La daga y la osamenta

Lorenzo León Diez


Al arrancar la hierba con el azadón y jalar la herrumbre de hojas muertas en el rincón del huerto, al pie del muro tatuado por musgo decenario, descubrí la tensión blanca de la osamenta, una mano desnudada por rapaces y tardes asomaba a la neblinosa luz de enero, en mi granja, en el espacio nunca limpiado por la negligencia. Ahora que me repongo de esa muerte tallada hasta el hueso, me digo: este cadáver es sin duda del perdido Ismael de Tagle. Aquí está por fin abierto el secreto de su desaparición. No es una aciaga leyenda la que me ha contado mi madre. Y ahora qué, ¿correré a dar la noticia? Seguramente eso haría si no fuese consciente del desfiladero que con esta muerte encontramos. Mucho hay que recordar. Por lo pronto no soporté la curiosidad de buscar la daga entre sus costillas destablilladas.
Al encajar la pala pienso en la cabeza perfecta, despeinada en tersos mechones rubios, de mi tía Marfil Díaz. Bajo la luz de la distancia que me entrega el sepia, transparencia de diván y polvo, la veo en este mismo huerto con gracia altiva. Es necesario encontrar el arma para que la historia de mi madre tenga su redondez entre esta tierra que con su boca de gusanos bebió la sangre de Ismael.

Fotografía
Uelsmann / 1985

Aquí está el metal. Tomarlo de su empuñadura labrada invita, otra vez, a deslizarlo en el aire. ¿Dónde se encontraría el cuerpo de Ismael al recibir la puñalada? Pudo haber sido en un paseo nocturno por estos prados, así que el aroma del manzano se confundió con su aliento último.
Siento asco al contacto con estos huesos; toco con la pala un fémur, la cúpula del cráneo –por estas cuencas sus ojos vieron el cuerpo deseable de Marfil.
¿Pero no es absurda esta idea de amor y muerte?

La voz de mi madre:
Ismael tuvo en un tiempo una conducta indecente y de ahí se explicaron todos el motivo de su desaparición. Por lo demás él había crecido con nosotros, en las dos haciendas, en la escuela. Un niño como todos hasta que nos sorprendió algunas veces con convulsiones; es espantoso ver caer a alguien que mastica un dulce a tu lado y encontrar su mirada rota, los dientes tallándose hasta desportillarse. Veíamos sus músculos y las venas de su cuello azules, casi negras. Pero luego de lo exhausto de esos trastornos, Ismael volvía ser el mismo. Cuando nos hicimos muchachos los dejamos de ver ocho o diez años. Un día entró al pueblo un mocetón muy descompuesto de ropas y rostro, pero su paso no era de miserable ni su mirada humilde sino tenía una manera de ver y un andadito de desprecio. Ismael había vociferado en algunas cantinas que con él se instauraría en la Laguna el dominio del Malo, así decía, con voz muy destacada porque no era su tono de borracho vulgar o de blasfemo inofensivo, sino cuentan que parecía convencido y hasta lúcido. Imaginarás la fama que se le hizo. El padre Sebastián --que ofició hasta hace poco--, en un sermón dominical llamó la atención de su cristiana familia. Don Emilio, padre de Ismael y poderoso propietario, no podía dejar escapar su prestigio con este majadero, así que lo puso bajo llave en su hacienda. Gran hombre ese don Emilio, lo dejó planchadito, correcto, muy flaco y más gris pero salió otro Ismael de esa casa. Nos volvimos a frecuentar y si bien casi no hablaba, compartía bien el sentido común de estos ranchos. Me percaté entonces que Ismael se desvivía en secreto por Marfil, sus ojos deslavados al mirarla se encendían; pero ella no le dio nunca importancia como galán y se paseaba libremente con otros que la pretendían, por eso su sorpresa fue fúnebre al enterarse del acuerdo. Mi madre y don Emilio pactaron su matrimonio para asegurar la unión de las tierras de dos de las más viejas estirpes de La Laguna, pues Ismael era hijo único y nosotras, mujeres. Marfil no lo quiso volver a ver, con la violenta desaprobación de mi madre, una mujer a la que no se le podía decir jamás que no. Y yo no sé que pasó para que Ismael, recatado, se prendara de ese acuerdo haciendo uso descarado del poder de los patriarcas, así que se presentaba a la casa no obstante Marfil se negaba a verlo y esperaba a que llegase a la sala y sin decirle nada, Ismael permanecía jugando en la mesa de billar, golpeando esas compactas esferas como minutos y bebiendo repetidas copitas de jerez, que le ofrecía a mi madre.   
Estoy segura que la mirada de Ismael cobró un desplante maldito, el mismo con el que había entrado aquella vez al pueblo. Recuerdo a mi hermana con un gesto de resignada víctima, de cordero a sacrificar. No era fácil vislumbrar la fuerza que le permitió evitar su vida con él.
 Porque Ismael desapareció de un día para otro. Dicen que nadie lo vio salir de su casa ni tocar nuestra puerta como todas las tardes; en fin, se esfumó como un gajo de niebla. Don Emilio preguntó por él en toda la región y, en su contra, nadie creyó a Ismael secuestrado o asesinado, sino conociendo su antigua extravagancia lo inscribieron en la historia del miedo, esos dichos que se cuentan en las veredas, en los umbrales de las casas y en las plazas del pueblo cuando la gente no tiene qué hacer.
La armonía juvenil de Marfil por aquellos días se hizo de un tono gris seco. Se recluyó en su recámara y no salía de la casa sino para los eventos forzosos, entonces no dejaba que se le acercara ningún hombre. En la casa, por un silencioso acuerdo, no se volvió a hablar de Ismael, pero yo adivinaba que Marfil y mi madre derramaban llantos secretos, cuando una y otra se visitaban en sus alcobas, encerradas a toda interrupción. Yo recuerdo que tenía gran pesar por ellas.

Mi madre murió muy vieja y hasta entonces tomamos posesión de sus valores, las joyas que algunas tardes de libertad y aire silvestre nos mostraba para que reconociéramos en ellas nuestra nobleza; sorprendentes empedrados que alcanzaste a conocer. Pues bien, no estaba la daga de oro que tanto gustábamos por su dócil empuñadura y sus brillos que me hacían recordar el desierto y las casas de seda. Inspirada por un saber oculto vi directamente a Marfil, que para entonces ya tenía atados en la nuca cabellos entrecanos, y apareció en sus ojos una decisión sin cicatrizar y una urgente súplica para que no preguntara por ese objeto que estaba en nuestra memoria, esa hoja acuñada noblemente para atravesar alguna entraña.

 

 

Ciclo Literario.

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