginación del lector. Narrar no es un arte de decir, es un arte de mostrar, de insinuar. Lorenzo León, sabedor de que el cuento, como él mismo ha dicho, “es un género que debe trascender sus limitaciones materiales. Es decir, que cuando terminemos de leerlo, el cuento siga en nuestra cabeza, rondando posibilidades”, ha optado por la construcción de atmósferas enrarecidas que poco lentamente van asfixiando la realidad de sus personajes, que poco a poco van abriendo sus ojos hacia las ventanas del horror, un mundo que, esencialmente es igual al nuestro.
“Efectivamente –dice Lorenzo–, ése es el arte del cuento, la manera en que enunciamos una historia, y que la historia, en definitiva, nunca va a caber en un espacio tan pequeño. Eso es lo poético. Es como las grabaciones que se hacen a altísima velocidad para que podamos verlas lentamente. Mi experiencia con la técnica del cuento es narrar a gran velocidad para que el lector pueda ver, en cámara lenta, tres o cuatro momentos de una circunstancia”.
Y en La realidad envenenada, Lorenzo León hace lo que predica: captura en cámara lenta para sus lectores los relámpagos del horror.     

 

 

Ciclo Literario.

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